29 febrero 2012

Mientras los dioses juegan


Alain Daniélou.
Mientras los dioses juegan.
Prólogo de Joscelyn Godwin.
Traducción de Antonio Rodríguez.
Memoria mundi. Atalanta. Gerona, 2012.

Con un título que mejora notablemente el original de 1985, Atalanta publica Mientras los dioses juegan, la traducción de La fantaisie des dieux et l’aventure humaine, uno de los libros esenciales de Alain Daniélou.

Con traducción de Antonio Rodríguez y un prólogo de Joscelyn Godwin, Mientras los dioses juegan es un acercamiento a la visión del mundo del shivaísmo hinduista desde la urgencia de un Daniélou que en marzo de 1984 estaba seguro de que vivimos al borde de un cataclismo, pero se trata de un cataclismo causado por nuestros errores y que sólo desencadenará la locura de los hombres.

Desde esa perspectiva inicial, Daniélou expone la teoría de los ciclos con los que el shivaísmo explica el nacimiento, el desarrollo y la desaparición de las civilizaciones y la evolución y decadencia del universo, porque, como el espacio y el tiempo, la vida de los hombres y de las especies responden a ritmos ligados a periodos astronómicos que fundamentan su explicación mítica y precientífica del universo.

Tras la edad de la sabiduría, la de los ritos, la de la duda, hasta llegar a la actual, la edad de los conflictos, una edad de desórdenes que pondrá fin al ciclo de la humanidad actual, que se inició hace sesenta y dos milenios con un diluvio que está en el recuerdo atávico de todas las civilizaciones.

Como en todas las mitologías, tras una edad de oro y una posterior edad de hierro también el shivaísmo calcula un fin del mundo, le pone fecha y lo reconoce en una serie de señales premonitorias del cataclismo último.

Alain Daniélou, que quedó deslumbrado por la India y se instaló en Benarés en 1937, se convirtió al hinduismo y permaneció en aquel país hasta 1958, explica en las páginas de este volumen algunas de las claves de la cultura shivaísta: la mirada a la naturaleza, al hombre y a la historia; la aparición de aforismos que resumen una sabiduría universal como “El ciego que conduce a otros ciegos” o “Moler harina”; la importancia del cuerpo, del culto fálico y el conocimiento interior a través del yoga, el hombre social y el papel de la mujer; la transmisión de la sabiduría y las relaciones entre los maestros y los discípulos, la práctica de la sexualidad como experiencia de aproximación a la divinidad y la naturaleza del lenguaje como instrumento de transmisión del saber y de manifestación del pensamiento.


Santos Domínguez

28 febrero 2012

Los documentos póstumos del Club Pickwick


Charles Dickens.
Los documentos póstumos del Club Pickwick.
Introducción de Doireann MacDermott.
Traducción y notas de José María Valverde.
Austral. Barcelona, 2012.

Lo que empezó siendo un trabajo alimenticio para narrar veinticuatro ilustraciones sobre un club de torpes cazadores acabó siendo la primera novela de Charles Dickens.

Publicada en veinte entregas entre abril de 1836 y noviembre de 1837, Los documentos póstumos del Club Pickwick tuvo un éxito inmediato y le dio a Dickens una fama que le acompañó hasta su muerte y que le permitió abandonar el periodismo para dedicarse a la literatura.

Dickens combinó la imaginación y la acción trepidante, la extravagancia y el humor, la diversión en estado puro y la ironía en un inolvidable relato itinerante que se convirtió no sólo en un éxito editorial, sino en un fenómeno social que sobrepasó los límites de la literatura y sirvió para bautizar comercialmente puros o sombreros.

Samuel Pickwick, Sam Weller, Winkle, Snodgrass, Tupman... De entre todos los personajes que habitan esa novela, quizá ninguno tan inolvidable como Alfred Jingle, un entrañable caradura entregado al parloteo compulsivo y telegráfico, al atropellado análisis de la realidad reducida a su esqueleto esencial.

De sus “discursos espasmódicos” hablaba Cortázar en Reencuentros con Samuel Pickwick, el prólogo celebratorio que escribió para la edición de Círculo de Lectores.

