09 octubre 2012

Faulkner. La mansión



William Faulkner.
La mansión.
Traducción de José Luis López Muñoz.
Alfaguara. Madrid, 2012.

Con La mansión cerraba Faulkner en 1959 la trilogía de los Snopes, un conjunto novelístico fundamental para entender su mundo narrativo. Ya en Sartoris, más de treinta años antes, había esbozado la historia de esta familia que representa la típica basura blanca y pobre del Sur. Esos personajes, una plaga dañina que se había apoderado de Jefferson, se fueron perfilando y creciendo en una serie de relatos cortos que acabarían integrándose en las tres novelas del ciclo: El villorrio, La ciudad, La mansión, una novela sobre la venganza que comienza así: El jurado dijo «Culpable» y el juez «Cadena perpetua», pero Mink no los oyó. No estaba escuchando.

Aunque en Faulkner, ya lo saben sus lectores, lo verdaderamente inolvidable son los finales. Y aquí el final es especialmente importante porque cierra una novela que es también una recapitulación no solo del mundo de los Snopes, sino de la historia del condado de de Yoknapatawpha y de toda la obra faulkneriana, “el trabajo de toda su vida”, como señala el propio Faulkner en el escueto prólogo que presenta esta novela polifónica y densa con la que el autor clausura un mundo y se despide de sus personajes.

La publica Alfaguara con una espléndida traducción de José Luis López Muñoz.

Santos Domínguez


08 octubre 2012

El gran Gatsby




Francis Scott Fitzgerald.
El gran Gatsby.
Traducción de Susana Carral.
Reino de Cordelia. Madrid, 2012.

Francis Scott Fitzgerald.
El gran Gatsby.
Traducción de Justo Navarro.
Compactos Anagrama. Barcelona, 2012.

Por debajo de su superficie sentimental y folletinesca y más allá de su desenlace truculento, El gran Gatsby es uno de esos títulos que han ido creciendo con el paso del tiempo hasta convertirse en un clásico contemporáneo imprescindible y en la más acabada representación del ambiente americano de los años veinte, la Edad del Jazz y la ley seca, con su rara y explosiva mezcla de vitalismo y decadencia, de miseria y lujo.

Pocos críticos captaron su importancia en 1925. Uno de ellos, T. S. Eliot, que la calificaba como una de las obras fundamentales de la literatura en lengua inglesa.


La actualidad de la novela la demuestra no sólo el reciente estreno de una nueva versión cinematográfica -la primera es de 1926, solo un año después de la primera edición del libro- con Leonardo Di Caprio y Carey Mulligan, sino el hecho de que coincidan hoy mismo en las mesas de novedades dos nuevas traducciones: la reciente de Justo Navarro en Anagrama, que aparece ahora en formato de bolsillo en Compactos, y la de Susana Carral en Reino de Cordelia.

Intachables las dos, se suman a la casi canónica de José Luis López Muñoz en Alfaguara. Y puestos a no elegir, cualquiera de ellas es una invitación a la lectura o a la relectura de un texto que traza una épica de la derrota, una elegía de la autodestrucción de una época y unos personajes que comparten con el autor esa virtud poliédrica, cambiante y hasta contradictoria que solo tienen los clásicos.

Scott Fitzgerald la escribió en Francia en una época complicada marcada por los problemas personales en la relación con su mujer, Zelda Sayre. Sometido a la presión de ese conflicto sentimental, el autor proyectó su propia situación en la del protagonista en su difícil relación con Daisy.

Lo reconocía el novelista en un texto autobiográfico que escribió años después. Decía allí Scott Fitzgerald de su personaje, Jay Gatsby:

Es lo que siempre fui: un joven pobre en una ciudad rica, un joven pobre en una escuela de ricos, un muchacho pobre en uní club de estudiantes ricos, en Princeton. Nunca pude perdonarles a los ricos el ser ricos, lo que ha ensombrecido mi vida y todas mis obras. Todo el sentido de Gatsby es la injusticia que impide a un joven pobre casarse con una muchacha que tiene dinero. Este tema se repite en mi obra porque yo lo viví.


Probablemente a esas alturas ya había comprendido que, de la misma manera que Gatsby traza sin saberlo como un protagonista de tragedia clásica su propio destino autodestructivo, en esa novela había prefigurado lo que sería su sino trágico.

