22 abril 2006

La pelirroja




Fialho de Almeida.
La Pelirroja.
Traducción de Antonio Sáez Delgado.
Periférica. Cáceres, 2006.

En su partida de nacimiento, la editorial Periférica anuncia que una de sus líneas fundamentales consistirá en ofrecer una amplia selección de clásicos modernos, inéditos o poco difundidos en castellano.
Uno de esos clásicos recuperados con que Periférica inicia su andadura es La pelirroja, una novela del portugués Fialho de Almeida (1857-1911).
Rescatada en 2005, la edición portuguesa de Assírio & Alvim tuvo una buena acogida de crítica y público. Ahora aparece por primera vez en castellano con traducción de Antonio Sáez Delgado.
Fialho de Almeida ocupa en la literatura portuguesa del último tercio del XIX un lugar semejante al de Blasco Ibáñez en España. Lo que este supone respecto de Galdós lo significa Fialho de Almeida respecto de Eça de Queiroz. Identificado alguna vez con Dickens por su visión de la infancia desvalida y callejera, me parece que la crudeza con la que se refleja la realidad, el interés por destacar sus aspectos más sórdidos, el regodeo en la miseria, la crítica social, el anticlericalismo, el erotismo lo aproximan, incluso en una obra temprana como esta, a la radicalidad naturalista más que a otras formas templadas de realismo.
La pelirroja se publicó en 1878, muy poco después que La taberna de Zola y antes que Nana. Fialho era entonces un joven de extracción humilde y estaba todavía muy marcado por una larga convivencia con la pobreza. Estudiante de Medicina como Pío Baroja y Felipe Trigo, conoció como ellos la frecuencia con la que se mezclan en los pobres el dolor y la miseria. Y, como ocurre con las novelas de aquellos, esta narración es también una disección del tejido social del Portugal atrasado de finales del XIX.
Inevitablemente, esas experiencias las habría de reflejar Fialho en sus artículos y crónicas. También aquí, como en sus cuentos, la crítica social atraviesa la novela en la visión de los estamentos representativos de la sociedad tradicional (militares, ricos, curas hipócritas y lascivos) y en el reflejo de la prostitución como paradigma de la explotación.
Junto con esa voluntad de denuncia, aparecen en La pelirroja la pura busca del escándalo sicalíptico o la incursión en la necrofilia. Y un erotismo turbio que se confirma, como en toda la literatura europea como una de las ramificaciones preferentes del naturalismo.
Quizá el único defecto técnico de esta novela sea el papel del narrador, su perspectiva, que oscila entre la indefinición y la incoherencia del narrador omnisciente y el testigo. Es, digámoslo ya, un narrador abusivo, que probablemente procede más de la torpeza del principiante que de las trampas del ventajista.
Tiene Fialho otros valores que nos lo muestran como un renovador de la prosa narrativa y periodística portuguesa, como uno de los maestros reconocidos por Pessoa.
Novela escrita con prosa consistente y eficacia narrativa, las brillantes descripciones de una Lisboa suburbial, más agria que pintoresca, de bajos fondos y prostitución, tienen una enorme fuerza por el talento del autor, pero sobre todo porque esa visión Lisboa nocturna, parda y lóbrega viene de lo vivido. Como esos personajes que completan un ambiente que los explica y que queda expuesto en ellos.

La traducción, ágil y eficiente, de Antonio Sáez tiene una virtud fundamental: le quita al texto la vieja capa de barniz, el desagradable toque arcaico que había en algunos rasgos de su estilo.

Vale la pena leer esta Pelirroja, buena literatura menor en una edición cuidada que presagia nuevas sorpresas tan agradables como esta.

Santos Domínguez

20 abril 2006

Proust, el indiferente




Marcel Proust.
El indiferente y otros relatos.
Funambulista. Madrid, 2005.

En 1918, veinticinco años después de publicados algunos de los seis relatos que edita Funambulista en un volumen titulado El indiferente y otros relatos, Marcel Proust se declaraba orgulloso de ellos. Incluso les adjudicaba un valor superior al de Swann.
Algunos de estos relatos aparecieron en Los placeres y los días, otros, como El indiferente y Antes de la noche no formaron parte de aquel librito inicial y misceláneo. Lejos de la densidad del universo proustiano que cuajó en La recherche, estos textos son una inmejorable vía para adentrarse en la selva de ese mundo narrativo acogedor y complejo.

