21 mayo 2007

La hermana


Sándor Márai.
La hermana.
Traducción de María Szijj y J. M. González.
Salamandra. Barcelona, 2007.


Sandor Márai publicó La hermana, que acaba de editar en España Salamandra, hace algo más de sesenta años. Fue la última novela que escribió antes de salir de Hungría para un exilio definitivo en EEUU.

Con una excusa narrativa que recuerda a la de La montaña mágica, hay en su narrador y protagonista, un concertista de piano seriamente enfermo y afectado de una enfermedad degenerativa que le ocasiona la parálisis de una mano, una proyección autobiográfica e intelectual del autor húngaro.

Márai se desdobla en ese pianista que reflexiona, a través del diálogo con el médico que lo atiende y con un escritor, acerca de los temas que siempre han ocupado la mente de los hombres y su inquietud o su angustia existencial: la enfermedad y el dolor, el arte y la pasión amorosa, la muerte y el sentido de la vida.

Quien acabó siendo víctima de una enfermedad que lo llevó al suicidio en 1989 refleja en esta novela un complejo mundo interior lleno de tensiones, angustias, secretos y esperanzas.Con su prosa elegante y profunda, llena de matices que han sabido conservar los traductores, con la capacidad narrativa que ya le había hecho famoso en 1946 y con la fuerza de su temática, Márai construye una reflexión sobre la experiencia física e intelectual del dolor y sobre la muerte con el telón de fondo de aquella Europa y una civilización que desaparecieron durante la Segunda guerra mundial:

En el destino de una sola persona- se lee en La hermana- la fatalidad puede condensarse con la misma intensidad que en el de pueblos enteros.

Navidad del año 41. Z, un músico famoso años atrás, ha desaparecido de las salas de conciertos como consecuencia de una parálisis progresiva que se le empezó a manifestar en Florencia tres años antes. Afronta su desgracia con entereza y sin rencor, con una calma que viene de la lucidez y de la conciencia de su destino.

Ahora coincide con otros náufragos en un pequeño hotel transilvano, un balneario terapéutico en el que otro de esos náufragos es un escritor que se convierte en el primer narrador.

Tras la muerte del pianista, el narrador recibe un manuscrito del músico. A partir de ese momento, la novela consiste en la transcripción del manuscrito en el que relata su estancia en un hospital de Florencia y reflexiona sobre la enfermedad y el dolor, una violación del orden del mundo.

El papel de narrador en primera persona pasa entonces al pianista, al que Márai usa como sujeto de sus reflexiones sobre la vida, la pasión y el arte, la belleza y la muerte:

Por primera vez para mí, el arte y la vida se fundieron en ese silencio; comprendí entonces, con un pie casi en el otro mundo, que tanto en la música como en la vida existe una especie de contacto final, una última armonía matemática, y es precisamente en ese instante cuando la armonía se resuelve convirtiéndose en vida o en muerte...

No se trata de un asunto privado sino de una reflexión general, válida para otros hombres y lúcida, porque está escrita ya casi desde la otra orilla, que va más allá de lo personal:

Cuando alguien habla desde la otra orilla sobre las cuestiones de la vida y la muerte, sobre las grandes emociones que mueven al hombre, como la fe, el amor y la pasión, los que aún están en esta orilla no pueden responder. Deben callar y escuchar. Con este silencio y esta curiosidad impotente leí el manuscrito de Z. Sus páginas no dan respuesta a las interrelaciones entre vida y muerte, pero ¿existe acaso otra respuesta que la humildad con que aceptamos nuestro destino?



Santos Domínguez

20 mayo 2007

Del poeta nació el amor




Rolando Gabrielli.
Entre paréntesis, amor.
Ediciones Cisne Color Ltda.
Colombia, 2007.


