21 noviembre 2012

William Shakespeare. Dramas históricos



William Shakespeare.
Dramas históricos.
Obra completa III.
Debolsillo. Barcelona, 2012.

Debolsillo sigue publicando la obra completa de William Shakespeare, el mayor dramaturgo de la historia, el clásico primordial.

El tercer volumen de los cinco que componen el proyecto recoge los dramas históricos vertidos al español por distintos traductores españoles e hispanoamericanos.

Roberto Appratto, María Enriqueta González Padilla, Pedro Serrano, Juan Fernando Merino, Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich, Elvio E. Gandolfo y Carlos Gamerro ofrecen sus versiones de Enrique VI, partes 1, 2 y 3, Ricardo III, El rey Juan, Ricardo II, Enrique IV, partes 1 y 2, Enrique V y Enrique VIII.

El mundo, el hombre y la vida según Shakespeare, cuyo teatro contiene la totalidad de la realidad: la corte y la taberna, la espada y la corona, la traición y la lealtad, la fama y la muerte, el horror y la risa, la simulación y el secreto.

Algunos de estos títulos, como Ricardo III o Enrique IV, figuran entre los más populares y representados de Shakespeare. Y es que por encima de la misión de propaganda patriótica que tienen algunos de estos dramas, compuestos en la primera época de Shakespeare, hay en ellos un análisis profundo de la condición humana entre la dimensión pública del personaje y su fragilidad privada, entre su apariencia exterior y sus dudas interiores, entre el esquematismo y la hondura. En ese cruce de política e intimidad brilla especialmente Ricardo III y las dos partes de Enrique IV, seguramente la cima del género.

Y así como lo más local suele ser clave de lo universal si lo trata una mano con talento artístico, así también estos dramas que hunden sus raíces en el pasado contienen la cifra intemporal del mundo y una profunda interpretación del hombre.

Como todos los clásicos que están por encima del tiempo, Shakespeare es también un hombre profundamente vinculado a su época, un autor que hace la crónica del pasado, el resumen del presente y la profecía del futuro.

No hay asunto de la actualidad que no esté planteado y resuelto en un clásico que, más que ningún otro, es sinónimo de contemporáneo. No hay más que echar un vistazo alrededor para darse cuenta de la vigencia de Shakespeare. Ricardo III, Enrique V, Falstaff, Enrique IV y el rey Juan. Quienes mejor los encarnan hoy no están en las compañías de actores, sino en la calle, en la política, en la escalera de al lado.

Complejas, cercanas y distantes a la vez, esas criaturas de Shakespeare no son los arquetipos de la envidia y el vitalismo, de la mentira o la ambición, sino sus encarnaciones más definitivas. En eso consiste la invención de lo humano de la que hablaba Harold Bloom, que al comienzo de su excelente Shakespeare. La invención de lo humano, respondía a la posible pregunta ¿Y por qué Shakespeare?, con una respuesta también interrogativa, aunque retórica: Pues, ¿quién más hay?

Con edición de Andreu Jaume, que ha escrito una espléndida introducción a la vida y la obra del autor y un inteligente análisis de sus dramas históricos, se siguen poniendo al alcance de los lectores españoles el teatro y la poesía de William Shakespeare en una cuidada y asequible edición de bolsillo en tapa dura con traducciones contemporáneas que son más literarias que literales y que respetan el verso y la prosa originales. Una referencia imprescindible para los lectores de Shakespeare en español.

Santos Domínguez


20 noviembre 2012

Joseph Campbell. Imagen del mito



Joseph Campbell.
Imagen del mito.
Traducción de Roberto R. Bravo.
Imaginatio vera. Atalanta. Gerona, 2012.

Atalanta edita por primera vez en español Imagen del mito, una obra monumental del mitólogo norteamericano Joseph Campbell (1904-1987).

Un libro que se titula así tenía que estar basado en un amplio banco de reproducciones que permiten recorrer cinco milenios de historia, mitología y representaciones plásticas a través de más de cuatrocientas imágenes comentadas.

Porque imagen y relato son consustanciales a la esencia y al desarrollo del mito y en esas dos actividades se han proyectado siempre la imaginación y la capacidad narrativa con las que el hombre construye, mediante símbolos y palabras, la interpretación coherente del universo, de los sueños y de la vida que es la raíz del mito.