Proust no estaba, pese a todo, demasiado cómodo con unas formas narrativas breves que no volvió a frecuentar. De hecho, casi todos estos textos parecen esbozos, adelantos y aproximaciones de las siete novelas amplias que vendrían después.

Esbozos, por ejemplo, de situaciones y de personajes en las que las palabras de la tribu (la alta sociedad parisina, los salones aristocráticos) delatan sus intereses y perfilan un mundo con términos como charme, ardent, gentil.
Ya se inauguran aquí temas y actitudes que aparecerían con mayor consistencia en A la recherche: la muerte, la aristocracia, el amor homosexual, la melancolía, el refinamiento...
Y ambientes de la decadencia en triunfo: salones, carreras de caballos, teatros para las insinuaciones y el galanteo y el relato de los largos viajes exóticos. En fin, todo eso que en manos de un escritor que no sea Proust, con su capacidad estilística para crear atmósferas y una languidez inconfundible hasta en la sintaxis, no sería más que el reino de lo cursi.

El aprovechamiento de los materiales autobiográficos sirve de base a la fabulación sublimada, al refinamiento sutil, a las suaves matizaciones psicológicas en la luz declinante de la tarde, a las delicadas atmósferas que envolverán al buen lector de poesía y de prosa que lea este puñado de relatos.

La traducción de Silvia Acierno y Julio Baquero, que firman también el postfacio, es tan delicada y sensible como el texto y ayuda mucho a esa fascinación.

Santos Domínguez


18 abril 2006

Franco frente a Churchill

Enrique Moradiellos
Franco frente a Churchill
Ediciones Península. Barcelona, 2005.

Aunque el título de esta obra pueda hacernos pensar que se trata de analizar y contraponer la figura de estos dos gobernantes, en realidad abarca mucho más. En algo más de cuatrocientas páginas y con unas 1.000 notas a pie de página se pasa revista a las relaciones bilaterales de España y Gran Bretaña fundamentalmente durante la Segunda Guerra Mundial, aunque también se tratan los años de nuestra Guerra Civil y los inmediatamente posteriores al citado conflicto mundial.
El trabajo, documentadísimo, del profesor Moradiellos, ilumina con mucha claridad la postura de Franco ante la Guerra Mundial, y así, frente a la tesis de los apologetas del Caudillo, que lo presentan como un ser visionario y omnisciente, capaz de prever en 1939 la derrota de Hitler y por tanto de alejar a España del conflicto; aparece en este libro de Moradiellos un Franco que, al menos entre 1939 y 1941, está totalmente convencido de la victoria alemana, victoria que desea, y decidido a entrar en el conflicto, sobre todo cuando el avance germano en Polonia, Bélgica o Francia se demuestra arrollador.
Así, la extensa documentación aportada procedente de numerosos archivos y cuyos documentos más importantes aparecen reproducidos en sus párrafos más significativos, dibujan la imagen de un Franco aún inseguro en su puesto, liderando un país al que la Guerra Civil ha rebajado de potencia de segunda fila a la categoría de irrelevante, excepto por su excepcional ubicación estratégica, y que además depende de manera aguda de los suministros de alimentos y petróleo que sólo pueden llegarnos a través del Atlántico, previo permiso de la marina británica.
Churchill, ya como primer ministro, aparece como un administrador de la tradicional política británica del palo y la zanahoria, sistema de premios y castigos, dirigido en este caso concreto a mantener a España lejos de sus tentaciones de unirse al Eje de Hitler y Mussolini. El libro analiza la modulación de ese sistema durante los seis años de guerra, que responde más o menos al siguiente esquema: cuando la posición de España es firme (porque los aliados preparan alguna operación que España podría entorpecer) predomina la zanahoria en forma de concesiones de alimentos y carburantes; por el contrario cuando la posición española es débil, como a partir de 1942 cuando la derrota alemana parece ya inevitable, el palo aparece rotundo y amenazante hasta conseguir que España retire la División Azul, deje de vender wolframio a los alemanes y de prestar apoyo logístico a barcos y submarinos del Eje.
En definitiva, el profesor Moradiellos traza el retrato de un Franco deseoso de entrar en el conflicto para obtener compensaciones territoriales en el norte de África (que Hitler no le concede en Hendaya) y recuperar Gibraltar, pero debilitado por la situación penosa de España. Churchill aparece al mando de una gran potencia en su hora más difícil, pero pronto respaldada por Estados Unidos. Churchill se ocupa de España como una pieza más que le permita primero resistir y después derrotar a Alemania, como parte de un plan nacido de su, en ocasiones, optimismo patológico al que tanto debemos tantos, optimismo como el presente aquel 4 de junio de 1940, con la mayor parte del mundo convencido (y entre ellos muchos británicos) de que Gran Bretaña pronto caería en manos de Hitler, y Sir Winston, en un discurso dirigido a los británicos, al mundo entero, y también, cómo no, a Hitler y a Franco, se permitió gritar: “Lucharemos en las playas. Lucharemos en los aeródromos. Lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas. ¡Nunca nos rendiremos!”. ¡Qué tío, el inglés!