Qué raro ver impreso a un poeta inédito hasta la médula del poema, polvo y hueso de su palabra convertida en letra impresa real. Repetido en la virtualidad de Internet, archivado en el trópico, y a veces, la fiesta de la palabra pasa de rodillas, miserable altar de unos cuervos cojos ciegos, que no hacen sombras. El poema nace detrás de la palabra, donde el verbo es sombra lúcida de su propio silencio. El poema convoca en su nombre a todo y nada.
El abecedario, el diccionario, los escaparates están llenos de palabras y papel. Desde siempre y mucho antes, la “manía” fue poetizar la palabra o el lenguaje fue la palabra real en el poema de lo cotidiano. Aire, oxígeno de aquel hombre y mujer, que el hielo y las cavernas convirtieron en primavera. Hablaron todos los elementos por su boca y palabras. Años a, el cosmos era un huevo gaseoso a punto de estallar.
Entre paréntesis, amor, poemario de Rolando Gabrielli editado el 14 de abril en Colombia, impreso por Ediciones Cisne Color Ltda., ha estallado por fin en 92 poemas y tres cadáveres exquisitos, con lo que el autor resuelve su propio olvido. Poesía de amor, poesía en la poesía y poesía palabra: un solo lenguaje.
No es difícil abandonar el momento cumbre del olvido de sí mismo, ha dicho el autor de Entre paréntesis, amor, arrastrando las húmedas vocales y consonantes.
Una edición muy cuidada, con una portada en rojo, muy sugerente, ilustrada por una mujer de espalda desnuda, silueteada, con una bata roja que cae informalmente hacia su cintura sobre una cama. Al fondo, en un gran primer plano, una ventana cubierta en parte por una cortina. La contraportada es una fotografía muy sensual de unas largas y hermosas piernas, cuya parte superior de la mujer está cubierta por una bata roja. La contraportada está contrastada y enmarcada en negro. El poema Última fortaleza, se refiere a la portada de alguna manera: Tu espalda/sigue siendo/mi obsesión/es tu última/fortaleza. Y las largas piernas, como una geografía chilena, están trazadas en más uno o dos poemas. Las fotografías están suscritas por SC y el diseño del libro a cargo del colombiano Hernán Santos, quien buscó una armonía estética para toda la obra en la textura del papel y en su nítida tipografía.
Entre paréntesis, amor, se expuso en la XX Feria Internacional del libro en Bogotá, Colombia, recientemente concluida. Un par de volúmenes fueron robados del stand de Chile o de algún descuidado armario en esos días, lo que significa que la poesía goza de buena salud. (Es tal vez un homenaje a Roberto Bolaño, quien sobrevivió en su juventud con lecturas robadas de las librerías del DF). También estuvo en La Casa Silva de la Poesía y un librero mexicano compró un flamante recién editado ejemplar. Gonzalo Rojas se llevó otro a Chile. Manuel Silva Acevedo y un animador de la TV chilena, sendos libros. Suficiente para romper el hielo.
Silvia Campazzo, profesora argentina, en un prólogo de 11 líneas traza la atmósfera del libro y define al poeta en la intimidad, respiración de su verbo. Es un guiño para el lector, una señal, porque como dice Gabrielli” la poesía es la búsqueda del Otro. Se busca con la palabra: carne, cuerpo, materia, una atmósfera húmeda. Silvia Campazo sostiene en su brevísima y precisa introducción al poemario, que “en cada verbo un sentido, en cada adjetivo un deseo y en cada punto, el tiempo de retomar el aliento para volver amar y seguir sintiendo”. “Del poeta nació el amor, que creció y se hizo poema” “El poema, enfatiza Campazzo, fecundó la pasión que se esparce en estas páginas como en sábanas revueltas.” ¿El poema fue anterior al amor o la palabra fecunda primero la sombra antes que el cuerpo? Así Rolando Gabrielli ha desenredado el ovillo de palabra y ha echado a rodar el carretel de su esperanza en el camino de sus versos, concluye la profesora Silvia Campazzo, desde el fondo de su(s)propia(s) lectura(s) del poemario de 112 páginas redondas, estética y agradablemente impresas, acota: “Este es el hombre, el poeta y su obra, atravesada por la invencibilidad de la distancia”.
En su última página, a modo de corolario, el autor advierte: ”Un libro no se explica, es como una historia de amor, sucede. Éste fue escrito con todos mis sentidos, para una mujer, que es todas las mujeres, el poema” La poesía/es cosa muda/rota dice y toca/pasa y queda/provoca.