Y lo que ofrece Campbell en este libro espectacular es un viaje guiado por la relación entre el mito y la civilización, entre el mito y el sueño, entre el mito y el pensamiento a través de las variadas manifestaciones visuales que las distintas culturas han elaborado, desde Mesopotamia a los mayas o los etruscos, desde la India a Oceanía, desde la cultura egipcia a la olmeca, desde China a Europa.

La mirada de Campbell es la mirada abarcadora y profunda propia de quien sustituye los prejuicios por la curiosidad intelectual y arranca de un amplio sincretismo cultural y religioso para transmitir una visión abierta e integradora de las distintas construcciones mitológicas.

Por eso en este libro conviven y dialogan Jung y los ritos tribales de los sioux, Shakespeare y el Mahabbarata, Gilgamesh y el Ulysses de Joyce, Thomas Mann y el Libro de los muertos en una constante búsqueda, como señala Leandro Pinkler en el prólogo, del “punto de unión entre el mundo visible y el invisible, que constituye la esfera de acción de lo sagrado.”

Y es ahí donde Campbell distingue una diferencia fundamental entre las mitologías orientales, que asumen la unión con lo divino, y las occidentales, que narran episodios de separación. Es el árbol de la vida o el árbol de la ciencia, la experiencia de lo misterioso o la voluntad de conocimiento de la esfera giratoria del tiempo y el espacio, la mística o la razón.

Desde el primer capítulo, en el contraste entre el sueño de Vishnú y el de Job imaginado por el visionario que fue William Blake, se refleja esa oposición entre los símbolos del misterio universal y la magnitud cósmica, por un lado, y la representación de las limitaciones personales por otro.

Campbell se dedicó en sus libros a buscar un espacio de reconciliación entre la consciencia y el misterio a través de los arquetipos mitológicos, religiosos y psicológicos de las distintas culturas, y utilizó la antropología, el psicoanálisis, la literatura o la fenomenología de las religiones para construir una interpretación vitalista del mito y del héroe, de ahí que prestara tanta atención a los mitos encarnados en Osiris, Dionisos, Mitra o Cristo, señores de la muerte y la resurrección.

El objetivo de esta obra enciclopédica, como señala en su prefacio, fue profundizar en la dimensión icónica de la mitología a través de la potencia evocadora de las imágenes que representan a los mitos. Con esas imágenes, la distintas culturas aspiraban a hacer visible lo invisible, a revelar el misterio, a representar simbólicamente lo imperceptible, a expresar lo inefable.

Porque, señala Campbell, los mitos surgen, como los sueños, y al igual que la vida, de un mundo interior desconocido para la conciencia despierta.

Y eso es lo que justifica la necesidad de un libro como este y la importancia de sus descripciones e interpretaciones iconográficas, que explican las claves simbólicas de imágenes que van desde las pinturas rupestres de Rodesia a Paul Klee, de los sellos sumerios a Gauguin, de un zigurat de hace 35 siglos a un cuadro de Jackson Pollock.

Organizado en seis secciones que arrancan de la relación entre el mito y el sueño a través de Vishnú, el gran soñador del universo, y culminan en la paradoja y el misterio del despertar, Imagen del mito aborda los relatos míticos de transmisión oral y los más elaborados de las tradiciones escritas que construyen el orden cosmológico en las tres grandes religiones –budismo, cristianismo, islamismo-; explora las diferencias entre la mitología oriental y la occidental, entre el loto dorado y la rosa alquímica; propone una lectura psicológica de la simbología del mito del dios serpiente como símbolo del poder sobre la muerte; resalta la repercusión literaria del mito del dios sacrificado, descifra la importante presencia del dios jabalí en diferentes mitologías o conecta las uvas dionisiacas con los ritos cristianos de la última cena.

En 1973, cuando se publicó la primera edición de este volumen, Campbell agradecía al editor la belleza de las ilustraciones del libro. Cuarenta años después, con los avances en las técnicas de edición, el resultado es aún más espectacular que el de aquella primera versión en la reproducción de imágenes en las que se suceden catedrales y ánforas, templos y tapices, pirámides y relicarios, vidrieras y sinagogas, mandalas sánscritos y bajorrelieves asirios para completar un catálogo de los mitos y los símbolos que han elaborado las distintas culturas a lo largo de cinco mil años.