Jesus Tapia Corral


Mauricio o las elecciones primarias



Eduardo Mendoza.
Mauricio o las elecciones primarias.
Seix Barral. Barcelona, 2006.

Diez años después de declarar la muerte de la novela, Eduardo Mendoza publica en Seix Barral Mauricio o las elecciones primarias. Es, creo, la tercera reincidencia en el presunto cadáver del género, en el territorio quemado de la narración larga con un título que recuerda más a Rousseau que a Goethe.
Luego, claro, han venido las matizaciones: la muerta era la novela de sofá, la que no establece un contrato con la realidad. Por el contrario, la novela viva es aquella que, a medio camino entre la ficción y el periodismo, le reserva al novelista el papel de analista social y narrador.
Claro que esta declaración la hubieran podido firmar Balzac, Stendhal o Galdós. ¿Qué otra cosa sino el resultado de esa hibridación de narración y documento, de voluntad testimonial y empuje narrativo son La comedia humana o la serie de novelas españolas contemporáneas y especialmente Fortunata y Jacinta?
Construida desde esa perspectiva de compromiso con la realidad en la que la novela es la expresión narrativa de un diagnóstico social, Mauricio o las elecciones primarias no es una de las obras menores de Eduardo Mendoza.
Enmarcada por un prólogo sobre los ángeles caídos y un epílogo en el que se invocan las mitologías sobre gigantes desaparecidos y ambientada en una Barcelona preolímpica, es quizá la más barojiana de las novelas de su autor.
Barojianas son la agilidad narrativa, la precisa rapidez en la caracterización de personajes, la fluidez y la viveza de unos diálogos que son el verdadero soporte de la acción, el deje melancólico que el lector puede entrever por detrás de la ironía ácida y de la distancia del narrador.
Los lectores asiduos a Eduardo Mendoza, y son muchos y fieles desde La ciudad de los prodigios, reconocerán aquí algunos arquetipos que habitan sus novelas desde La verdad sobre el caso Savolta. Les resultarán conocidos y tendrán un aire familiar algunos de los que aparecen en esta novela. De entre todos ellos me quedo con el abogado Macabrós, un personaje redondo, de compleja ambigüedad. Uno de esos secundarios inolvidables que se pasean por un mundo barojiano de personajes abúlicos y con poco carácter. Personajes de perfil bajo para una sociedad de perfil bajo, como la barcelonesa de los años ochenta, en la que lo individual se enmarca en lo colectivo y el desaliento personal se confunde con el desencanto político.
A mí no me mires, yo solo baldeo la cubierta, dice el protagonista, sacudiéndose responsabilidades y encogiendo los hombros en un gesto de desencanto reiterado por otros personajes, un gesto que podría resumir el sentido del diagnóstico que hace Mendoza del fin de las ilusiones. Esa resignación desengañada es también muy de Baroja.
Aunque no con la fuerza que en otras de sus novelas, Mendoza pretende trazar un panorama en el que Barcelona sea más protagonista que mero telón de fondo de la acción. En ese sentido, la novela no funciona. Ese propósito no lo logra con el mosaico de historias de parejas en que se fundamenta la novela, terreno peligroso en el que la historia se desliza por los márgenes truculentos del bolero.
Vuelvo al punto de partida. A la muerte de la novela y a Galdós. Y caigo ahora en la cuenta de la decisiva influencia genética de Fortunata y Jacinta sobre este Mauricio o las elecciones primarias. Como es natural, desconozco si Eduardo Mendoza la ha tenido en cuenta o si ha sido una afloración de sustrato.El triángulo amoroso Juanito Santa Cruz, Jacinta, Fortunata, con toda su carga simbólica, se reproduce en este otro cuyos lados se llaman Mauricio, Clotilde, Porritos, que muere para completar la metáfora del fracaso de las ilusiones y los ideales políticos, igual que moría Fortunata para simbolizar el final de los ideales de la burguesía progresista de los años ochenta, aunque de un siglo antes.
Esto no desmerece el valor de una novela como esta. Al contrario, la incorpora a una brillante tradición novelística en la que desde Cervantes ha consistido buen parte de la narrativa más brillante. una crítica, sino la demostración de la vitalidad de la novela. Y no entremos en matices, porque los matices, como se dice en algún lugar de la novela, lo echan todo a perder.