Tres antiguos, tradicionales, permanentes, universales temas contiene el libro: el amor, el poema en el poema y la palabra. El lector es quien escoge las palabras y se queda con la última cuando lee un libro. Debe comer, beber y ayunar en el El Plato del poeta: Repaso la poesía/como la vida/en un plato hondo/vacío de letras//y estómago/eructo/sin tener que decir/Nada por obligación/Repaso/la poesía/sobre un plato vacío. La elocuencia del poema en lo que no se dice, se sabe, el silencio, la soledad y el oficio dentro de un plato vacío. ¿Para qué editar se habrá dicho mil veces Gabrielli?
Un libro con muchas señales y guiños nos ha dicho Silvia Campazzo desde su intuición y lecturas. Más allá de las palabras el autor ha dibujado un largo y estrecho paréntesis y “el lector sabe que tiene más que palabras, un ruido que la hoja en blanco contiene y no ahoga.” Se siente la respiración en el poema, de quien lo escribe y lo lee, y de para quién fue escrito. La respiración de dos es un juego más profundo y sagrado. El poema sólo tiene un recurso, sus palabras. Santa palabra: Arrodíllate, le digo//en cruz, Santa palabra,/inquisidora mía/revélate ahora/ycondénate conmigo/por todas las vigilias/De los siglos/si quieres.
Una poesía que tiene cuerpo, un verbo que copula, penetra, impregna y humedece la punta de la palabra en ese pozo de luz oscura irrefrenablemente. Verbo copulante: Verbo copulante, mi coma/mi punto, mi rosa helada/todo el abecedario/lo bendigo en tu nombre/A mí me yace, a mí me vive/Tierra si no soy tu tierra, /húndome o primavera muscular/frívolo rompiente verano/verbo rojo, doliente/mi paréntesis hablante copulante.
El libro tiene diversos pisos, capas, contaminación, mixtura, obsesión, reciclaje, una mirada hacia lo desconocido, señala su autor. Hay ciudades míticas en la memoria del poeta, Denver, DF (México) Ciudad de Panamá, Santiago de Chile.
A pesar del largo silencio sobre el papel, porque Gabrielli ha escrito varios libros de poesía y prosa, según dan cuenta algunas publicaciones virtuales, un poema recoge la obsesión, la dependencia visceral del poeta sobre su propio oficio y género: Poesía: soy tu sirviente/considérame tu público servidor/humildemente/un cómplice incondicional./Tócame el corazón/con la yema de tus dedos/desnuda la semilla seca/y sé mi fruto. Texto confesional, medalla de múltiples caras en una sola: la poesía. Poema, complementa esta postura, alarde de silencio en el silencio de la palabra. A veces siento/que he alimentado/ un elefante blanco./La página, la página.
Entre paréntesis, amor, respira la mujer de carne y hueso, la femme, la Musa, la Bella, porque el poema/ respira en el poema/como nosotros/un solo cuerpo/del delito consumado. La palabra se consuma en el poema, como la carne sobre la carne. ¿Nos devora/el cuerpo/del poema//la plabra/o este amor/que respira/este aire/sin palabras? Preguntas en un confesionario público, transparente, en la intimidad del diálogo. De esta respiración mutua, paréntesis, intervalo de una realidad jugada en el imaginario del poema nace La Sin par: Tú eres la sin par/mí folletín del atardecer/musa soleada en el rojo espejo/Te recuerdo en una taberna/ y sólo se ve nieve/una catedral que asciende/nube imaginaria¿Qué esperas ángel para volar/soy el agua adivinada en el bautizo de tu mano/Un búho que arroja sus ojos/en el pozo de un hilo sin punta/que crece en la noche del poema.
El hilo seduce en el poema, palabra por palabra, no la madeja. El poema dice/calla/narra/describe como sugiere Descripción de la mujer. Es un ángel bestialmente hermoso/arbitrario, patéticamente tierno,/me asfixia su silencio./Su ombligo habla/y yo le debo mi libertad/lúdica bisagra,empuja forastero/tu profundo oro de la noche, amor/luna plana, brillante, ciega/el tacto oscuro de tus manos/es pétalo, es rosa, lágrimas.
Toda poseía verdadera respira por la herida. Esta no es la excepción. Poesía que pulsa una época, un río que la recorre. El poeta echa fuego a su palabra, aconseja, cuando veas arder la capilla de la poesía. Fuego y más fuego, el poeta ama/con frenesí desenfrenado/desbocado/caballo sobre yegua. La palabra no se rinde.