Un prólogo que remataba con una carta de agradecimiento al protagonista de “una de esas obras que vuelven el mundo más soportable y divertido”, porque “forma parte de esa literatura que no se menciona casi nunca en las discusiones trascendentales pero que ocupa un lugar inamovible en la biblioteca del recuerdo.”

Para conmemorar el bicentenario de Dickens, Austral recupera la traducción, las notas y los fotolitos de la edición de Los documentos póstumos del Club Pickwick que José María Valverde preparó para Clásicos Planeta.

No es su mejor novela, tiene los defectos propios del principiante y las improvisaciones de la comercialidad con que fue planeada y sostenida entrega a entrega durante más de año y medio, pero hay en sus páginas un derroche constante de imaginación y una poderosa fuerza narrativa que hace volver a esa obra al lector que la ha visitado alguna vez.

En esa idea insiste Doireann MacDermott en la introducción a esta feliz recuperación:

Pickwick es una curiosa mezcla de fantasía y realidad, de alegría y tristeza; ello conduce a preguntarnos por qué tuvo tanto éxito cuando apareció. Tal vez ningún escritor inglés, ni siquiera Shakespeare, logró una relación tan feliz con su público como el joven Dickens.

Chesterton, que escamoteó la palmaria influencia cervantina en el trazado de Pickwick y Weller, dos variantes victorianas de Don Quijote y Sancho, hizo este elogio del novelista que es también una respuesta por anticipado a esa pregunta sobre el éxito del autor:

Dickens no pretendió mostrar los efectos del tiempo y de las circunstancias sobre los personajes, ni tampoco la influencia de estos sobre aquellas. Su meta fue retratar caracteres en una especie de vacío feliz, en un mundo situado mucho más allá del tiempo.

Eso justamente es lo que tienen los clásicos, que están mucho más allá del tiempo.

Santos Domínguez

27 febrero 2012

Vulva


Mithu M. Sanyal.
Vulva.
La revelación del sexo invisible.
Traducción de Patricio Pron.
Anagrama. Barcelona, 2012.

Esta es una pequeña historia cultural de Occidente a través de la representacion del genital femenino en la vida cotidiana, el folclore, la medicina, la mitologia, la literatura y el arte. Sin embargo, esto puede parecer desconcertante a simple vista. ¿No basta ya con que existan historias culturales del beso o de la tetera? ¿Qué conocimiento puede obtenerse de la vulva? A objeciones de este tipo puede responderse que todo el mundo es libre de tener su propio concepto del beso o de la tetera, pero casi nadie negaría que estos fenomenos existen, a diferencia de lo que sucede con el genital femenino.

Con ese párrafo comienza la historiadora cultural Mithu M. Sanyal (Düsseldorf, 1971) la introducción de Vulva, el renovador ensayo que acaba de publicar Anagrama con traducción de Patricio Pron.

Es el punto de partida de un estudio cuyo objetivo es hacer visible una realidad que por definición ha sido históricamente invisible y rebajada a la carencia de sexo o a lo oscuro, lo innombrable o lo sucio:

A través de una serie de ensayos que llevé a cabo en diferentes grupos de científicas constaté que todas podían dibujar penes pero ninguna podía representar gráficamente una vulva reconocible. Me sentí fascinada. ¿Por qué mujeres muy formadas podían reproducir genitales masculinos sin problemas al tiempo que sus propios genitales les resultaban tan extraños y misteriosos que ni siquiera podían dibujarlos rudimentariamente? Al pensar en ello, advertí que, con la salvedad de las ilustraciones médicas, tanto ellas como yo solo podíamos ver imágenes de la vulva como productos de las industrias del porno y de la higiene. Así que decidí ponerme a la búsqueda del lugar simbólico que ocupa la vulva en nuestra cultura.

De ahí que este ensayo, cuyo elocuente subtítulo es La revelación del sexo invisible, sea, además de reivindicativo, profundamente subversivo en su enfoque y en su desarrollo.

Con una perspectiva multidisciplinar que combina la etimología con la psicología social, la anatomía con la antropología cultural, la pintura con la literatura, el mito y el teatro, la iconografía y la teología y el arte contemporáneo con las mentalidades mágicas de la prehistoria, se aborda en sus diversas secciones la degradación de la sexualidad femenina en las diversas culturas y religiones.