Como en todas las novelas clásicas, lo que plantea El gran Gatsby es la relación conflictiva entre el protagonista y el mundo. De Cervantes a Proust y de Dickens a Joyce o a Kafka, esa mirada a la sociedad es un elemento que forma parte de la raíz del relato largo.

Y esa característica es la que fundamenta la vigencia de El gran Gatsby: la crítica social de un mundo frágil y superficial que acabaría estallando en el crack del 29, cuatro años después de la aparición de esta novela que de alguna forma lo profetizaba.

Porque eso es lo verdaderamente importante de esta novela: la atmósfera social y humana que evoca el narrador, Nick Carraway, un excelente hallazgo técnico que acredita la solvencia narrativa de Scott Fitzgerald, desde las primeras, inolvidables, frases del libro:

Cuando yo era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces.

«Antes de criticar a nadie», me dijo, «recuerda que no todo el mundo ha tenido las ventajas que has tenido tú.»


El mundo de la novela es un mundo de apariencias y de imposturas, un mundo de máscaras en el que nadie es lo que parece, empezando por el propio protagonista, que oculta su pasado oscuro, se inventa una biografía presentable y cambia su nombre real –James Gatz- por el más elegante Jay Gatsby.

Scott Fitzgerald siempre tuvo sentimientos encontrados hacia el mundo de los ricos, con los que alternó en fiestas tan dadas al exceso como las que ofrece Gatsby, un advenedizo como él en ese paraíso mundano y vertiginoso.

Son los mismos sentimientos encontrados que tiene Carraway, un narrador comprensivo que ha aprendido a no juzgar a nadie, hacia un Gatsby complejo y poliédrico.

Ambiguo y misterioso, problemático y contradictorio, víctima o verdugo, ángel o demonio, héroe o antihéroe, Gatsby no es ni una cosa ni otra o tal vez las dos a un tiempo, tras la cortina de humo o de niebla que difumina su contorno moral y lo convierte en un personaje opaco.

Pero en todo caso, como explicó lúcidamente Vargas Llosa, Gatsby es un personaje emparentado con una genealogía de personajes como Don Quijote o Mme. Bovary, habitantes de un mundo en el que se han borrado las fronteras entre la realidad y la fantasía, entre la vida vivida y la vida soñada y acaban sus asumiendo la derrota y el fracaso de sus sueños perdidos.

Y eso es lo que hace de Gatsby, por encima de su pasado turbio y su ambigüedad ética, un personaje admirable.

Santos Domínguez

05 octubre 2012

Joaquín Márquez. Pira de Incienso


Joaquín Márquez.
Pira de Incienso.
Reino de Cordelia. Madrid, 2012.


Yo lo he visto pasar –Moguer al fondo-
las noches en que el cielo está más hondo,
de su májico verso caballero.


Así termina Nocturno de Moguer, una emocionada evocación de Juan Ramón Jiménez que forma parte de Pira de Incienso, el libro con el que Joaquín Márquez ha obtenido el XV Premio de Poesía Eladio Cabañero que acaba de publicar Versos de Cordelia.

Es uno de los veinticinco poemas con los que el poeta tiende puentes de doble dirección que comunican vida y literatura, mediante la palabra, la verdad y la emoción que siempre están al fondo de la auténtica poesía.

Porque aunque en Pira de Incienso no faltan ni la ironía –el arte es un curioso sucedáneo- del espléndido Retrato de familia ni el sarcasmo del Soliloquio del ángel caído -sus descendientes me darán legiones-, en sus textos predominan el afecto, el homenaje y la emoción proyectados en escritores, artistas o pintores, en los que la cultura se hace vida y la vida se hace cultura para expresar el sentimiento del tiempo del tiempo destructor en la intensidad de sus versos, la piedad del Último retrato de Almotamid, el rey sevillano, más triste que Boabdil-, un soliloquio sin centro de Van Gogh o una conclusión desengañada de Paracelso –sé bien/ que el oro es el plomo/ de los muertos.

Bajo la mirada deslumbrada por el fulgor de la luz, la garganta y el corazón del sur de Joaquín Márquez reúnen en este libro no solo ese mundo cultural hecho vida, sino al descubridor de la antimateria y al ciclista Luis Ocaña (el mérito está en llegar el último), a Ernesto Guevara, insobornable en su gesto y en su dignidad y la evocación en silvas gongorinas de un espontáneo que torea de salón las armas represivas del franquismo bajo el sol de injusticia de una tarde de huelga.

