17 noviembre 2010

Aretino. Casos de amor



Pietro Aretino.
Casos de amor.
Traducción de José Antonio Bravo.
Tintas de Perico Pastor.
Barataria. Barcelona, 2010.

Con traducción de José Antonio Bravo y tintas de Perico Pastor, Barataria publica por primera vez en español los Dubbii amorosi de Pietro Aretino. Son los Casos de amor que aparecen en la colección Uno más uno, que reúne textos con imágenes.

Sus octavas y cuartetos acoplados tienen una estructura binaria en la que se plantean a Ser Agnello –una autoridad en la materia- diversas dudas sobre asuntos eróticos de burdeles o conventos para que proponga una respuesta. Muy probablemente se trata de una parodia de las estructuras retóricas de la escolástica universitaria y los studia medievales.

Una parodia de estilo, de tono y de tema, porque estos textos descarados y audaces son el reverso de Savonarola. Sus tecnicismos jurídicos, su jerga frailuna y su latín macarrónico se dedican a explorar el territorio pecaminoso del onanismo, la sodomía o la lujuria en todas sus variantes y a manifestar el anticlericalismo de aquella época vitalista.

Forman parte de una línea literaria heterodoxa y secreta que frecuentó el Renacimiento y que dio lugar a numerosos textos que circularon en copias manuscritas o en ediciones ilustradas y clandestinas.

Azote de príncipes y pornógrafo famoso, Pietro Aretino (1492-1556) fue uno de sus más caracterizados representantes, hasta el punto de que su fama hizo que se le atribuyesen textos que no escribió. Tras publicar sus Sonetos lujuriosos en 1525, sufrió un atentado con arma blanca tras el que se refugió en la más tolerante Venecia, donde pudo haber compuesto estos Casos, de dudosa atribución.

En todo caso, si no los escribió Aretino, fue alguien de su escuela, su tono y su talante quien compuso cuartetos como estos:

Dubbio V

Destossi l'abadessa con gran furia

sognando di mangiar latte e giuncate,
trovossi in bocca il cazzo dell'abbate.
Fu peccato di gola o di lussuria?

Risoluzione V


Non fu gola o lussuria, è risoluto,

perché questo caso accidentario;
ben se l'avesse avuto in tafanario
o in potta dubitar s'avria potuto.

Por uno de esos raros caprichos del calendario, Aretino murió cuando la Iglesia celebraba en Trento un concilio que le iba a apretar las tuercas inquisitoriales de la ortodoxia al Renacimiento, a la literatura y a la vida.

Santos Domínguez

15 noviembre 2010

El sueño del celta


Mario Vargas Llosa.
El sueño del celta.
Alfaguara. Madrid, 2010.

En la justificación del Nobel otorgado a Vargas Llosa, decía la Academia Sueca que el premio se le concedía al novelista peruano por “su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota.”

Y eso es en gran medida El sueño del celta, la novela que Vargas Llosa publica en Alfaguara sobre la figura del diplomático irlandés Roger Casement (1864-1916), que denunció la violencia criminal de la colonización belga del Congo y el régimen terrorista y genocida que implantó allí la católica majestad del rey Leopoldo II.

No hace muchos meses que Ediciones del viento editó en el volumen La tragedia del Congo el largo y demoledor informe que Casement escribió en su particular viaje al corazón de las tinieblas cuando era cónsul británico. Apareció en 1903 con el título The Congo Report y ha sido la base documental de parte de la novela de Vargas Llosa.

Porque la otra parte se centra en un informe de Casement sobre la Amazonía peruana, el Informe sobre el Putumayo, que asume las denuncias del periodista Benjamín Saldaña y describe pormenorizadamente las brutalidades que los comerciantes de caucho cometían sobre los indígenas:

-¿Alguna vez tuvo usted que matar indios en el ejercicio de sus funciones? Roger vio que los ojos del barbadense lo miraban, se escabullían y volvían a mirarlo.
-Formaba parte del trabajo -admitió, encogiendo los hombros. (...)
-¿Me diría cuánta gente tuvo usted que matar, señor Thomas?
-Nunca llevé la cuenta -repuso Eponim con prontitud-. Hacía el trabajo que tenía que hacer y procuraba pasar la página. Yo cumplí.