Cuatro años en París



Victoria Kent.
Cuatro años en París (1940-1944).
Editorial Gadir. Madrid, 2007.



Fue el único libro que escribió Victoria Kent (Málaga, 1898- Nueva York, 1987). Y lo hizo en condiciones extremas, oculta en un París ocupado por los nazis y perseguida por la Gestapo y la policía franquista.

Cuatro años en París (1940-1944), que publica Gadir Editorial en su colección de ensayo y biografía, es el testimonio en forma de diario y de narración novelada de una mujer excepcional que se convirtió en símbolo de la lucha por los derechos de la mujer, los valores democráticos y la libertad.

El origen de este libro, que se publicó por primera vez en España en 1978, tras una edición en Francia y otra en Buenos Aires en 1947, está en las notas en las que la autora fue apuntando sus impresiones de aquellos cuatro años larguísimos en los que no pudo salir de sus refugios en el territorio francés, en la época del colaboracionismo del régimen de Vichy.

Victoria Kent era secretaria de la Embajada de la República Española en París, donde la sorprende el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación alemana. Y allí tuvo que permanecer oculta hasta el final de la guerra. Victoria Kent había demorado su salida hacia México allí para organizar la evacuación de los niños españoles y para sacar a muchos compatriotas refugiados de los campos de concentración del sur de Francia.

Refugiada en la embajada de México, aquella mujer valiente se puso a escribir estas páginas sin pensar en publicarlas, para tranquilizarse y evadirse, para calmar su espíritu y templar su encierro, para dar testimonio:

Yo quiero no olvidar todo lo que sé. Que otros hagan la historia y cuenten lo que quieran; lo que yo quiero es no olvidar, y como nuestra capacidad de olvido lo digiere todo, lo tritura todo, lo que hoy sé quiero sujetarlo en este papel.

Y empezó a escribir, con el fondo del París abatido y ocupado por los nazis, una historia puesta en la tercera persona de un personaje imaginario, Plácido, que le da al texto en algunas partes un aire de narración novelesca y de divagación filosófica, mientras que en otras, sobre todo en la cuarta parte, tiene forma de diario.

Sobre la ocultación real, otra, la literaria de la autora que esconde su propio yo tras ese Plácido imperturbable. Plácido, el personaje central, es una proyección de Victoria Kent, su alter ego. No era un truco literario, sino una medida de seguridad por miedo a que aquellas notas cayeran en manos de la Gestapo.

Las cuatro paredes, En la calle, Gotas sobre el zinc y Hacia la libertad son las cuatro secciones en las que se organiza la estructura del libro, a través de una secuencia cronológica que abarca los cuatro años en que las circunstancias dramáticas la impulsaban a la reflexión:

En realidad tengo delante de mí dos caminos, mejor dicho, un camino: abrir esa puerta y la otra y sumergirme en la ciudad, o la soledad. A mi ciudad, como a las otras invadidas, muertas también, ¿qué puedo yo ofrecerle? Y ella ¿qué puede darme? Mi esfuerzo en nada puede modificar su vida, su pobre vida gris y saturada de pólvora; las palancas que yo movía están rotas, rotas como todo, sin que mi trabajo individual pueda ayudar a su restauración. Salir de estos lugares y buscar otros donde el aire libre permita el esfuerzo, es inútil; los círculos de hierro se han cerrado alrededor de cada uno de nosotros y todo intento de evasión es la muerte. Nada puedo hacer por ella; nada puede ella hacer por mí. ¿Qué puede darme ella? Sus calles, bulliciosas y floridas antes, están silenciosas y marchitas; su luz, su luz maravillosa azulada y malva, rosa y verde, llega hasta mí más tamizada; pasó ya el tiempo en que su río indolente mecía ilusiones; pasó ya el tiempo en que paseantes se podían acodar en sus puentes y contemplar las golondrinas huyendo de las primeras sombras, y los murciélagos corriendo a la caza de su presa. Sus puentes están desiertos, tiene libres sus márgenes y ya no arrastra cadáveres; va lleno hasta los bordes de almas.

Igual que en su vida, la libertad es la preocupación esencial de Victoria Kent a lo largo de estos Cuatro años en París, un libro de enorme valor documental sobre el exilio:

Esto no ha sido una emigración; esto ha sido una hemorragia. España herida se desangraba y no se le prestó la asistencia necesaria para atajar la vida que se escapaba a raudales. No, esto no ha sido una emigración; esto ha sido sangre pura de un cuerpo joven que ha ido regando tierras próximas y tierras lejanas.

