03 noviembre 2010

Leviatán o la ballena


Philip Hoare.
Leviatán o la ballena.
Traducción de Joan Eloi Roca.
Ático de los libros. Barcelona, 2010.

Entre la historia cultural, la literatura, la memoria autobiográfica, el tratado de zoología y el libro de viajes, Leviatán o la ballena es uno de esos pocos libros que contienen el mundo. Y el lector lo sabe desde las primeras páginas.

Escrita con brillantez y prosa adictiva y generosamente ilustrada, con esta obra de evidente estirpe sebaldiana, tan inclasificable como el animal que la inspira, ganó Philip Hoare el año pasado el premio BBC Samuel Johnson al mejor libro de ensayo. Acaba de publicarlo en España Ático de los libros con traducción de Joan Eloi Roca.

Alguien señaló una vez que Moby Dick, como La Biblia, debe ser leída en sesiones de un par de páginas diarias. Con Leviatán o la ballena, cuyo título es un guiño de homenaje a Moby Dick o la ballena, esa tarea es imposible. Este es un libro impredecible y absorbente cuyos quince capítulos se leen de un tirón, de asombro en asombro, entre la obsesión y el deslumbramiento, entre el recuerdo de Jonás y el terror de Melville, entre la aventura de Simbad y la exaltación ecologista del Walden de Thoreau.

La imagen contradictoria de la ballena en el imaginario humano oscila, como el mar, entre la atracción y el terror, entre la simpatía por el animal aniquilable y la imagen de Leviatán, la bestia apocalíptica.

Pero no todo fue destrucción. Los barcos balleneros abrieron las rutas de los mares del Sur y el aceite de las ballenas encendió los cinco mil faroles que hicieron del Londres de 1740 la ciudad mejor iluminada del mundo.

Frágil y poderosa, inconcebible y monumental, la ballena forma parte de las obsesiones de un Philip Hoare que ha escrito este Leviatán o la ballena con una potencia verbal arrolladora, con una fuerza descriptiva y evocadora que está a la altura de esa obsesión, con una prosa que se sumerge en las profundidades del mar y de la conciencia para emerger con la espectacularidad de los cetáceos.

Desde la bahía de Southampton a Cape Cod, por un mar que es un ser vivo que habitan miles de seres, desde el Génesis a la poesía o la novela, Hoare lleva al lector al límite de la tierra, al comienzo del océano, en un recorrido jalonado por ballenas en la libertad atlántica o prisioneras en acuarios siniestros.

Desde New Bedford, importante puerto ballenero en el XIX, a la isla de Nantucket, Hoare realiza un recorrido por los mapas y las representaciones gráficas, a veces imaginarias, de las ballenas, por la literatura y la geografía vital de Melville, por las raíces literarias de Moby Dick, por la influencia de Hawthorne, que hizo que esta novela, que en principio iba a ser una mera construcción comercial se convirtiese en un libro terrible y diabólico, en una reflexión alegórica sobre el mal.

El libro de viajes que es este Leviatán termina en las Azores con sus últimos balleneros y con una intensa experiencia en la que Hoare comparte armónicamente las aguas atlánticas con las ballenas que nadan a su lado.

Las quinientas páginas del libro trazan una portentosa zoología científica y fantástica, una suma de ciencia y literatura, de memoria e imaginación, una indagación en el significado simbólico de unos animales que existen más allá de la vida cotidiana, en un mundo misterioso construido con el material de los sueños y las pesadillas.

Un itinerario por la asociación de la ballena a lo monstruoso, por la proyección del imaginario de los hombres en sus representaciones literarias y plásticas, en las leyendas y en el cine para abordar la figura del animal mitológico o el pez real. Y frente a la ballena, los balleneros, neolíticos, espectrales o heroicos, a la caza de aquel animal codiciado del que dicen que no se alimenta de otra cosa que de oscuridad y de la lluvia que cae en el mar.