Roger Casement fue la conciencia ética que denunció los excesos del colonialismo, la explotación masiva de las materias primas y el exterminio, las mutilaciones y las torturas sobre la población autóctona que se resistía al trabajo extenuante del esclavo. Y esas denuncias las hizo tras conocer de primera mano aquellos excesos, porque Casement -como Conrad, a quien le abrió los ojos- creyó ingenuamente durante muchos años en la labor civilizadora de las potencias occidentales, que decían llevar a aquellos territorios la religión, la ley y la justicia y no el saqueo, el expolio y el exterminio.

Como Conrad, Casement fue un idealista que no se dio cuenta de que Stanley era un tipo siniestro, un mercenario al servicio del horror, la codicia y el terrorismo de estado, y no un intrépido explorador:

Años después, en la duermevela visionaria de la fiebre, se ruborizaba pensando en lo ciego que había sido. Ni siquiera se daba bien cuenta, al principio, de la razón de ser de aquella expedición encabezada por Stanley y financiada por el rey de los belgas, a quien, por supuesto, entonces consideraba -como Europa, como Occidente, como el mundo- el gran monarca humanitario, empeñado en acabar con esas lacras que eran la esclavitud y la antropofagia y en liberar a las tribus del paganismo y las servidumbres que las mantenían en estado feral.

Aquel viaje de cien días por el Congo cambió la vida, el carácter y la mentalidad de Casement, que, en una nueva travesía que se inicia en Canarias en enero de 1913, acabó militando en su lúcida madurez en los movimientos independentistas irlandeses y conspirando desde Alemania contra el gobierno de Londres.

Hasta ahí la ejemplar figura pública que es el centro de El sueño del celta. Porque Casement se complicó la vida -o se la complicaron- con unos diarios íntimos de dudosa autenticidad en los que proyectaba una serie de fantasías con las que daba cauce a su homosexualidad. Falsos o no, escritos por él o fabricados por sus enemigos, el hecho es que esos Diarios Negros le desacreditaron ante la opinión pública y dañaron irreversiblemente su fama.

—Cómo pudo ser tan insensato, hombre de Dios, le reprocha el pasante de abogado cuando le visita en prisión.

Organizado en tres partes (El Congo, La Amazonía e Irlanda) y un epílogo, El sueño del celta es un acercamiento a la figura de Casement en su doble dimensión, pública y privada. A lo largo de la novela, Vargas Llosa explora esa dimensión contradictoria de la figura poliédrica que lo protagoniza. Detrás de las denuncias de un Casement intachable que elabora informes en los que deja el testimonio de sus travesías por el horror y denuncia la potencia devastadora del colonialismo o lucha por la independencia de Irlanda, hay un Casement secreto, el que aparece en esos diarios dudosos que aniquilaron su prestigio.

Y así cobra todo su sentido la cita de José Enrique Rodó que abre la novela como una clave: Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes.

El sueño del celta mantiene un balance constante entre el documento histórico y la imaginación narrativa, entre lo público y lo privado, entre el presente del personaje que espera en 1916 en una celda londinense la conmutación de la pena capital y el pasado en el que recuerda su experiencia del horror en el Congo y en la Amazonía.

Porque los mapas continentales de la maldad son semejantes, a pesar de las distancias y pueden ser descritos, silenciados o tergiversados por los historiadores, pero la personalidad de un hombre tiene siempre inaccesibles zonas de sombra que sólo puede iluminar la reconstrucción imaginativa de la novela por medio de una técnica narrativa tan poderosa y eficaz como la que despliega Vargas Llosa.

Y así El sueño del celta, además de un recorrido por ese mapa del terror que figura ensangrentado en la portada, es un viaje al interior del personaje, una incursión en las zonas más oscuras y secretas del Casement privado, del personaje terminal sometido a la degradación física de la suciedad y a la humillación moral por parte de los carceleros en el oscuro interior de la prisión de Brixton, lleno de piojos y pulgas, previa a la última humillación en forma de exploración anal tras su ejecución en la horca.

Con ese viaje al interior –de la celda y del personaje encerrado en ella- comienza significativamente la novela:

Cuando abrieron la puerta de la celda, con el chorro de luz y un golpe de viento entró también el ruido de la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó, asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la silueta del sheriff. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos maledicentes, lo contemplaba con la antipatía que nunca había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia.


Santos Domínguez

12 noviembre 2010

Poetas románticos ingleses


Poetas románticos ingleses.
Edición bilingüe.
Introducción de José María Valverde.
Traducciones de José María Valverde
y Leopoldo Panero.
Backlist. Barcelona, 2010.