Lástima que ya no pueda disfrutarlo Campbell, que llegó a convertirse en vida en una influencia decisiva en La guerra de las galaxias a través de su libro El héroe de las mil caras, que dejó también una huella determinante en los patrones narrativos de Matrix o Indiana Jones o en el mundo de los videojuegos.

Santos Domínguez

19 noviembre 2012

Virginia Woolf. La señora Dalloway


Virginia Woolf.
La señora Dalloway.
Traducción de  José Luis López Muñoz.
Alianza editorial. Madrid, 2012.


Virginia Woolf.
La señora Dalloway.
Traducción de Andrés Bosch.
Debolsillo. Barcelona, 2012.


Pero todo el mundo estaba convencido de que la grandeza viajaba en el interior del vehículo; la grandeza, oculta, recorría Bond Street, y tan sólo el espesor de una mano la separaba de gentes corrientes que, ahora, por primera y última vez, se encontraban al alcance de la voz de la majestad de Inglaterra, del símbolo perdurable del Estado, símbolo que conocerán los anticuarios curiosos, al examinar las ruinas del tiempo, cuando Londres sea un camino alfombrado de hierba y cuando, de todos los que aquel miércoles por la mañana se apresuraban por las aceras de Bond Street, no queden más que huesos y unas cuantas alianzas mezcladas con el polvo, junto con los empastes de oro de innumerables dientes cariados. Porque entonces se sabrá cuál era el rostro del automóvil.

Esas líneas forman parte de La señora Dalloway, la primera de las tres grandes novelas -las otras dos son Al faro y Las olas- de Virginia Woolf .

A ese párrafo memorable le atribuía García Márquez una influencia decisiva sobre su propia obra, porque modificó su idea del mundo y su sentido del tiempo, lo que le permitió volcar esa impresión en el proceso de descomposición de Macondo.

El argumento no puede ser más sencillo: un soleado día del junio londinense en la vida de Clarissa Dalloway, una mujer de 52 años que prepara una fiesta para esa noche.

A partir de ese planteamiento, con un sutil uso del tiempo y el espacio, de la voz de la narradora y la de los personajes, Virginia Woolf construye un edificio narrativo levantado sobre lo que podríamos llamar la poética del instante con tres materiales básicos: los recuerdos, los sentimientos y las sensaciones para dar esa impresión personal de la vida que debe proponer toda novela, como quería Henry James.

Cuando escribo no soy más que una sensibilidad, anotaba la novelista en sus diarios. Y esa sensibilidad se convierte en esta novela en una lámpara con la que ilumina el mundo Virginia Woolf, que quizá alcanzó aquí el punto más alto de sutileza para tamizar la realidad, para devolvérnosla filtrada por una mirada delicada y por una palabra que la recrea:

En los ojos de la gente, en cada vaivén, paso y zancada, en el fragor y el tumulto, en los coches de caballos, automóviles, ómnibus, camionetas, hombres-anuncio que giraban y arrastraban los pies, en las bandas de música, en los organillos, en el júbilo y el tintineo y el extraño canto agudo de algún aeroplano que cruzaba el cielo, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, aquel instante del mes de junio.

En ese proceso es fundamental la mediación de una narradora que conoce la intimidad de unos personajes que en el fondo son reflejos poliédricos de la propia autora. Esa narradora, tan cercana a los personajes que a veces abandona el estilo indirecto libre y les cede la palabra para que se expresen a través del monólogo interior, comparte su mirada femenina con la protagonista.

De Bond Street a Oxford Street, de Piccadilly a St. James, del Mall a Regent’s Park, la narradora recorre las calles, los parques y los interiores del centro de Londres con transiciones muy suaves entre su propia voz y la de los personajes, con cambios casi imperceptibles entre la narración y el monólogo.

Es una mirada embellecedora, porque la realidad la crea quien la mira, una mirada que se dirige a un mundo etéreo e intangible, pero de una enorme consistencia literaria. Y así la sensibilidad refinada de la narradora se proyecta sobre el mundo de la misma manera que Virginia Woolf se proyecta en el interior de los personajes.