Entre el cristianismo y el hinduismo, entre los escultores románicos y Picasso, entre la Biblia y Freud, entre San Agustín y Mallarmé, Vulva propone un recorrido por las figuras más representativas de la feminidad desde la Eva originaria y pecadora a Gypsy Rose Lee, la reina del striptease intelectual, pasando por María Magdalena, Salomé o Kali, una de las esposas de Shiva, desde El origen del mundo de Courbet a los textos explícitos de la punk Kathy Acker y a las performances de Public Cervix Announcement.

Este es un estudio pionero en su punto de vista y en su objetivo de denunciar un estado de la cuestión dominado aún por un dominio abrumador de lo fálico. Lo resume Mithu M. Sanyal en estas líneas:

En rigor, deberíamos decir que el discurso occidental no está basado en la dualidad de los sexos sino en su unicidad, puesto que ha fijado un sexo, a saber el masculino, y únicamente ha construido el femenino en oposición a él. (...) Con ello, la mujer era la portadora de la diferencia entre los sexos, la –poco valiosa– desviacion de la norma y –puesto que un ser humano completo sin pene era inconcebible– la castrada.


Santos Domínguez

25 febrero 2012

El libro de los viajes equivocados


Clara Obligado.
El libro de los viajes equivocados.
Páginas de Espuma. Madrid, 2011.

Clara Obligado nació en 1950 en Buenos Aires, donde se licenció en Literatura. Forzada al exilio por sus ideales políticos, vive en España desde 1976. Aquí ha realizado numerosos talleres de literatura creativa, ha colaborado como columnista en varios medios periodísticos y también ejerce de crítica. En 1996 recibió el Premio Lumen por La hija de Marx, una novela erótica, impregnada de humor, ambientada en la época victoriana. Con Páginas de Espuma ha publicado el libro de cuentos Las otras vidas, y ha editado las antologías de microrrelatos Por favor, sea breve y Por favor, sea breve 2.

El libro de los viajes equivocados es también un conjunto de relatos. Se trata de once historias independientes pero unidas por una conexión universal, el azar, título del cuento que inicia la obra y factor que determina el devenir de los personajes en ese viaje sin gobierno ni dirección que es la existencia. Este acervo de aventuras está dibujado como una espiral logarítmica que empuja, entrechoca y propicia la confluencia de personajes y destinos. Así ocurre en el relato Las dos hermanas, cuyo protagonista es un polaco que emigra hacia Nueva York y que acaba en el puerto de Buenos Aires porque se confunde de embarcación; ya anciano, un fotógrafo de National Geographic, y personaje de otro de los relatos, Madison, Los puentes de, le toma una instantánea que inmortalizará su presencia en el planeta.

Al concluir las páginas de este libro tenemos la sensación de haber sido testigos del inicio y el fin de un largo periplo que comienza en los albores del mundo y concluye con una vuelta a empezar del mismo trayecto, aunque quizá con la urdimbre tejida con el hilo de diferentes rumbos y otros navegantes intentando seguir la tenue luz de un faro en la oscuridad del océano.

Alba Pavón

24 febrero 2012

Leopoldo Panero. En lo oscuro


Leopoldo Panero.
En lo oscuro.
Edición de Javier Huerta Calvo.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2011.

Se cumple este año medio siglo de la muerte de Leopoldo Panero (1909-1962), uno de los poetas esenciales de la primera posguerra española, la del arraigo y las formas clásicas, un poeta que supo compaginar a Garcilaso con César Vallejo y la mirada hacia el paisaje con el intimismo.

Con una magnífica introducción de Javier Huerta Calvo, que aborda el itinerario literario, la poética y la vida accidentada de Leopoldo Panero entre la memoria de un olvido y la búsqueda de lo oscuro, esta amplia antología, suficientemente anotada con observaciones imprescindibles, da una imagen completa de la obra del poeta.

Una obra accidentada, como su vida, construida en un lugar intermedio entre la tradición y la vanguardia, desde una perspectiva en la que confluyen el mundo exterior y el mundo interior, lo humildemente cotidiano y las cimas del Guadarrama.

