30/6/06

Dios es redondo



Juan Villoro. Dios es redondo.
Anagrama. Barcelona, 2006.

De la afición en primera persona se habla en este Dios es redondo de Juan Villoro, que tras un calentamiento inicial realiza una exploración narrativa de las pasiones (altas y bajas) que suscita el fútbol.

Una reflexión inteligente y divertida, apasionada y distante a la vez, sobre una de las variantes de la pasión, hecha por una de las plumas más lúcidas y brillantes de la actualida, por un narrador acreditado como Juan Villoro, en este libro pensado para los seguidores del fútbol y para sus críticos.

De la tribu y del juego como entretenimiento y como religión se habla en este libro, del origen neoplatónico del título de este libro, que fue antes el de la columna periodística que Villoro escribió para La jornada de México durante el Mundial del 98.

Del balón y la cabeza, dos variedades de esa cosa mental y abstracta que es la esfera.

Del fútbol global y la pasión africana, la espera y el futuro del fútbol.

De la vida, pasión, muerte y resurrección de Maradona, una de las formas en las que se encarna la divinidad. De la tragedia griega, porque el crack tiene siempre la altura del héroe dramático.

De la liga de las estrellas, de Figo, de Beckham. De las formas de la pasión.

De dos conversaciones con Valdano sobre los entrenadores, jugadores imperfectos y responsables últimos del azar.

De las tres edades del fútbol.

Del campeón de invierno, que en fútbol no sirve de nada, pero es el único tipo de campeonato posible en literatura. Porque este Dios es redondo surge de la certeza de que en literatura sólo hay campeones de invierno, líderes que no han llegado a la meta, que están primeros por méritos propios, pero no son lo que podrían llegar a ser.

De que el oficio de chutar balones está plagado de lacras. Levantemos veloz inventario de lo que no se alivia con el botiquín del masajista: el nacionalismo, la violencia en los estadios, la comercializacion de la especie y lo mal que nos vemos con la cara pintada. Todo esto merece un obvio voto de censura. Pero no se puede luchar contra el gusto de figurarnos cosas. Cada aficionado encuentra en el partido un placer o una perversión a su medida. En un mundo donde el erotismo va de la poesía catara a los calzones comestibles, no es casual que se diversifiquen las reacciones. Los irlandeses aceptan el bajo rendimiento de su selección como un estupendo motivo para beber cerveza, los mexicanos nos celebramos a nosotros para no tener que celebrar a nuestro equipo, los brasileños enjugan sus lágrimas en banderas king-size cuando sólo consiguen el subcampeonato y los italianos lanzan el televisor por la ventana si Del Piero falla un penalti.

De cómo es posible que las multitudes sucumban a un vicio tan menor:
El hombre en trance futbolístico sucumbe a un frenesí difícil de asociar con la razón pura. En sus mejores momentos, recupera una porción de infancia, el reino primigenio donde las hazañas tienen reglas pero dependen de caprichos, y donde algunas veces, bajo una lluvia oblicua o un sol de justicia, alguien anota un gol como si matara un leopardo y enciende las antorchas de la tribu.
En sus peores momentos, el fan del futbol es un idiota con la boca abierta ante un sandwich y la cabeza llena de datos inservibles. Es obvio que la Ilustración no ocurrió para idolatrar héroes cuyas estampas aparecen en paquetes de galletas ni para aceptar el nirvana que suspende el juicio y la mordida. La verdad, cuesta trabajo asociar a estos aficionados con los rigores del planeta posindustrial. Pero estan ahí y no hay forma de cambiarlos por otros.
En sociedades descompuestas, Hamlet incita a matar padrastros y el fútbol a cometer actos vandálicos.

De un juego sencillo en el que 22 jugadores disputan un balón y al final casi siempre gana Alemania.

De las ventajas estéticas de la derrota. ¡Qué manera de perder!

De la paradoja de Aquiles y la tortuga, ejemplificada en un lance entre Roberto Carlos y Milosevic en el Bernabéu en 2005.

De las reglas para estar alegres, de las formas de festejar un gol.

De que los adictos a caerse suelen tener el pelo largo.

De este juego, que más que un juego de hombres es el juego del hombre.

Santos Domínguez

29/6/06

Héroes de los dos bandos



Fernando Berlín.
Héroes de los dos bandos.
Temas de hoy. Barcelona, 2006.

Este libro surgió como un proyecto de radiocable.com, pasó luego a la radio y finalmente se materializó en estos Héroes de los dos bandos que firma Fernando Berlín y edita Temas de Hoy.
Un proyecto que pretende ser el homenaje a un modelo de conducta solidaria en una sociedad como la española donde los amantes de la gasolina –como recuerda el autor- se despiertan con una sorprendente facilidad.

El homenaje de reconocimiento a personajes que, como el inolvidable miliciano de Javier Cercas en Soldados de Salamina, antepusieron la compasión o la solidaridad a la ideología fanática en la Guerra Civil. A los que protegieron al débil o al perseguido y ocultaron al prófugo y ahora son rescatados del olvido, de ese pasado que es el reino del fragmento, como dice en su prólogo Saramago.

El punto de partida, la materia prima del libro, son los testimonios recogidos con técnica de documentalista que luego se articulan en los distintos relatos del libro. De esa manera, se hace una reconstrucción narrativa de los hechos y las peripecias a través del diálogo, que se convierte no sólo en el eje de la historia, sino en la clave de verosimilitud de episodios como estos:

Un futbolista del Madrid, que intercedió por el portero del Rácing cuando iba a ser paseado por unos falangistas; la desorientación de un soldado febril que cruza las líneas y va al puesto de socorro del enemigo; el acoso etílico de unos pistoleros al alcalde de Fuenteguinaldo; el coraje de Luis Troyano, el comunista que protege a las monjas que varean la aceituna en los campos de Jaén; el abuelo de Javier Cercas, que salva la vida al alcalde de su pueblo; un cura de Palma del Río, que oculta documentación comprometedora después de la guerra; la buhardilla de un minero; la casa que servía de refugio a soldados de los dos bandos o la puerta de un corral.

Es esta una iniciativa que se suma a otras de recuperación de la memoria histórica y que se mantiene vigente en la recogida de testimonios en Radiocable.com con el título La octava columna.

Aunque las heridas siguen abiertas y el miedo lleva camino de convertirse en un atavismo, como lo prueba la resistencia a firmar algunos de esos testimonios, en este año de la memoria histórica es la generación de Fernando Berlín, que tuvo un abuelo en cada bando, la que está en condiciones de superar el miedo y, con obras como esta, hacer la reparación pendiente frente a los de la revolución pendiente, que son irreconciliables con el mundo y consigo mismos.

Santos Domínguez

28/6/06

Fútbol. La vida en domingo



Pablo Nacach.
Fútbol. La vida en domingo.

Lengua de Trapo. Colección Desórdenes.
Madrid, 2006.