Santos Domínguez

Pétalo carmesí, flor blanca


Michel Faber.
Pétalo carmesí, flor blanca.
Traducción de Jaime Zulaika.
Compactos Anagrama. Barcelona, 2007.


Ambientada en el Londres del s. XIX, Pétalo carmesí, flor blanca, la amplia e intensa novela que acaba de publicar Anagrama en Compactos, su colección de bolsillo, es en gran medida un homenaje a Dickens y a la novela victoriana, aunque la ausencia de propósito didáctico o moralizante permite que su autor, Michel Faber (Holanda, 1960), ahonde en la complejidad psicológica y ética de los personajes, cuya carga simbólica no tiene la importancia que tuvo en las novelas del autor de Oliver Twist.

Los de Pétalo carmesí son personajes fríos en quienes la astucia pesa más que el sentimiento y la inteligencia más que la sensibilidad. Personajes complicados y contradictorios, con muchas aristas morales y en los que la relación con el sexo, el asunto central del libro, es tan compleja como su comportamiento.

Nada de simplificaciones, pues, en el tratamiento de unos personajes en principio intachables que practican transgresiones, y al contrario: personajes abyectos que en un determinado momento tienen comportamientos imprevisiblemente generosos.

Estructurada según el esquema del folletín clásico, el autor asume ese modelo para forzarlo según la óptica de la posmodernidad, en torno a la protagonista Sugar, la prostituta que cuando comienza la novela tiene 19 años y ejerce la prostitución desde los trece. Asombrosamente culta y refinada, ama su oficio y ejerce una fuerte atracción sobre un escritor rico y mediocre.

La posesión, la relación de dominio de un sexo sobre otro, se convierten en el centro de una novela que mantiene con facilidad la atención del lector con una ambientación bien documentada que representa la totalidad de la vida, desde lo sórdido a lo sublime, desde el idealismo al materialismo, los instintos y la inteligencia.

Pétalo carmesí, flor blanca es una reunión de tendencias y técnicas novelísticas con una estructura tradicional y un narrador omnisciente que controla la acción desde la primera a la última página.

El traductor, Jaime Zulaika, vuelve a acreditar su eficiencia al trasvasar la obra al castellano.

Mayra Vela Muzot

18 mayo 2007

Hoy, Júpiter



Luis Landero.
Hoy, Júpiter.
Tusquets. Barcelona, 2007.


Decía Elías Canetti que hay dos tipos de hombres: los que viven en las heridas y los que habitan las casas. Inevitablemente lo recuerda uno mientras lee Hoy, Júpiter, la quinta novela que publica Luis Landero en Tusquets, cinco años después de El guitarrista.

Hoy, Júpiter narra dos vidas paralelas: la de Dámaso Méndez, un habitante del odio y la venganza, dos pasiones intensas y destructivas, y la de Tomás Montejo, que vive en la ensoñación de la literatura, en la pasión de los libros.

Dos vidas que de alguna manera son una sola, que surge de la semilla autobiográfica del autor, que se desdobla y proyecta en los dos protagonistas los recuerdos de su infancia rural y de su profesión docente.

El odio y el amor, el humor y la amargura, lo admirable y lo ridículo, la comedia y la tragedia, los mundos literarios y viscerales acaban convergiendo en un destino común que recuerda al de don Quijote y Sancho.

Y es que, como en el resto de la narrativa de Landero, el Quijote está pesando benéficamente en Hoy, Júpiter, desde el principio, desde antes de que empiece la novela, en la cita cervantina que la abre y la resume tan bien como la magnífica portada que se ha elegido para editarla.

Cuidadosamente compuesta, Hoy, Júpiter se estructura en cuatro partes de ocho capítulos cada una, con estructura alternante que va pasando de un protagonista a otro, salvo en la última, en la que se funden las peripecias de Dámaso, la voz del odio que entronca con Yago, y la de Tomás, un contemplador de sí mismo como don Quijote, un personaje que quiere ser otro a través de los libros, en una peculiar confusión de vida y literatura, de imaginación y realidad.

