30 enero 2026

Alejandro Céspedes. Taller de relojería



Alejandro Céspedes. 
Taller de relojería.
Averso. Granada, 2026.

Dijo Francis Ponge que el mundo, desde que existe, nunca funcionó tan mal y que el espíritu humano nunca ha estado peor desde que el hombre ya no lo considera más que su cortijo para ejercer el poder. A Ponge se le ocurre que el artista tendría que convertirse en un mecánico, abrir un taller y reparar el mundo tal como le llega, por fragmentos, pero que no por ello se debería considerar un mago, sino sencillamente un relojero.
¡Un poeta -que solo escribe fragmentos- intentando reparar el mundo como un mago-relojero para hacer que el big bang de la existencia sea un poco más preciso! Un reloj hecho con piezas de maldad, incertidumbre, caducidad y desánimo. No me digan que no es para quedarse muchísimo más tranquilos. ¿En qué podría fallar un mecánico-poeta que trata de conseguir que el mundo funcione como un reloj?

Bienvenidos al taller.

Con esa irónica ‘Nota previa’ abre Alejandro Céspedes su espléndido Taller de relojería, que publica Averso. Como se dice en ese texto preliminar, la imagen del poeta como relojero que recompone el mecanismo descompuesto del mundo procede de un texto de Francis Ponge, El murmullo, que aborda la condición y el destino del artista en estos términos: “Nunca, desde que el mundo es mundo (pienso en el mundo sensible, tal como se nos ofrece cada día), nunca, sea cual fuere la mitología de moda, nunca el mundo, aunque solo fuese por un segundo, ha suspendido su funcionamiento misterioso. Nunca sin embargo en el espíritu del hombre -y sin duda precisamente desde que el hombre ya no considera el mundo sino como su campo de acción, el lugar o la ocasión de su poder-, nunca el mundo en el espíritu del hombre ha funcionado tan poco, tan mal. La función del artista es así muy clara: debe abrir un taller y reparar el mundo tal como le llega, por fragmentos. Y que no por ello se considere un mago. Solamente un relojero».

Con ese punto de partida, Alejandro Céspedes emprende un ejercicio poético que recorre en dos partes -El relojero del mundo y El relojero del ser- un amplio itinerario de poemas extensos e intensos que, con Cioran siempre al fondo como luz fría y guía del desaliento, aceptan el reto de explorar la posibilidad de recomponer la mecánica fracturada del mundo y el ser con el método de la paciencia artesanal reflexiva, con la reconstitución del recuerdo que nos deconstruye y nos reconstruye, con la precisión de la palabra poética y con la exigencia ética de no mentirse a sí mismo ni al lector al encarar la realidad desarticulada que es el motor existencial del libro, porque

 Dentro de cada instante, hay un desastre,
pensando cómo abrirse hacia el futuro.

Y porque “la vida es casi siempre prematura”, estos poemas vibrantes y perturbadores surgen de una zona insobornable y sombría de la conciencia y la memoria, del tiempo y del sueño, del despojo y la herida, de la naturaleza muerta y el sinsentido, acometen la empresa imposible de reparar los desperfectos de ese mecanismo averiado que llamamos mundo o vida, la imposible tarea de restaurar con paciencia improductiva los fragmentos imposibles del deterioro para que acaben articulando poéticamente en este libro admirable la imagen descompuesta del hueco y el vacío.

Estos son sus desalentados versos finales:

Hoy es una grieta, un eco,
un cuerpo que solo existe
en los verbos que lo nombran.

Y ya no puede entenderse ni puede domesticarse.
Su cuerpo es como esa niebla
que únicamente se aprecia
cuando se ve desde fuera.

Será un hueco relleno de fragmentos
que olvidará que olvidó
y ya no sabrá quién es
ni quiénes somos nosotros.

Un reloj de pared averiado
da las doce campanadas.

Pobre animal indeciso...
No hay nada que reparar.

Ni el relojero de Ponge
-aunque en verdad fuese un mago-
podrá hacer ningún milagro.


Santos Domínguez

 

28 enero 2026

Ian Kershaw. Ascenso y crisis. Europa entre 1950 y 2017

 



Ian Kershaw.
Ascenso y crisis.
Europa 1950-2017.
Un camino incierto.
Traducción de Yolanda Fontal.
Crítica. Barcelona, 2026.

“En el prólogo de Descenso a los infiernos afirmaba que era la obra más difícil que había intentado escribir. Así fue hasta este libro. Este segundo volumen sobre la historia de Europa desde 1914 hasta nuestros días planteaba problemas aún mayores tanto de interpretación como de redacción. En buena medida, esto se debe a que en la historia de Europa entre 1950 y la actualidad no existe un único tema predominante comparable al evidente papel central de las guerras mundiales que domina el volumen anterior, que abarca el período comprendido entre 1914 y 1949. Descenso a los infiernos seguía una progresión lineal, entraba y salía de una guerra para luego entrar y salir de otra. Ningún acontecimiento lineal describe adecuadamente la complejidad de la historia de Europa desde 1950. Se trata, más bien, de una historia llena de curvas y giros, de altibajos, de cambios volátiles, de una gran y acelerada velocidad de transformación. Desde 1950, Europa ha sido como un viaje en una montaña rusa, con sus emociones y sustos, sus ascensos y sus crisis. Este libro pretende mostrar cómo y por qué durante esas décadas fue dando tumbos de un período de gran inseguridad, a otro”, escribe Ian Kershaw en el prólogo de Ascenso y crisis. Europa 1950-2017, que publica Crítica con traducción de Yolanda Fontal.