Ningún olor me recuerda más la infancia que el de la hierba recién cortada, ese verde césped donde se dirime toda personalidad. Pocas pesadillas me atosigan más que volver a creer que tengo 17 años y aún puedo ser jugador profesional de fútbol, ese «sueño del pibe» que reciclo ahora escribiéndolo, describiéndolo, reviviéndolo y volviendo a sepultarlo. Nada me complace más que pasear por un parque, ver venir un balón extraviado y pegarle con precisa volea como si estuviera jugando en la cancha de Boca, ese barrio porteño donde vivió mi padre su propia infancia y cuyo nombre parece extraño símbolo de fase oral.
Este libro, además de una humilde actualización de consideraciones que mis autores preferidos han realizado, cabos de una herencia futbolística, literaria y filosófica consciente que he intentado discutir o apuntalar, es un compendio de textos que se sirven del fútbol para plasmar (in)ciertos pensamientos personales sobre la infancia, la soledad y la sociedad.

Pablo Nacach (Buenos Aires, 1969) acaba de publicar en Lengua de Trapo el ensayo Fútbol. La vida en domingo, "la factura pagada –dice- de una deuda pendiente: mi amor hacia el fútbol es tan acuciante como mi pasión por las letras. Un libro en el que se rememora la infancia como el sitio donde el fútbol se hace carne, un universo de perpetuo domingo prohibido a la Muerte."

Algo más que un libro sobre un juego, la reivindicación del fútbol como una manera de entender la vida, “una filosofía que en el patio del colegio dirime la verdadera personalidad de cada uno. No en vano, cuando un día me encontré por casualidad con Maradona en una cafetería, después de tocarlo para cerciorarme de que existía en lo real, le espeté tartamudeante: “Diego, vos sos mi infancia”.

"Básicamente, escribir este libro me sirvió para pagar una suerte de deuda que mantenía con mi propia infancia, para sacarme una espina clavada e intentar hacer coincidir en ese imposible punto imaginario al futbolista que quise ser con el escritor que intento hacer."

Vivir, mirar, hablar, jugar, sabiendo que la vida es un juego y que de ahí arranca la posibilidad de entender la simbología del fútbol, sus ritos y sus magias.

O de defender con argumentos sólidos la idea de que el alma del hombre es su cuerpo. O de construir una metafísica de la picardía partiendo de la mano de Maradona-Dios contra Inglaterra en el 86. Y de hacer del elogio de la gambeta una metáfora de la vida. Para acabar, en definitiva, defendiendo la idea de que los partidos no duran noventa minutos, sino una semana. O sea, toda la vida.
Santos Domínguez

26/6/06

Libro de los márgenes de Álex Susanna




Álex Susanna. Libro de los márgenes.
Traducción de Rosa María Prats.
Seix Barral. Barcelona, 2006


Un dietario es siempre una obra colectiva, dice Álex Susanna al final de su Libro de los márgenes, que publica Seix Barral.

Es este un cuaderno de entusiasmos, el diario de lecturas de un lector agradecido que reflexiona sobre el arte y la vida en estos encuentros de lectura con una actitud que queda fijada en la cita de Ricardo Piglia con la que se abre el libro:

La lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos.

Una galería de presencias en la que se comparte desayuno con Hölderlin y Vermeer, dos claves de poesía y pintura que, junto con la música, son la constante referencia del libro, del lector, del espectador, del oyente.

Gaya y JRJ, Josep Pla y René Char, Leonardo y Magritte, Bach y Purcell en este cuaderno de azares que dictan las lecturas, la memoria y los olvidos. Porque estas notas de lecturas y relecturas son, antes que otra cosa, un diálogo del autor consigo mismo, sus reflexiones sobre la vida, la muerte, la literatura y el arte, sus respuestas a los libros, a las audiciones, a las exposiciones.

Notas al margen que revelan una lectura reflexiva de los clásicos y los contemporáneos, desde Rilke a Brodsky, desde la Odisea al último libro de Sebald. Anotaciones al margen, sí, pero también y sobre todo un viaje al centro del conocimiento y de la poesía. Un viaje al centro – a los centros- de la primera elegía de Duino, por ejemplo en ese diálogo enriquecedor e intenso de Álex Susanna con los demás y consigo mismo, un diálogo en voz baja de quien muchas veces da la sensación de estarnos hablando al oído, con un tono que reivindica en algún momento del libro:

Esta es la clase de pintor o poeta –escribe en la página 131- que más me gusta: aquel que parece controlar cada uno de sus movimientos o palabras, que no parece hablar o hacer más de la cuenta, que no produce paja o fuegos de artificio, sino que se limita a decirnos, a contarnos algo casi al oído.

Pero este es también un cuaderno de bitácora, una hoja de rutas y navegaciones compartidas con Velázquez, y Gil de Biedma, con Antonio López y Saul Bellow, con Listz y Monteverdi.

Hay en este Libro de los márgenes de Álex Susanna tres momentos especialmente interesantes: su lectura lúcida del último Valente, su reivindicación de Berger como lector de cuadros con esa mirada que se fija en el lugar donde coinciden la literatura y la pintura, y sus reflexiones sobre Sebald y la memoria del siglo en Los emigrados.

Es este un diario sin fechas porque, aunque mantenga un pulso con el tiempo, ese diálogo que lo articula no está sujeto a la contingencia de la anécdota o de la fecha, es una invitación a la lectura y una reflexión sobre la escritura y la creación. Como esta, palabra de poeta, de la página 294:

Hablando de cualquier poema, toda voluntad de comentario exegético me parece no sólo pretenciosa sino absurda: los poemas no se escriben para que alguien los comente, sino para uso y abuso de los lectores, en cada uno de los cuales resonarán de manera única, mutable y difícilmente transferible.

Y como todos los dietarios, este es también un libro de cuentas: las que su autor ajusta con el mundo y consigo mismo. Con un debe y un haber.

Santos Domínguez

25/6/06

Poemas de Emily Dickinson

Emily Dickinson.
Poemas.

Selección y traducción de Silvina Ocampo.
Fábula Tusquets. Barcelona, 2006.

Just before the whistles sounded for six. Justo antes de que dieran las seis del día 15 de mayo de 1886 moría Emily Dickinson de una forma tan secreta, tan callada como su vida y su obra.
Desde 1861, se había parapetado detrás de lo que ella misma llamaba mi blanca elección. A partir de entonces llevó un luto particular de color blanco. Se recluyó tras los muros íntimos de la casa familiar, ajena a la atmósfera asfixiante de una ciudad pequeña. Hasta que murió en esa mítica penumbra en 1886, casi nadie la vio y de ella sólo se conserva esa diáfana imagen de una blanca mariposa de la luz.
Dejaba sin revisar, sin ordenar ni fechar 1.775 poemas de una rara e inquietante belleza, de una insondable tristeza, con un agudo sentimiento de la naturaleza y un ensimismamiento que le permite expresarse con enorme independencia estilística. Solo siete de esos poemas los había publicado en vida y el resto fue saliendo a la luz desde 1890.

De esos poemas, Silvina Ocampo, tan ligada a Borges y a Bioy, con quien se casó, tradujo 596 que aparecieron en 1985 en Marginales Tusquets. Ahora se reeditan en formato de bolsillo y son una inmejorable muestra de dos sensibilidades semejantes y dos tonalidades poéticas cercanas.
De ahí la nitidez con la que nos llega la voz de la norteamericana en estos poemas seleccionados y traducidos por la argentina.
Poesía tan hermética como el mundo pequeño en el que se encerró su autora, retirada de la vida y confinada en los límites de su cuarto y un jardín que veía desde la ventana, con una discreta rebeldía ante la sociedad puritana de la que fue no sólo víctima, sino una de sus flores más pálidas y tristes:

La tierra tiene muchas llaves.
Donde no está la melodía
está la desconocida pnínsula.
La belleza es la realidad de la naturaleza.