Quizá esa sea la mejor manera de acercarse a ese otro mundo tan contradictorio y tan lejano de nosotros que habitan esos seres a la vez frágiles y poderosos.


Santos Domínguez

01 noviembre 2010

La isla de las tribus perdidas


Ignacio Padilla.
La isla de las tribus perdidas.

Debate. Barcelona, 2010.

La incógnita del mar latinoamericano es el subtítulo del ensayo La isla de las tribus perdidas, con el que el mexicano Ignacio Padilla ganó el III Premio Iberoamericano de Ensayo Debate-Casa de América 2010.

Un proemio (Manual de supervivencia para náufragos) para cinco bitácoras y un epílogo forman la estructura de un ensayo literario que publica Debate y que se abre con una elocuente cita del Canto general de Neruda -“el idioma del agua fue enterrado”-, un anuncio de la tesis que desarrolla el libro a lo largo de sus páginas, construidas como un cuaderno de navegación.

Porque, como habían hecho ancestralmente las comunidades precolombinas, América Latina creció de espaldas al mar. Crecieron juntos, pero contrapuestos, dice Padilla, que orienta su análisis a buscar las causas de esa desavenencia secular y a rastrear su reflejo en la literatura latinoamericana, tan fecunda en navegaciones fluviales, en islas y en naufragios, y tan renuente a hablar del mar.

La selva, el llano, la pampa, el desierto o la ciudad son los territorios por los que transita la literatura de Borges, Carpentier, Rulfo, Onetti, Mutis, García Márquez o Bioy Casares. Hasta doce narradores y veinte obras que reflejan una relación conflictiva con el mar, una constante disensión con la naturaleza, la propensión al aislamiento ensimismado, la inclinación a la deriva en todas sus variantes, la vocación de náufrago del latinoamericano.

Esa tendencia a la insularidad de la tribu latinoamericana aparece empantanada en una desolación oceánica, bajo una lluvia tediosa y destructiva, en un archipiélago de soledades sometidas a diluvios prehistóricos o a lloviznas maléficas y pertinaces.

Barco, náufrago, isla o ahogao, la persona latinoamericana lucha contra la persona neptuniana encarnada en el mar, río, lluvia o ciclón. Como es de esperar, este combate encarnizado es desigual y fatal: la dimensión de nuestra reticencia océnica es tan grande como nuestra caída en los abismos. Nuestra constante negación de la derrota frente a la naturaleza es tan recia como la soledad que nos agobia cuando ha pasado el diluvio.

Quizá por eso un lúcido y profético Melquiades afirmaba Somos del agua antes de morir ahogado en Cien años de soledad.

Santos Domínguez

29 octubre 2010

Francisca Aguirre. Historia de una anatomía


Francisca Aguirre.
Historia de una anatomía.
Hiperión. Madrid, 2010.


El diccionario académico recoge dos acepciones del término Anamnesis, que da título a la segunda sección de Historia de una anatomía, el libro con el que Francisca Aguirre (Alicante, 1930) obtuvo el Premio Miguel Hernández:

1. f. Med. Conjunto de los datos clínicos relevantes y otros del historial de un paciente.
2. f. Reminiscencia, representación o traída a la memoria de algo pasado.

Ese doble sentido, técnico y personal, está también presente en el título de la obra y sobre todo en el planteamiento temático de esta Historia de una anatomía, en la que las radiografías de los huesos, el dudoso funcionamiento del páncreas o el resultado de unos análisis van más allá de su frío significado clínico.

Desde el primer texto, Radiografía, está delimitado el territorio:

He pensado muchas veces que lo sucedido
esa información tan poco convincente
sobre el estado de mi anatomía
quiero decir sobre el estado de mis visceras
o sea todo aquello que mi esqueleto preserva
y también todo lo que preserva a mi esqueleto
eso como os decía esa petición que hice a los expertos
esa sencilla demanda
al parecer dio como resultado una especie de caos.