Este volumen, que completa el vasto proyecto de síntesis de la historia de Europa del siglo XX iniciado con el análisis de la primera mitad del siglo en Descenso a los infiernos, aborda casi setenta años de historia marcada por una Europa escindida durante décadas por el Telón de Acero y el Muro de Berlín, por la Guerra Fría y la amenaza nuclear, pero también por una vertiginosa aceleración de los acontecimientos históricos: las transformaciones asombrosas en los usos sociales y los cambios en los modelos económicos, los procesos políticos o los fenómenos culturales y en sus vías de transmisión. 

Cambios que han transformado el panorama europeo y lo han situado en estas décadas bajo el signo de la incertidumbre al que alude el subtítulo de este volumen que completa un conjunto monumental.

Y precisamente “Una nueva era de inseguridad” es el significativo título del epílogo en el que Kershaw señala que “la historia de Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial ha sido una vertiginosa mezcla de grandes logros, profundas decepciones e incluso desastres, como han demostrado claramente las crisis de los últimos años. En realidad, ha sido en muchos sentidos un viaje en una montaña rusa, con sus subidas y bajadas, una velocidad en aumento a partir de los años setenta, una brusca aceleración después de 1990 y una carrera casi fuera de control en el nuevo siglo.”

Porque los desafíos energéticos y climáticos, demográficos y migratorios, el multiculturalismo y el choque de culturas, el malestar social y la globalización, el desarrollo tecnológico imparable y la automatización de la inteligencia artificial, la inseguridad y la pérdida de privacidad son algunos de los retos de la Europa actual, cuya historia en estas últimas décadas es semejante a una montaña rusa, lo que justifica el título de este ensayo.

Un ensayo en el que la proximidad del periodo histórico estudiado le sugiere a Ian Kershaw esta interesante reflexión preliminar sobre la necesidad de utilizar una bibliografía tan exhaustiva como la que se recoge al final de la obra en veinte apretadas páginas que reúnen las referencias imprescindibles sobre la época más reciente de la historia de Europa:

Haberlo vivido no sirve de sustituto. Cuando empezaba a escribir este libro, alguien me sugirió que debía de ser fácil ya que el período coincidía con gran parte de mi vida. Pero vivir la historia genera recuerdos que tanto pueden ser distorsionados o inexactos como quizá servir de ayuda. En un pequeño número de casos he añadido algún recuerdo personal en una nota al pie, pero los he mantenido fuera del texto. En mi opinión, es mejor mantener separadas las anécdotas personales y la valoración histórica. Dejando a un lado la fragilidad de la memoria, la mayor parte de lo que pasa cerca a diario solo tiene una resonancia efímera. La valoración de la trascendencia de acontecimientos importantes exige casi siempre no solo un conocimiento profundo, sino también el paso del tiempo necesario para digerirlos.

Como en el volumen anterior, Descenso a los infiernos, remata el conjunto de Ascenso y crisis un minucioso índice analítico de personas y lugares, conceptos y acontecimientos que permiten su rápida localización en el libro, ilustrado generosamente con cuatro cuadernillos de imágenes significativas de las diversas cuestiones abordadas en las seiscientas páginas de este monumental ensayo que completa una mirada matizadamente optimista en la que pesan más los avances que los retrocesos:

Con todas las reservas, cualquier valoración razonable sin duda destacaría los inmensos avances logrados. Un simple vistazo a Europa en la primera mitad del siglo XX, un continente devastado física y moralmente por la guerra y por el genocidio cuando las potencias imperialistas y las que deseaban serlo pugnaron por alzarse con la supremacía, demuestra lo lejos que ha llegado desde entonces. La mayoría de los europeos viven ahora en paz, en libertad, en un estado de derecho y con una prosperidad relativa. El racismo manifiesto es ilegal, aunque las actitudes racistas no están ni mucho menos erradicadas. El derecho de las mujeres a la igualdad con los hombres se acepta en principio, aunque en la práctica a menudo se incumple. Los homosexuales y las lesbianas ya no se enfrentan a la discriminación oficial, aunque los viejos prejuicios tardan en desaparecer. Independientemente de las reservas, estos y otros cambios culturales suponen un avance importante.

Santos Domínguez

 

26 enero 2026

Descenso a los infiernos. Europa en guerra

 


Ian Kershaw.
Descenso a los infiernos.
Europa 1914-1949.
Traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya.
Crítica. Barcelona, 2026.

“Durante el siglo XX, Europa hizo un viaje de ida y vuelta al infierno. El continente, que durante casi cien años después de que acabaran las guerras napoleónicas en 1815 se había jactado de constituir el culmen de la civilización, cayó entre 1914 y 1945 en la sima de la barbarie. Pero tras una era calamitosa de autodestrucción vinieron una estabilidad y una prosperidad inimaginables hasta entonces, aunque eso sí al elevado precio de una división política insalvable. A continuación, una Europa reunificada, obligada a hacer frente a las tremendas presiones internas causadas por la intensificación de la globalización y por los graves desafíos surgidos en su interior, experimentó unas tensiones internas cada vez mayores antes incluso de que la quiebra financiera de 2008 sumiera al continente en una nueva crisis, todavía sin resolver”, escribe el historiador británico Ian Kershaw (Lancashire, 1943) en ‘La era de autodestrucción de Europa’, la Introducción a su monumental ensayo Descenso a los infiernos, que publica Crítica con traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya.