Pero testigos para su tierra
y testigos para su mar,
el grillo es su extrema
elegía para mí.

Dice en el texto que lleva el número 1.775 y cierra por tanto el libro.

Me temo que JRJ, que tradujo tres poemas de Emily Dickinson en los Recuerdos de América del Este del Diario de un poeta recién casado, no estuvo demasiado fino cuando la definió como una Santa Teresa laica presumida y coqueta de alma. Claro que le dio tiempo a rectificar y acabar diciendo que era una mujer en gracia cuya influencia marca el desarrollo de la poesía americana más moderna.

Santos Domínguez

23/6/06

Edmond Jabès. El libro de las preguntas



Edmond Jabès.
El libro de las preguntas.

Siruela. Madrid, 2006.

Como una de las obras más originales e inquietantes del pensamiento contemporáneo define Francisco Jarauta la producción literaria de Edmond Jabès (El Cairo, 1912-París 1991) en el prólogo que ha escrito para El libro de las preguntas que ha reeditado en su colección Los libros del tiempo la editorial Siruela.
De origen sefardí, exiliado en Francia desde 1957, Edmond Jabès es una figura esencial de la poesía europea del siglo XX y El libro de las preguntas, un amplísimo poema en prosa de intensidad casi insoportable que consagró a su autor en el lugar de reconocimiento indiscutible que ocupa hoy.
En España lo difundió Valente con traducciones que se recogieron primero en su Cuaderno de versiones y luego en sus recientes Obras completas.

La de Jabès es una obra monumental, un espacio habitable en el que El libro de las preguntas es su obra más alta. Es un ciclo poético, un organismo creciente integrado por siete libros que se publicaron entre 1963 y 1973.
En la línea de su protector René Char y de amigos como Maurice Nadeau, la obra de Jabès es una exploración de los límites de la expresión y se proyecta en temas como el exilio, la ausencia o el desierto, la reflexión sobre la escritura o la interrogación sobre los signos de una realidad indescifrable. A eso se refería Jabés cuando afirmaba que el escritor es siempre un extranjero, el extranjero por excelencia.
La pregunta sobre la realidad es la clave de su poética, un recorrido solitario por los límites del conocimiento y el vacío. Del desierto, del vacío que deja la ausencia de Dios surge la escritura, el libro, las preguntas, el libro de las preguntas.
Alegoría de la esperanza y de la herida, la escritura, la pregunta, la voluntad de nombrar son formas de la provisionalidad, otra forma de describir el desierto donde no caben ni el futuro ni la nostalgia.

En 1963, al frente de la primera entrega, Jabès escribía estas palabras:

El libro de las preguntas es el libro de la memoria. De un idilio simple y trágico surge un canto de amor que es, a pesar de todo, canto de esperanza. Este canto ambiciona hacernos asistir al nacimiento de la palabra y, en dimensión más que real, a un ensanche del umbral del sufrimiento que ilustra una colectividad perseguida, cuyo lamento es retomado, era tras era, por sus mártires.


Y en 1965, para presentar la tercera entrega, El regreso al libro, afirmaba:

Allí donde la hierba aspira sólo a permanecer verde y el sílex a sentar testimonio de la separación del agua y de la arena, el vínculo se vuelve libro y el libro universo.

El aforismo, la sentencia, el pensamiento desarticulado de la paradoja son formas de contar la ausencia y la creeencia en el desierto. Y del desierto vamos al libro, que es su voz y tiene la edad del agua y del fuego, para preguntar por la ausencia, para proyectar también un interrogante sobre la presencia.

“Los dioses no escriben-termina diciendo Francisco Jarauta en su espléndido y medido prólogo- son los hombres los que devienen escribas, reivindicando para sí la posibilidad de narrar la difícil y dolorosa errancia.”


Santos Domínguez

22/6/06

Las personas del verbo




Jaime Gil de Biedma.
Las personas del verbo.
Prólogo de James Valender.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
Barcelona, 2006.


Las rosas de papel no son verdad
y queman
lo mismo que una frente pensativa
o el tacto de una lámina de hielo.

Las rosas de papel son, en verdad,
demasiado encendidas para el pecho.

Con ese poema, Canción final, se cierra la versión definitiva de Las personas del verbo de Jaime Gil de Biedma que acaba de reeditar Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, con prólogo de James Valender, profesor del Colegio de México.

No había aparecido ese texto en la primera edición de la poesía completa. Se había publicado en 1967 con una serie de grabados de Xavier Corberó. Uno de esos grabados es el que ilustra la sobrecubierta de esta cuidada publicación en una de las colecciones poéticas de más prestigio en el mundo de la edición en español.

El volumen comprende los libros Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968) y se completa con un apéndice con los Versos a Carlos Barral por su poema Las aguas reiteradas, que incluye seis poemas dedicados a su amigo.

La mayor novedad de esta reedición es el prólogo de James Valender, algo más de 30 páginas que constituyen un intenso e indispensable análisis de la poesía de Gil de Biedma, un poeta esencial en la literatura española de los últimos cuarenta años.

Hay además en ese estudio introductorio una visión global de la evolución armónica e integrada de los tres libros que constituyen Las personas del verbo y una explicación contundente de las razones que le llevaron a dejar de escribir poesía después de los cuarenta años.

“En el campo de la reflexión ética – señala Valender en su prólogo- su actitud difícilmente podría ser más trangresora. De hecho, junto con Cernuda, y siguiendo la tradición crítica de figuras como Baudelaire, Nietzsche y Proust, el autor de Poemas póstumos es uno de los grandes moralistas que ha tenido la lírica española moderna: sus implacables indagaciones en la conducta humana, sus despiadadas exploraciones del trato que cada quien establece consigo mismo y con los demás, permiten muy pocas ilusiones al respecto, al revelar un panorama de egoísmo, de inconsciencia y de hipocresía del todo desolador.”

La búsqueda del tono, de una voz propia, le plantea un reto a Gil de Biedma. Su preocupación poética es conseguir una modulación expresiva en la que se reconcilien el lenguaje hablado y el lenguaje poético y para ello tuvo muy presentes los modelos de la poesía moderna francesa, de Gérard de Nerval a Baudelaire, y de la lírica inglesa de Wordsworth, Browning, Yeats, Eliot o Auden.

Browning o Tennysson, y después Pessoa, Eliot o Borges crearon personajes para atribuirles otra vida, para explorar otras dimensiones de lo humano. Gil de Biedma tuvo bastante con ese complejo personaje que se llamaba Jaime Gil de Biedma, con el que practica un juego de espejos, de ironía y de máscaras. Eso explica – para empezar- el título que el autor elige para su obra. Esas personas que viven en el poema y a las que se refería al sesgo en su conocida declaración: "Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema.”

Al integrarse en esa tradición, que es en gran medida también la de Luis Cernuda, el autor de Las personas del verbo se suma a la llamada poesía de la experiencia, entendida no como mera imitación de la realidad, sino como el simulacro de una experiencia.