Hoy, Júpiter, que es una reivindicación de la necesidad de la imaginación, de la seducción de las palabras, es también un ajuste de cuentas con el pasado, con el padre, con la realidad y con el deseo a través de dos personajes que recuerdan las dos posturas de los de Juegos de la edad tardía. Dos personajes tratados con la afectividad cervantina que evidencian los frecuentes diminutivos del texto.

El eficiente narrador que ha sido siempre Landero encuentra en esta novela su estilo más depurado y sus recursos más efectivos con un ritmo de andante y con la agilidad narrativa a que tiene acostumbrados a sus lectores.

Y con ese empaste especial que tiene en Landero la palabra, que adquiere en su escritura un volumen y un relieve infrecuentes y brillantes, en una demostración reiterada de la calidad de página:

La madre, que allá donde se instalara convertía el lugar en un rincón remoto, remendaba, guisaba, trasteaba, y si se quedaba quieta y absorta, lo hacía de un modo tan expresivo, que parecía que las sombras de los pensamientos se le pintaban en el rostro. Dámaso la miraba de vez en cuando, sin apenas fijar los ojos en ella, tal como se mira la amplitud de un paisaje, o como miraba ahora el fluir del agua, y luego a hurtadillas espiaba a Natalia: sus dedos frágiles y aplicados, el cabello por los hombros, la nitidez de sus rasgos, los accidentes mínimos de su piel, el gesto siempre sereno y concienzudo. Y era hermoso cuando juntaba un momento su cabeza a la de él para ayudarlo o enseñarle algo de sus cosas, su voz susurrante, la limpia fragancia a sol y a hierba de su pelo... Luego volvía a la tarea, pero ya distraído y debilitado por las menudencias del entorno. Venía la noche y ellos continuaban allí, cada cual en su sitio y en su cometido, y aunque los ruidos cesaban por completo en toda la casa, y en el patio y en los traspatios, el silencio del padre se distinguía del gran silencio general, sin disolverse en él, y Dámaso lo notaba del mismo modo que pueden intuirse las aguas profundas de un río sin que en la superficie aparezca ningún indicio delator.

Es esta una novela redonda en su calidad y circular en su estructura. La cierra un guiño cómplice a Cien años de soledad, cuando, como Melquíades, Tomás Montejo empieza a escribir la historia en la última página del libro, al cierre del último capítulo de la novela, que se titula Aquí empiezan las verdaderas aventuras:

Cuando comenzó a anochecer, Tomás Montejo no había abierto aún la carta. Su mente estaba en otro lado, en otro texto. Había sacado una carpeta sin estrenar para empezar a tantear una novela que se le había venido ocurriendo en los últimos días y que era como si ya estuviese escrita, un relato que en realidad eran dos historias entrelazadas, sacadas del barro mismo de la vida, y que eran la de Dámaso y la suya propia, unas cuatrocientas páginas, calculó, y de la cual tenía ya pensado hasta el título. Por la ventana entraba una leve brisa de verano. Miró al cielo. Aún no se distinguían las primeras estrellas. Sí, bueno o malo, aquél era su mundo, y ahora, como Ulises, después de algunas peripecias, regresaba finalmente a su hogar. Y aunque el dolor era mucho, tampoco la esperanza era poca.
Tomó un lápiz, lo afiló a conciencia, y escribió la primera frase. Sí, allí empezaban para él las verdaderas aventuras.

Santos Domínguez


17 mayo 2007

Cuentos de Ribeyro


Julio Ramón Ribeyro.
Cuentos.
Edición e introducción de Ángel Esteban.
Austral Narrativa. Madrid, 2007.


Hace casi diez años que Espasa Calpe publicaba la primera edición de esta antología de cuentos de Julio Ramón Ribeyro, que reaparece ahora en la rediseñada colección Austral narrativa.

Con una introducción de Ángel Esteban sobre el cuento hispanoamericano en la perspectiva del boom, sobre Ribeyro y sus demonios personales y literarios, el volumen recoge una muestra de veintiséis relatos. Menos el último, La careta, todos forman parte de las distintas entregas que con el título La palabra del mudo han ido recogiendo los casi cien relatos que constituyen la obra narrativa corta de Ribeyro.

Casi un tercio de esos relatos los recoge esta amplia antología en la que está el mejor Ribeyro, el heredero de Kafka, el discípulo de Borges y el creador de uno de los mundos literarios más personales e interesantes de la narrativa hispanoamericana contemporánea.