Si en la señora Dalloway proyectó Virginia Woolf su exaltación vitalista, también como reflejo del lado oscuro de la autora tiene un papel esencial en la obra el perturbado Septimus Warren, un veterano de la Primera Guerra Mundial que arrastra un trastorno alucinatorio como secuela de su experiencia bélica. Es el inquietante mundo del dolor, la locura y el suicidio que acechan en el lado oscuro de la autora y de la realidad.

Son dos personajes que no se conocen y se cruzan una sola vez en la novela, delante del coche del primer ministro –o de la reina, o del príncipe de Gales- en uno de esos momentos en los que la realidad se muestra especialmente huidiza.

Casi a la vez aparecen dos traducciones en formato de bolsillo: la de José Luis López Muñoz en Alianza y la de Andrés Bosch en Debolsillo. No sabría con cuál de las dos quedarme si tuviera que elegir. Las dos me parecen espléndidas y a la altura de una novelista que contribuyó a cambiar la sensibilidad estética del siglo XX con una novela tan imprescindible como esta. Una de esas pocas novelas que le cambian al lector, como a García Márquez, su idea del mundo y su manera de mirar la realidad.

Santos Domínguez


17 noviembre 2012

William Blake. Antología bilingüe


William Blake.
Antología bilingüe.
Introducción y traducción 
de Enrique Caracciolo Trejo.
Alianza. Madrid, 2012


¡Tigre! ¡Tigre!, luz llameante
En los bosques de la noche,
¿Qué ojo o mano inmortal,
Osó idear tu terrible simetría?

Así termina El tigre, que forma parte de los Cantos de experiencia de William Blake (1757-1827), uno de los poetas más enigmáticos y asombrosos de la tradición occidental. 

Inclasificable e irrepetible, su intensa poesía fue una isla deslumbrante en el racionalismo del siglo XVIII, una profecía del irracionalismo o del satanismo romántico y de la actitud visionaria y onírica del superrealismo.

Grabador y poeta, místico y pintor, soñador iluminado y filósofo, excéntrico y astuto, Blake fue un artista total que fundió la palabra y la imagen en una doble actividad que nunca concibió por separado y que dio lugar a libros tan desasosegantes como el Matrimonio del Cielo y el Infierno, los Cantos de experiencia y de inocencia o la épica breve de los libros proféticos que compuso en su madurez, como culminación de una obra que Chesterton resumió con estas palabras:

“Blake no poseía ninguno de los rasgos del poeta desmayado, del simple místico bobo. Si verdaderamente fue un hombre loco, se puede dar tanto énfasis a la palabra loco como a la palabra hombre. Y así, por ejemplo, a pesar de su oficio sedentario y de sus pacíficas teorías, poseía un extraordinario valor físico.”


Aquel poeta iconoclasta y profético, en cuyos versos conviven en raro equilibrio las luces y las sombras, fundó una cosmogonía prometeica propia sobre el hombre anterior a la caída en los Cantos de inocencia y sobre el conocimiento del dolor en los Cantos de experiencia, creó una obra de enorme potencia imaginativa y expresiva, murió cantando y -como explicó Antonio Rivero Taravillo- dejó una huella importante en Yeats o en el Graves de La diosa blanca, en Cirlot o en Borges.

La Antología bilingüe, que publica Alianza en su colección de bolsillo con introducción y traducción de Enrique Caracciolo, da una imagen global del poeta complejo y potente que fue Blake, de la evolución de su obra y de la convivencia en sus versos de lo oscuro y lo deslumbrante, de la inspiración y lo conceptual, del caos y el orden, de lo escandaloso y lo convencional y de una inusual coexistencia de lucidez, locura y rebeldía, como en uno de los Proverbios del Infierno que forman parte de su imprescindible El matrimonio del Cielo y el Infierno:

Así como la oruga elige las hojas más bellas para posar sus huevos, así el sacerdote deja caer su maldición en los gozos más dulces.

Santos Domínguez

16 noviembre 2012

Paul Auster. Poesía completa

Paul Auster.
Poesía completa.
Traducción y prólogo de Jordi Doce.
Seix Barral. Barcelona, 2012.


