16 junio 2006

De toda la vida

Francisco Ayala.
De toda la vida. 
Relatos escogidos. 
Tusquets. Barcelona, 2006.

Preparada por Carolyn Richmond, esta amplia recopilación de relatos representativos del mejor Ayala, reúne en un enfoque que combina lo biográfico, lo temático y lo estilístico, los textos más significativos de sus épocas estéticas y de sus preocupaciones y temáticas. 

 El libro lo publica Tusquets y abarca setenta años de labor narrativa y es un homenaje y un resumen de una larga vida dedicada a explorar distintos terrenos estéticos y diversas situaciones vitales. Los casi cincuenta relatos que se han seleccionado se agrupan según una ordenación cuidadosa en distintas secciones marcadas por el tiempo y el espacio: 

 1. Fulgores vanguardistas (Madrid, años 20). 
 2. A raíz de la guerra civil (Buenos Aires, años 40). 
 3. A seguir viviendo (Norteamérica, 1950-75). 
 4. Ars longa (En adelante y sin fecha). 
 5. La "autobiografía" del escritor (Toda una vida). 

 De Cazador en el alba o El boxeador y un ángel hasta El jardín de las delicias pasando por La cabeza del cordero, Los usurpadores o Historia de macacos, esta es la antología más extensa y representativa de los relatos de Francisco Ayala. Relatos en los que se equilibran experiencia e invención como en el título de una colección de ensayos y comentarios literarios del autor granadino. 

 Y un valor añadido: el excelente epílogo de Carolyn Richmond: Ayala en su tiempo. Un ensayo que ilumina la obra de Ayala y la sitúa en su contexto. Un viaje por el siglo XX, en el que se repasa la trayectoria vital y literaria del autor, se justifica cada uno de los apartados y se analizan los cuentos antologados como exponentes de su evolución estilística e intelectual. 

 Desde los relatos vanguardistas de los años 20 a los relatos marcados por la herida de la guerra civil y el exilio hasta el análisis de la realidad sudamericana que conoció en su exilio. Y así hasta llegar a los textos más cercanos que completan el recorrido de este volumen, que la responsable de la antología ha definido como el libro más importante del centenario. 

 El más reciente de los relatos recogido en De toda la vida, El filósofo y un pirata (Cruce de miradas), de 1999, es seguramente uno de los más brillantes de la trayectoria narrativa de Ayala y una demostración de su envidiable vitalidad creativa e intelectual. “La biografía de un escritor consiste en sus escritos” decía Ayala en Recuerdos y olvidos. Y eso es también este libro, además del mejor homenaje en sus cien años: una biografía literaria en la que cabe el análisis atento de la realidad pero también la intimidad y la fantasía.
Santos Domínguez

14 junio 2006

La nieta del señor Linh



Philippe Claudel. La nieta del señor Linh.
Salamandra. Barcelona, 2006.

Un anciano en la popa de un barco. En los brazos sostiene una maleta ligera y una criatura, todavía más ligera. El anciano se llama Linh. Es el único que lo sabe, porque el resto de las personas que lo sabían están muertas.

El francés Philippe Claudel (Nancy, 1962) abre con ese párrafo La nieta del señor Linh, que publica Salamandra. Desde ese momento hasta el final estremecedor el lector avanza sobrecogido por sus páginas mientras mantiene su intensidad esta novela corta centrada en la figura de un anciano que huye de la guerra con su nieta.

Como una alegoría sobre el exilio y la amistad ha definido Claudel esta obra en la que los lugares no tienen nombre porque asumen una condición simbólica que va más allá de la anécdota o de la referencia histórica.

La nieta del señor Linh se abre con la llegada en barco de un anciano a un país extraño. Viaja en compañía de su nieta, casi una recién nacida a la que colma de cariño: huyen de la terrible guerra que ha arruinado su país. Los paisajes de la novela son indefinidos. El escritor no menciona ni el lugar de origen de esta triste diáspora, ni su puerto de destino, una gran ciudad occidental que desprecia a los extranjeros. La guerra de la que huye el personaje es todas las guerras, sus víctimas, todas las víctimas. No son arquetipos, pero tienen un valor universal, como sus modelos literarios, que remiten en último extremo a la Odisea, otra historia de viajes, guerras y exilios.