Reunidos por la voz madura y serena de Joaquín Márquez, en una convivencia natural que les da la unidad de tono del libro y la variedad de metros que se ajustan a los ritmos interiores de la emoción, el recuerdo y la experiencia, los textos de Pira de Incienso -algunos de ellos memorables en la fusión de intensidad y precisión verbal- escriben la única historia que de verdad interesa al lector y al escritor: la historia personal de la cultura.

Santos Domínguez

04 octubre 2012

Antonio Pereira. Todos los cuentos


Antonio Pereira.
Todos los cuentos.
Prólogo de Antonio Gamoneda.
Siruela. Madrid, 2012.

Una página ya conocida –sostenía Pereira- es nueva en cada relectura, en cada actualización, porque el lector nunca es el mismo.

La reunión de toda su narrativa breve en un volumen que publica Siruela en una esmerada edición es una nueva ocasión para comprobar la vitalidad de los relatos, para releer o para leer por vez primera a Antonio Pereira, del que decía Manuel Talens:

Si en el mundo hubiera eso que llamamos justicia, si Dios (¿pero existe?) fuera en verdad misericordioso, hace años que Antonio Pereira estaría públicamente considerado como el contador de historias más grande que ha dado este país en el último cuarto de siglo.

Aquel artículo terminaba con una recomendación que agradecerán quienes aún no hayan leído estos cuentos: Lean a Antonio Pereira. Les cambiará la vida.

Se reúnen en este volumen todos los relatos que fueron apareciendo en seis libros publicados entre 1967 y 2007, entre Una ventana a la carretera  y La divisa en la torre. Y se añade un último relato, Bradomín, de 2008.

Está recogido aquí en su totalidad el inconfundible mundo narrativo de Antonio Pereira, la oralidad del filandón estilizado que es el humus de sus relatos, en los que se armonizan con refinado oficio lo mejor de la tradición y de las aportaciones del relato contemporáneo para integrar una evidente variedad de técnicas narrativas en un continuo ejercicio de virtuosismo formal, de equilibrismo divertido y seguro en el filo de la navaja, como destacó Ricardo Gullón.

En Pereira se funden la ironía cervantina y el humor comprensivo, la profundidad sicológica y el uso magistral de los diálogos, la fluidez de la oralidad y la sabiduría en el uso de las técnicas elusivas. Y una melancolía en las evocaciones que tiene algo de indecible y que convive en su mirada con la cordialidad zumbona, con esa forma castiza de ironía que llamamos retranca.

La publicación de su narrativa breve completa depara una nueva ocasión de comprobar que el cuento no es un género menor, sino una manifestación fundamental de la literatura, un género para el virtuosismo. Nos lo tuvieron que venir a decir los autores sudamericanos y entonces se empezó a valorar a Ignacio Aldecoa o al mismo Antonio Pereira como referencias fundamentales cuya sombra ha ido creciendo en el panorama narrativo español.

Estos cuentos completos dan cuenta de la altura narrativa, de la variedad temática y la riqueza técnica de un autor experto en sutileza e ironía, en un esperpentismo suave, sin desgarro ni alejamiento, que busca siempre  la complicidad de aquellos lectores que Pereira invocaba en el título de una de sus antologías más leídas, Cuentos para lectores cómplices.

El ingeniero Balboa, Las peras de Dios, El síndrome de Estocolmo, La ilustre casa de Pereira, La Orbea del coadjutor o El pozo encerrado son algunos de esos textos imprescindibles e inolvidables. Cuentos en los que la realidad y la imaginación convergen en una técnica que Antonio Pereira maneja como pocos: la que le permite contar lo irreal de forma verosímil para hacer creíble lo increíble y para presentar lo real con un toque de fantasía que lo eleva un palmo o dos por encima de su altura diaria.

Además de las valoraciones de la crítica, los mayores elogios de la obra narrativa de Antonio Pereira los han firmado Mateo Díez, José Mª Merino o Martín Garzo. Y no sólo narradores como esos, también poetas como Antonio Colinas, Juan Carlos Mestre o Antonio Gamoneda, que ha escrito para este volumen una espléndida Carta (sin fecha) a Antonio Pereira, en la que afirma: Realidad poética es el componente verídico y esencial de tu narrativa breve, y esta es la razón de su sencilla, íntima –implicada- grandeza. Todo ello tiene como causa –aquí una obviedad necesaria- que tú, esencialmente, eres poeta, y, precisamente porque eres poeta, escribes una prodigiosa narrativa breve.