Subtitulado Europa 1914-1949, Descenso a los infiernos es el primero de los dos volúmenes que Ian Kershaw dedicó a estudiar la historia contemporánea europea desde la Primera Guerra Mundial hasta nuestros días. 

“Es con diferencia -afirma en el prólogo- la obra más difícil que me he propuesto escribir. Cada uno de los libros que he escrito hasta la fecha ha sido en cierto modo un intento por mi parte de entender mejor un problema del pasado. En este caso, el pasado reciente comporta una multiplicidad de problemas extremadamente complejos. Pero al margen de cuáles fueran las dificultades, la tentación de intentar entender mejor las fuerzas que en el pasado reciente han contribuido a configurar el mundo actual ha sido irresistible.”

Espléndidamente ilustrado con dos cuadernillos centrales que recogen imágenes significativas del periodo estudiado, Descenso a los infiernos se publicó en su versión original en inglés en 2015, en el marco editorial de la serie Penguin History of Europe, cuyo formato evita las notas a pie de página y por tanto “impide incluir la referencia a las numerosísimas obras de erudición histórica indispensables -monografías, ediciones de documentos de la época, análisis estadísticos y estudios especializados sobre cada país en particular- en las que me he basado. La bibliografía refleja algunas de las deudas más importantes que he contraído con otros estudiosos.”

Reconocida esa deuda con el ingente material previo, recogido en la amplia bibliografía final, explica Kershaw que “la originalidad del libro, por tanto, podrá apreciarse únicamente en su estructura y su interpretación: en el modo en que se escribe la historia y en la naturaleza de la discusión que se oculta tras ella.”

Porque hay muchas maneras historiográficas e ideológicas de afrontar la historia de Europa en el siglo XX y la de Kershaw combina la organización cronológica con el criterio temático para dar un enfoque totalizador que aborda los acontecimientos y los factores múltiples (económicos, sociales, culturales, políticos e ideológicos) que provocaron “la casi autodestrucción de Europa durante la primera mitad del siglo, esto es, durante la época de las dos guerras mundiales. Analiza cómo las peligrosas fuerzas surgidas de la primera guerra mundial culminaron durante la segunda en abismos de inhumanidad y destrucción casi inimaginables. Esta catástrofe, junto con los niveles sin precedentes de genocidio de los que no cabe separar el conflicto, hace de la segunda guerra mundial el epicentro y el episodio determinante de la turbulenta historia de Europa a lo largo del siglo XX.”

Cuatro son los factores que según Kershaw provocaron las dos catástrofes bélicas del siglo XX: “la explosión del nacionalismo étnico-racista; las enconadas e irreconciliables exigencias de revisionismo territorial; la agudización de los conflictos de clase, a los que vino a dar un enfoque concreto la revolución bolchevique de Rusia; y una crisis prolongada del capitalismo (que muchos observadores pensaron que era terminal).”

Y así, la primera mitad del siglo XX estuvo atravesada por dos conflictos bélicos de dimensión mundial en los que confluyeron intereses de todo tipo que se analizan aquí a lo largo de diez capítulos que describen el panorama desolador de una Europa que pasa de estar al borde del abismo al gran desastre de la Primera Guerra Mundial y a una paz turbulenta, a una primera posguerra que baila sobre un volcán para acabar precipitándose en el infierno en la tierra que fue la Segunda Guerra Mundial al resurgir de las cenizas que da título al capítulo final, que analiza cómo Europa “empezó a poner los cimientos de una recuperación asombrosa: para que una nueva Europa surgiera de las cenizas de la anterior y retomara el camino de vuelta del infierno a la tierra.”

Ese capítulo cierra el primer volumen de una empresa monumental, dedicada a analizar las claves de “un siglo extraordinariamente convulso; de la era en la que Europa se vio envuelta en dos guerras mundiales que amenazaron los cimientos mismos de la civilización, como si tuviera una diabólica propensión a la autodestrucción.”

Completado con un minucioso índice analítico de temas y conceptos, personas y lugares, Descenso a los infiernos traza un completo panorama preliminar de Europa antes de la Gran Guerra, describe el desarrollo del conflicto y sus consecuencias políticas, económicas, culturales y sociales. Y tras ese panorama, la recuperación transitoria de los años veinte, la Gran Depresión, el autoritarismo fascista, la dictadura comunista y la crisis de las democracias y los valores liberales que desembocaron en “el demoledor colapso de la civilización que produjo la Segunda Guerra Mundial” son los ejes de un ensayo que prolonga su límite cronológico en 1950, porque “aunque las hostilidades acabaron oficialmente en Europa en mayo de ese año (continuaron hasta el mes de agosto contra Japón), el fatídico rumbo que siguieron los años 1945-1949 vino determinado de forma tan evidente por la guerra y las reacciones ante ella, que pensé que estaba justificado mirar un poco más allá del momento en que la paz volvió a instalarse oficialmente en el continente. En 1945 apenas eran perceptibles los contornos de la nueva Europa de posguerra; fueron haciéndose claramente visibles tan sólo de modo gradual. Por consiguiente, me pareció oportuno añadir un último capítulo que tratara del período inmediatamente posterior a la guerra, que no sólo fue testigo de una continuación de la violencia, sino que además configuró de forma indeleble la Europa dividida que emergería a partir de 1949. De modo que este primer volumen no acaba en 1945, sino en 1949.”


Santos Dominguez


  

23 enero 2026

Los nombres del mundo

 


Ewan Clayton.
Los nombres del mundo.
Una historia de la escritura.
Traducción de María Condor. 
Siruela. Biblioteca de Ensayo. Madrid, 2025.