Como en todos los exilios, lo que cuenta en principio es lo que se deja atrás: el señor Linh mira hacia atrás desde la popa de un barco. Pasa todo el viaje mirando la estela que deja el barco. Y aunque la orilla ya es invisible, cuando mira el rostro de su nieta ve en él los paisajes y la bruma y las mañanas luminosas de su tierra.
No quiere bajar del barco que es lo único que le une a una tierra asolada por la guerra, a un país de arrozales en el que no le queda nada ni nadie.
En el nuevo país no huele a nada el aire, no sabe a nada la comida y hace mucho frío, pero el viejo canta una vieja canción a la niña. Las palabras de la canción le alivian, se burlan del tiempo, del lugar, de la edad y son una declaración de esperanza en que pese a todo vuelva la luz de la mañana, como en el nombre de la niña. Porque La nieta del señor Linh es también una historia de esperanza, amistad y solidaridad, por encima de diferencias culturales o barreras lingüísticas, de seres solitarios que se comunican con gestos y algo tan impalpable como la melancolía.

En torno a ese abuelo y a su nieta, en torno a su evidente simbología de vida y de muerte, de presente y futuro se desarrolla una fábula de enorme intensidad, una alegoría dedicada a todos los señores Linh de la tierra y a sus nietas. Un relato sobrecogedor desde el principio hasta el final. Y una tristeza blanca y amarilla, en la que flotan la memoria y el olvido, la guerra y las personas sencillas que las sufren.
Santos Domínguez




12 junio 2006

Travesías del ausente


Luis Izquierdo. 
Travesías del ausente.
Lumen. Barcelona, 2006

Coincidiendo con sus setenta años y como homenaje a su jubilación como profesor de la Universidad de Barcelona, Luis Izquierdo (Barcelona,1936) ve recogida una amplia recopilación de su obra poética en Travesías del ausente, que publica Lumen.

Seis libros, casi cien poemas, algunos de ellos inéditos y recientes, que abarcan una trayectoria de más de treinta años: desde Supervivencias (1970) hasta el último No hay que volver (2003) que había publicado esta misma editorial.

Como otras antologías, estas Travesías cumplen dos funciones esenciales: por un lado reúnen una poesía dispersa y la acercan a un público más amplio y por otro lado son una muestra de la profunda unidad temática de esos itinerarios y de su evolución.

La poesía de Luis Izquierdo tiene una coherencia asegurada en temas vertebrales como el recuerdo y en una práctica de la escritura como ejercicio de la memoria y recuperación del tiempo perdido. En esa dirección la infancia marcada por la posguerra ocupa un lugar privilegiado. Textos como Un escolar de los años 40 o Sesión continua lo ratifican.

Otros temas, como el del viaje (Lisboa, Londres, Praga, Viena), las referencias autobiográficas, la reivindicación de lo cotidiano como objeto poético, vinculan estos textos con la poesía de la experiencia. Por cierto: ¿hay alguna que no lo sea?

Ese planteamiento central no evita la reflexión sobre la literatura como forma de conocimiento y de reconstrucción del pasado que nos ha construido y nos ha hecho como somos.

Pero la poesía es también un instrumento para estar en guardia ante la ficción del recuerdo: la poesía miente, como decía Machado:

Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía.
También la verdad se inventa.


Kafka, Hopper, G. Ferrater, Praga, Viena y Brodsky son algunos de los lugares y los nombres que completan la referencia de la aventura vital y estética de Luis Izquierdo, nombres y lugares que explican y resumen estos poemas y son algunas de las presencias de estas Travesías del ausente, que nos ofrecen, antes que otra cosa, una buena oportunidad para conocer una de las voces más personales e intensas de la poesía actual a través de unos textos que reivindican un lugar en el mundo:

De modo que otro día recomienza
y entenderlo es no sólo disentir.
Sin ser del mundo, hay que estar con él.

Santos Domínguez



10 junio 2006

Viaje sentimental por Francia e Italia



Laurence Sterne.
Viaje sentimental por Francia e Italia.
Traducción, edición y postfacio de Max Lacruz Bassols.
Funambulista. Madrid, 2006.

El Viaje sentimental por Francia e Italia, la última obra que publicó Laurence Sterne, es el título elegido por los editores de Funambulista para abrir una colección de Grandes clásicos en la que ya ha aparecido también el hasta ahora inédito Roderick Hudson, de Henry James, y en la que se recuperarán, en nuevas traducciones, textos tan interesantes e inencontrables como el Jean Santeuil, de Marcel Proust.