Sentirte separado del lenguaje es perder tu propio cuerpo. Cuando las palabras te fallan, te disuelves en una imagen de la nada. Desapareces.

Con ese texto, el decimotercero de sus Notas de un cuaderno de ejercicios de 1967, declaración de principios y manifiesto poético personal, se cierra la Poesía completa de Paul Auster que acaba de publicar Seix Barral en edición bilingüe con traducción y prólogo de Jordi Doce, que ha revisado para la ocasión la traducción que hizo de estos textos en 1996 para la editorial Pre-Textos con el título Desapariciones.

Como un alivio frente a la barrera de la prosa se planteaba el ejercicio de la poesía Paul Auster, que antes de ser novelista fue un poeta que estaba empezando a construir por entonces un universo literario coherente.

Por ejemplo, la relación que expresa el texto anterior entre el lenguaje y el mundo, la sensación de pérdida o la disolución del sujeto poético que aparece en esas breves líneas anuncian algunas de las líneas de fuerza de la obra narrativa de Auster.

Leer estos poemas a la luz de sus textos más conocidos es una de las razones que aconsejan este acercamiento a uno de los mundos literarios más sólidos de la literatura actual. Un mundo en el que la búsqueda de la identidad personal, de la voz propia y la mirada ocupan un lugar esencial, como en este Lapsario:

Se ha encontrado a sí mismo,
erguido en el lugar
donde el ojo más fieramente
se hace fuerte.

Iniciado en la poesía como traductor de los textos simbolistas franceses, esa vinculación con la literatura europea es una de las constantes de la obra de Auster, que une a la influencia juvenil de Emily Dickinson las de Mallarmé, Celan, Ungaretti o Jabés.

A lo largo de diez años, de 1970 a 1979, los poemas elusivos de Paul Auster, de versos cortos y ritmos sincopados, tienden a crecer desde el texto suelto a la secuencia de poemas, aspiran a proyectar iluminaciones verbales en la sombra del mundo y ponen los cimientos de un mundo literario en construcción a través de la mirada y la palabra.

Es una poesía contemplativa, un ejercicio de indagación lingüística y de búsqueda de sentido existencial en la estructura laberíntica de un mundo opaco, una poesía anclada en el lirismo, en la intensidad del lenguaje y en sus valores connotativos, en la libertad de las asociaciones verbales más que en la narratividad, en la abstracción y el conocimiento más que en el prosaísmo documental. Es lo que ocurre por ejemplo en Visible, de Fragmentos del frío:

Bobinas de relámpagos, desovilladas
en la noche escindida de invierno: truenos
tirados por estrellas, como si

tu fantasma hubiera pasado, ardiendo,
por el ojo de una aguja y se hubiera afinado
hasta la transparencia con la seda
de la nada.


Santos Domínguez


15 noviembre 2012

Esquilo. Sófocles. Eurípides

Esquilo. Sófocles. Eurípides.
Obras completas.
Edición coordinada por Emilio Crespo.
Cátedra. Bibliotheca AVREA. Madrid, 2012.

En su Bibliotheca AVREA, Cátedra reúne el teatro completo de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Son las treinta y dos tragedias -más un drama satírico- que se conservan de esos tres clásicos griegos que estrenaron esas obras a lo largo de setenta años del siglo V a.C.

Han pasado desde entonces dos mil quinientos años y sin embargo la mayor parte de esos textos mantienen una vitalidad asombrosa que se actualiza en cada lectura, en cada representación, en cada adaptación para el teatro o para el cine.

Porque estas obras no solo han alimentado la filosofía y la literatura hasta ayer mismo, hasta Faulkner, María Zambrano o García Márquez, o el cine de Passolini; siguen planteando al hombre contemporáneo preguntas sobre la libertad y la conducta, sobre el error y la esperanza a través de personajes que representan paradigmas ejemplares o son referentes de la crueldad, pero que sobre todo son seres vivos que van más allá de su condición de arquetipos y desde su tiempo primordial forman parte del inconsciente colectivo occidental: Electra o la venganza, Medea entre el instinto maternal y el deseo amoroso, Prometeo el rebelde o la libertad del hombre frente a los dioses, la complejidad de Edipo y su búsqueda de la verdad y de la propia identidad, Antígona o la resistencia contra el poder injusto...