No sabían lo que pasaba con mi corazón

ninguno supo explicarme cómo funcionaba mi hígado
y mucho menos el páncreas.
Aunque me dijeron eso sí
que muchas de las cosas que le pasaban al corazón
obedecían al mal funcionamiento del hígado o del páncreas
y desde luego todo lo que les sucedía a dichos órganos
repercutía sin ninguna duda en el cerebro.
Claro que después de meditarlo
conjeturaron que más bien era el cerebro el responsable de todo.

La materia orgánica se convierte así en material autobiográfico, y la exploración médica en indagación moral, en ejercicio de memoria, en recuento de una historia personal de cicatrices que no dejan marcas observables. Son las marcas invisibles de heridas que no se cierran nunca y que no cura el tiempo.

Frente a la frialdad del dato clínico y la distancia del tecnicismo, Francisca Aguirre propone un tono cercano y una proximidad confidencial que sólo funcionan si las soporta la autenticidad; frente a la imagen clínica, la imagen metafórica para afirmar la vida y su dignidad respiratoria, para tomarle el pulso a la sangre torrencial de la alegría y medir la presión intracraneal del dolor, para asumirlo y ponerlo a favor de la vida. Para, como en las radiografías, poner blanco sobre negro, la vida sobre las secuelas lamentables de la Historia.

Finalmente asumí que como en otros casos

es decir en otras cuestiones
todas ellas relacionadas con lo portentoso
como la velocidad de la luz
el sinfónico canto de las resplandecientes ballenas
o la mirada rebosante de pesadumbre de los pacíficos gorilas
aspectos todos fuera de mi alcance
yo hembra perteneciente a una caótica especie que llaman humana
la única posibilidad que tenía
era aceptar que mi curiosa anatomía
y el relleno con que la habían dotado
eran los responsables de mi extraño vivir.
Y que mi historia era su historia.
Qué le vamos a hacer
nadie elige su amor dijo Machado
y por lo visto tampoco elige nadie sus riñones
su páncreas su osamenta.
Y muchísimo menos
el sobresalto ante el milagro de la vida.
Lo único que sabemos es que
el pulso se acelera y las radiografías se oscurecen.

Desde Ítaca, su memorable primer libro, Francisca Aguirre ha ido recorriendo cuatro décadas de coherencia, de escritura sostenida en el esqueleto resistente de lo auténtico. Cuatro décadas de emoción y temblor de la memoria, de poesía moral, escrita con unas cuantas palabras verdaderas, como quería Antonio Machado, su maestro mayor de ética y estética.

Santos Domínguez

27 octubre 2010

Vida y tiempo de Manuel Azaña

Santos Juliá.
Vida y tiempo de Manuel Azaña
(1880-1940).

Punto de lectura. Madrid, 2010.

Publicada por primera vez en Taurus hace dos años, Vida y tiempo de Manuel Azaña, la minuciosa obra que escribió Santos Juliá es probablemente la biografía definitiva del político y escritor que llena una parte decisiva del siglo XX en España.

Se abordaba así la vida de una figura poliédrica y compleja de quien fue un prestigioso intelectual y un escritor notable, un político reformista que fracasó en el empeño de modernizar el país atrapado entre dos fuegos, el de la España ultramontana, católica y reaccionaria, y el del radicalismo incendiario de los extremistas de izquierda y del anarcosindicalismo.

De las ilusiones reformistas a la lucidez amarga de la derrota republicana hay una peripecia histórica y personal que Azaña reflejó en sus escritos. Lo subraya así el biógrafo cuando evoca una primera lectura clandestina de sus obras completas, en la que faltaban los discursos y otras piezas importantes como El problema español o Apelación a la República:

Merecía la pena leer a Azaña porque un pasado del que nos cortó abruptamente la guerra de nuestros padres, se convertía, al descubrir su palabra, en un tiempo digno de ser descifrado, un pasado en el que era preciso hurgar porque en él podían encerrarse algunas de las claves para una cabal comprensión de la miseria que nos había tocado en el presente.