El criterio de selección de títulos es el de su transcendencia en la configuración de la literatura actual. Esa es su filosofía y su propuesta: la recuperación de clásicos incontestables de la literatura de los siglos XVIII, XIX y XX que, inexplicablemente, permanecían olvidados, y que ahora vuelven a ver la luz en ediciones cuidadísimas, en tapa dura, y con nuevas traducciones.

La colección la abre, decíamos, una nueva y cuidada traducción que Max Lacruz ha hecho del Viaje sentimental por Francia e Italia, de Laurence Sterne, la obra que consolidó su fama literaria y uno de los textos fundamentales de la literatura inglesa. Se narra en él la deambulante peripecia de un errático y jovial párroco: el mismo Yorick (alter ego del propio Sterne) que aparecía en Tristram Shandy. Con el modelo itinerante de la novela picaresca, se cuenta aquí la minúscula peripecia de un viaje por el continente.
Un viaje que empieza cuando Yorick coge en Dover la diligencia con la que inicia el viaje hacia Calais. Muy pocos años antes, William Hogarth había terminado un lienzo que sería famoso: En la puerta de Calais. Está en la Tate Gallery y el centro del cuadro es un fraile que podría haber alternado con Yorick.
Pero no se trata de un libro de viajes, sino de algo menos y de algo más. Como en sus modelos picarescos y cervantinos, el viaje no es aquí más que un pretexto, el eje constructivo en torno al cual se organizan los acontecimientos y los personajes con los que se cruza el narrador y con los que se articula una reflexión sobre la vida que entronca sorprendentemente con la mentalidad contemporánea. Y quizá ahí radique lo más acertado de esta elección: en la recuperación de un texto de una modernidad pasmosa. Un texto híbrido de narración, ensayo y libro de viajes en el que los acontecimientos y los personajes construyen, con enorme libertad y una estructura apoyada en la digresión y la anécdota, una alegoría de la existencia.

Laurence Sterne publicó este Viaje sentimental apenas tres semanas antes de morir. Ocupó la vicaría de Sutton-in-the-Forest, cerca de York, y su condición de clérigo no le impidió llevar una vida licenciosa y festiva, y leer a Rabelais, Cervantes y Burton en casa de su amigo John Hall-Stevenson. Sterne se dio a conocer como escritor a los cuarenta y cinco años, cuando publicó un escandaloso panfleto satírico.
Ese mismo año comenzaría a publicar su obra más famosa, Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, que tiene en español una traducción excelente de Javier Marías.
Después de un viaje por Francia e Italia durante siete meses de 1765, empezó a escribir este Viaje sentimental, este juego de la edad madura que agotó, con la colaboración eficiente e involuntaria de su amante Elisa, su cuerpo y su valentía y se publicó en febrero de 1768. Tres semanas después, una gripe se le complicó con su tuberculosis crónica, y murió de pleuresía el 18 de marzo de 1768.
Su muerte la sintieron más en Francia y en Alemania que en la puritana Inglaterra.
En España fue una autor desconocido durante mucho tiempo. En 1821 se tradujo por primera vez este Viaje sentimental. Su Tristram Shandy corrió todavía peor suerte. La primera traducción al español es de 1975. Sí, de hace poco más de treinta años, aunque sus ecos nos habían llegado a través de Borges, Lezama o Cortázar.

Santos Domínguez

08 junio 2006

Nuestra epopeya



Manuel Longares. Nuestra epopeya.
Alfaguara. Madrid, 2006.

Así es nuestra epopeya. Fuimos el alquitrán de la nueva España. Pedíamos la luna y nos dieron una carretera.

Carretera y manta para el viaje de toda una generación de españoles del campo a la ciudad. Para salir de la miseria, para ir del infierno rural al purgatorio de la ciudad dormitorio y de ahí al paraíso artificial del adosado.

De la bicicleta y la tartera al puente aéreo y al club de golf, pasando por el coche de línea y el vagón de tercera.

Un pueblo, un barrio, una ciudad, el extranjero son los espacios en los que transcurre esta epopeya colectiva de la gente humilde, de un grupo de supervivientes de unos años fundamentales para entender la historia reciente de España.

El viaje, además de su dimensión espacial desarraigada, es un trayecto hacia el progreso material: de la cartilla de racionamiento a invertir en bolsa, de la aldea a Wichita, pasando por el limbo, para volver al cabo de los años con los ahorros y una historia olvidada y una nueva actitud, la del que ha aprendido la lección. Porque, como todos los viajes literarios, este también tiene un sentido moral.