La organización del libro no responde al orden cronológico de los textos o a la edad de sus autores, sino a la cronología interna de los mitos a los que se refieren estas tragedias. Y así, entre Prometeo encadenado, la primera, y Los persas -la última porque es la única que no tiene un  fondo mitológico, y sin embargo la más antigua por fecha de composición- se ordenan estas obras en la que se cruzan los ecos y las sombras, el dolor y el conflicto, la soberbia y la cólera, la ceguera y la locura, la compasión y la venganza.

Esas dos obras de aquel  viejo soldado de Salamina que fue Esquilo, testigo de la derrota de Jerjes, son la apertura y el cierre de este volumen y resumen muchas de las claves de la tragedia griega: el cruce de vida y muerte, de frustración y esperanza, de libertad y destino que están en el fondo de obras imprescindibles como Edipo rey y Antígona, de Sófocles, el más equilibrado de los tres, tan cercano que parece uno de los nuestros o como Las bacantes y Medea, de Eurípides, el más antipático y joven de ellos, el solitario escéptico que según la tradición fue devorado por los perros del rey de Macedonia.

Esta edición, coordinada por Emilio Crespo, reúne las traducciones de los tres trágicos en la colección Letras Universales de esta misma editorial: la que hizo José Alsina de Esquilo, la de Sófocles que firmó Vara Donado y la traducción que hicieron López Férez y Juan Miguel Labiano de las obras de Eurípides.

Se añade un nuevo y amplio estudio introductorio firmado por Luz Conti, Rosario López, Luis M. Macía y Mª Eugenia Rodríguez, y además se enriquece la edición con un abundante repertorio de ilustraciones de vasos de cerámica y grabados de los delicados dibujos de línea clara del neoclásico Flaxmann.

Santos Domínguez

13 noviembre 2012

La espiral de la austeridad


Economistas aterrados.
La espiral de la austeridad.
España intervenida.
Traducción de 
Santiago Martín Bermúdez.
Pasos perdidos. Barcelona, 2012.

En esta nueva entrega de los Economistas aterrados, La espiral de la austeridad. España intervenida, que publica Pasos perdidos, Thomas Coutrot, Henri Sterdyniak, Benjamin Coriat y Dany Lang. continúan con sus críticos análisis de las políticas económicas de la Unión Europea. Por un lado denuncian el diagnóstico errado, pues en su opinión la crisis no se inició por el déficit excesivo de los estados, sino por la desregulación financiera mundial promovida por los economistas neoliberales, que permitió, entre otras prácticas lamentables, la formación de gigantescas burbujas inmobiliarias en varios países. Pero por otro lado manifiestan que tampoco la terapia es la correcta: la austeridad sólo conduce a la recesión y al crecimiento del paro, sin que el déficit y la deuda se solucionen.

Pero esto ya lo habían explicado en 2010 en su manifiesto fundacional. Ahora añaden una nueva denuncia: la Unión Europea, un supraestado de escasa legitimidad democrática, ha tomado decisiones que vacían de participación ciudadana importantes decisiones políticas. El llamado Pacto Presupuestario conducirá a que todos los países incluyan en sus Constituciones modificaciones que impiden que los parlamentos nacionales sean autónomos a la hora de diseñar la política económica de cada estado.

En España ya se modificó la Constitución en septiembre de 2011 y si no recuerdan el referéndum es porque no lo hubo. Casi no hubo ni debate.

Con estas medidas la Soberanía se transfiere a unos organismos europeos poco o nada representativos, que tras unos cálculos que los autores del libro consideran opacos, cuando menos, pueden obligar a un país a aplicar una serie de recortes sin tener en cuenta que esa actuación provoque un daño económico y social insufrible.

Los autores no sólo denuncian que el procedimiento es antidemocrático, sino también que el objetivo no es otro que desmantelar el estado social.

Frente a estas políticas europeas erradas, antidemocráticas, crueles y cargadas de objetivos perversos, las propuestas de Economistas aterrados son fácilmente comprensibles: controlar la especulación financiera mundial, conseguir que los países con problemas de deuda paguen unos tipos de interés razonables, prohibir los paraísos fiscales, obligar a que los bancos se dediquen a la gestión del crédito (controlando sus ambiciones especulativas), tomar medidas fiscales que consigan, por ejemplo, que los multimillonarios no puedan pagar menos porcentaje de impuestos que sus chóferes...