Santos Domínguez

17 abril 2006

El beso del tiempo



Braulio Llamero.
El beso del tiempo.
Celya. Salamanca, 2005.


Braulio Llamero, que ejerce de periodista en Radio Nacional de España en Zamora y como columnista en la Tribuna de Salamanca, es un narrador experto que hasta ahora había frecuentado el territorio de la literatura infantil, labor en la que le avalan premios como el del Barco de Vapor. Guionista, conferenciante y autor de algún que otro texto teatral, su bibliografía y sus artículos pueden consultarse en este enlace.

Recientemente, con el aval de otro premio, el Mago Merlín de narrativa, ha publicado en Celya su primera novela para público adulto, El beso del tiempo.

Novelista tardío, Braulio Llamero ha esperado el momento en que ha sentido llegado el punto de la madurez. Él, que como Claudio Rodríguez, habrá aprendido en esas tierras zamoranas del pan y del vino la lentitud del paso y de la granazón del trigo y de la sazón de los frutos.

Ambientada en los Reinos de Espera, es una obra entroncada con las narraciones míticas y fantásticas de la estirpe de Narnia y El Señor de los anillos, en la estela de las sagas nórdicas y en la línea estética que alimenta un cierto tipo de comics.

Se trata, pues, de una novela de género en la que la fluidez narrativa, la demostrada capacidad para contar historias y mantener la atención del lector y esa difícil facilidad que tienen los narradores solventes se conjuran en un objetivo más profundo y ambicioso: la reflexión sobre el tiempo y sobre la imposible inmortalidad. De ese tipo de utopías e imposibles se ha alimentado siempre la literatura, como nos recuerda la cita inicial del bíblico Libro de la sabiduría.
Sobre el canon de esa épica, con sus magos y sus claves, sus mitos y misterios y mapas que deberían ir en proyección horizontal, se construye una historia que es también una reflexión sobre el poder, una evocación del paraíso perdido, de la memoria que arde en la esperanza del retorno y en los mitos de orígenes, en el planteamiento de la novela como búsqueda de identidad por parte del héroe. Y en ella el peso de la narración es el peso de las palabras medidas que la construyen y la elaboran con una sintaxis de narrador eficiente.

No es, desde luego, este un territorio narrativo de mi predilección, pero hay en este tipo de relatos un fondo que invoca a ese inconsciente originario en el que se fraguan los mitos, las esperanzas y los miedos. Algo, desde el fondo oscuro de este tipo de obras, invoca a nuestro inconsciente como los cuentos de invierno o como las obras mayores de un Shakespeare visto en blanco y negro por un Orson Welles expresionista. Pulsiones como las de los cuentos infantiles, viejas aspiraciones, remotos temores quedan convocados y conjurados en ese fondo humano en donde se debaten en lucha desigual el bien y el mal, la miseria y la grandeza, la altura de la generosidad y la mezquindad del dolor.

