21 enero 2013

Julio Camba. Londres

Julio Camba.
Londres.
Prólogo de Francisco Fuster García.
Reino de Cordelia. Madrid, 2012.

En su Novela de un literato, Rafael Cansinos Assens describía a Julio Camba como un feroz anarquista que “odiaba a los burgueses, pero amaba la buena vida burguesa, los bistecs gordos y las mujeres finas.”

No parece que Camba encontrase muchos filetes gordos ni muchas mujeres finas en el año largo que estuvo en Londres escribiendo artículos y crónicas para un periódico de Madrid. Estaba recién llegado de un París muy distinto cuando se instaló en Londres -“donde la gente no se ríe nunca”- desde finales de 1910 hasta enero de 1912.

Después de Playas, ciudades y montañas, Reino de Cordelia publica, también con prólogo de Francisco Fuster García, Londres, una espléndida antología de aquellos textos periodísticos con los que Camba se ganaba la vida como corresponsal indolente y brillante.

Es una reunión de textos que sin embargo genera un volumen coherente no solo por la referencia común al espacio urbano londinense, sino por la homogeneidad del tono con que están escritos estos artículos, que se recogieron en forma de libro en 1916.

Desde la entrada en Inglaterra por la aduana de Newhaven, se van sucediendo estampas con guardias ingleses, sobrehumanos, impasibles e impermeables en una ciudad que con sol es absurda e inexplicable; referencias a la comida de unos ciudadanos que comen de pie y se bañan a diario porque viven en un país sucio y sepultado bajo la niebla.

La lucha con el idioma, las mujeres feas, la psicología de la blasfemia, la visión de los ingleses como animales tranquilos que admiran las ruinas, una fantasía sobre las patatas a propósito de la monotonía unánime de la comida inglesa –si no tienen imaginación en la cabeza, ¿cómo van a tenerla en el estómago?- son algunos de los temas en los que brillan el ingenio y la prosa del mejor Camba, el articulista genial al que le sirve cualquier asunto para trazar una estampa londinense.

El negocio y el deporte, el gin y las tabernas, los barberos ingleses, los oradores de Marble Arch, las costumbres, la moral inglesa y sus virtudes húmedas y frías y el carácter de los londinenses, indiferentes o suicidas, los clubes de mujeres solas, el pudding navideño o el público de los teatros.

Camba luchaba con humor y buena prosa con aquella ciudad donde todo le es hostil al español: el idioma, las comidas, las costumbres. Pero de aquella hostilidad ambiental aquel dormilón en Londres extrajo el material del que se nutren algunas de sus mejores páginas.
Santos Domínguez

20 enero 2013

El palacio de Liria

Varios autores.
El palacio de Liria.
Atalanta. Gerona, 2012.

El Palacio de Liria es, después del Palacio Real, el edificio particular de Madrid más importante del siglo XVIII, escribe Jacobo Siruela en el prólogo del volumen sobre el palacio de Liria que publica Atalanta.

Por sorprendente que pueda parecer, es la primera vez que se publica un libro sobre el palacio. La arquitectura, el jardín, los cuadros y los tapices, los libros y los manuscritos se abordan por distintos especialistas en siete capítulos apoyados en un espléndido material gráfico.

Tras el apartado inicial, en el que Jacobo Siruela relata la historia de la casa de Alba desde el siglo xv, Carlos Sambricio, experto en la arquitectura española de la Ilustración, firma el apartado dedicado al diseño, la importancia y la singularidad del edificio, del que William Beckford decía en 1787, dos años después de su construcción, que  era el más espléndido de Madrid.

Mónica Luengo, estudiosa de la historia y la restauración de jardines, realiza aquí la primera investigación histórica del jardín del palacio desde su trazado dieciochesco hasta la remodelación de Forestier en 1916.

De la pinacoteca de Liria, con una notable colección de cuadros y tapices de las escuelas italiana, flamenca y española –Fray Angélico, Tiziano, Rembrandt, Rubens, Brueghel, Ribera, Murillo, Velázquez o Goya–, resultado de tres siglos de coleccionismo aristocrático, se encarga Fernando Checa Cremades.

José Manuel Calderón, bibliotecario del palacio, escribe una nota sobre los fondos documentales de la biblioteca –con una Biblia miniada del siglo xv- y el archivo, donde se conservan expuestos en una vitrina los diarios de a bordo de Cristóbal Colón o el testamento autógrafo de Felipe II.