Hay un artículo de Gil de Biedma, “Como en sí mismo al fin”, que está recogido en El pie de la letra, su volumen de ensayos, y que debería figurar como prólogo o epílogo de cualquier edición de su poesía. Allí se pueden leer estas líneas:

“Un poema moderno no consiste en una imitación de la realidad o de un sistema de ideas acerca de la realidad – lo que los clásicos llamaban una imitación de la naturaleza-, sino en el simulacro de una experiencia real.”

“Lo que pasa en un poema- declaraba Gil de Biedma en una entrevista - jamás le ha pasado a uno. Como decía Auden, los poemas son anteproyectos verbales de vida personal.”

De algo parecido hablaba Miguel J. Flys cuando se refería a la biografía espiritual adulterada de Cernuda en la primera edición de La realidad y el deseo.

Y como en Cernuda, encontrar una voz personal es sobre todo cuestión de tono. Encontrar ese tono, modular la voz que habla en el poema es, junto con el desarrollo rítmico de su unidad melódica, la clave de un buen texto poético.

Y esa es también una clave esencial para ver su evolución: la búsqueda y el desarrollo de esa tonalidad. Si Compañeros de viaje es la historia de una despertar, el viaje a la madurez vital, Moralidades representa su madurez poética, el logro de ese tono que se proyecta en Poemas póstumos sobre la conciencia del tiempo y la pérdida de la juventud.

A partir de ese momento muere el personaje, es decir, calla el poeta. Ahora, veinticinco años después de que Gil de Biedma dejara de escribir, se reedita este libro fundamental en el que se siguen mirando muchos lectores y muchos poetas jóvenes.

Santos Domínguez

20/6/06

Flannery O'Connor





Flannery O’Connor.Cuentos completos.
Traducción de Marcelo Covián, Celia Filipetto y Vida Ozores.
Lumen. Barcelona, 2006.


Contra el lector cansado titula Gustavo Martín Garzo el prólogo que ha escrito para esta edición de los Cuentos completos de Flannery O’Connor que reúne Lumen por primera vez en español. Allí define estos relatos como “una de las obras más extrañas, perturbadoras e inclasificables de la literatura universal.”

Escritora del Sur, la vida y la obra de Flannery O’Connor (Georgia, 1925-1964) quedaron marcadas por su pertenencia a esa región conocida como el cinturón bíblico y por una enfermedad degenerativa que apareció a la vez que su primera novela, Sangre sabia. Si esa dolencia deterioró sus huesos, mermó su movilidad y la confinó a la literatura y a la cría de pavos reales en una granja que se llamaba Andalusia, el ambiente asfixiante, de violento fanatismo religioso y prejuicios racistas propio del Sur profundo es fundamental para entender su obra narrativa.

Una obra narrativa en la que destacan especialmente sus relatos. El negro artificial, Un hombre bueno es difícil de encontrar, El pavo o La espalda de Parker son algunos de esos textos que sitúan a Flannery O’Connor en un lugar destacado de la narrativa norteamericana contemporánea.

En 1971 se habían reunido todos sus relatos en un volumen (The Complete Stories) que ahora aparece en español. Se recogían allí treinta y un relatos, de los que diecinueve se habían traducido y editado por Lumen en dos tomos en los años setenta, y doce inéditos.

Se unen en estos textos el horror y el humor, la risa y el escalofrío en una mezcla desgarrada y grotesca de enorme intensidad y que en más de un sentido recuerda el esperpentismo.

Es esta una literatura del exceso, porque en ese mundo sureño todo es excesivo y está enraizado en un desatado y extravagante fondo bíblico sobre el que crecen con la misma naturalidad el fanatismo y la maldad.
Y personajes grotescos y terribles en los que conviven la depravación y las buenas intenciones, profetas lunáticos y predicadores iluminados son los que habitan ese mundo narrativo de Flannery O’Connor, católica en aquella región de fundamentalismo protestante. Del esfuerzo por comprender un mundo ininteligible y unos comportamientos imprevisibles se nutre esta serie de relatos, como los de Faulkner y Tennesse Williams y antes los de Hawthorne.
Son cuentos desconcertantes como el mundo del que surgieron, una galería de posesos y tarados, el muestrario morboso de una mentalidad enfermiza.
Flannery O’Connor obtuvo en vida el reconocimiento de la crítica, los premios y las becas y la facilidad de las editoriales para publicar sus cuentos y sus novelas. Dio conferencias cuando la salud se lo permitía, y en ellas reflexionó sobre el oficio del escritor y su función social, sobre el cuento y su técnica, sobre el lector.

Un hombre bueno es difícil de encontrar es seguramente la más conocida de sus historias. Desde luego, la más emblemática, la que mejor resume ese mundo inverosímil y terrible. Arranca de una situación esperpéntica que parece anticipar las películas de Tarantino: una familia viaja a Florida, tiene un accidente y quien acude en su ayuda es un criminal que ha huido de la prisión, el Desequilibrado.

“Jesús es el único (dice el personaje) qu’ha resucitao a los muertos y no tenía qu´haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to.”

Esa es la razón de la ensalada de tiros que viene después. Y después de acabar con la abuela, remata con estas palabras el angelito:

“Habría sido una buena mujer si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.”



Santos Domínguez

18/6/06

Leer Guerra y paz




Liev Tolstói. Guerra y paz.
Traducción de Lydia Kúper.
Taller de Mario Muchnik.Madrid, 2003.



Para ver, junto al río Inn, al norte de Salzburgo, cómo Kutúzov pasa revista a las tropas zaristas.
Para estar con el príncipe Andrei Bolkonski el día antes de Austerlitz y después de la batalla, cuando, desde el suelo, herido, ve pasar a Napoleón.
Para entrar en los palacios de Moscú y en el Club inglés antes de que ardan.
Para ir a San Petersburgo con Bezújov y ser testigo de su ingreso en la masonería.
Para echarse a un lado cuando Napoleón atraviesa el Niemen y entra en Rusia.
Para oír los cañones cerca de la ciudad y el silencio de la nieve sobre las cúpulas.
Para oler la pólvora y la sangre y el barro mientras se comparten penurias con el ejército ruso.
Para conocer a Natasha. Y a Nesvitski.
Para acompañar a un Napoleón acatarrado antes de la batalla decisiva de Borodinó, donde se enfrenta (nos dice Tolstói) su incompetencia a la de Kutúzov, el viejo zorro.
Para no olvidar la tierra quemada y el Moscú vacío e incendiado que se encuentra Napoleón, la retirada de los franceses cuando se ha echado encima el invierno, y la descomposición de su ejército en la estepa nevada de noche.
Para volver a irritarse con esa insoportable segunda parte del epílogo, pretenciosa y altisonante.
Para entender que las noches anteriores a las batallas son más intensas y más inolvidables que las batallas mismas, como en el Enrique V de un Shakespeare del que Tolstói renegó y aprendió tanto. Del que aprendió, por ejemplo, que la víspera de Agincourt es una de las cimas de la literatura.