Desde su infancia hasta su muerte en el exilio, desde su obra crítica y creativa hasta su actividad política, la biografía que elaboró Santos Juliá se basa en la recuperación de la obra completa de Manuel Azaña, que incorporaba abundante material inédito:

Era, en realidad, una nueva edición, que por una parte permitía poner en valor los periodos de la vida de Azaña apenas tocados en biografías anteriores; y, por otra, narrar desde una base documental mucho más sólida la vida entera del personaje, prestando una especial atención a su familia, a su infancia y juventud, a sus amistades, sus aficiones y gustos, al empleo de su tiempo, su trabajo, sus lecturas, los ámbitos de sociabilidad en los que se movía, los debates en los que participaba. Había que desechar la imagen, cansinamente repetida hasta hoy, del solitario, desconocido, frustrado, rencoroso, oscuro funcionario, y comenzar por el principio, a ver qué salía. Y esto es lo que he intentado con esta Vida y tiempo de Manuel Azaña.

La infancia que eran recuerdos de una casa triste en Alcalá de Henares, los estudios en el Jardín de los Frailes de El Escorial, la juventud perdida, la vida que empieza en Madrid y París, la actividad como ateneísta, su postura francófila en la Guerra Europea, el trabajo literario en la revista La Pluma, su crítica novecentista al 98, la República, el Ministerio de la Guerra, la Presidencia, la Guerra civil y el exilio y la persecución son algunos de los veinticuatro eslabones que completan una biografía que en palabras de su autor no aspira a retratar de una vez por todas al personaje, ni a dar con una clave explicativa de su «caso»; no divide en periodos con fecha fija el curso de su vida: demasiado complejo fue Manuel Azaña, demasiados golpes recibió de la fortuna, como para decir que fue esto o lo otro, que hay dos, tres o cuatro Azaña, o uno solo, de una pieza.

La reciente edición en formato de bolsillo en la colección Punto de lectura es una nueva ocasión para acercarse a la figura de Azaña a través de sus circunstancias biográficas y el tiempo histórico problemático en el que desarrolló su actividad intelectual y su compromiso político.

Santos Domínguez

25 octubre 2010

Claudio Magris. Alfabetos


Claudio Magris.
Alfabetos.
Ensayos de literatura.
Traducción de Pilar González Rodríguez.
Anagrama. Barcelona, 2010.

En Alfabetos, Claudio Magris ha reunido una amplia colección de ensayos y artículos sobre literatura. La mayor parte de estos textos fueron apareciendo en el Corriere della Sera en los últimos doce años y son antes que otra cosa un prolongado y lúcido encuentro con la palabra que contiene y a la vez inventa la realidad.

Desde Salgari, Dumas, London o Stevenson, que presentan en sus novelas la vida como viaje y como aventura, hasta las vanguardias y la crisis de la modernidad y la posmodernidad, Magris propone en estas páginas un catálogo de lecturas que son su carnet de identidad y el código que permite entender el mundo, descifrar su alfabeto.

La Ilíada y la Odisea, los trágicos griegos, Lucrecio y Dante, Shakespeare, Leopardi o Baudelaire forman una parte esencial de ese catálogo de lecturas, complementarias de una tonalidad narrativa que la obra de Magris debe a Tolstói, Melville, Faulkner, Kafka o Sábato.

De la mano de esas y otras lecturas, Magris encuentra en la literatura el código que cifra una mirada hacia fuera y sobre todo hacia sí mismo:

A veces me pregunto de qué lado estoy, si mi historia es la contada por Guerra y paz, por La Metamorfosis de Kafka o por el Auto de fe de Canetti. Tal vez mi odisea literaria es la que cuenta mi viaje a la nada y el regreso; tal vez por eso los escritores que más me han enseñado son los que dan voz imparcial a las más diversas cuerdas y a las más antitéticas pasiones, a la fe y a la nada, como Singer, sin el que yo sería diferente de lo que soy.