Por lo que se refiere a la palabra escrita, nos encontramos en uno de esos momentos decisivos que se producen raras veces en la historia de la humanidad. Estamos presenciando la introducción de nuevos medios y herramientas de escritura. No ha sucedido más que dos veces en lo concerniente al alfabeto latino: una, en un proceso que duró varios siglos y en el que los rollos de papiro dejaron paso a los libros de vitela, en la Antigüedad tardía; y otra, cuando Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles y el cambio se difundió por toda Europa en una sola generación, a finales del siglo XV. Y ahora, el cambio significa que durante un breve periodo muchas de las convenciones que rodean a la palabra escrita se presentan fluidas; somos libres para imaginar de nuevo cómo será la relación que tendremos con la escritura y para configurar nuevas tecnologías. ¿Cómo se verán determinadas nuestras elecciones? ¿Cuánto sabemos del pasado de este medio? ¿Para qué nos sirve la escritura? ¿Qué herramientas de escritura necesitamos? Tal vez el primer paso para responder a estas preguntas sea averiguar algo del modo en que la escritura llegó a ser como es.

Con ese párrafo abre Ewan Clayton su magnífico ensayo Los nombres del mundo. Una historia de la escritura, que publica Siruela en su Biblioteca de Ensayo con traducción de María Condor. 

Calígrafo, monje, profesor de diseño tipográfico, Ewan Clayton propone en los doce capítulos de este volumen un recorrido por la evolución del alfabeto latino y de la escritura, por sus distintos soportes e instrumentos: desde el pincel de punta cuadrada hasta los programas de diseño de tipografía digital pasando por la pluma de caña o de ave; desde los rollos de papiro al papel y a la imprenta, a las máquinas de escribir y a los procesadores de texto pasando por las tablillas de cera o los manuscritos medievales en códices de pergamino. 

De los cimientos latinos y la comodidad del códice a las revoluciones en el arte y en la impresión, los sueños alternativos y el artefacto material, pasando por la importancia decisiva de la imprenta en la configuración del nuevo mundo renacentista o los cambios de la era industrial, Clayton reconstruye un proceso evolutivo de la escritura en el que la caligrafía se convierte en eje.

Se vertebra así un estudio que presenta las diversas etapas de la historia de la escritura como herramienta del conocimiento del mundo y del ser humano. Desde el trazo al diseño, desde el pulso artesanal del copista a los tipos móviles de Gutenberg y al diseño por ordenador, se aborda en estas páginas la importancia decisiva de la imprenta en el Renacimiento y en la Revolución Francesa, la creatividad tipográfica en los carteles publicitarios o en los periódicos. 

Porque, más allá de una mera historia de la escritura, este es un espléndido recorrido por la historia de la cultura y la literatura, por la evolución de la tecnología de la escritura y el diseño gráfico. Pero también una historia de las emociones y del pensamiento como formas de expresión y construcción del yo a través de un relato construido en torno a tres ejes de referencia: el desarrollo de la caligrafía y la tipografía, la evolución de la tecnología de la escritura y el contexto histórico, social y cultural del que forma parte.

Tres perspectivas que se van entecruzando en una cuidada edición ilustrada con abundantes imágenes explicativas para tejer un estudio panorámico, minucioso y documentado, pero ameno a la vez de la evolución de la escritura, que –señala Ewan Clayton en el último capítulo, El artefacto material- “es mucho más que una mera reproducción del habla. Algunos elementos de la letra –guión, colores, cambios de estilo, de la romana a la itálica o a la gótica- no guardan ninguna relación directa con el habla y, desde luego, hay muchas cosas que la escritura tiene que pasar por alto: entonación, velocidad, subidas y bajadas de volumen, la interacción del habla y la expresión facial, así como la alianza del habla con los gestos, en una interrelación de signos coreografiados que discurren entre el hablante y el oyente. La escritura no capta nada de esto. 
Pero la escritura hace algo que no hace el habla. Comunica por medio de diversos sentidos, color, forma, peso, textura. Tiene también una relación distinta con el tiempo. Puede dejar un sustrato que perdure un largo periodo, a menudo mucho más amplio que la vida del autor. Puede recorrer físicamente grandes distancias, puede configurarse colectivamente y “continuar” mucho más tiempo del que alguien es capaz de hablar sin pausa. Es posible volver a ella. Se le pueden integrar ilustraciones. Puede ordenar cosas visualmente, en formas tabulares, radiales o inclusivas, lo que es difícil de hacer en el lenguaje hablado; no existe ningún equivalente auditivo del sumario de un libro ni del índice analítico. La escritura participa en la manera en que entendemos nuestras relaciones y construimos y coordinamos nuestras instituciones, que inician su andadura precisamente en ese punto en el que las cosas devienen demasiado extensas (como en la fábrica del siglo XIX) o demasiado complejas (la enciclopedia) para que el habla funcione de manera eficaz.”

Santos Domínguez

21 enero 2026

Biblioteca Clásica Básica de la RAE

  






Miguel de Cervantes.
Don Quijote de la Mancha.
Edición de Francisco Rico.
Prólogo de Santiago Muñoz Machado.
Biblioteca Clásica Básica de la RAE.
Espasa. Barcelona, 2025.