Y aunque nuestra perezosa imaginación visual apenas tiene que hacer ya un mínimo esfuerzo para ver las escenas que nos ha contado el cine, en otras épocas, y aún hoy, las descripciones de las batallas, sólo comparables a las de La Cartuja de Parma, siguen produciendo una enorme emoción en el lector actual.

Para estar con Andrei Bolkonski, inteligente y aburrido.
Y con Pierre Bezujov, bastardo y despistado en ese episodio del tricornio de un general que va desplumando hasta que su legítimo dueño le ruega que se lo devuelva.
Para conocer a todos los hombres en todas las situaciones y con todos los sentimientos.

A todas esas razones (y otras que me callo para no ser prolijo) se añade la de la fácil lectura en esta edición que para el Taller de Mario Muchnik preparó Lydia Kúper. Una excelente traducción en un papel ligero para un libro manejable a pesar de sus casi dos mil páginas de agradable tipografía para una lectura descansada.

Esta es, sin duda, la mejor versión en español de Guerra y paz, la que mejor se lee, por la traducción y por el cuidado tipográfico que se ha puesto en su edición.

Si el reto parece excesivo, se puede empezar con otra obra maestra del mismo autor: Hadji Murat, la impresionante novela corta sobre el líder separatista checheno que publicó Cátedra Letras Universales.

Santos Domínguez

16/6/06

De toda la vida



Francisco Ayala.

De toda la vida. Relatos escogidos.
Tusquets. Barcelona, 2006.

Preparada por Carolyn Richmond, esta amplia recopilación de relatos representativos del mejor Ayala, reúne en un enfoque que combina lo biográfico, lo temático y lo estilístico, los textos más significativos de sus épocas estéticas y de sus preocupaciones y temáticas.

El libro lo publica Tusquets y abarca setenta años de labor narrativa y es un homenaje y un resumen de una larga vida dedicada a explorar distintos terrenos estéticos y diversas situaciones vitales.

Los casi cincuenta relatos que se han seleccionado se agrupan según una ordenación cuidadosa en distintas secciones marcadas por el tiempo y el espacio:

1. Fulgores vanguardistas (Madrid, años 20).

2. A raíz de la guerra civil (Buenos Aires, años 40).

3. A seguir viviendo (Norteamérica, 1950-75).

4. Ars longa (En adelante y sin fecha).

5. La "autobiografía" del escritor (Toda una vida).

De Cazador en el alba o El boxeador y un ángel hasta El jardín de las delicias pasando por La cabeza del cordero, Los usurpadores o Historia de macacos, esta es la antología más extensa y representativa de los relatos de Francisco Ayala.

Relatos en los que se equilibran experiencia e invención como en el título de una colección de ensayos y comentarios literarios del autor granadino.

Y un valor añadido: el excelente epílogo de Carolyn Richmond: Ayala en su tiempo. Un ensayo que ilumina la obra de Ayala y la sitúa en su contexto. Un viaje por el siglo XX, en el que se repasa la trayectoria vital y literaria del autor y se justifica cada uno de los apartados y se analizan los cuentos antologados como exponentes de su evolución estilística e intelectual.

Desde los relatos vanguardistas de los años 20 a los relatos marcados por la herida de la guerra civil y el exilio hasta el análisis de la realidad sudamericana que conoció en su exilio.

Y así hasta llegar a los textos más cercanos que completan el recorrido de este volumen, que la responsable de la antología ha definido como el libro más importante del centenario.

El más reciente de los relatos recogido en De toda la vida, El filósofo y un pirata (Cruce de miradas), de 1999, es seguramente uno de los más brillantes de la trayectoria narrativa de Ayala y una demostración de su envidiable vitalidad creativa e intelectual.

“La biografía de un escritor consiste en sus escritos” decía Ayala en Recuerdos y olvidos. Y eso es también este libro, además del mejor homenaje en sus cien años: una biografía literaria en la que cabe el análisis atento de la realidad pero también la intimidad y la fantasía.

Santos Domínguez

14/6/06

La nieta del señor Linh



Philippe Claudel. La nieta del señor Linh.
Salamandra. Barcelona, 2006.

Un anciano en la popa de un barco. En los brazos sostiene una maleta ligera y una criatura, todavía más ligera. El anciano se llama Linh. Es el único que lo sabe, porque el resto de las personas que lo sabían están muertas.

El francés Philippe Claudel (Nancy, 1962) abre con ese párrafo La nieta del señor Linh, que publica Salamandra. Desde ese momento hasta el final estremecedor el lector avanza sobrecogido por sus páginas mientras mantiene su intensidad esta novela corta centrada en la figura de un anciano que huye de la guerra con su nieta.

Como una alegoría sobre el exilio y la amistad ha definido Claudel esta obra en la que los lugares no tienen nombre porque asumen una condición simbólica que va más allá de la anécdota o de la referencia histórica.

La nieta del señor Linh se abre con la llegada en barco de un anciano a un país extraño. Viaja en compañía de su nieta, casi una recién nacida a la que colma de cariño: huyen de la terrible guerra que ha arruinado su país. Los paisajes de la novela son indefinidos. El escritor no menciona ni el lugar de origen de esta triste diáspora, ni su puerto de destino, una gran ciudad occidental que desprecia a los extranjeros. La guerra de la que huye el personaje es todas las guerras, sus víctimas, todas las víctimas. No son arquetipos, pero tienen un valor universal, como sus modelos literarios, que remiten en último extremo a la Odisea, otra historia de viajes, guerras y exilios.

Como en todos los exilios, lo que cuenta en principio es lo que se deja atrás: el señor Linh mira hacia atrás desde la popa de un barco. Pasa todo el viaje mirando la estela que deja el barco. Y aunque la orilla ya es invisible, cuando mira el rostro de su nieta ve en él los paisajes y la bruma y las mañanas luminosas de su tierra.
No quiere bajar del barco que es lo único que le une a una tierra asolada por la guerra, a un país de arrozales en el que no le queda nada ni nadie.
En el nuevo país no huele a nada el aire, no sabe a nada la comida y hace mucho frío, pero el viejo canta una vieja canción a la niña. Las palabras de la canción le alivian, se burlan del tiempo, del lugar, de la edad y son una declaración de esperanza en que pese a todo vuelva la luz de la mañana, como en el nombre de la niña. Porque La nieta del señor Linh es también una historia de esperanza, amistad y solidaridad, por encima de diferencias culturales o barreras lingüísticas, de seres solitarios que se comunican con gestos y algo tan impalpable como la melancolía.

En torno a ese abuelo y a su nieta, en torno a su evidente simbología de vida y de muerte, de presente y futuro se desarrolla una fábula de enorme intensidad, una alegoría dedicada a todos los señores Linh de la tierra y a sus nietas. Un relato sobrecogedor desde el principio hasta el final. Y una tristeza blanca y amarilla, en la que flotan la memoria y el olvido, la guerra y las personas sencillas que las sufren.
Santos Domínguez




12/6/06

Travesías del ausente




Luis Izquierdo. Travesías del ausente.

Lumen. Barcelona, 2006

Coincidiendo con sus setenta años y como homenaje a su jubilación como profesor de la Universidad de Barcelona, Luis Izquierdo (Barcelona,1936) ve recogida una amplia recopilación de su obra poética en Travesías del ausente, que publica Lumen.
Seis libros, casi cien poemas, algunos de ellos inéditos y recientes, que abarcan una trayectoria de más de treinta años: desde Supervivencias (1970) hasta el último No hay que volver (2003) que había publicado esta misma editorial.