Cinco por dos. Cinco poetas ingleses traducidos por dos poetas españoles.

Wordsworth, Coleridge, Byron, Shelley y Keats son los cinco Poetas románticos ingleses que forman parte de la antología de poesía romántica que con traducciones de otros dos poetas, Leopoldo Panero y José María Valverde, se publicó en 1989. Desde entonces, esa edición se ha convertido en una referencia ineludible y prestigiosa de las traducciones de poesía romántica inglesa al español. Y en algo mucho más importante: en una puerta abierta que invita a entrar en ese mundo poético tan cercano a la sensibilidad contemporánea y tan decisivo en la configuración de la poesía que vino después.

Poliédrico y contradictorio, pero fundamental en la formación de la mentalidad y la sensibilidad contemporáneas, el Romanticismo es la consecuencia cultural de la Revolución Francesa y promovió su propia revolución en el terreno estético e ideológico. La ruptura de lo clásico, el triunfo de lo individual sobre lo colectivo, la exuberancia del corazón en el sentimiento desbordado, el exceso del yo frente al fracaso de la sobria razón ilustrada son algunas de las claves de un movimiento que, más allá de las modas fugaces, contempla el mundo como obra de arte, reivindica el misterio nocturno y la rebeldía y expresa el malestar del artista que ha sido desplazado a los márgenes de la actividad social.

En último extremo, el Romanticismo en sus planteamientos ideológicos y artísticos es no sólo una reacción irracionalista dentro de los movimientos pendulares de la historia de la cultura, sino la extremada protesta y la voluntad escapista de quienes renegaban del Antiguo Régimen, pero no encontraban su lugar en la nueva organización de la sociedad industrial que los relegaba a una situación irrelevante.

De ese cambio de posición del artista y del poeta surge la emancipación del pensamiento filosófico, la subjetividad vitalista y antinormativa de la creación literaria, musical o pictórica, pero también el desasosiego, la rebeldía y el escapismo que están en la raíz de muchas actitudes románticas, pero que van mucho más allá de sus límites cronológicos.

Porque el Romanticismo, que en su desazón anticipa el desasosiego contemporáneo, fue un movimiento estético que estrictamente duró tres décadas, pero tuvo consecuencias que se prolongan en la actualidad a través de una serie de cruciales estaciones de paso que se llamaron Wagner, Nietzsche, Baudelaire o Rilke, tan intermedios como determinantes de todo lo que vino después de ellos.

Tal vez por eso estos poetas románticos son la juventud más joven de la poesía occidental, nos siguen pareciendo eternos adolescentes instalados en una permanente rebeldía, en una defensa de la libertad frente a la norma, de la estética frente a la ética, de la creatividad imaginativa frente a la imitación mimética.

Estos cinco poetas fundamentales, cada uno de ellos con su voz personal, aunque unidos por temas y actitudes comunes y por propuestas estéticas similares, son una representación significativa del universo poético del Romanticismo, de su tonalidad, de su forma de mirar la realidad y el paisaje, de proyectar sus estados de ánimo en la naturaleza.

Narrativos y líricos, dos de ellos -Wordsworth y Coleridge- fueron los poetas de los lagos, respetables y magistrales; otros dos –Byron y Shelley-, satánicos y escandalosos, y Keats, el poeta-poeta, el que murió más joven, a los 25 años, el más claramente tocado por el don de la poesía y la palabra, el que más prestigio conserva hoy entre los poetas.

Inventaron el alpinismo e hicieron del Mont Blanc una cima poética de la que nunca bajaron las palabras, escribieron bajo los efectos del láudano y vieron a Kubla Khan, hicieron poesía –la emoción recordada en tranquilidad- con el lenguaje de la conversación, creyeron en la biografía como obra de arte y mantuvieron un impulso prometeico de rebeldía en una poesía hecha de búsquedas y preguntas sin respuestas.

En las páginas de esta antología de una poesía de la mirada y la imaginación, navega a la deriva un viejo marinero alucinado, cantan con distinta letra y la misma música el ruiseñor de Coleridge y el de Keats, Byron hace en Caín la apología del incesto con su hermanastra, se oye a un cuco en medio del paisaje de Worsdworth, cruje la escarcha a medianoche y la melancolía se transforma en Shelley en un himno a la belleza intelectual.