Hace ahora quince años, en 2011, aparecieron los primeros títulos de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española (BCRAE), un proyecto que, preparado por Francisco Rico, que fue su director, reunirá en ciento once volúmenes la parte nuclear de la tradición literaria española e hispanoamericana hasta finales del siglo XIX. Una colección representativa de obras esenciales en ediciones que ofrecen -en palabras de sus responsables- “un texto crítico depurado, con los estudios y notas filológicamente más seguros y que mejor reflejan el estado actual de la investigación sobre los distintos temas.”
 
A ese catálogo imprescindible de clásicos entre el Cantar de Mio Cid y Los Pazos de Ulloa, todavía en curso de publicación pues se han publicado hasta ahora algo más de la mitad de las obras previstas, acaba de añadirse una nueva línea editorial, la Biblioteca Clásica Básica de la RAE, “la serie popular, que contempla la edición en rústica, a un precio más asequible, de los principales títulos de la BCRAE, desprovista de aquellos elementos que distraigan al lector o puedan interrumpir la lectura del texto sin más.”

Con el mismo rigor en la edición de los textos, este nuevo formato de bolsillo, será más asequible económicamente y prescindirá de algunas de las secciones de su hermana mayor, la Biblioteca Clásica: se eliminan los estudios preliminares, los epilogales y los anexos dedicados a cada obra, la bibliografía exhaustiva en torno a ella y las notas complementarias. En definitiva, se prescinde del amplio aparato crítico para ofrecer el texto precedido, de una breve introducción sobre el autor y la obra, con las ilustrativas notas a pie de página de la edición original en la Biblioteca Clásica.

Publicada por Espasa, como su colección mayor  de referencia, esta Biblioteca Clásica Básica se inaugura, como es natural, con el Quijote, en la edición canónica de Francisco Rico y en un formato muy legible y manejable.   

Abre el volumen una introducción en la que Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia, señala que “el Quijote ha mantenido, durante más de cuatro siglos, una presencia constante en el panorama editorial mundial, situándose entre las obras más leídas y traducidas de la historia. No ha transcurrido un solo año sin que se publicara una edición en español o en otras lenguas, lo que da cuenta de su vigencia universal. Esta posición privilegiada fue confirmada en mayo de 2002, cuando una encuesta organizada por el New York Times, en la que participaron cien escritores de más de cincuenta países, lo eligió como la mejor obra de ficción de todos los tiempos —«the world’s best work of fiction»—, situándolo muy por delante de autores como Proust, Shakespeare, Homero o Tolstói.”

Otros cinco volúmenes cervantinos (La Galatea, los Entremeses, las Novelas ejemplares, las Comedias y tragedias y el Viaje del Parnaso y poesías sueltas) completan la primera remesa de esta estupenda colección de clásicos de la lengua española.


Santos Domínguez 


19 enero 2026

Álvaro Cunqueiro. Sueño y leyenda


Antonio Rivero Taravillo.
Álvaro Cunqueiro.
Sueño y leyenda.
Renacimiento. Sevilla, 2025.

También Cunqueiro se arrima a sus historias, se adentra en ellas. Y en el viejo tapiz del mundo llegó a un desgarrón y, deshilachado, murió. Murió el hombre, no el soñar. Como él dijo en la conferencia que en 1976 pronunció en la UNED: «Muchas vidas llegan al final besando el polvo de la derrota, fracasadas, sólo se salva el sueño». Así la suya. Su obra, para cuya lectura este libro que acaba querría ser una modesta invitación, cada día que pasa está más viva. Es más: como se hacía eco Borges de lo que se decía de Gardel, mutatis mutandis, Cunqueiro «cada día escribe mejor».

Con ese párrafo cierra Antonio Rivero Taravillo Álvaro Cunqueiro, sueño y leyenda, su monumental biografía del autor gallego que publica Renacimiento.

Organizada en diecisiete capítulos cronológicos y rematada con un Epílogo recopilador y conclusivo, esta estupenda biografía -lamentablemente póstuma- es una meticulosa indagación en la vida y la obra de Cunqueiro, indisolublemente ligadas entre sí desde la juventud del autor, tal como se subraya desde el mismo título de sus capítulos, que suelen proponer guiños a los títulos de las obras cunqueirianas: Las mocedades de Álvaro, Fugas y cárceles, Como Fanto Fantini o de Merlín al Sochantre.

Porque, como explica Rivero Taravillo en su Introducción, “esa vida no tiene interés desligada de su obra literaria, que ilumina a aquella. Aquí se intenta vincular ambas, vida y obra” para destacar la importancia que en ella tiene “desde fecha muy temprana, lo fantástico, ese cristal con el que ilumina y tornasola la historia, la literatura, saberes ambos que pone al servicio de su imaginación.”

Y aunque Cela lo despreciaba como un “narrador a escala diocesana”, que “solo pudo tener una mínima prevalencia apoyado en su tiempo por la Secretaría General del Movimiento”, Rivero Taravillo reivindica su obra en estos términos:

Siendo Álvaro Cunqueiro un escritor tan grande (probablemente el mayor de su tierra galaica del siglo XX, ya se dijo, y acaso uno de los diez más importantes del conjunto de las Españas de ese periodo –ya se va viendo–), lo que corresponde a su personalidad, a sus vicisitudes, a la trastienda (o en su caso, rebotica) de su creación, es algo que incumbe a todo aquel que quiera conocer mejor, en España o fuera de ella, nuestras letras.