Nuestra epopeya, la nueva novela de Manuel Longares que acaba de publicar Alfaguara, es una obra coral con múltiples voces e historias que, complementaria de su imprescindible Romanticismo, centrado en la clase alta del barrio de Salamanca, sitúa ahora su foco sobre la evolución de la clase trabajadora a través de la voz de los pobres, con un enfoque alejado de la ya muy explorada técnica neorrealista, y emparentado con el expresionismo y el esperpentismo de Valle-Inclán.

Si en Romanticismo era evidente la influencia del Galdós de las novelas españolas contemporáneas, un Galdós actualizado al que se le homenajeaba constantemente, Nuestra epopeya explora el expresionismo valleinclanesco con diálogos contundentes y enfoques que recuerdan el ciclo de novelas del Ruedo ibérico.
Y como en su modelo, la narración y el diálogo van alternándose con la tensión sostenida de un ritmo vertiginoso. A un párrafo no le sucede otro, sino un diálogo y a este un fragmento en el que nuevamente irrumpe el narrador para dar paso otra vez en una espiral envolvente a intervenciones rápidas y muy expresivas, a frases lapidarias como chispazos, a diálogos que construyen al personaje con nervio valleinclanesco.

El recuerdo de la infancia, la adolescencia, el miedo y el trabajo articulan esta exploración en la memoria reciente que no debe perderse. Aunque no sea fácil que los que hoy disfrutan de la prosperidad se reconozcan en aquellos que pasaron calamidades y aprendieron de los golpes de la vida.

La novela arranca un amanecer de otoño de 1986, cincuenta años después de la guerra. Cincuenta años que son el horizonte temporal y el punto de referencia de Nuestra epopeya, aunque

Al cabo de medio siglo (dice el cazador) nada de lo que se recuerda vive.

El tema ha sido objeto de textos narrativos y dramáticos, pero muy pocas veces con la altura estilística y moral que tiene esta obra de Longares, que había dejado muy alto el listón de su exigencia y su prestigio en Romanticismo y ahora lo supera de forma admirable.

Es esta una lectura exigente pero gratificante y placentera y nada difícil. La exigencia recae más en el autor que en el lector de un texto de soberbia calidad que confirma lo ya sabido: que Manuel Longares, dueño de una de las prosas más densas y de mayor calidad de la literatura española actual, es también uno de los mejores novelistas españoles contemporáneos.

- Vosotros, para haceros ricos –dice uno de los personajes al cabo de los años- no tuvisteis que cambiar el mundo, sino crear más pobres.

Esa es la desolada conclusión de Nuestra epopeya. Ahora esos pobres no se llaman José sino Mustafá o vienen desde Senegal en cayucos, no en autobuses desvencijados desde un secarral mesetario.

No convendría olvidar que este país de nuevos ricos fue hasta no hace mucho un país de emigrantes. Aunque sepamos que los que habían salido de la miseria y del pueblo cuando vuelven no vuelven. Son ya otros con un poco de calderilla sucia en el bolsillo.
Santos Domínguez

07 junio 2006

Editar Guerra y paz





Mario Muchnik.
Editar Guerra y paz.
Taller de Mario Muchnik. Madrid, 2003.


Desde hace ya muchos años he estado buscando una buena edición en español de La guerra y la paz de Tolstoi.


Así empezaba Augusto Monterroso un texto titulado El humor de Tolstoi, que recogió en 1999 en La vaca.
Monterroso era uno de los millones de lectores fascinados por la novela que tuvieron que leerla en malas traducciones que no se hacían desde el ruso, sino de una versión interpuesta en inglés o francés.
La muerte de Monterroso en 2003 coincidió por raro azar con la publicación de la mejor versión al español de Guerra y paz, la que publicó por esas mismas fechas el Taller de Mario Muchnik.