Como a Don Quijote en la Cueva de Montesinos, algo oscuro y secreto nos habla de nosotros mismos desde el fondo de estas historias de un mundo que no existe.

Santos Domínguez

07 abril 2006

Valente, cima del canto



José Ángel Valente
. Obras Completas.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
Barcelona, 2006.



Cima del canto.

El ruiseñor y tú
ya sois lo mismo.

Ese haiku, fechado el 25 de mayo de 2000, menos de dos meses antes de la muerte de José Ángel Valente, es el último poema de Fragmentos de un libro futuro, el libro póstumo que cierra la trayectoria poética de un escritor total, de trayectoria tan personal como decisiva para la poesía española contemporánea.

Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores
acaba de publicar el primer tomo de sus Obras Completas, en una edición preparada por Andrés Sánchez Robayna. Organizada en dos tomos, el primero recoge su obra de creación en verso y prosa y el segundo será una recopilación de su obra ensayística preparada por Carlos Rodríguez Fer.
A este primer tomo que recoge la obra lírica de Valente se añade su importantísima labor como traductor de Celan, Jabès o Cavafis (lo que se había recogido en el póstumo Cuaderno de versiones) y en forma de apéndice se incorpora un numeroso conjunto de poemas inéditos o dispersos y nunca hasta ahora publicados en libro.
Y aquí el lector debe exponer sus dudas, compartidas seguramente con alguien como el editor, de la entera confianza de Valente. Siempre que en este tipo de obras se recogen textos inéditos, la desazón es importante, porque en general estos poemas aporatan poco y desmerecen mucho del conjunto, porque forman parte de la arqueología o de la cocina del poema. Hay no pocas razones éticas y estéticas para respetar la decisión del autor que decidió eliminarlos de la versión definitiva de sus libros.
No hay que hacer demasiado esfuerzo para suponer que Valente, que se resistía a reeditar en Punto cero sus primeros libros, no hubiera autorizado este apéndice. Pero en fin, esos son los riesgos y la responsabilidad que asume Sánchez Robayna, autor por lo demás de un excelente prólogo y de una minuciosa y cuidada edición.

Yo fui un joven escritor en un tiempo sombrío, recordaba Valente en 1996, mirando desde lejos ya su trayectoria poética, exigente y rigurosa como pocas, una trayectoria creciente desde A modo de esperanza hasta la primera inflexión importante que supuso Material memoria y culmina en El fulgor y en No amanece el cantor, en una evolución marcada por la coherencia y la depuración. Porque Valente es un poeta de indiscutible importancia y de innegable incidencia incluso entre quienes se sienten distantes de su poesía, de su poética y de sus juicios jupiterinos.

Poesía y crítica comparten rigor y coherencia evolutiva en la creación verbal de nuestro autor. Ya en aquellos años años cincuenta de su primer libro escribe Valente el ensayo Conocimiento y comunicación, una de las cimas de la reflexión sobre la creación poética en la España de la segunda mitad del XX. Un ensayo con el valor añadido, quizá imprescindible, de que esa reflexión la hace un creador que une a su poesía de meditación una constante reflexión crítica. Lo que por otro lado no es una excepción, sino una norma. De Machado a Eliot, de Cernuda a Gil de Biedma, de Leopardi a Bécquer, los poetas más conscientes han sido los que han marcado esa línea de reflexión sobre el método poético y la función de la poesía.

En este artículo inédito, incluido en un cuaderno de trabajo de los años setenta, y publicado por primera vez en El País en julio de 2001, al año de su muerte, Valente se reconocía 'fuera del cuadro' de la vida española:

Respecto del llamado grupo de los 50, yo me consideraría retratado en él si el retrato se llamase Retrato de grupo con figura ausente. El grupo no es más que la momentánea asamblea de los que se aprestan a correr. Todos adoptan una posición análoga en la línea de partida. Sólo una vez que la señal ha sido dada empieza la verdadera aventura del escritor: la larga, la prolongada soledad del corredor de fondo (Sillitoe). Lo que pasa es que los antólogos o los críticos -que suelen ser personajes bastante funestos- suelen confundir el punto de partida -más o menos impuesto- con la trayectoria del corredor -infinitamente libre. Su trabajo resulta así más fácil: le facilita, en efecto, la composición de antologías y manuales y las clases sobre poesía contemporánea con que se engaña o aburre a los adolescentes en las universidades o en los cursos donde se vende pseudocultura española de Smith o Middelbury College.