Están en este volumen los relatos de más calidad del peruano y también -ese ha sido el segundo criterio de selección- aquellos que mejor reflejan su universo literario, su actitud vital, su ideología o su variedad técnica.

Entre lo autobiográfico y la mirada crítica o escéptica, los relatos seleccionados por Ángel Esteban constituyen una muestra representativa del autor de cimas como Los gallinazos sin plumas o Sólo para fumadores.

Son relatos apoyados en una sólida técnica y en una reflexión constante que se plantea los límites y las características técnicas de un género más mostrativo que didáctico. De esa reflexión surgió un decálogo que reivindicaba el interés de la historia y miraba hacia el lector con afirmaciones como estas:

El cuento se ha hecho para que el lector pueda a su vez contarlo. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada, real.

Entretener, conmover, intrigar o sorprender son algunos de los objetivos que Ribeyro propuso en el decálogo. Y estos cuentos, a menudo abiertos y siempre brillantes, son su demostración eficiente. Desde el inicial Los gallinazos sin plumas al maduro Sólo para fumadores, en cuarenta años de dedicación insistente y brillante a la narrativa breve con una pericia narrativa que pasa por dos momentos, por dos modalidades sucesivas: la modalidad inventiva que domina en sus primeros libros y la modalidad evocativa que se va imponiendo a partir de los años ochenta en sus relatos.

El prólogo sitúa la obra de Ribeyro en su contexto hispanoamericano y hace oportunas observaciones sobre el escepticismo vital del peruano y su proyección sobre la figura del narrador, sobre el reflejo de los cambios sociales y las diversas formas del desarraigo social y personal de Ribeyro, sobre su ironía, su humor y su amargura.

Es la imprescindible recuperación de una lectura imprescindible.

Santos Domínguez

16 mayo 2007

Segunda antología de poesía china

Marcela de Juan.
Segunda antología de poesía china.
Alianza Editorial. Madrid, 2007.


El libro de bolsillo de Alianza Editorial rescata la Segunda antología de poesía china, de Marcela de Juan, una antología que publicó Revista de Occidente en 1962 y que se ha convertido en obra de referencia por dos razones: por la selección de los textos y por la traducción, hecha -decía Foxá- con finura oriental y claridad de Occidente.

Precedidos por la evocación y el elogio de Marcela de Juan en la presentación de Antonio Segura, y del prólogo de la propia traductora, se recogen cuarenta y dos siglos de tradición poética en un muestrario delicado que contiene poemas de una modernidad asombrosa como el texto del siglo VII en el que

llega la marea con su carga de estrellas.

Las flores del ciruelo, la oropéndola amarilla, peces dorados en los estanques y pájaros en la enramada, la noche clara, la luna en el río, la niebla en los montes, la escarcha en los caminos configuran el telón de fondo que a veces se convierte en centro de una poesía como esta.

Un paisaje sutil apenas esbozado, no detallado y por eso mismo más sugerente, es el paisaje habitual en la poesía china, del que Goethe le hablaba a Eckerman, un paisaje que es la proyección exterior de una nostalgia dulce y antigua, como en este texto sereno y elegiaco de Tao Ch'ien:

Los años corren rápidos más allá del recuerdo;
es solemne la paz de esta dulce mañana.
Me vestiré las túnicas para la primavera
y me iré a las laderas de los montes del Este.
Una neblina cubre el arroyuelo que surca la colina;
mas es sólo un instante y pronto se disipa.
Luego, el viento del Sur viene a peinar
los campos donde nace el trigo nuevo.


O los del excelente Li Po, conmovido, existencialista y borracho bajo la luna de hace mil años:

Si es la vida un gran sueño,
¿para qué atormentarse?

Yo bebo todo el día.

Cuando me tambaleo,

me duermo al pie de las columnas,

despierto bajo el sol;

oigo cantar un pájaro oculto entre las flores.

¿Qué hora será?
El viento de la primavera

difunde la canción del ruiseñor.
Me siento conmovido y pronto a suspirar,
mas me sirvo otra copa.
Y canto yo también como los pájaros.

Cuando la noche llega a relevar al sol,

se agotan mis canciones,
mas he perdido ya de nuevo
la sensación de lo que me rodea.


Santos Domínguez