Como otras antologías, estas Travesías cumplen dos funciones esenciales: por un lado reúnen una poesía dispersa y la acercan a un público más amplio y por otro lado son una muestra de la profunda unidad temática de esos itinerarios y de su evolución.

La poesía de Luis Izquierdo tiene una coherencia asegurada en temas vertebrales como el recuerdo y en una práctica de la escritura como ejercicio de la memoria y recuperación del tiempo perdido. En esa dirección la infancia marcada por la posguerra ocupa un lugar privilegiado. Textos como Un escolar de los años 40 o Sesión continua lo ratifican.

Otros temas, como el del viaje ( Lisboa, Londres, Praga, Viena), las referencias autobiográficas, la reivindicación de lo cotidiano como objeto poético, vinculan estos textos con la poesía de la experiencia. Por cierto: ¿hay alguna que no lo sea?

Ese planteamiento central no evita la reflexión sobre la literatura como forma de conocimiento y de reconstrucción del pasado que nos ha construido y nos ha hecho como somos.

Pero la poesía es también un instrumento para estar en guardia ante la ficción del recuerdo: la poesía miente, como decía Machado:

Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía.
También la verdad se inventa.


Kafka, Hopper, G. Ferrater, Praga, Viena y Brodsky son algunos de los lugares y los nombres que completan la referencia de la aventura vital y estética de Luis Izquierdo, nombres y lugares que explican y resumen estos poemas y son algunas de las presencias de estas Travesías del ausente, que nos ofrecen, antes que otra cosa, una buena oportunidad para conocer una de las voces más personales e intensas de la poesía actual a través de unos textos que reivindican un lugar en el mundo:

De modo que otro día recomienza
y entenderlo es no sólo disentir.
Sin ser del mundo, hay que estar con él.

Santos Domínguez



10/6/06

Viaje sentimental por Francia e Italia



Laurence Sterne.
Viaje sentimental por Francia e Italia.
Traducción, edición y postfacio de Max Lacruz Bassols.
Funambulista. Madrid, 2006.

El Viaje sentimental por Francia e Italia, la última obra que publicó Laurence Sterne, es el título elegido por los editores de Funambulista para abrir una colección de Grandes clásicos en la que ya ha aparecido también el hasta ahora inédito Roderick Hudson, de Henry James, y en la que se recuperarán, en nuevas traducciones, textos tan interesantes e inencontrables como el Jean Santeuil, de Marcel Proust.

El criterio de selección de títulos es el de su transcendencia en la configuración de la literatura actual. Esa es su filosofía y su propuesta: la recuperación de clásicos incontestables de la literatura de los siglos XVIII, XIX y XX que, inexplicablemente, permanecían olvidados, y que ahora vuelven a ver la luz en ediciones cuidadísimas, en tapa dura, y con nuevas traducciones.

La colección la abre, decíamos, una nueva y cuidada traducción que Max Lacruz ha hecho del Viaje sentimental por Francia e Italia, de Laurence Sterne, la obra que consolidó su fama literaria y uno de los textos fundamentales de la literatura inglesa. Se narra en él la deambulante peripecia de un errático y jovial párroco: el mismo Yorick (alter ego del propio Sterne) que aparecía en Tristram Shandy. Con el modelo itinerante de la novela picaresca, se cuenta aquí la minúscula peripecia de un viaje por el continente.
Un viaje que empieza cuando Yorick coge en Dover la diligencia con la que inicia el viaje hacia Calais. Muy pocos años antes, William Hogarth había terminado un lienzo que sería famoso: En la puerta de Calais. Está en la Tate Gallery y el centro del cuadro es un fraile que podría haber alternado con Yorick.
Pero no se trata de un libro de viajes, sino de algo menos y de algo más. Como en sus modelos picarescos y cervantinos, el viaje no es aquí más que un pretexto, el eje constructivo en torno al cual se organizan los acontecimientos y los personajes con los que se cruza el narrador y con los que se articula una reflexión sobre la vida que entronca sorprendentemente con la mentalidad contemporánea. Y quizá ahí radique lo más acertado de esta elección: en la recuperación de un texto de una modernidad pasmosa. Un texto híbrido de narración, ensayo y libro de viajes en el que los acontecimientos y los personajes construyen, con enorme libertad y una estructura apoyada en la digresión y la anécdota, una alegoría de la existencia.

Laurence Sterne publicó este Viaje sentimental apenas tres semanas antes de morir. Ocupó la vicaría de Sutton-in-the-Forest, cerca de York, y su condición de clérigo no le impidió llevar una vida licenciosa y festiva, y leer a Rabelais, Cervantes y Burton en casa de su amigo John Hall-Stevenson. Sterne se dio a conocer como escritor a los cuarenta y cinco años, cuando publicó un escandaloso panfleto satírico.
Ese mismo año comenzaría a publicar su obra más famosa, Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, que tiene en español una traducción excelente de Javier Marías.
Después de un viaje por Francia e Italia durante siete meses de 1765, empezó a escribir este Viaje sentimental, este juego de la edad madura que agotó, con la colaboración eficiente e involuntaria de su amante Elisa, su cuerpo y su valentía y se publicó en febrero de 1768. Tres semanas después, una gripe se le complicó con su tuberculosis crónica, y murió de pleuresía el 18 de marzo de 1768.
Su muerte la sintieron más en Francia y en Alemania que en la puritana Inglaterra.
En España fue una autor desconocido durante mucho tiempo. En 1821 se tradujo por primera vez este Viaje sentimental. Su Tristram Shandy corrió todavía peor suerte. La primera traducción al español es de 1975. Sí, de hace poco más de treinta años, aunque sus ecos nos habían llegado a través de Borges, Lezama o Cortázar.

Santos Domínguez

8/6/06

Nuestra epopeya



Manuel Longares. Nuestra epopeya.
Alfaguara. Madrid, 2006.

Así es nuestra epopeya. Fuimos el alquitrán de la nueva España. Pedíamos la luna y nos dieron una carretera.

Carretera y manta para el viaje de toda una generación de españoles del campo a la ciudad. Para salir de la miseria, para ir del infierno rural al purgatorio de la ciudad dormitorio y de ahí al paraíso artificial del adosado.

De la bicicleta y la tartera al puente aéreo y al club de golf, pasando por el coche de línea y el vagón de tercera.

Un pueblo, un barrio, una ciudad, el extranjero son los espacios en los que transcurre esta epopeya colectiva de la gente humilde, de un grupo de supervivientes de unos años fundamentales para entender la historia reciente de España.

El viaje, además de su dimensión espacial desarraigada, es un trayecto hacia el progreso material: de la cartilla de racionamiento a invertir en bolsa, de la aldea a Wichita, pasando por el limbo, para volver al cabo de los años con los ahorros y una historia olvidada y una nueva actitud, la del que ha aprendido la lección. Porque, como todos los viajes literarios, este también tiene un sentido moral.