Esa confusión entre punto de partida y trayectoria ha sido particularmente padecida por los poetas que me son contemporáneos. La mistificación empezó con la famosa antología de Castellet Veinte años de poesía española que se publicó en 1960 y que dio la vuelta al mundo en distintos idiomas más o menos progresistas. El engaño aún persiste. El grupo, en cuanto tal, no es más que un criadero de mediocres. La lectura individual se sustituye por la lectura de grupo y lo singular por lo mostrenco. Se olvida así algo fundamental: el hecho de que, con respecto al grupo, el escritor es un fenómeno póstumo. Nace, en realidad, cuando el grupo fenece.

En la también fenecida teoría de las generaciones se buscaba para la constitución de éstas un hecho común determinante. El hecho histórico del presente siglo que yo siento hoy como más determinante es la aparición del cometa Halley, que se interpretó en 1910 como un signo del fin de los tiempos. Así lo vio Alexander Blok, en un impresionante poema que se llama Némesis: 'Siglo veinte... / Los incendios humeantes del crepúsculo / (presagio inquieto de los días nuestros), / el espectro terrible de un cometa / amenazador y caudal, allá en lo alto'. El cometa debe reaparecer hacia 1986. Así es como cabría describir en manuales o antologías veraces al autor de los libros firmados con mi nombre: Poeta español relativamente contemporáneo, situado entre dos apariciones del cometa Halley.

Pero eso será la materia del segundo tomo de estas Obras Completas de José Ángel Valente, que en La piedra y el centro (1983) escribía:

Todo el que se haya acercado, por vía de experiencia, a la palabra poética, en su sustancial interioridad sabe que ha tenido que reproducir en él la fulgurante encarnación de la palabra. No ha oído ni leído. Ha sido nutrido. Se ha sentado a una mesa. Ha compartido, en rigor, un alimento.

Santos Domínguez

06 abril 2006

Recuentos de Pereira



Antonio Pereira.
Clara, Elisa, La teta de doña Celina, Mujeres.
Alcancía Relatos. Plasencia, 2005.

Una página ya conocida -nos recuerda Antonio Pereira en la nota que pone al frente de este volumen- es nueva en cada relectura, en cada actualización, porque el lector nunca es el mismo. Avisado de esa manera, quien se acerca a esta nueva antología de relatos de Pereira se encuentra con una gavilla de cinco relatos unidos por su tema: un suave erotismo elusivo con un toque refinado en la realidad sugerida y escamoteada.

Y en contraste con esa unidad temática, una evidente variedad de técnicas narrativas, un continuo ejercicio de virtuosismo formal, de equilibrismo divertido y seguro en el filo de la navaja. Y Pereira que sonríe con el seguro aplomo de su maestría y no da ni un solo paso en falso y sale de cada cuento airoso y saludando, después de hacer vivir a los personajes en un diálogo que, sabiamente llevado, como en Clara y el romano, soporta el peso del relato.

Cuando se habla de Pereira es ineludible evocar la oralidad de filandón estilizado que es el humus de sus relatos, en los que sabe armonizar con refinado oficio lo mejor de la tradición y de las aportaciones del relato contemporáneo.

Así es que estamos otra vez de enhorabuena. Otra vez tenemos un motivo para releer, para leer, a Antonio Pereira, del que decía Manuel Talens:
Si en el mundo hubiera eso que llamamos justicia, si Dios (¿pero existe?) fuera en verdad misericordioso, hace años que Antonio Pereira estaría públicamente considerado como el contador de historias más grande que ha dado este país en el último cuarto de siglo.

Y terminaba aquel artículo con una recomendación a la que, naturalmente, me sumo:

Lean a Antonio Pereira. Les cambiará la vida.
Santos Domínguez