Esta antología imprescindible llevaba descatalogada algunos años. La recuperación en el cuidado catálogo de BackList añade a las traducciones de Panero y Valverde los textos originales, con los que se completa una generosa y representativa edición bilingüe de casi quinientas páginas. Una edición en la que lo único que se echa en falta es la actualización de la bibliografía, que no va más allá de 1987 –tal como la dejó José María Valverde- y que debería haberse puesto al día con las numerosísimas traducciones nuevas que han ido apareciendo estos años.

Santos Domínguez

10 noviembre 2010

Tragedias de Shakespeare


William Shakespeare.
Tragedias.
Teatro completo I.
Edición de Ángel Luis Pujante.
Espasa. Madrid, 2010.


La colección Espasa Clásicos publica, con traducciones de Ángel Luis Pujante y Salvador Oliva, inéditas dos de ellas -las de Tito Andrónico y Timón de Atenas-, las diez tragedias que compuso Shakespeare entre 1590 y 1607. Es el primero de los tres tomos en que se ha organizado la edición del teatro completo del dramaturgo isabelino. El segundo volumen recogerá sus comedias y tragicomedias y el tercero, los dramas históricos.

Romeo y Julieta, Julio César, Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth, Antonio y Cleopatra, Coriolano. La corona y la espada. El puñal y el veneno. El hacha y el pañuelo. Esos son algunos de los instrumentos de que se sirven la muerte, la venganza o el odio en las tragedias de Shakespeare.

Como a todos los clásicos que lo son de verdad, a Shakespeare no se le acaba de leer nunca. En cada nueva lectura, en cada nueva versión, en cada puesta en escena de sus variadas tramas incide una luz distinta. Las brujas de Macbeth con su profecía cumplida en las sombras del bosque de Birnam. La duda permanente de Hamlet, un intelectual alojado en la incertidumbre, un personaje que refleja nuestras propias experiencias, los temas y la sensibilidad de nuestra época. El desenfado joven de Mercucio, un poco bocazas y tan responsable de su muerte como los dos adolescentes de Verona. La mezcla sutil de grandeza y debilidades en un Julio César declinante. Un Yago que ensombrece al moro de Venecia en una tragedia que trata más de la traición, la mentira y la envidia que de los celos. El rey que tenía tres hijas en esa cima del teatro en la que Shakespeare reflexiona sobre el tiempo, la decadencia física, la soledad y la muerte.

Auden destacó la distancia que separa las tragedias griegas, en las que el desastre viene desde fuera como una maldición inevitable, de las de Shakespeare, en las que los personajes labran minuciosamente el camino de su ruina. Un Shakespeare que nos transmite la imagen amarga del hombre como animal sanguinario y cobarde, traicionero y cruel.

Como todos los clásicos que están por encima del tiempo, Shakespeare es también un hombre profundamente vinculado a su época, un autor que hace la crónica del pasado, el resumen del presente y la profecía del futuro. Y así como lo más local suele ser clave de lo universal si lo trata una mano con talento artístico, así también la obra que hunde sus raíces en el presente puede ser la cifra intemporal del mundo. No hay asunto de la actualidad que no esté planteado y resuelto en un clásico que, más que ningún otro, es sinónimo de contemporáneo. No hay más que echar un vistazo alrededor para darse cuenta de la vigencia de Shakespeare. Un mundo que sigue habitado por Macbeth, Lear y Hamlet. Aquellos que mejor los encarnan hoy no están en las compañías de actores, sino en la calle, en la política, en la escalera de al lado.

Complejas, cercanas y distantes a la vez, esas criaturas de Shakespeare no son los arquetipos de la envidia, la mentira o la ambición, sino sus encarnaciones más definitivas. En eso consiste la invención de lo humano de la que hablaba Harold Bloom, que al comienzo de su excelente Shakespeare. La invención de lo humano, respondía a la posible pregunta ¿Y por qué Shakespeare?, con una respuesta también interrogativa, aunque retórica: Pues, ¿quién más hay?

Santos Domínguez

09 noviembre 2010

Una rareza. Un libro divertido sobre educación


Juan José Romera.
Retrato canalla del malestar docente.
Toromítico. Córdoba, 2010.


Decir de un libro que trata sobre la educación que es divertido puede parecer de una frivolidad intolerable. No se sabe por qué, se espera normalmente de los libros que tratan sobre educación que sean serios, sesudos, normalmente dictados por la indignación y, en consecuencia, tremendamente aburridos.