Nuestra epopeya, la nueva novela de Manuel Longares que acaba de publicar Alfaguara, es una obra coral con múltiples voces e historias que, complementaria de su imprescindible Romanticismo, centrado en la clase alta del barrio de Salamanca, sitúa ahora su foco sobre la evolución de la clase trabajadora a través de la voz de los pobres, con un enfoque alejado de la ya muy explorada técnica neorrealista, y emparentado con el expresionismo y el esperpentismo de Valle-Inclán.

Si en Romanticismo era evidente la influencia del Galdós de las novelas españolas contemporáneas, un Galdós actualizado al que se le homenajeaba constantemente, Nuestra epopeya explora el expresionismo valleinclanesco con diálogos contundentes y enfoques que recuerdan el ciclo de novelas del Ruedo ibérico.
Y como en su modelo, la narración y el diálogo van alternándose con la tensión sostenida de un ritmo vertiginoso. A un párrafo no le sucede otro, sino un diálogo y a este un fragmento en el que nuevamente irrumpe el narrador para dar paso otra vez en una espiral envolvente a intervenciones rápidas y muy expresivas, a frases lapidarias como chispazos, a diálogos que construyen al personaje con nervio valleinclanesco.

El recuerdo de la infancia, la adolescencia, el miedo y el trabajo articulan esta exploración en la memoria reciente que no debe perderse. Aunque no sea fácil que los que hoy disfrutan de la prosperidad se reconozcan en aquellos que pasaron calamidades y aprendieron de los golpes de la vida.

La novela arranca un amanecer de otoño de 1986, cincuenta años después de la guerra. Cincuenta años que son el horizonte temporal y el punto de referencia de Nuestra epopeya, aunque

Al cabo de medio siglo (dice el cazador) nada de lo que se recuerda vive.

El tema ha sido objeto de textos narrativos y dramáticos, pero muy pocas veces con la altura estilística y moral que tiene esta obra de Longares, que había dejado muy alto el listón de su exigencia y su prestigio en Romanticismo y ahora lo supera de forma admirable.

Es esta una lectura exigente pero gratificante y placentera y nada difícil. La exigencia recae más en el autor que en el lector de un texto de soberbia calidad que confirma lo ya sabido: que Manuel Longares, dueño de una de las prosas más densas y de mayor calidad de la literatura española actual, es también uno de los mejores novelistas españoles contemporáneos.

- Vosotros, para haceros ricos –dice uno de los personajes al cabo de los años- no tuvisteis que cambiar el mundo, sino crear más pobres.

Esa es la desolada conclusión de Nuestra epopeya. Ahora esos pobres no se llaman José sino Mustafá o vienen desde Senegal en cayucos, no en autobuses desvencijados desde un secarral mesetario.

No convendría olvidar que este país de nuevos ricos fue hasta no hace mucho un país de emigrantes. Aunque sepamos que los que habían salido de la miseria y del pueblo cuando vuelven no vuelven. Son ya otros con un poco de calderilla sucia en el bolsillo.
Santos Domínguez

7/6/06

Editar Guerra y paz,





Mario Muchnik.
Editar Guerra y paz.
Taller de Mario Muchnik. Madrid, 2003.


Desde hace ya muchos años he estado buscando una buena edición en español de La guerra y la paz de Tolstoi.


Así empezaba Augusto Monterroso un texto titulado El humor de Tolstoi, que recogió en 1999 en La vaca.
Monterroso era uno de los millones de lectores fascinados por la novela que tuvieron que leerla en malas traducciones que no se hacían desde el ruso, sino de una versión interpuesta en inglés o francés.
La muerte de Monterroso en 2003 coincidió por raro azar con la publicación de la mejor versión al español de Guerra y paz, la que publicó por esas mismas fechas el Taller de Mario Muchnik.

La historia de un viejo deslumbramiento y del terror a que la novela se acabe, la labor editorial en el impulso de una traducción que abarcó cuatro años y medio, casi el mismo tiempo que le llevó a Tolstoi la composición de la novela, la cuenta el editor Mario Muchnik en Editar Guerra y paz, un librito fascinante, escrito desde la admiración por esa obra que para muchos lectores es la mayor de las que se han escrito.
¿Quién sabe eso? Lo que sí es verdad es que quienes tengan la suerte de no haber leído Guerra y paz podrían ir soltando los músculos con la lectura de este diario de un lector apasionado, de este ejemplo de editores.
Los que hayan leído otras traducciones descubrirán que Guerra y paz es otro libro en esta traducción brillante y cuidada que, además de ser más respetuosa con el original, se presenta en una tipografía de fácil y descansada lectura y con un papel de calidad y poco peso, lo que en una obra de ese tamaño se agradece siempre.
Nada que ver con las viejas ediciones de Aguilar o Porrúa, de tipografía mínima y páginas de dos columnas que hacían casi imprescindibles la lupa o el microscopio.
Lo que se ofrece en estas páginas introductorias editadas en el Taller de Mario Muchnik es la intrahistoria de una traducción, la que hizo Lydia Kúper, con casi 90 años, y el relato apasionado de esos cuatro años y medio que llevó la tarea. Solo seis meses menos del tiempo que Tolstoi confesaba haber dedicado a la escritura de Guerra y paz. Ese dato confirmaría que con los grandes libros la traducción se acomete como una empresa parecida a la de la construcción original.
Santos Domínguez

6/6/06

Antón Chéjov. Vida a través de las letras


Natalia Ginzburg.
Antón Chéjov. Vida a través de las letras .
Traducción de Celia Filipetto.
Acantilado. Barcelona, 2006.


Vida a través de las letras
se subtitula esta apretada e intensa biografía de Chejov que Natalia Ginzburg publicó en Italia en 1989, un par de años antes de morir y que Acantilado edita ahora con traducción de Celia Filipetto.

Este libro está llamado a convertirse, si no lo es ya, en un clásico sobre un clásico. En los quince años que lleva publicado, se ha convertido en un texto de referencia sobre el padre del cuento contemporáneo.

Es un relato chejoviano en tono y en economía de medios eficientes el que nos dejó Natalia Ginzburg en este librito lleno de sugerencias y de sensibilidad. Una narración más amplia y más profunda de lo que hacen pensar sus páginas y su formato, porque en ella cada palabra está pensada para que quede flotando en la mente demorada del lector, para introducirle en una atmósfera que es la propia del biografiado.

No se trata, claro, de un seguimiento minucioso de la biografía de Chejov, sino de una exploración de sus líneas vitales en relación con su literatura, de una reconstrucción de acontecimientos que marcaron su personalidad y su actividad literaria, de una demostración de las profundas relaciones que hay entre vida y literatura en Chejov.

Tras el texto, oculta y latente, está la sensibilidad delicada de Natalia Ginzburg envolviéndonos en el ambiente y el tiempo en los que el narrador ruso fue construyendo una obra viva que sigue respirando y fortaleciéndose a medida que pasa el tiempo. Una obra que es menos un edificio que un árbol frondoso de hojas perennes que no han dejado de fortalecerse y de dar sombra apacible al lector.

El relato de la niñez de Chejov lo hace la autora como si se tratara de alguno de los personajes de sus cuentos tristes. Su padre, despótico y borracho, religioso y cruel, su madre sumisa y resignada, nutren también unos relatos levantados magistralmente sobre el cimiento del personaje y el silencio de algún dato definitivo que se nos oculta.