Y es que “aunque su nombre suele pasar desapercibido para la mayoría de lectores en español, es aquí donde su obra destaca aún más sobresalientemente si cabe, porque a los temas que aborda se suma un donaire que es potenciado por un idioma con timbres galaicos, rasgos perfectamente analizables desde el rigor de la filología y apreciables y apreciados simplemente por el gusto de los lectores. A él no le gustaba que se alabara su estilo, que veía como resultado natural y no búsqueda, pero lo cierto es que el español de Cunqueiro, con independencia del asunto que trate, tiene siempre algo superior, sabroso, digno de ser paladeado, y esto seguramente venga de la influencia del gallego en su español, lo mismo en el léxico que en la sintaxis y hasta la gramática: esas formas como «paréceme» que en otros se leerían como decimonónicas, añosas y de fruncido ceño, académicas de frac como de mantenedor de juegos florales (cosa que él fue a menudo), por magia de la literatura en él no sucede esto ni por asomo.”

Apoyada en una sólida investigación, en un riguroso trabajo de rastreo en hemerotecas de sus centenares de artículos, de variadas fuentes bibliográficas y documentales, en testimonios orales y escritos y en la lectura de la obra del biografiado, esta detallada biografía es una invitación indeclinable para volver a visitar el mundo deslumbrante de Álvaro Cunqueiro a través de la selección de textos que ilustran sus capítulos, a través de sus escenarios galaicos y mindonienses, sus temas, sus claroscuros, sus imposturas y falsedades autobiográficas y su fondo conflictivo. Porque -señala Rivero Taravillo, que nunca somete su mirada crítica a la admiración por Cunqueiro- “a la postre, se verá que Cunqueiro, como todo gran creador, como todo genio, fue una persona llena de conflictos. Sacrificó a la comodidad burguesa, al bienestar de unos hijos a los que dio carreras, a un estatus como persona respetada e invitada a todas partes, la obra, que es decir la fantasía, el sueño, el meollo de su existencia. Es duro decirlo así, pero Cunqueiro traicionó al gran escritor que llevaba dentro por las treinta monedas de plata de las cuantiosas colaboraciones, no siempre en prensa; por los oropeles que su figura otorgaba a otros, cuando él mismo era el oro que más relucía en la literatura de aquellos años. ¿Le habría convenido escribir menos artículos y ponerse a una obra más exigente y cuidada, aun a riesgo de pasar hambre? Seguramente, pero tenía obligaciones familiares. Con todo, mucho de lo mejor que escribió está precisamente en esos artículos, muchos de ellos próximos al cuento.”

Como sus admirables biografías de Cernuda y Cirlot, este ambicioso, esforzado y cumplido Álvaro Cunqueiro, sueño y leyenda quedará como un texto de referencia, no sólo en la bibliografía de Cunqueiro, sino como modelo ejemplar del género biográfico en español.  Así lo ve el propio autor:

Este libro se reconoce por intención, y ojalá que por los resultados obtenidos, en la familia de las llamadas «biografías anglosajonas». Sea esto lo que signifique para otros, aquí se emplea en el sentido de rigurosa, exhaustiva, apoyada en una gran documentación, atenta a los hechos y sin rehuir interpretaciones cuando es pertinente ni que ello empezca para cierta ligereza «latina», más atenta al elemento humano y, por qué no, a la amenidad.

Y, como dice la lápida de su tumba en Mondoñedo, de esta biografía, que es además una antología significativa de textos de Cunqueiro, también se podría decir que “Aquí yace alguien que, con su obra, hizo que Galicia durase mil primaveras más.”

Santos Domínguez 



16 enero 2026

El arte de correr


 Andrea Marcolongo.
El arte de correr.
De Maratón a Atenas, con alas en los pies.
Traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya.
Taurus. Barcelona, 2025.

“A lo largo de mis treinta y cuatro años ha habido dos cosas que me han traído al mundo, aparte de mi madre. Dos cosas que no solo me han cambiado la vida, como se suele decir, sino que más bien me han hecho entender la vida y, por lo tanto, en definitiva, vivirla. 
La primera ha sido el griego antiguo, conocido en los pupitres del liceo clásico cuando tenía catorce años. La segunda ha sido correr, actividad con la que me crucé a orillas del Sena en las postrimerías de un verano, hace ya tres años. 
De ese segundo descubrimiento -o, mejor dicho, de esa segunda epifanía- es de lo que pretendo hablar en este libro”, escribe Andrea Marcolongo en El arte de correr, que publica Taurus con traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya.

Subtitulado De Maratón a Atenas, con alas en los pies, El arte de correr es una reflexión sobre el esfuerzo, a veces doloroso, de la carrera continua, sobre la extraña necesidad de correr y sudar y sobre los antecedentes de esa actividad física en la Grecia clásica.

Apoyada en su experiencia reciente de corredora aficionada que no había hecho nunca deporte, en su determinación de correr los casi 42 kilómetros de la primera maratón que inauguró hace más de dos mil quinientos años, el 12 de septiembre del 490 a. C., el soldado Filípides cuando fue corriendo desde Maratón a Atenas para anunciar la victoria sobre los persas -«Νενικήκαμεν» (¡Hemos vencido!)- antes de caer muerto por el esfuerzo, y en De arte gymnastica, el primer tratado deportivo de la historia, escrito por el filósofo Filóstrato de Atenas en el siglo III d. C., Andrea Marcolongo explora y asume las lecciones de los clásicos en relación con la actividad física y su relación con el pensamiento y con la belleza. De hecho, Σοφία -«sabiduría»- es la primera palabra del tratado de Filóstrato, que defiende en sus primeras líneas que “la gimnástica es un saber no inferior a los otros.”