Flaubert, Musil o Svevo y su mirada al vacío son algunas de las estaciones de paso de este viaje lector a través de los alfabetos que revelan el código de la civilización y la sensibilidad.

Pero hay en estos textos también un viaje que arranca de estaciones remotas en el tiempo y se acerca a lo contemporáneo: la felicidad según Solón, la cólera de Aquiles y de Lear, la guerra en Stendhal y en Tolstói, la muerte en Goethe, la melancolía y el spleen de Baudelaire, la suma de sombra y llama en los cuentos de Hoffmann, el nihilismo de Turguenev, las dos escrituras –novela y ensayo- de Sábato, o la fusión de experimentación, herencia bíblica y tragedia griega de ¡Absalón, Absalón!, una de las cimas de Faulkner.

Y estaciones dedicadas a lugares como Praga, centro de un excelente ensayo –Praga al cuadrado- sobre la relación intensa de esa ciudad con la literatura o a explorar la vinculación de metrópoli y vanguardia en las primeras décadas del siglo XX.

O paradas frente al mar para recordar la identificación entre la vida y la navegación en Conrad y en la India para evocar a Kim, protagonista de ese libro feliz de Kipling.

No podía faltar en este catálogo un capítulo dedicado a Kapuscinski, en quien conviven inseparablemente vida, escritura y viaje. Y hay paradas breves en lugares inhóspitos como la envidia entre poetas, el veneno como ingrediente de la vida literaria o la conflictiva relación entre éxito y valor en los best sellers.

Como en el conocido relato de Borges, el mapa que traza Magris es el autorretrato de un lector. Un autorretrato moral que relaciona literatura y ética, historia y vida en una labor crítica que implica una búsqueda del sentido del mundo a través de estos Alfabetos, que publica Anagrama en su colección Argumentos con traducción de Pilar González Rodríguez.

Santos Domínguez


22 octubre 2010

Aire nuestro


Jorge Guillén.
Aire nuestro.
Edición crítica de Óscar Barrero.
Fábula. Tusquets. Barcelona, 2010.

Toda mi poesía arranca más o menos directamente de mi experiencia: mi metafísica es la física. Siempre parto de lo elemental, del cuerpo que yo soy, de lo esencial que es el aire que respiro. Y el aire que respiro me pone en relación con el mundo, con el mundo en el que no estoy nunca solo, somos "nosotros", es el "aire nuestro".

Esas palabras, que Jorge Guillén escribió en 1983 en "Más allá del soliloquio", un artículo que publicó en el número 17 de la revista Poesía, resumen el sentido de su obra completa, de una obra en marcha que integró en el volumen Aire nuestro. Cántico, Clamor, Homenaje, ...Y otros poemas, Final son las entregas sucesivas de la poesía de Jorge Guillén.

Poesía de la mirada, en la que el poeta dialoga con la realidad a través de la luz, el espacio y el aire. Lo resumía el propio Guillén con estas palabras:

La luz, naturalmente, está en todas partes, en todos los poemas. Pero yo he puesto más importancia en las palabras que se refieren al aire. El aire es ese elemento que me enlaza con el mundo (. . .) Respirar, se trata de respirar.

Aire que relaciona al poeta en una respiración compartida con el mundo. Por eso, Aire nuestro se abre con estos versos:

Respiro,
Y el aire en mis pulmones
Ya es saber, ya es amor, ya es alegría,
Alegría entrañada
Que no se me revela
Sino como un apego
Jamás interrumpido
—De tan elemental—

A la gran sucesión de los instantes
En que voy respirando,
Abrazándome a un poco
De la aireada claridad enorme.
Vivir, vivir, raptar —de vida a ritmo—
Todo este mundo que me exhibe el aire

En 2008, Óscar Barrero, tras varios años de trabajo, presentó la edición crítica de Aire nuestro en los Nuevos textos sagrados de Tusquets con una fijación rigurosa del texto en dos volúmenes. A los ochenta años de la primera aparición de aquella fe de vida que era la poesía celebratoria de Cántico, se reunía en esa edición el ciclo completo de la poesía de Jorge Guillén, uno de los ejes del 27. Una obra que es el resultado de lo que Salinas definió como la conciencia poética más clara, más luminosa, exacta y profunda que hace mucho tiempo ofrece nuestra lírica.