Y, como en los cuentos de Chejov, también aquí, leves y fulminantes, aparentemente intranscendentes, esos detalles menores que nos acercan mucho al personaje: las secuelas que le dejó una peritonitis, la pobreza, el ambiente familiar insufrible que persisten como un dolor sordo, como una molestia crónica.

Absorto o divertido, emocionado siempre, asiste a la lectura el lector de Chejov y el de este libro.

En las primeras páginas del libro, Natalia Ginzburg resume los cuentos de Chejov con una imagen intuitiva y precisa: su obra es la de alguien que nos abre una puerta o una ventana y nos deja mirar dentro de la casa por un momento. Luego, la misma mano que la había abierto, cierra la ventana o la puerta.

Esa imagen humilde, brillante y acertada, se puede aplicar también a este libro impregnado del espíritu de Chejov.

Con esa actitud se reconstruyen las últimas horas de Chejov en la habitación de un hotel de Badenweiler el 15 de julio de 1904, junto a Olga y una botella de champán que les mandó el médico como última terapia.

¿Para qué poner hielo sobre un corazón vacío?
, dicen que dijo, casi al final.

La situación la inmortalizó también esa cima de Carver que es Tres rosas amarillas.

Santos Domínguez



4/6/06

La suela de mis zapatos



Gonzalo Suárez. La suela de mis zapatos.

Seix Barral. Barcelona, 2006.

“El periodismo es una tribu compuesta de un solo indio”, señala Eduardo Mendoza al comienzo del magnífico prólogo que ha escrito para la edición en Seix Barral de La suela de mis zapatos, la recopilación de los artículos que Gonzalo Suárez firmó con seudónimo y fue publicando a principios de la década de los sesenta en Dicen, La gaceta ilustrada y El noticiero universal.

Martín Girard era el personaje que firmaba unos textos periodísticos que son, cuarenta años después, una brillante evocación de aquellos años sesenta.
Pasos y andanzas de Martín Girard se subtitula esta selección representativa de artículos, crónicas y reportajes, una muestra significativa e iluminada por los comentarios que hace su autor desde la perspectiva del presente.
Porque La suela de mis zapatos es una recuperación de textos pero sobre todo una reconstrucción de contextos y ambientes: los de la España de comienzos del desarrollismo, de los primeros años sesenta.

Circunstancias azarosas, como que Helenio Herrera fuese el segundo marido de su madre, colocaron a Gonzalo Suárez en una posición privilegiada para acceder a ambientes futbolísticos que reflejan algunos de los perfiles definitorios de aquella España. Eso provoca peripecias hilarantes como la de ver a Martín Girard convertido en buscador de padres para un oriundo nacido en Cabo Verde.

Precedidas de unas líneas explicativas del propio Gonzalo Suárez en las que fija esos textos en el contexto de aquellos años, por estas páginas pasean personajes como Fred Galiana o Helenio Herrera, Buñuel o Dalí.

Más allá de la mera recopilación de textos que justificaría por sí misma esta edición, el libro tiene un sentido unitario: es una reflexión sobre el pasado, sobre la fama, sobre la vanidad y la vida, sobre personajes que se creían Alejandro Magno o Gengis Khan y a los que el tiempo ha ido haciendo desaparecer en el olvido.
Ganadores y perdedores que el tiempo ha igualado: desde el futbolista famoso al loco de tercera del manicomio de Leganés, desde el pirómano que arruinó la carrera periodística de Martín Girard hasta Fred Galiana.
Diez años antes de que Tom Wolfe hablase de nuevo periodismo, Martín Girard (Gonzalo Suárez) lo practicaba con estos merodeos. Merodeos de infiltrado que nos ofrece en estas crónicas sus ejercicios de estilo narrativo y una infrecuente soltura en el uso de los diálogos.

Por entonces Gonzalo Suárez, escindido entre la literatura y el periodismo, trama una de sus novelas más ambiciosas y complejas, Rocabruno bate a Ditirambo (1966), que tiene como base el reto literario entre un periodista y un narrador. Esa novela fue mucho después una película, Epílogo, que dirigió él mismo.

Sobre Gonzalo Suárez, escritor y cineasta polifacético, escribió Julio Cortázar:
"Para alguien que aprecie los juegos sigilosos de una inteligencia irónica, y la marginalidad deliberada allí donde la gran mayoría trabaja a full time, la obra resbaladiza y casi inasible de Suárez dibuja en el panorama español contemporáneo algo análogo a lo que pudo dibujar en Francia la obra de Boris Vian."

Santos Domínguez

2/6/06

¡El autor, el autor!



David Lodge.
¡El autor, el autor!

Traducción de Jaime Zulaika.
Anagrama. Barcelona, 2006.


Finales de la década de 1880. Henry James, el gran novelista norteamericano, vive en Londres años de desazón y dudas.
La frialdad de la crítica o el fracaso de ventas de obras como Las bostonianas le inducen a intentar el éxito en el teatro, el reconocimiento inmediato del aplauso y la petición del público entusiasta que reclama a gritos que salga al escenario: ¡El autor, el autor!
Este es el tema y el título de la excelente obra de David Lodge que acaba de publicar Anagrama. Un texto profuso en el que conviven el enfoque biográfico y la ficción novelística. Literatura y vida en una novela cuya trama es el esfuerzo constructivo del escritor y la búsqueda del éxito en unos años cruciales en la vida y la creación de Henry James.

La incursión del novelista en el mundillo teatral se saldó con un estrepitoso fracaso. Guy Domville, la obra que debía abrir esa nueva vía en la literatura de Henry James, fue un descalabro que le quitaría las ganas de insistir. La amargura era mayor aún porque esos fracasos coincidían con los éxitos de autores mediocres que conectaban con el público desde su primera obra.

Claro que todo ello tuvo un saldo positivo. Superada esa época confusa y problemática, el novelista se reencontraría consigo mismo a comienzos de siglo con sus mejores obras, que vinieron en una avalancha sorprendente: sucesiva y progresivamente, Los embajadores, Las alas de la paloma y La copa dorada.

Hay en la base de este libro un inteligente manejo de documentación abundante: cartas, cuadernos de apuntes, novelas. Lodge, gemelo de Henry James, no en talento, pero sí en su visión desesperanzada, sombría y humorística de la realidad, del escritor y de sus ambiciones y mezquindades pequeñas, ha construido con ese material una novela que coge altura a medida que se va imponiendo la seriedad de la acción profunda. Porque en ¡El autor, el autor! no hay solo una reflexión sobre la vida y sobre alguna de las obras fundamentales de Henry James, sino una meditación sobre el hombre y los mecanismos que intervienen en el proceso creador.

Con su conocimiento profundo de la escena victoriana y su familiaridad con el taller de la narrativa y la técnica jamesiana, Lodge ha escrito la que seguramente es su obra más importante.
Los lectores de Henry James estarán encantados leyendo este libro que es una recreación, una actualización, un repaso por temas y episodios conocidos. Como introducción al autor y a su obra es una invitación irrenunciable.

En cuanto a la traducción, basta con decir que es de Jesús Zulaika. Esa es garantía suficiente de la calidad del texto resultante.

Santos Domínguez