Ojalá estas denuncias y estas propuestas se concretaran en una fuerza política que, por un lado inquietase, aunque sólo fuera un poco, a los privilegiados que provocaron la catástrofe; y por otro a los demás, nos trajese un poco de esperanza.
Jesús Tapia

Maravall. La cultura del Barroco

José Antonio Maravall.
La cultura del Barroco.
Ariel. Barcelona, 2012.

Para conmemorar los setenta años de la editorial, Ariel reedita uno de los monumentos del ensayismo hispánico contemporáneo: La cultura del Barroco, un estudio fundamental que José Antonio Maravall publicó en 1975 y que es seguramente la mejor iluminación de conjunto sobre las implicaciones culturales de ideología y estética, de religión y literatura, de política y teatro en el marco de la Contrarreforma de Trento y en medio de una grave crisis económica, social y política.

Con un campo cronológico limitado a la primera mitad del siglo XVII y con una atención especial al reinado de Felipe IV, Maravall desenmascara la instrumentalización de la cultura al servicio de los intereses del poder y desvela los procedimientos de maquinación del teatro y de la fiesta como formas de propaganda para preservar las estructuras señoriales de la monarquía austríaca.

La del Barroco fue –como explica minuciosamente este ensayo- una cultura programada e intervenida desde el poder, desde la alianza trabada por la monarquía, la aristocracia tradicional y el jesuitismo contrarreformista para preservar los privilegios de los poderosos y las diferencias estamentales en una sociedad tan conflictiva como la del Seiscientos español.

Por su transcendencia literaria y su lugar central en la literatura barroca, el ejemplo más significativo es el del teatro nacional de Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca. La fórmula urbana del arte nuevo, que conectó con el pueblo de manera asombrosa, fue aprovechada desde el poder para producir una manipulación ideológica de los espectadores, para estimular una cultura persuasiva que imponía desde los escenarios de los corrales la adhesión inconsciente y ciega a los valores tradicionales – el honor, la honra, la jerarquía, la autoridad- sobre los que se asentaba el sistema monárquico señorial de la España barroca. 

Maravall lo resume en estos términos:

El Barroco no es sino el conjunto de medios culturales de muy variada índole, reunidos y articulados para operar adecuadamente con los hombres [...] a fin de acertar prácticamente a conducirlos y a mantenerlos integrados en el sistema social.

Esa es la tesis fundamental de este libro, la revelación de los códigos usados por aquella cultura dirigista que proyectó en el pueblo su afán propagandístico y le inculcó sutilmente el inmovilismo a través de una serie de recursos de acción sicológica y de una cosmovisión pesimista de la realidad.

Una interesada cosmovisión barroca de raíz ascética cuyo centro es el desengaño ante la imagen de un mundo al revés o de un teatro en el que todos fingen, de una naturaleza que se ha convertido en fuerza agresiva que desencadena catástrofes sanitarias o terremotos o inundaciones. Así se impone el miedo a la muerte y se induce finalmente a la inacción, al apartamiento del mundo, al conformismo.

La cultura del Barroco, un ensayo ejemplar e imprescindible sobre aquella cultura dirigida, masiva, urbana y conservadora, forma parte de un proyecto más amplio y ambicioso con el que el profesor Maravall aspiraba a construir una historia social de las mentalidades.

Con todo lo que en él hay de ensayo, de enfoque personal, de erudición, profundidad y rigor analítico, desde su publicación, hace casi cuarenta años, este libro no solo mantiene su vigor, sino que se ha consolidado como un estudio esclarecedor que abrió en su momento nuevas perspectivas en el campo de los estudios de historia cultural y de la sociología de la literatura española.

Santos Domínguez

12 noviembre 2012

Felisberto Hernández. La casa inundada


Felisberto Hernández.
La casa inundada.
Prólogo de Eloy Tizón.
Ars brevis Atalanta. Gerona, 2012.

En los dieciocho relatos que Atalanta recoge en el volumen La casa inundada se resume el particular mundo narrativo de Felisberto Hernández (Montevideo, 1902-1964), un escritor- decía Calvino en el prólogo a la traducción italiana de la obra de Felisberto Hernández- que escapa a toda clasificación y encasillamiento pero que a cada página se nos presenta como inconfundible.