Finalmente, tras un texto de José-Francisco Yvars sobre la memoria y la evolución de la colección familiar, cierra el volumen un reportaje fotográfico de Javier Salas, con un recorrido visual que permite apreciar los cuadros en su distribución actual por los salones del palacio de Liria, un pozo inagotable –señala Jacobo Siruela- de historia y cultura.
Santos Domínguez

19 enero 2013

Muñoz Molina. El atrevimiento de mirar

Antonio Muñoz Molina.
El atrevimiento de mirar.
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
Barcelona, 2012.

En El atrevimiento de mirar, que publica Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Antonio Muñoz Molina reúne nueve ensayos sobre arte y artistas. Una recopilación de textos de conferencias o de catálogos de exposiciones que toma su título de la valentía de la mirada profética de Goya sobre los Desastres de la guerra o los Fusilamientos de la Moncloa el tres de mayo.

Pero ese atrevimiento, en el que se unen ética y estética, conciencia y percepción, resume también la actitud de Muñoz Molina ante el arte, su mirada al mundo a través de la ventana de la pintura:

Creo que fue de Baudelaire y de Marcel Proust de quienes empecé aprendiendo a escribir sobre arte, intentando usar las palabras como una lente de aumento para mirar mejor lo que se tiene delante de los ojos, en los cuadros y también en la realidad.

Y el título adquiere finalmente un tercer sentido cuando se convierte en una invitación al lector para que se atreva a mirar la vida y a entenderla más profundamente a través del arte: el enigma de la vida y los personajes ensimismados bajo la luz irrepetible de Georges de La Tour, la hondura del retrato goyesco de Jovellanos, las ventanas del presunto realista que fue Hopper, una teoría del verano de 1923 a propósito del Arlequín con espejo y La flauta de Pan de Picasso, la vocación de Juan Genovés, el retrato y la sombra de Christian Schad, la presencia del tiempo en las fotografías de Nicholas Nixon o el inédito sobre las criaturas animales y humanas en la pintura de Miguel Macaya.

La mirada del espectador se superpone así a la mirada del artista de la misma manera que el viaje de ida que lleva de la vida a la literatura se convierte en este libro en un viaje de vuelta desde la pintura a la vida.
Santos Domínguez

18 enero 2013

Sánchez Robayna. El espejo de tinta



Andrés Sánchez Robayna.
El espejo de tinta
(Antología 1970-2010).
Edición de José Francisco Ruiz Casanova.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2012.

Entre el inicial Día de aire (1970) y La sombra y la apariencia, de 2010, El espejo de tinta reúne una amplia muestra de la obra poética de Andrés Sánchez Robayna.

Amplia y, como es lógico, desequilibrada, porque frente al único poema que se antologa del primer libro, se recogen casi veinticinco textos del último. Un desequilibrio obligado y hasta deseable, porque el mundo del poeta se reconoce en sus poemas más recientes y solo un mal lector puede esperar una representación equilibrada de una trayectoria que en el caso de Sánchez Robayna se extiende ya durante cuatro décadas en las que mantiene un constante y difícil equilibrio entre la reflexión y la creación, entre la anécdota y su lectura transcendente, entre el espacio y el tiempo como ámbitos del texto.

La excelente antología que ha preparado y prologado ejemplarmente José Francisco Ruiz Casanova en Cátedra Letras Hispánicas se completa con un apéndice que recoge una selección de Notas de poética extraídas de los diarios de un autor que concibe la poesía como aventura, como reencuentro con una verdad perdida, como reconocimiento de una ignorancia.

Porque la poesía, como la música en la Variación sobre Bach-Siloti, nos ayuda a vivir / y también a morir.
Santos Domínguez

17 enero 2013

George MacDonald. Cuentos de hadas

George MacDonald.
Cuentos de hadas.
Traducción de Ana Becciú.
Prólogo de Javier Martín Lalanda.
Atalanta Ars brevis. Gerona, 2012.
   
Uno de los escritores más relevantes del siglo diecinueve, dijo W. H. Auden del escocés George MacDonald (1824-1905).

Auden es uno más de una larga lista de escritores que expresaron su admiración por los cuentos de MacDonald sobre mundos invisibles y seres mitológicos. Fue amigo de Lewis Carroll, que lo fotografió y siguió sus consejos para publicar Alicia en el país de las maravillas, y su influencia fue decisiva en Chesterton y Tolkien.