La selección de En lo oscuro presenta como un todo una generosa muestra de textos de La estancia vacía, Versos al Guadarrama, Escrito a cada instante y Canto personal. Un todo sucesivo ordenado cronológicamente, salvo en el poema que le sirve de pórtico –Arte poética- y el Epitafio que lo cierra:

Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.

Está en estas páginas la imagen compleja y contradictoria del poeta religioso y neorromántico, de palabra severa y contenida, y el que se deja llevar por el arrebato emocional o patriótico, el que se mueve con la misma soltura en el verso corto y en la herencia del 27, en el verso libre o en el soneto garcilasista de aires neobarrocos, conceptistas y escurialenses.

Lo llamativo es que nada en Panero es impostado: desde el arraigo confesional de fe religiosa a la declaración de amor, desde el canto a la armonía familiar hasta la respuesta al Canto general de Neruda, todo parece fluir en él desde una profunda convicción, desde una voluntad constante de expresión y de conocimiento mediante la palabra poética, desde un impulso de sinceridad y de diálogo consigo mismo y con el mundo que asume la lección de Antonio Machado -al que homenajeó en Desde el umbral de un sueño- hasta los ripios lamentables que frecuentó en los tercetos artificiosos de su Canto personal.

En lo oscuro se cierra con Unas palabras sobre mi poesía, el texto de una conferencia en la que Panero reflexiona sobre las claves esenciales de su poética, que “siempre se apoya en lo invisible, que es su verdadera y última realidad.”

Poeta desigual y pródigo en altibajos, Leopoldo Panero dejó un puñado de poemas memorables que merecen salir definitivamente del olvido: La estancia vacía, Por donde van las águilas, César Vallejo, Introducción a la ignorancia o Rastro de Lázaro son algunos de ellos.

Antologías tan cuidadas como esta, que acaba de publicar Cátedra Letras Hispánicas, deben contribuir a rescatar esos textos del oscurecimiento injusto al que los han sometido una serie de circunstancias extraliterarias que están en la mente de todos.

Santos Domínguez

22 febrero 2012

Otra vuelta de tuerca

Henry James.
Otra vuelta de tuerca.
Prólogo de José María Guelbenzu.
Epílogo del autor.
Traducción de José Bianco.
Tiempo de Clásicos. Siruela. Madrid, 2012.


Uno siente también cierta atracción irresistible hacia cualquier novela que se llame Otra vuelta de tuerca, como José Bianco tituló su excelente traducción de The Turn of the Screw de Henry James. En lugar de La vuelta del tornillo, que no quiere decir nada en español, Bianco cambió sabiamente “la” por “otra” y “tornillo” (screw) por “tuerca”, con lo que Otra vuelta de tuerca quiere decir aún mucho menos, pero suena tan bien que nuestros intelectuales usan ya esa extraña expresión como si todo el mundo (y ellos mismos) supieran su significado. Si Bianco hubiera querido dar el equivalente exacto habría puesto algo tan vulgar como La coacción, lo que convertiría el título de una novela de fantasmas en algo vagamente gansteril o forense. No cabe duda: el mejor amigo del traductor es el Diccionario, siempre que éste no se halle en manos del lector. Según mi Oxford Advanced Learner's Dictionary of Current English, “to give somebody another turn of the screw” significa “to force somebody to do something”: “forzar a alguien a hacer algo”, coaccionarlo, conminarlo, pues. ¿Pero quién iba a ser tan poco sutil o poético como para poner en español La conminación a una novela de Henry James? Aunque no diga nada en nuestro idioma, Otra vuelta de tuerca y se acabó. Y uno se lo agradece a Bianco. Y otros cometen el disparate de soltar ese dicho en contextos que no tienen nada que ver, escribía Augusto Monterroso en un divertido artículo de La palabra mágica.

Bianco había sido el primero en traducir al español en 1945 esta novela corta de Henry James, la más famosa de las narraciones de terror de la historia de la literatura. Una novela de fantasmas que James había publicado en 1898 y que catalogaba como un cuento de hadas.