Mucho antes del boom de la novela latinoamericana de los años sesenta, y desde fuera de lo que había sido hasta los años cuarenta su tradición narrativa, Felisberto Hernández contribuyó a modernizar la literatura de Hispanoamérica y la obra de quienes vinieron después.

De esa situación crucial hablan explícitamente las fechas: murió en 1964, el mismo año en que Onetti publicaba Juntacadáveres y poco después de la publicación de Rayuela, La ciudad y los perros. La muerte de Artemio Cruz o El astillero.

A ese papel, tan excéntrico como esencial de Felisberto Hernández, que estuvo allí y estuvo antes, se refiere Eloy Tizón en el prólogo intenso que ha escrito para esta edición. Un prólogo que contiene las claves fundamentales de la narrativa de Felisberto Hernández, uno de esos escritores subterráneos que se ganan a pulso la admiración y el cariño de sus lectores de manera discreta, sin aspavientos ni escándalos, al contrario, se presentan como narradores de apariencia afable y chaleco de punto bajo el cual bombea un corazón indómito empeñado en robar el daguerrotipo de Dios.

El papel de Felisberto Hernández es más el de un profeta visionario que el de un patriarca como Borges, Asturias o Carpentier. Pianista itinerante y pobre en conciertos provincianos por el interior de Uruguay, acabó dedicado exclusivamente a la narrativa y pese a su condición de escritor minoritario fue admirado por Gómez de la Serna y Onetti, y autores más jóvenes, como Cortázar o García Márquez reconocieron la deuda que tenían con él.

Los relatos de su última etapa, que se inicia en 1943 con El caballo perdido y se prolonga con los volúmenes Nadie encendía las lámparas (1947) y La casa inundada (1962), son los que se recogen en este canon de la narrativa de Felisberto Hernández.

Sobre esos cuentos ha dicho Luis Harss palabras definitivas y certeras:  me parece que todos los libros de Felisberto -hechos de misteriosas imágenes casi de sueño- son los de un tipo que está escribiendo al piano. En la pantalla de sus historias se proyectan las imágenes de lo que él va viendo mientras toca el piano. Y ésos son sus cuentos.

Su mundo narrativo, un mundo misterioso y secreto, se alimenta de la sintaxis inconexa de los sueños, de las visiones y la imaginación que sustituye a la realidad, porque Felisberto Hernández parece escribir para ser otro, para huir de sí mismo.


Mis cuentos no tienen estructuras lógicas  /.../ yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia, escribió en Explicación falsa de mis cuentos. Son cuentos escritos en primera persona, porque él fue su propio personaje y en sus relatos se mezclan el sueño y la realidad, la imaginación y el recuerdo para dar lugar a una literatura envolvente en la que los recuerdos de infancia y juventud reconstruyen un  pasado de jardines arruinados, casas deterioradas y objetos animados. Es un pasado imaginario que no está tanto en la memoria como en la invención.

En esta selección que ha hecho Jacobo Siruela no podía faltar el que probablemente sea su cuento más conocido, Nadie encendía las lámparas, uno de los mejores relatos breves que se escribieron en español en el siglo XX. Pero hay otros tan imprescindibles como La casa inundada, que da título a la antología, El cocodrilo o La casa nueva.

Y así como hay una parte inaccesible de su obra en una serie de cuadernos taquigráficos que aún no han sido descifrados, hay también una parte opaca e inaccesible en su mundo literario, en el que lo irreal o lo confuso tienen un papel central y son el paisaje de fondo en el que transcurren los secretos o la sexualidad, las sensaciones y el misterio.

Nadie ignora- escribió Juan José Saer-  que uno de los más antiguos ciclos narrativos que posee la humanidad se lo debemos a una muchacha que, para salvar su vida y la de su hermana, le contaba historias a un tirano para embrujarlo con ellas y, dejándolas en suspenso cada noche, incitarlo a postergar la ejecución capital. Como todos los grandes narradores es esa prórroga lo que parece buscar Felisberto Hernández en cada uno de sus admirables relatos.

Santos Domínguez