Con traducción de Ana Becciú, prólogo de Javier Martín Lalanda –Los sueños y el otro lado- y las ilustraciones originales de Arthur Hughes, Atalanta edita una antología de ocho de sus Cuentos de hadas, precedidos de un breve ensayo sobre la imaginación fantástica. Entre ellos La llave de oro, quizá su relato más conocido, en el que se cruzan las líneas de la literatura fantástica y las claves esotéricas y telúricas de las tradiciones celtas.

La imaginación victoriana y visionaria de George MacDonald utilizó las leyendas tradicionales escocesas para elaborar cuentos infantiles que evitan la moraleja y el aleccionamiento y son el cauce expresivo de quien se veía a sí mismo como poeta y vidente, como heredero de los bardos.
Santos Domínguez

16 enero 2013

Jon Lee Anderson. Crónicas de África


Jon Lee Anderson.
La herencia colonial y otras maldiciones.
Crónicas de África.
Traducción de María Tabuyo y Agustín López.
Sexto Piso. Barcelona, 2012.


En el volumen La herencia colonial y otras maldiciones, que publica Sexto Piso con traducción de María Tabuyo y Agustín López, se recogen varias crónicas del reportero Jon Lee Anderson que tienen como tema el continente africano. Irremediablemente nos vienen a la memoria los escritos de Kapuściński sobre África, como los recogidos en Ébano, o en El Emperador, donde retrataba al inefable Haile Selassie, emperador de Etiopía, como hace Anderson en sus reportajes, dejando hablar (en muchos casos desde el anonimato) a quienes le trataron y conocieron.

Anderson, un corresponsal prestigioso del respetado semanario New Yorker, es recibido por jefes de estado africanos, y mientras se acerca al lugar de la entrevista observa y recoge opiniones para que nos vayamos haciendo una idea cabal del personaje. Los relatos escogidos para este volumen van desde su encuentro en 1998 con el hoy condenado Charles Taylor, presidente de Liberia, hasta su asistencia al convulso nacimiento de Sudán del Sur hace sólo unos meses, pasando por las brutales crónicas de la Guerra de Libia y la captura y despiadado asesinato de Gadafi.

Se trata por tanto de una visión de África lejos ya de la turbulenta y esperanzadora descolonización, y también más allá de los decepcionantes años que vieron cómo los héroes que trajeron la independencia se transformaron en tiranos depravados, corruptos y pendencieros, que apoyándose primero en cualquiera de los bandos de la Guerra Fría y después en intereses económicos o estratégicos, han conseguido mantenerse durante décadas en el poder; como Gadafi hasta hace poco, o como Robert Mugabe y Teodoro Obiang hasta cuando Dios o el Consejo de Seguridad de la ONU quieran.

Los viejos actores del colonialismo (las antiguas potencias imperiales europeas, Estados Unidos, la Unión Soviética) o han desaparecido o luchan por mantener sus posiciones frente a los nuevos colonialismos: en varias de las crónicas aparece (lástima que sólo de fondo) la novedosa y ya abrumadora presencia china en busca de tierras de labor, minerales y el petróleo “viejo” de Libia y Nigeria, o el más nuevo de Angola o Guinea Ecuatorial.

El balance de las crónicas es variado, yendo desde la esperanzadora presencia de la presidenta Johnson Sirleaf en la destrozada Liberia, hasta las alucinadas majaderías protagonizadas por Gadafi, pasando por los más discretos pero muy turbios dirigentes de Angola o Somalia.

El estilo de Anderson, sobrio y equilibrado, presentando los testimonios y absteniéndose de emitir juicios personales (aunque la verdad, describiendo a personajes como Gadafi, Mugabe o los granujas que gobiernan Sudán parece insufrible no manifestar opiniones particulares) resulta muy adecuado para los asuntos tratados. Con todo, los acontecimientos africanos son, en ocasiones, tan sorprendentes, que los retratos de tiranos como Gadafi o Taylor, incluso tratados de forma tan comedida, se transforman en caricaturas.

Conrad, Greene,  Kapuściński, Coetzee, Vargas Llosa o Anderson juegan con ventaja: la historia de África es desdichada, pero por desgracia, nada aburrida.