Tardó, por tanto, casi medio siglo en traducirse al español y la de José Bianco –que recupera Siruela en su colección Tiempo de clásicos- es ya una versión tan canónica como el original inglés.

El punto de partida es una historia real contada a James por el Arzobispo de Canterbury sobre dos niños huérfanos encantados por dos sirvientes muertos. Es posiblemente la más famosa de las narraciones de Henry James y, más allá de la mera superficie del relato de fantasmas, en Otra vuelta de tuerca están los temas y los enfoques jamesianos: la presencia del mal, la corrupción de la inocencia, la ambigüedad de lo real, el peso de lo irreal, la complejidad de perspectivas, la interferencia de planos de los múltiples narradores...

Inquietante y sobrecogedora a lo largo de sus veinticuatro capítulos de sostenida intensidad, lo que plantea Otra vuelta de tuerca -por encima de su trama truculenta- no es la solución de un enigma. Es el enigma mismo el que se convierte en el centro del relato y el que da sentido al texto, porque –como señala José María Guelbenzu en su prólogo- aquí no se trata sólo de seguir una historia, se trata de entender una historia: por tanto, será el lector, no el relato en sí, quien decida cómo interpretar los hechos que pertenecen al relato.

Es la sombra de una sombra, una versión de los acontecimientos, una visión general del mal para, como afirmaba James en el prólogo que escribió para esta novela, “producir mi impresión de lo terrible, mi concepción del horror.”

Otra vuelta de tuerca es una exploración en la profundidad de lo siniestro, una entrada en la atmósfera enturbiada que rodea el relato, a través de las figuras acechantes y espectrales de Peter Quint y miss Jessell, dos presencias activas, dos agentes anormales en los que James “depositaría la espantosa obligación de hacer que la situación destilara el aire del mal.” Un mal que obsesiona al autor, porque volver a la vida a los malos muertos para una segunda ronda de maldad es llevarlos al plano de lo prodigioso.

Provocar en el lector la imaginación, la compasión y el horror es el reto que vincula este relato con otras cimas de Henry James como El altar de los muertos o El banco de la desolación.

Santos Domínguez

21 febrero 2012

Articuentos completos


Juan José Millás.
Articuentos completos.
Seix Barral, Barcelona, 2011.

Seix Barral reúne en un amplio volumen, en edición revisada y definitiva por ahora, los Articuentos completos de Juan José Millás.

Híbridos de artículos y cuentos, entre el periodismo y la literatura, estos textos mestizos y brillantes, instalados en la frontera difusa que separa lo real y lo fantástico, lo cotidiano y lo sorprendente, reflejan la mirada crítica del autor sobre el mundo.

Organizados en cinco apartados temáticos -Cuerpo, Mente, Lenguaje, Sociedad y Cajón de sastre-, los articuentos de Millás afrontan desde la extrañeza y la perplejidad el conflicto entre lo real y lo irreal, entre la identidad y las identidades, entre la mirada del narrador y el personaje, los entresijos ocultos de la realidad, los espacios y los objetos, las moralidades, los asuntos lingüísticos, la escritura y la lectura.

Esos son algunos de los ejes temáticos de estos textos que el propio autor define como crónicas del surrealismo cotidiano dosificadas en perlas. Crónicas o relatos que son un tanteo en otras dimensiones de lo real, un viaje al otro lado del espejo, donde se disuelve lo cotidiano y se rompe la rutina de lo previsible para que por esa grieta se proyecte una mirada inédita, existencial o social, a un mundo que antes que otra cosa provoca perplejidad.

Literatura y periodismo en una síntesis creativa que conjuga también intensidad y brevedad, variedad y precisión, imaginación y voluntad crítica, humor, ironía y compromiso para generar una manifestación renovadora y esencial en la narrativa española contemporánea:

Arrebatas al conjunto de mi obra los articuentos y es como si le extirparas el hígado a un señor -escribe Millás en el prólogo de esta edición.

Santos Domínguez

20 febrero 2012

García Márquez oral


Gabriel García Márquez.
Yo no vengo a decir un discurso.
Debolsillo. Barcelona, 2012.


En Yo no vengo a decir un discurso, que acaba de aparecer en edición de bolsillo, se reúnen veintidós textos que García Márquez redactó para leerlos en público.