Cuando siete siglos después de la batalla de Maratón, Filóstrato buscaba una explicación a la decadencia de los griegos, como señala Andrea Marcolongo, “no abrigaba duda alguna: el principio del fin había que localizarlo en la flojera de los músculos de los griegos que eran contemporáneos suyos, espejo perfecto de sus pensamientos fútiles y fofos. Los grandes resultados deportivos de los atletas helénicos en las Olimpiadas eran ya un lejano recuerdo que había que contemplar en las estatuas de mármol deterioradas que reproducían a los vencedores y en los poemas olvidados que cantaban sus gestas. Si bien, como dice el filósofo, «los leones de hoy no son en nada inferiores a los de antes, y lo mismo podría decirse de los perros, los caballos y los toros; en el reino vegetal, las viñas de hoy crecen igual que las de antaño, como también los frutos de la higuera; nada ha cambiado con respecto al oro, la plata y las piedras preciosas; sino que, al contrario, siguiendo los dictámenes de la naturaleza, todas estas cosas son iguales ahora que antaño», es evidente que el carácter de los hombres, que biológicamente siguen siendo idénticos a los de antaño, de repente se ha vuelto muelle debido a la pereza y a la falta de ejercicio: «Aquellas cualidades que brinda la naturaleza han sido deformadas […] a causa de entrenamientos inadecuados y de prácticas poco apropiadas».”

El núcleo de sentido del tratado de Filóstrato “era comprender ante todo qué es el deporte y, por lo tanto, de qué hablamos cuando nos referimos a la actividad física”, explica Marcolongo, que resume así su propio proyecto vital e intelectual en torno al arte de correr entendido no sólo como ejercicio físico sino también como ejercicio intelectual, porque “el entrenamiento no se describe como un camino hacia el éxito, sino como una práctica de resistencia, de repetición, de formación interior. La armonía entre cuerpo y pensamiento no es una metáfora: es una necesidad vital.”

Desde que intuí que detrás de la carrera a pie había mucho más que una cara enrojecida y unas agujetas generalizadas, entender qué es verdaderamente la actividad deportiva me resultó más necesario que nunca. De hecho, enseguida comprendí que el bienestar que sentía después de entrenarme -y algunas pocas veces mientras me entrenaba, si encontraba el valor necesario para guardar las distancias entre la cama y yo- no podía circunscribirse solo a los músculos y su movimiento mecánico. Lo que estaba en movimiento era todo mi ser, físico, mental, emotivo, espiritual, que imploraba que me moviera para estar bien más allá del simple aspecto saludable del asunto. 
Ha sido para arrojar luz sobre todo esto por lo que he hecho del Gimnástico de Filóstrato la principal referencia teórica del presente libro. Las piernas, en cambio, las he puesto yo sola.

Y así se preparó la intrépida autora para correr en solitario, como en 1983 había hecho Murakami (De qué hablo cuando hablo de correr), los 41,8 kms. de distancia entre Maratón y la Acrópolis, porque “los años que he pasado peleándome con la lengua griega para intentar «pensar como pensaban los griegos» me han empujado a cambiar de estrategia; tras estar años sentada ante mi mesa de trabajo rodeada de libros y manuales de gramática, tengo la sensación de que ha llegado para mí el momento de levantarme e intentar «correr como corrían los griegos».”

“En pocas palabras, después de pasarme toda una vida atormentándome para entender qué es el tiempo, correr me ha liberado de esa obsesión, trágicamente proustiana y acto seguido, sin escapatoria posible, me ha impuesto otra: comprender qué hay dentro del tiempo.”

Dejo para terminar esta reflexión en la que nos reconoceremos muchos de quienes, como Murakami en Hawái, como  Marcolongo en París, salimos a correr cada mañana, bajo el sol o la lluvia, con frío o con calor:

A veces me pregunto si todo este andar corriendo de aquí para allá no es más que un intento desesperado de ir más deprisa que el dolor. De una cosa estoy bien segura: todos los corredores que por las mañanas nos obstinamos perversamente en atarnos los cordones de las zapatillas de deporte somos unos grandes masoquistas.





  Santos Domínguez 





14 enero 2026

El mundo según Camba

 

Julio Camba.
El mundo según Camba.
Diccionario literario y sentimental.
Prólogo de Andrés Amorós.
Edición de Javier Jiménez.
Fórcola. Madrid, 2025.

“El espíritu de la civilización es esto, este espíritu de sociabilización, de colectividad, del que no tenemos nada en España. Si los franceses no tienen personalidad, es porque la civilización la ha suprimido. Lo más personal del mundo es el salvaje y, después, el español. La civilización no hace individuos, sino pueblos. Pero yo no he averiguado todavía qué cosa es mejor: si ser un estúpido y vivir en una gran ciudad como París, o tener mucha personalidad en Madrid”, escribió Julio Camba en “La insignificancia personal y la significación colectiva”, un artículo incluido en el volumen París.

Esas líneas las recoge (s.v. CIVILIZACIÓN) Javier Jiménez en su edición de El mundo según Camba, un espléndido Diccionario literario y sentimental que resume el universo de Camba.

Lo publica Fórcola con un prólogo en el que Andrés Amorós señala que “el diccionario, puede servir de excelente introducción, para que el lector descubra a ese escritor; o, si ya lo conoce, puede ser un buen recordatorio, para que se deleite, volviendo a recorrer su itinerario espiritual.”

Dos virtualidades que cumple con brillantez esta recopilación de fragmentos extraídos de los artículos de Camba, un autor que, como destaca el editor en la dedicatoria, “siempre procuró atenerse a un solo principio: no aburrir nunca a sus lectores.”