Jesús Tapia

15 enero 2013

El hombre tranquilo

Maurice Walsh.
El hombre tranquilo.
Prólogo de Javier Reverte.
Traducción de Susana Carral.
Reino de Cordelia. Madrid, 2012.

A los sesenta años del estreno en 1952 de El hombre tranquilo, la memorable película dirigida por John Ford, Reino de Cordelia edita un volumen con cinco relatos del irlandés Maurice Walsh. El hombre tranquilo, que se publicó en una revista en 1933, es la narración central de ese conjunto (Green Rushes) traducido por Susana Carral y prologado por Javier Reverte.

Es la primera vez que se edita en España el relato protagonizado por el boxeador Paddy Bawn, que vuelve a Kerry para acabar sus días en un lugar pequeño y tranquilo sobre alguna ladera, y que ya siempre tendrá la cara de John Wayne, y la joven irlandesa Ellen Roe, que ya siempre será la pelirroja Maureen O’Hara.

La película de Ford, todo un clásico del cine, tuvo un enorme éxito, que fue la confirmación del interés que había generado la narración original veinte años antes, cuando se publicó en The Saturday Evening Post. Lo recuerda así Javier Reverte en su introducción:

La historia impresionó a muchos miles de lectores en América, entre ellos a un director llamado John Ford, que dio a Walsh en 1936 un adelanto simbólico de diez dólares mientras intentaba captar el dinero suficiente que le permitiera llevar el relato al celuloide: tardaría quince años en conseguirlo.
Santos Domínguez

14 enero 2013

Gibbon. Decadencia y caída del Imperio romano II




Edward Gibbon.
Decadencia y caída del Imperio romano.
Volumen II.
Traducción de José Sánchez de León.
Atalanta. Gerona, 2012.

Como una populosa novela leía Borges la Decadencia y caída del Imperio romano, de Edward Gibbon, el padre de la historiografía moderna que publicó este monumento imperecedero en seis volúmenes entre 1776 y 1778.

La investigación y la inteligencia, la sutileza y el rigor se dan cita en las numerosas páginas de este clásico que Gibbon dedicó a analizar quince siglos que culminaron con la caída de Constantinopla en 1453. La asombrosa capacidad narrativa de aquel deísta ilustrado, dueño de una prosa depurada y exacta, se concentra en los siglos finales de la Edad Antigua y en una Edad Media que acaba cuando cae el Imperio oriental.

En Gibbon la historia es maestra del presente, porque su historia antigua rastrea las raíces de Europa. Unas raíces que fueron creciendo en los quince siglos que abarca su estudio, proyectado en un espacio igual de ambicioso que el tiempo del relato: desde Siberia al Nilo, desde China hasta Gibraltar, Gibbon construye el puente que comunica la antigüedad con la modernidad.

Cuando escribió esta obra ciclópea se atisbaba la cercanía de un cambio histórico crucial: faltaban diez años para la Revolución de 1789, que pondría el punto final a aquella Edad Moderna que había surgido de las ruinas del Imperio romano.

Atalanta acaba de completar la edición de este texto fundamental con el segundo tomo – desde el origen, progreso y efectos de la vida monástica hasta una perspectiva de las ruinas de Roma en el siglo XV- de la nueva traducción de José Sánchez de León, de la que ya apareció el primer tomo en el primer semestre del año. 

Monjes y bárbaros, el rey Arturo y las cruzadas, Constantinopla y Belisario, Justiniano y Carlomagno, Mahoma y la biblioteca de Alejandría, las controversias religiosas y la milagrería, Juan Cantacuceno y el imperio otomano.

Son algunos de los personajes y las tramas de esta populosa novela que culmina con la coronación poética de Petrarca y una perspectiva de las ruinas de Roma desde la colina del Capitolio den el siglo XV. Por su ironía y su lucidez, su capacidad evocadora y su mirada crítica sobre el fanatismo religioso y los excesos del poder, este segundo tomo, centrado en la época medieval, es aún mejor que el primero.

Santos Domínguez

13 enero 2013

El invierno del mosquetero



Javier La Orden Trimollet.
El invierno del mosquetero.
Literatura Rey Lear. Madrid, 2012.