Es un García Márquez oral, que empezó en esa tarea -que siempre consideró tan terrorífica como los viajes en avión- incluso antes de que se despertase en él la vocación literaria.

Porque el volumen que ahora publica Debolsillo toma su título de un fragmento del primer discurso que pronunció García Márquez en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá. Tenía apenas 17 años cuando escribió La academia del deber para despedir a una promoción de estudiantes que acababan los estudios en el instituto y se disponían a ingresar en la universidad.

Entre ese discurso inicial, del 17 de noviembre de 1944, y el que cierra el libro (Un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano), pronunciado el 26 de marzo de 2007, han transcurrido más de sesenta años, pero sobre todo han ocurrido episodios tan prodigiosos para la literatura universal y la lengua española como El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, El otoño del patriarca o El amor en los tiempos del cólera.

Junto con sus discursos más conocidos, como La soledad de América Latina, que leyó en la recepción del Nobel, o Botella al mar para el dios de las palabras, están aquí los homenajes a sus amigos: el espléndido Mi amigo Mutis o El argentino que se hizo querer de todos, que conmemoraba los veinte años de la muerte de Cortázar; sus reflexiones sobre el futuro y el papel de la cultura y la creación en Palabras para un nuevo milenio; su inquietud por el medio ambiente en Una alianza ecológica de América Latina o su preocupación por Colombia en La patria amada aunque distante.

Por eso estos textos, pensados para conferencias o para discursos, son una iluminación, un acompañamiento y una explicación de su mundo literario -Cómo comencé a escribir-, de su oficio como escritor y como periodista -Periodismo: el mejor oficio del mundo-, de su método y de sus compromisos éticos y políticos -El cataclismo de Damocles- o de su relación con el cine -Una idea indestructible.

Pero son mucho más que eso. Tienen también un valor propio que los mantiene en pie como textos literarios, porque muchos de ellos contienen el embrión de algunos relatos o desarrollan una historia con el talento característico de García Márquez y la prosa impecable de un narrador cercano y directo, apasionado y comprometido, combativo y utópico.

Santos Domínguez

17 febrero 2012

Dismundo


Rogelio Blanco Martínez.
Dismundo.
Prólogo de Juan Gelman
Reino de Cordelia. Madrid, 2011.

Habla de tu aldea y serás universal, aconsejaba Tolstoi. Lo recuerda Juan Gelman en el prólogo que ha escrito para presentar Dismundo, la primera obra narrativa de Rogelio Blanco, un conjunto de nueve relatos breves que publica Reino de Cordelia.

Nueve relatos ambientados en Dismundo de Brezales, en un lugar cualquiera del noroeste ibérico, una aldea aislada y fría en la que sus habitantes, los dismundianos, han diluido sus sueños en los arroyos a la espera de la ansiada cosecha de centeno y de patatas, entre la añoranza de épocas mejores y la recepción de alguna novedad traída desde una aldea próxima.

Desde la profundidad de la memoria, Rogelio Blanco evoca un mundo rural anclado en la profundidad del pasado. El monótono ritmo natural de los ciclos agrícolas marca la lentitud de la vida de una aldea con escuela unitaria regentada por doña Bibina, una maestra ignorante y fétida a la que humilla en público la inspectora provincial.

Una aldea que alivia su abandono con vendedores ambulantes, con un cerezo astringente y unos aldeanos hoscos que calzan zuecos para ir a la cantina a beber orujo y fumar cuarterón, con rebaños acosados por lobos en la nieve y gallinas agresivas de las que, andando el tiempo, un soldado tomará cumplida venganza; con un niño que puede salir del pueblo gracias a la circunferencia y una niña que lleva al cuello una cuelga con seis pollos muertos.

La vida de sus habitantes marca su rutinaria continuidad intrahistórica y los personajes se convierten en los ejes de cada uno de los relatos, que evoca sus nombres propios en los títulos: los atávicos, casi prerrománicos, Domiciano, Leontino, Armelinda, Alipio, Gaudencio, Gracelina, Sisinio y Elina.