El libro de Juan José Romera es, sin embargo, sumamente divertido y, lo que es curioso, también serio como corresponde a un libro sobre educación. El mismo título anuncia la intención del escritor de acercarse a la problemática de la implantación de la LOGSE, o lo que es lo mismo, de la educación comprensiva en nuestro país, desde un punto de vista ameno e irónico.

Para ello ha elegido una forma de abordar el tema muy moderna. El libro consiste en una serie de correos electrónicos que envía una profesora de secundaria al hijo de su marido, también profesor de secundaria. Las contestaciones de este no figuran, dado que se supone que están contenidas en las respuestas que les da la profesora.

Dada la inevitabilidad de encontrar una figura que sirva de contrapunto a la defensa de la LOGSE que hace el profesor, es la profesora la encargada de los ataques contra la LOGSE. Ataques tanto más divertidos cuanto que la profesora encarna esa actitud tan conocida en parte de nuestro profesorado consistente en que bajo una apariencia de progresismo se esconde a veces el más trasnochado conservadurismo educativo. De esta forma se consigue exponer los puntos encontrados anti LOGSE y pro LOGSE.

La serie de correos electrónicos, todos unidireccionales de la profesora al profesor, como son los contenidos en el libro podría haber contribuido a hacer pesada su lectura. Sin embargo este planteamiento se alivia introduciendo pequeños capítulos dedicados a glosar con mucho acierto los términos educativos más al uso relacionados con la famosa LOGSE.

Por lo demás el libro está magníficamente informado y documentado. Para quien quiera recordar, por ejemplo, quiénes han sido los eminentes y afamados escritores que han dedicado a la educación artículos que sólo se pueden tachar de zafios e ignorantes, el libro le dará citas inestimables de todas las tonterías que la gente es capaz de decir sobre la educación de ayer en comparación con la de hoy.


José Torreblanca

08 noviembre 2010

La Celestina como tragedia


Enrique Moreno Castillo.
La Celestina como tragedia.
Renacimiento. Sevilla, 2010.

Una crédula tradición crítica admite que la Tragicomedia de Calisto y Melibea es una moralidad adoctrinadora de jóvenes contra la pasión. A la cabeza de esa tradición, el admirable Marcel Bataillon, un ilustre hispanista que parece haber agotado toda su perspicacia en el monumental Erasmo y España.

A rebatir esa interpretación moral de La Celestina dedicaron su esfuerzo otros críticos ilustres como María Rosa Lida, Américo Castro o Stephen Gilman. Y a ellos se suma ahora Enrique Moreno Castillo, con La Celestina como tragedia, que publica Renacimiento en su colección Iluminaciones.

La cuestión que plantea este volumen va más allá de la obra de Rojas y afecta a las posiblidades interpretativas de los clásicos. Incluso ignorando que en su final -el llanto de Pleberio- están sus principios morales, su nihilismo premoderno; incluso suponiendo que Rojas sea sincero –lo que es más que dudoso- en su declaración de intenciones en los preliminares de la Tragicomedia, para el lector actual no tendría sentido una obra como esa si no admitiese una lectura contemporánea.

Y es que esa es una condición esencial de los clásicos, que mantienen su fuerza a lo largo del tiempo y por encima de su limitado contexto. En el caso de La Celestina, y para decirlo de una vez, su actualidad y su vigor proceden, no de una moralización caduca además de discutible si se conoce la condición conversa de su principal autor, sino de una visión asombrosamente moderna del mundo y de las relaciones humanas.

Porque otra de las virtudes de los clásicos, de Cervantes o de Shakespeare por ejemplo, es la capacidad de regenerarse, de ampliar su sentido y de ofrecer nuevas lecturas que van más allá de su tiempo y de la intención de su autor.

En el fondo se trata de optar entre dos anacronismos: o el anacronismo historicista que limita la obra al tiempo en que se escribió, la mutila y la inhabilita para el lector de hoy, o el anacronismo de la lectura contemporánea de los clásicos. Pero puestos a elegir, por ejemplo, siempre será preferible la lectura actual de La Divina Comedia a reducirla a su limitada voluntad alegórica, doctrinal o a la intención de participar en las disputas entre güelfos y gibelinos.