Y es que la precisión y la exactitud de la prosa de Pereira aproxima sus cuentos a la estilización de la poesía. Y así surge un relámpago de acero como el de la navaja de la barbera alemana de uno de sus libros, Picassos en el desván.

Un volumen para el disfrute de sus lectores, que podrían llevar una pancarta como la que llevaban sus amigos canarios cuando fueron a recibirle al aeropuerto de Tenerife:

LEA USTED A PEREIRA

Pues eso. Léanlo.

 
Santos Domínguez

03 octubre 2012

Musil. Prosa temprana


Robert Musil.
Prosa temprana
y Obras póstumas publicadas en vida.

Traducción de Claudia Cabrera.
Sexto Piso. Madrid, 2007.

Tras el retrato magistral y definitivo de Robert Musil que hizo Canetti en El juego de ojos, resulta una osadía cualquier aproximación crítica a uno de los autores que con Proust, Kafka, Joyce o Faulkner renovó decisivamente la literatura de la primera mitad del siglo XX.

Entre los escritores entonces tenidos por tales
–escribía Canetti- ninguno poesía su talla, ni en Viena ni acaso en todo el ámbito de la lengua alemana.

Y aunque no siempre tuvo esa consideración entre sus coetáneos, a los setenta años justos de su muerte es uno de los indiscutibles fundadores de la literatura contemporánea, un autor que hizo de la precisión su método estilístico. Y ese método lo puso al servicio de lo que fue el objeto de toda su escritura: la vivisección de la realidad y de sí mismo a través del rigor analítico y de una mirada tan penetrante cuando se dirige hacia el exterior como intensa cuando se proyecta hacia la complejidad interior de los personajes.

Ese proyecto literario tuvo su culminación en El hombre sin atributos, uno de los monumentos literarios que dejó la cultura de entreguerras, pese a quedar inconcluso; una novela sobre la insoportable inconsistencia del individuo y un clásico contemporáneo que hace de Musil toda una literatura.


Pero Musil y su literatura son mucho más que esa obra monumental e inacabada que aspiraba a representar la realidad contemporánea. Y para comprobarlo o simplemente para entrar en ese universo literario llamado Musil, nada mejor que adentrarse en la lectura de Prosa temprana y Obras póstumas publicadas en vida, cuatro volúmenes esmeradamente editados en Sexto Piso con traducción de Claudia Cabrera.

El primero de ellos recoge Las tribulaciones del estudiante Törless (1906), una autobiografía de la insatisfacción y el despertar sexual en la que Musil explora la correspondencia entre la situación personal del protagonista y la conflictiva realidad del cambio de siglo y hace de la crisis adolescente de Törless un reflejo de la crisis finisecular.

La brutalidad de un internado, la soledad y la melancolía, la búsqueda de sentido, los límites del lenguaje a la hora de transmitir la complejidad de los estados de ánimo y de explicar las conductas son algunas de las claves de una novela que resume la mirada de Musil hacia un mundo incomprensible.

Autobiográfica y lúcida, introspectiva y autocrítica, más allá de una novela de formación es una crónica inclemente del fin de una época y una profecía inquietante de los tiempos belicistas y dictatoriales que se avecinaban porque en la crueldad de los adolescentes compañeros de Törless germinaba la semilla de las guerras mundiales y del nazismo.

Cinco años después, los dos relatos de Uniones abordan las relaciones de pareja y la sexualidad a través de una serie de situaciones que en parte son el campo de pruebas del que surgirían algunos personajes y temas que reaparecen en El hombre sin atributos.

Tres mujeres, el tercero de los volúmenes de esta edición, es ya una obra madura de Musil. Se publicó en 1924 y rastrea a través de tres figuras femeninas – una campesina, una misteriosa portuguesa y una adolescente- la vinculación entre psicología y erotismo en tres relatos espléndidos en los que Musil muestra una enorme agilidad narrativa y un constante equilibrio entre tensión y sutileza.