Otras veces, los nombres propios que aparecen en los títulos son los de animales como el heroico perro Navarro o la vaca Gallarda, voraz con las manzanas.

Esos nombres propios, y otros tan ancestrales como los de algunos personajes secundarios –Rudesindo, Meregilda, Eutropio, Quiteria, Evencio, Dorinda, Verevaldo...- parecen nombres de personajes de Berceo, de figuras de retablos de piedra o de obispos de Constantinopla, pero además simbolizan un mundo parado en la historia, un mundo fuera del mundo desde hace ocho siglos.

Un lugar sin futuro en el que casi la mitad de la tumbas del cementerio son de niños. Entre la muerte y una supervivencia llena de privaciones, entre la extrema pobreza material y la dignidad del resistente transcurre la vida de los dismundianos, tan dura como el paisaje de oteros y brezales o como las inclemencias del clima y sus nieves frecuentes.

En un mundo como ese transcurrió la infancia de Rogelio Blanco, que en estos relatos superpone la mirada del niño que fue a la del adulto que es, y por eso evita en su evocación el patetismo y se impone el freno de la contención tanto en la añoranza melancólica como en la denuncia del atraso, desde un lugar intermedio en el que confluyen esas dos miradas –la del niño y la del hombre- entre lo lírico, la narrativo y lo testimonial, entre la actitud crítica y la evocación compasiva.

Nueve cuadros que componen un conjunto en el que se relacionan entre sí no solo por su ubicación en el mismo espacio sin historia que es Dismundo, sino por la presencia en varios de ellos de los mismos personajes.

Nueve historias que completan un retablo humilde de la pobreza y reconstruyen, como sugiere Juan Gelman, un universo nocturno en el que hay que aguzar la vista para apreciar el fulgor de cada uno de sus astros.

Santos Domínguez

16 febrero 2012

Simón Viola sobre Plaza de la palabra

Santos Domínguez Ramos.
Plaza de la palabra.
Prólogo de Félix Grande.
Editora Regional de Extremadura. Mérida, 2011.


Plaza de la palabra es una Antología poética que recoge textos de los libros publicados hasta ahora por Santos Domínguez Ramos (Cáceres, 1955), un conjunto de títulos que jalonan una de las trayectorias líricas más sólidas de la poesía actual, reconocida con más de diez premios literarios de prestigio.

Los títulos antologados son Pórtico de la memoria (1994), La orilla del invierno (1996), Cuaderno de Abul Qasim (2001), Las provincias del frío (2005), En un bosque extranjero (2006), Las sílabas del tiempo (2007), La flor de las cenizas (2008), Para explicar la nieve (2009), Nueve de lunas (2010) y Luna y ciencia nocturna (2010).

Desde Jóvenes poetas en el Aula, una antología de 1983 al cuidado de Ángel Sánchez Pascual, su nombre ha estado presente en las revisiones y antologías posteriores: Abierto al aire (1984, de Ángel Campos y Álvaro Valverde), Diez años de poesía en Extremadura (1995) o Literatura en Extremadura. Poesía (2010, Miguel Ángel Lama).

De estos proyectos regionales (Pórtico de la memoria apareció en la Diputación Provincial de Badajoz, La orilla del invierno en la de Cáceres), su nombre saltó a antologías y ediciones de ámbito nacional y su obra se hizo merecedora de premios como el Gerardo Diego, Jaime Gil de Biedma, Eladio Cabañero, Tardor, Alcaraván o Manuel Alcántara entre otros, un buen ejemplo de cómo las editoras públicas, bien gestionadas, pueden tener una notable repercusión positiva en su entorno y aciertan tanto cuando, con criterio, impulsan al poeta novel en sus inicios como cuando recopilan en selecciones antológicas o en ediciones de obras completas una producción dispersa en ediciones de pequeñas tiradas.

A lo largo de estos años, Santos Domínguez ha desarrollado asimismo una labor de crítica literaria en revistas especializadas y, de modo regular, en dos blogs (En un bosque extranjero y Encuentros de lecturas) y si recordamos ahora esa aportación es por la notable simbiosis que en su caso se produce entre lectura y creación.

