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04 abril 2025

14 aforistas 14

 




14 aforistas 14.
 La Isla de Siltolá. Sevilla, 2025.


Esa postal conmemorativa se incluye en el libro 14 aforistas 14, que publica La Isla de Siltolá.

Realizada por Salvartes Design, la agencia de diseño de Jerez de la Frontera, con ella anuncia Siltolá la celebración de las Fiestas del Aforismo y la alternativa de un libro que se edita en dos volúmenes, uno publicado a primeros y el otro a finales de este 2025.

Lidiarán los toros del Sr. Lichtenberg y del Sr. Gracián catorce afamados aforistas que representan lo mejor del escalafón del género: Miguel Agudo Orozco, Ricardo Álamo, Isabel Bono, Carmen Canet, Michel F., Daniel Mocher, León Molina, José Luis Morante, Benito Romero, Javier Sánchez Menéndez, Mario Pérez Antolín, Felix Trull, Ricardo Virtanen y Roger Swanzy.

Dejo aquí una muestra del arte y las maneras de cada uno de ellos, por orden (alfabético) de lidia:

Un desconocido es un conocido que deja de serlo. (Miguel Agudo)

Si Dios soñara, nosotros seríamos su peor pesadilla. (Ricardo Álamo)

no te esfuerces
El tiempo sabe barrerse solo. (Isabel Bono) 

Hay sujetos que no merecen tener ni predicados. (Carmen Canet)

A estas alturas todo me parece una fiesta de disfraces. (Michel F)

Al espíritu de nuestro tiempo habría que hacerle un exorcismo. (Daniel Mocher)

El viaje más ambicioso es el viaje inmóvil. (León Molina)

Tras la vigilia guardo las cenizas del sueño. (José Luis Morante)

Un buen aforismo, como algunos peces abisales, debe lucir en lo más hondo. (Mario Pérez Antolín)

La mediocridad es el pegamento que mantiene unida a la especie humana. (Benito Romero)

Estamos en el umbral de un duelo permanente. (Javier Sánchez Menéndez)

Frase a frase, cada aforista construye su laberinto. (Roger Swanzy)

ESCRIBIR: síntesis perfecta de misterio y certeza. (Félix Trull)

Si el aforismo fuera un pez, sería un pez espada. (Ricardo Virtanen)


Ahí queda esa música callada del toreo de la que habló Bergamín,  aquel otro aforista que los lanzaba como cohetes.


Santos Domínguez 




30 abril 2021

Isabel Bono. Me muero


 
Isabel Bono. 
Me muero.
Bartleby Editores. Madrid, 2021 


Hemos llegado hasta aquí 
hemos dejado atrás 
el dolor y el incendio 
y el dolor que sigue al incendio 
hemos dejado atrás 
cadáveres exquisitos 
y un amor 
con las alas mojadas en miel 

no es humo ni ceniza 
lo que ahora nos ciega


Así cierra Isabel Bono alguien dice, el poema inicial de Me muero, el nuevo libro que publica Bartleby Editores con un prólogo en el que Juan Marqués señala que “en la casa de la buena literatura siempre hay una chimenea encendida, pero en la casa de la poesía siempre ha de haber, además, un pozo.”

Organizados en una secuencia alfabética de sus títulos, los poemas de Me muero son una exploración en el dolor, la soledad y la sombra, un doloroso recuento de pérdidas y ausencias, una inmersión en la desolación de quien declara “yo no quiero ser nadie / yo no quiero ser nada.”

Así comienza su largo poema central, que articula el libro, le da título y resume su tono:

me muero 
y tú también, así que no me tengas pena 
no me mires inclinando la cabeza 
dando por sentado que hay que resignarse 
no hay que resignarse 
habría que escapar, en todo caso 
 
intentar escapar es una obligación 

se nos olvida todo el tiempo que estamos vivos 
y aun así continuamos de un lado a otro 
de una vida a otra 
cruzando pasos de cebra 
transportando bolsas con ropa comida basura 
cruzamos la vida entera sin detenernos


Atravesados por el tiempo fugaz, las premoniciones sombrías y el miedo sin fin, por la noche y el frío, sus versos descarnados habitan más en el pozo que en la chimenea, contienen mucha sombra, mucha niebla, un sol negro y algún breve destello, el que proyectan la memoria y las palabras que encienden un leve fuego para iluminar en la sombra insistente de este libro en el que “la luz puede curar, pero a veces no cura” y “siempre es la luz culpable de cada caída.”

Una luz que, pese a todo, algunas veces, sobre todo en los poemas finales, “nos toca, nos empapa / de algo muy parecido a la felicidad”. Una luz que, fugaz y pasajera, “siempre vuelve”, “es lo único que importa”, porque “mientras, la luz no se detiene.”

Santos Domínguez