Como explica Moreno Castillo, La Celestina forma parte de una larga cadena de textos que, desde la mitología hasta la actualidad, muestran los estragos de un amor trágico que se desarrolla en un universo de pasiones y debilidades, envidias y ambiciones, ingredientes que -asociados al error como desencadenante- están en la base del género desde Edipo rey, Antígona y otros brillantes antecedentes hasta su madurez en la tragedia isabelina del Rey Lear o de Macbeth.

Pero la altura literaria y la grandeza dramática de la Tragicomedia son inseparables de su estilo, de la importancia de la palabra caracterizadora, de la verbalización del mundo y del diálogo que exterioriza las pulsiones de los personajes. Es en este terreno en el que La Celestina mantiene su vigencia como obra mayor del diálogo en la literatura europea, apenas igualado por una limitada nómina de dramaturgos posteriores.

Esa intensa serie de encuentros verbales que son los diálogos de La Celestina, territorio de simulaciones o confesiones, se interrumpe bruscamente tras la muerte de los amantes. Es entonces cuando irrumpe la fuerza del monólogo en el que Pleberio expresa su soledad y su desolación ante un mundo sin sentido.

Poco importa en el fondo que Rojas utilice esa máscara como portavoz de su desorientada desesperación, de su nihilismo acosado. Lo importante es la fuerza con la que esas palabras han atravesado los siglos. Que esa fuerza se la suministre el rencor de aquel joven estudiante en Salamanca o proceda de otro lugar creativo es irrelevante. Lo que importa es que con esas palabras negras y desesperadas se escribe uno de los momentos más intensos de la literatura española.

Santos Domínguez

05 noviembre 2010

Piedras al agua


Antonio Cabrera.
Piedras al agua.
Tusquets. Barcelona, 2010.

Ver y pensar el mundo (Verlo y pensarlo, ese es el cometido) es el objeto de los poemas que Antonio Cabrera ha reunido en Piedras al agua, que publica Tusquets.

Meditación e impresiones, razón y sensaciones unidos en unos textos depurados en que conviven en armonía el pensamiento y el sentimiento de un yo lírico emocionado y reflexivo que dialoga con el paisaje y el recuerdo y pasa del objeto al concepto a través de una mirada que oscila entre lo exterior y lo interior en las tres partes en que se organiza el libro.

Ese yo poético se perfila en el cruce de dos espacios: entre el ámbito doméstico cotidiano y la aparición de unos caballos al anochecer, unidos por una constante sensación de prodigio y de revelación, de instante irrepetible captado por los sentidos y elaborado por la razón.

Esa indagación en lo hondo, esa mirada mental que va más allá de la superficie es también una exploración de sus propios límites, de los límites del conocimiento y de la palabra. Es la retina del conocimiento, la pupila equivocada que analiza una nube pasajera en Avance de nube y asume el reto expresivo del poema, la limitación del lenguaje que se convierte en centro del texto que se titula Antes de hablar, cuyo primer verso es No sé si pronunciarlo y que termina con este reconocimiento de la derrota: Cuanto pueda decir va a desmentirse.

Verlo y pensarlo, ese es el cometido. Y la misión imposible del lenguaje, de manera que el poeta firma la crónica de ese reto y de esa imposibilidad y afronta el asedio limitado a la vasta realidad huidiza que se evoca en estos poemas (naciente luz/ que estaba) .

La poesía de Antonio Cabrera se apoya en el mundo, es una reivindicación de los objetos como parte de nuestro propio ámbito. Y la delimitación de ese espacio propio desde el ritmo lento de llanto razonado con el que el poeta aborda la realidad está hecha también de tiempo, de una intensa temporalidad que surge de una mezcla de exaltación del instante presente -que recuerda en tono, en actitud y hasta en léxico el Cántico guilleniano- y de melancolía sometida al freno de la serenidad y de la contención verbal.

Ese difícil equilibrio sostiene la intensidad verbal y emocional de estos poemas. Porque la sombra es mucha, pero el poeta mira a su través, como aconseja a su hija en el Poema de cumpleaños, y sabe, como el halcón viejo cuando enseña al halcón joven en Anotaciones en un cuaderno de campo, que la vastedad es suya, si la gana.

Por eso, desde la asunción de la sombra, este es un libro luminoso, cuya Poética concluye con unos versos que resumen la actitud de Antonio Cabrera en estas Piedras al agua: De luz y de abstracción/está rodeado/todo.

Santos Domínguez