El primer poema de Las provincias del frío (un lugar marcado en cualquier obra) presenta al poeta diciendo: “El lector se levanta para ver la fatiga vegetal del paisaje, / triste como los lunes en los parques zoológicos”.

Su propensión a incorporar en casi cada poema una cita ajena traza, de un lado, el contorno de sus amplias preferencias lectoras y expresan, de otro, una personalidad poética singular ajena a la “angustia de las influencias”, pues en la configuración de un talante lírico operan con igual rendimiento las experiencias personales que la formación lectora. Recuerda Luis Antonio de Villena que la tradición es “la vida misma de la literatura o del arte” (el escritor recuerda una formulación de Pedro Salinas: “La tradición es la habitación natural del poeta”). La poesía de Domínguez Ramos nace estimulada por una tradición, cultural y literaria, que el poeta revitaliza al asumirla de un modo selectivo y se presenta al lector arropada por ella (las referencias cómplices a otros poetas, las apoyaturas culturales, las citas... son numerosísimas en el libro).

Son muchos y variados los entornos culturales a los que el poeta dirige su atención: la tradición grecolatina, la cultura árabe con todas sus formas de mestizaje cultural, la tradición europea y estadounidense y por supuesto la española e hispanoamericana en evocaciones de autores o personajes de ficción contemplados con frecuencia en el declive o en el cierre de sus trayectorias: Luis Cernuda contemplando un ocaso en su exilio mexicano, el rey Lear bajo una tormenta, San Juan de la Cruz mirando sus manos vacías, Macbeth viendo cómo el bosque de Birnam se acerca, Luis de Góngora de regreso a su ciudad natal (en 1626, un año antes de su muerte), Jorge Guillén reposando en el “último jardín”, Hölderlin en la torre de Tubinga…

Pero los poemas no dan visiones objetivas y despersonalizadas, sino que afloran desde la intimidad del hombre que, al comunicarlos, lo hace con una voz y unos sentimientos propios. En toda su obra está latiendo esta fusión de vida y cultura, de lectura y experiencias vitales que dejan su huella dolorosa, y por ello Félix Grande puede considerar en el prólogo: “Por aquí ha pasado el dolor. Este libro es una joyería de cicatrices y todas ellas reúnen la moral de las llagas, la cortesía de la atención a la calamidad, la cordura del llanto pudoroso, la lealtad que transportan en el pico las cigüeñas del desconsuelo”.

Afirma el autor en un epílogo con que cierra la antología que la poesía se asienta en “lo nocturno y lo extranjero. Estos son el tiempo y el terreno del poema” (y En un bosque extranjero titula uno de sus libros).

En varias ocasiones, el escritor recuerda a Lorca cuando confesaba: “el poeta que va a escribir un poema tiene la sensación de que va a una cacería nocturna a un bosque lejanísimo [...] Se vuelve de la inspiración como se vuelve de un país extranjero”. Todas estas imágenes tienen que ver con el “extrañamiento”, un concepto, analizado por los formalistas rusos, que remite a un actitud poética basada en el asombro de quien contempla algo por vez primera, como un visitante extranjero que descubre atónito un paisaje desconocido, un espacio que en el caso de Santos es con frecuencia el de la intemperie (el invierno, la lluvia, la niebla, la tormenta, el desierto o el bosque en cuya espesura entona su canto un ave solitaria) para concluir afirmando: “Un hombre es extranjero / en cualquier cementerio en que repose”.

Nos encontramos, en fin, ante una obra diversa y plural en la medida en que el autor se ha aproximado a tradiciones culturales diferentes, pero a la vez homogénea, hilvanada por una misma mirada (la única cita repetida, en un poema y en el epílogo, es “La lengua es un ojo”, de Wallace Stevens) desde la que se contempla el mundo con asombro y perplejidad, por la presencia dominante de determinados temas y motivos, por una expresión formal marcada por el extraordinario dominio léxico y técnico, por una dicción culta ajena a la lógica discursiva en que “se encuentran los límites oscuros de lo racional y lo irracional, lo visible y lo invisible, lo consciente y lo inconsciente”, por el sentido del ritmo (“el poema es también una propuesta rítmica, una estructura musical”) y el uso de los metros más musicales del castellano.

Simón Viola