Como la cuarta y última parte de Los tres mosqueteros se define en el subtítulo El invierno del mosquetero, que publica Rey Lear, una novela histórica repleta de aventuras, acción e imaginación con la que Javier La Orden traslada a España al superviviente Aramis tras la muerte de Athos, Porthos y D’Artagnan en la tercera parte de la serie de Dumas.

Octogenario y con la salud recuperada, un Aramis ennoblecido con el título de duque de Alameda es asesor en Madrid del rey Carlos II en asuntos franceses frente a Luis XIV. La irrupción del conde D’Herstel, hijo ilegítimo de D’Artagnan, lo convertirá en el brazo armado del anciano mosquetero en una novela que asimila el pulso narrativo de Dumas y su capacidad para entretener y sorprender al lector.

Esta es la primera novela del autor, pero la soltura y el bien logrado tono de la narración no pueden extrañar si se sabe que Javier La Orden tradujo las tres novelas del ciclo de los mosqueteros en la que seguramente es la mejor edición en español, la de Cátedra AVREA, para la que escribió también un estudio imprescindible que está en la base de esta nueva aventura que podría haber firmado Dumas. Al fin y al cabo no hubiera sido la primera vez.

Santos Domínguez

12 enero 2013

Sofia Fedórchenko. El pueblo en la guerra



Sofia Fedórchenko.
El pueblo en la guerra.
Testimonios de soldados en el frente 
de la Primera Guerra Mundial.
Introducción de Elias Canetti.
Prólogo de Jaime Fernández Martín.
Traducción del ruso de Olga Korobenko.
Hermida Editores. Madrid, 2012.

Para inaugurar su colección El jardín de Epicuro, Hermida Editores publica un libro excepcional, El pueblo en la guerra, de Sofia Fedórchenko, una enfermera que recopiló los testimonios orales de los soldados rusos heridos en 1915 y 1916 en el frente oriental de Prusia durante la Primera Guerra Mundial.

En uno de los apuntes de El corazón secreto del reloj, en un texto que se recupera en esta edición como nota introductoria, Elias Canetti habla de este libro, que le había acompañado durante  cincuenta y tres años, en estos términos:  “Todo es de una gran verdad y suena como la mejor literatura rusa que uno ama, y quizá esa literatura sea tan buena porque en ella se habla como lo hacen esos soldados heridos, la mayoría de los cuales son analfabetos.”

Ha tenido que pasar casi un siglo para que se traduzca por primera vez al castellano este conjunto de testimonios que tienen la fuerza oral de quienes habían sufrido la experiencia límite de la guerra y dejan en el lector una huella tan indeleble como la que reconocieron Gorki, Thomas Mann y el mismo Canetti, que valoraba este libro como "la imagen de la Primera Guerra Mundial más fiel y verdadera que conozco, no escrita por un escritor, sino hablada por personas que, sin sospecharlo, son todos escritores."

Sofia Fedórchenko recopiló esta suma de horrores, que fue anotando al vuelo, con minuciosa observación y sobrecogimiento como estenogramas, y construyó con ellos un coro de fragmentos rápidos que ganan así en intensidad y fuerza expresiva. Se publicó por primera vez en Kiev en 1917 con el subtítulo Apuntes tomados en el frente.

Ignoro si en ruso existe el mismo matiz que diferencia en español El pueblo en guerra de El pueblo en la guerra, pero ese matiz diferencial es decisivo para entender la perspectiva de los soldados heridos que hablan en esta obra y reflejan la crueldad y los desastres de la guerra, porque no formaban parte de un pueblo en guerra, sino de un pueblo llevado a la fuerza a la guerra.

Aquellos ocho millones de soldados eran campesinos y obreros de la Rusia zarista, mandados por terratenientes feudales que los utilizaban como a los siervos de la Edad Media.

La ropa que llevamos es del zar, / pero el pellejo es nuestro, cantaban aquellos soldados que sabían que no eran suyas ni la causa patriótica, ni la disciplina ni la ropa que llevaban; solo la carne de cañón, frágil y dolorosa, expuesta al fuego de la artillería alemana y de unos fusiles poderosos como cañones, a las enfermedades y a las bayonetas de la infantería en la lucha cuerpo a cuerpo.

Pero no les faltaba la lucidez necesaria para expresarse así, como portavoces de los soldados de cualquier guerra: ¿El porqué de la guerra?... Los mercaderes han hecho un mal negocio y nos hacen pringar a nosotros...

Santos Domínguez