Fe de vida, tiempo de historia y reunión de vidas, esta edición, que ya se ha convertido en una referencia imprescindible en la fijación del canon textual de la poesía de Guillén, aparece ahora en la colección Fábula.

El aparato crítico de notas y variantes se ha colocado al final de cada uno de los dos volúmenes. Con ese buen criterio que le agradecerán los lectores, la edición de la poesía de Guillén puede leerse exenta de anotaciones.

Santos Domínguez

20 octubre 2010

Montaigne en Italia

Michel de Montaigne.
Diario de viaje a Italia.
Edición de Santiago Rodríguez Santerbás.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2010.

El 20 de noviembre de 1581, en el Puy de Dôme que se haría mítico en el Tour de Francia, Michel de Montaigne expulsaba la última de las variadas piedras que le martirizaron el riñón durante el viaje que había iniciado año y medio antes y que le llevaría por los caminos de Suiza y de Alemania hasta Italia.

Diez días después del episodio excretor, Montaigne volvía a su castillo, del que había salido el 22 de junio de 1580 huyendo de diez años de aburrimiento y retiro en su torre.

A lo largo de ese viaje que duró 17 meses y 8 días, fue dictando o escribiendo una serie de anotaciones e impresiones que no pensaba publicar. De hecho, este Diario de viaje a Italia no se imprimió hasta 1774, casi dos siglos después.

Dictado en parte a su secretario y escrito en parte de su puño y letra, contiene una abundante cantidad de bosquejos rápidos de todo lo que llama la atención del curioso viajero, del renacentista inquieto, del abuelo de la Ilustración que fue Montaigne.

El elogio de la comida alemana y la cocina suiza, la descripción de las hospederías y la travesía del Tirol, Innsbruck y Constanza, la entrada en Italia por Trento, la fealdad de las mujeres italianas, la protesta por la mala comida, el escaso entusiasmo que le provoca la ciudad de Florencia, la admiración sin límites por Roma, donde estuvo casi cinco meses, entre el 30 de noviembre de 1580 y el 19 de abril de 1581, los espectáculos callejeros, los sermones de la semana santa, la biblioteca del Vaticano, los calores de junio son algunos de los temas que anota Montaigne a lo largo del viaje.

No hay aquí voluntad de estilo ni prosa elaborada ni atención a los monumentos, sino apuntes, impresiones y curiosidad por todo, anotaciones de carácter tan privado como la evacuación de ese cálculo renal, ni duro ni blando, o los minutos que tuvo la cabeza bajo un chorro de agua fría en el baño.


A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo pero ignoro lo que busco.

Y es que Montaigne viajaba como escribía: no era normalmente la reputación de los lugares, ni aún menos un plan preconcebido de ir por tal o cual sitio para conocerlo perfectamente, ni el camino seguido por otros viajeros, lo que determinaba el suyo; seguía poco las rutas ordinarias, y no se ve que en sus viajes (exceptuando siempre su atracción por las aguas minerales) tuviera un objetivo más concreto del que había tenido componiendo sus Ensayos.

Esas palabras esclarecedoras forman parte del excelente Discurso preliminar que Meunier de Querlon redactó para presentar en 1774 los tres tomos del Diario de viaje a Italia por Suiza y Alemania. Incorporarlo al frente de este volumen es una de las aportaciones más plausibles de esta cuidada edición que acaba de aparecer en Cátedra Letras Universales con traducción y notas de Santiago Rodríguez Santerbás.

Santos Domínguez