La historia de un viejo deslumbramiento y del terror a que la novela se acabe, la labor editorial en el impulso de una traducción que abarcó cuatro años y medio, casi el mismo tiempo que le llevó a Tolstoi la composición de la novela, la cuenta el editor Mario Muchnik en Editar Guerra y paz, un librito fascinante, escrito desde la admiración por esa obra que para muchos lectores es la mayor de las que se han escrito.
¿Quién sabe eso? Lo que sí es verdad es que quienes tengan la suerte de no haber leído Guerra y paz podrían ir soltando los músculos con la lectura de este diario de un lector apasionado, de este ejemplo de editores.
Los que hayan leído otras traducciones descubrirán que Guerra y paz es otro libro en esta traducción brillante y cuidada que, además de ser más respetuosa con el original, se presenta en una tipografía de fácil y descansada lectura y con un papel de calidad y poco peso, lo que en una obra de ese tamaño se agradece siempre.
Nada que ver con las viejas ediciones de Aguilar o Porrúa, de tipografía mínima y páginas de dos columnas que hacían casi imprescindibles la lupa o el microscopio.
Lo que se ofrece en estas páginas introductorias editadas en el Taller de Mario Muchnik es la intrahistoria de una traducción, la que hizo Lydia Kúper, con casi 90 años, y el relato apasionado de esos cuatro años y medio que llevó la tarea. Solo seis meses menos del tiempo que Tolstoi confesaba haber dedicado a la escritura de Guerra y paz. Ese dato confirmaría que con los grandes libros la traducción se acomete como una empresa parecida a la de la construcción original.
Santos Domínguez

06 junio 2006

Antón Chéjov. Vida a través de las letras


Natalia Ginzburg.
Antón Chéjov. Vida a través de las letras .
Traducción de Celia Filipetto.
Acantilado. Barcelona, 2006.


Vida a través de las letras
se subtitula esta apretada e intensa biografía de Chejov que Natalia Ginzburg publicó en Italia en 1989, un par de años antes de morir y que Acantilado edita ahora con traducción de Celia Filipetto.

Este libro está llamado a convertirse, si no lo es ya, en un clásico sobre un clásico. En los quince años que lleva publicado, se ha convertido en un texto de referencia sobre el padre del cuento contemporáneo.

Es un relato chejoviano en tono y en economía de medios eficientes el que nos dejó Natalia Ginzburg en este librito lleno de sugerencias y de sensibilidad. Una narración más amplia y más profunda de lo que hacen pensar sus páginas y su formato, porque en ella cada palabra está pensada para que quede flotando en la mente demorada del lector, para introducirle en una atmósfera que es la propia del biografiado.

No se trata, claro, de un seguimiento minucioso de la biografía de Chejov, sino de una exploración de sus líneas vitales en relación con su literatura, de una reconstrucción de acontecimientos que marcaron su personalidad y su actividad literaria, de una demostración de las profundas relaciones que hay entre vida y literatura en Chejov.

Tras el texto, oculta y latente, está la sensibilidad delicada de Natalia Ginzburg envolviéndonos en el ambiente y el tiempo en los que el narrador ruso fue construyendo una obra viva que sigue respirando y fortaleciéndose a medida que pasa el tiempo. Una obra que es menos un edificio que un árbol frondoso de hojas perennes que no han dejado de fortalecerse y de dar sombra apacible al lector.

El relato de la niñez de Chejov lo hace la autora como si se tratara de alguno de los personajes de sus cuentos tristes. Su padre, despótico y borracho, religioso y cruel, su madre sumisa y resignada, nutren también unos relatos levantados magistralmente sobre el cimiento del personaje y el silencio de algún dato definitivo que se nos oculta.

Y, como en los cuentos de Chejov, también aquí, leves y fulminantes, aparentemente intranscendentes, esos detalles menores que nos acercan mucho al personaje: las secuelas que le dejó una peritonitis, la pobreza, el ambiente familiar insufrible que persisten como un dolor sordo, como una molestia crónica.

Absorto o divertido, emocionado siempre, asiste a la lectura el lector de Chejov y el de este libro.

En las primeras páginas del libro, Natalia Ginzburg resume los cuentos de Chejov con una imagen intuitiva y precisa: su obra es la de alguien que nos abre una puerta o una ventana y nos deja mirar dentro de la casa por un momento. Luego, la misma mano que la había abierto, cierra la ventana o la puerta.

Esa imagen humilde, brillante y acertada, se puede aplicar también a este libro impregnado del espíritu de Chejov.

Con esa actitud se reconstruyen las últimas horas de Chejov en la habitación de un hotel de Badenweiler el 15 de julio de 1904, junto a Olga y una botella de champán que les mandó el médico como última terapia.

¿Para qué poner hielo sobre un corazón vacío?
, dicen que dijo, casi al final.

La situación la inmortalizó también esa cima de Carver que es Tres rosas amarillas.

Santos Domínguez