Finalmente, Obras póstumas publicadas en vida, de título irónico y paradójico, es un conjunto de textos breves escritos en su mayoría entre 1920 y 1929, un año antes de la aparición de la primera parte de El hombre sin atributos, y contemporáneos por tanto de esa obra mayor.

Entre el artículo y el relato corto, contienen premoniciones y parábolas, sátiras y paráfrasis, alegorías e historias de animales y dan cuenta de la variedad de asuntos y registros que ensayaba Musil. Desde la inflación hasta un entierro en un pueblo esloveno, desde la risa de un caballo hasta una pensión romana, desde la grandeza de los poetas hasta la hermosura de los bosques, cualquier tema se somete a la mirada y a la escritura de Musil para transformarse en pura y alta literatura.

Santos Domínguez

02 octubre 2012

Musil. El hombre sin atributos

Robert Musil.
El hombre sin atributos.
Traducción de José María Sáenz.
Austral. Barcelona, 2010.

Una obra monumental e inacabada que a través de Ulrich, su protagonista, va más allá del mero carácter de ficción para convertirse en una alegoría de la disolución de un mundo, en una interpretación moral, filosófica, histórica y cultural de la crisis de la razón científica positivista, de la pérdida de identidad del hombre contemporáneo, de la caída del Imperio Austrohúngaro – la Kakania de la ficción-, y del papel del intelectual en la problemática modernidad de la Europa de entreguerras.

Pese al fondo interpretativo e intelectual de su obra, Musil quiso evitar que El hombre sin atributos se convirtiera en un ensayo sobre las raíces últimas del desastre, para lo que utilizó dos recursos: el distanciamiento irónico y la creación de escenas narrativas y de descripciones que evocan la realidad viva que conoció de cerca y de la que fue víctima y cronista lúcido.

Cuando le sorprendió la muerte, en 1942, Robert Musil tenía 61 años, llevaba más de dos décadas enfrascado en la escritura de El hombre sin atributos y su obra estaba prohibida en la Alemania nazi por nociva. Había publicado dos volúmenes de la novela y dejaba inédita una parte que se publicaría al año siguiente, aunque eso no alteraba su condición de obra truncada.

Aun así, una parte de la crítica actual considera El hombre sin atributos como la más importante novela del siglo XX escrita en alemán, por delante de obras como La montaña mágica, La muerte de Virgilio o las obras de Kafka.

La edición definitiva de los dos tomos de El hombre sin atributos, que Austral recoge en un estuche con la espléndida y más que meritoria traducción de José María Sáenz, pone al alcance de cualquier lector una novela fundamental de la literatura del siglo XX.

Santos Domínguez


01 octubre 2012

Karl Kerényi. Prometeo


Karl Kerényi.
Prometeo.
Interpretación griega de la existencia humana.

Traducción de Brigitte Kiemann.
Sexto Piso. Madrid, 2011.

De entre todos los mitos griegos, Prometeo es el que tiene la más extraordinaria relación con la humanidad, escribe Karl Kerényi en Prometeo. Interpretación griega de la existencia humana, que publica Sexto Piso con traducción de Brigitte Kiemann.

Ni dios ni hombre, intermedio entre Hermes y Ulises, el de Prometeo es un mito solidario cuya actitud sacrificial se puede relacionar con el papel mesiánico y redentor de Cristo, aunque el griego nunca se hace hombre ni habita entre nosotros, sino que permanece siempre en el ámbito de la mitología.

Y sin embargo el eje de este libro es que Prometeo, como sugiere el subtítulo, representa la interpretación griega de la existencia humana en un periodo prefilosófico.

Del linaje de Jápeto el Titán y protagonista de la única tragedia de Esquilo que se conserva íntegra, fue el astuto, el heraldo de los titanes, el que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres y liberarlos de la oscuridad, el segregado, el habitante del reino de lo oscuro, el dueño de un secreto, el profeta, el encadenado al que el águila de Zeus devoraba durante el día el hígado que se regeneraba de noche.

Este volumen, la cuarta entrega de la espléndida tetralogía que el filólogo húngaro dedicó a las imágenes primigenias de la religión griega, es un acercamiento penetrante y decisivo al mitologema de Prometeo a través de la poesía clásica griega y de su reaparición en Goethe, el mitólogo moderno, el mediador entre la antigüedad y nosotros, que ve en ese mito fundacional un reflejo de su propia experiencia juvenil como poeta y como hombre.

Santos Domínguez