Y en efecto, los lectores que ingresen por primera vez en el mundo cambiano para descubrirlo o quienes hayan frecuentado sus textos y vuelvan a visitarlos en esta recopilación entrarán en el ámbito diverso y divertido, lúcido y agudo de uno de los mejores articulistas del siglo XX español.

No se trata de una nueva recopilación de textos de Camba como la reciente Se prohíbe hablar con el conductor, que apareció en esta misma editorial, sino de un diccionario de autor elaborado a partir de una lectura selectiva que propone “una ordenación de-construida de la personal visión del mundo que Camba reflejó en sus artículos.”

Como en FEMINISMO:

Acaso el verdadero feminismo consista en esto: no en la relación de la mujer con el hombre, sino en la relación de unas mujeres con otras. Para las mujeres será siempre fácil convencernos de su bondad, de su inteligencia, de su discreción, etc.; pero y a ellas, ¿quién las convencerá? ¿Quién convencerá nunca a una mujer de que las demás valen algo? (“Sobre el feminismo”) 

Un diccionario ilustrado de autor que es otra manera de hacer una antología representativa del mundo de Camba, de su enorme variedad temática y de su mirada irónica, distante y humorística. Con esa mirada personalísima, con una prosa que une la agilidad y la precisión del periodismo a una alta calidad estilística, está plenamente representado en estos fragmentos el que quizá sea el mejor Camba, un Camba dueño de un mundo propio en el que caben la seriedad y el humor, el campo y la ciudad, el pasado y el presente.

Un Camba que escribe sobre asuntos como el aburrimiento y el amor, los barberos y las bibliotecas, la gastronomía y la religión, la política y las modas, el clima y la muerte, la ciudades y las costumbres, el dinero y la enfermedad, la literatura y los vegetarianos, los países y los paisajes, el humor y la historia, la nieve y los madrileños, el ocio y la pereza, Inglaterra y Galicia, el turismo o Baroja, del que escribió en Caricaturas y retratos

Yo no le he admirado nunca por sus cualidades, sino por sus defectos. No le he admirado, a pesar de sus incongruencias, sino por sus incongruencias, ni a pesar de sus faltas gramaticales, sino por sus faltas gramaticales, ni a pesar de sus ideas absurdas, sino por sus ideas absurdas. Y el día en que Baroja escriba un libro razonable, con ideas sensatas, con buena gramática y con un plan lógico, no seré yo quien se gaste tres cincuenta en adquirirlo.

 “Es el propio Camba quien habla en cada vocablo -explica el editor Javier Jiménez en la Nota inicial-. Salvo en una sola ocasión, no reproducimos artículos completos. El editor, con paciencia y tesón, ha coleccionado aquellos vocablos -expurgados de sus artículos- que, en su opinión, reflejan mejor la singular personalidad del periodista y dan cuenta de su peculiar visión de las cosas del mundo.”

Dejo para terminar dos muestras, de diferente tonalidad y enfoque, extraídas de entre las decenas de entradas de este peculiar Diccionario literario y sentimental que contiene en casi cuatrocientas páginas el ancho mundo de Julio Camba:

 CAFÉ: No creo que se haya hecho en el mundo ninguna invención más contradictoria que la del café sin cafeína […] No hay que confeccionar el café, que es una bebida excitante, eliminando de él todos los elementos que puedan excitarnos. No hay que preparar el vicio con los elementos de la virtud. Antes la honestidad estaba muchas veces corrompida. Ahora está corrompido hasta el vicio. No hay pureza, no hay honestidad ni en el vicio siquiera. También el vicio tiene sus hipócritas y sus simuladores. ¿A dónde iremos a parar? (“El café sin cafeína”).

FILISTEOS: Tienen todas las ideas y no poseen una sola; defienden todas las teorías y no admiten ninguna; escriben hoy con la tinta roja de los revolucionarios y emborronan mañana sus cuartillas con la tinta negra de los neos. El cerebro entorpece sus planes y lo ocultan como un trasto inútil; detrás del estómago. Para ellos no hay más que un ideal supremo y una suprema verdad: el cocido. Son los fariseos de la pluma; los mercaderes del pensamiento; los Judas de la inteligencia. Son menos todavía. Son los eunucos del serrallo de las ideas, castrados cerebralmente por el amo implacable. Aunque pretendieran pensar por cuenta propia, no podrían hacerlo; carecen de potencia generatriz sus ganglios entumecidos, y en sus corazones ni palpita el amor ni se estremece el odio. A veces triunfan. Con sus bajezas, con sus rastrerías, con sus servilismos, consiguen levantar el nombre del montón anónimo, y el público les sonríe. Pero su triunfo es pasajero, como todos los triunfos que se obtienen siguiendo corriente abajo el gusto vulgar y las pasiones reinantes. Mueren sin haber creado una sola idea, sin haber matizado siquiera un solo pensamiento. Mueren, y de su vida no queda nada absolutamente en el mundo. Un suelto de dos renglones forma todo su epitafio y constituye toda su memoria. (“¡Filisteos!”)

Una inmejorable manera de ingresar o de regresar al territorio literario de Julio Camba.

Santos Domínguez 


12 enero 2026

Postguerra. Una Historia de Europa desde 1945




 Tony Judt.
Postguerra. 
Una Historia de Europa desde 1945.
Traducción de Jesús Cuéllar, Victoria E. Gordo del Rey y Álvaro Marcos. 
Taurus. Barcelona, 2025.

“Todo lo que se ha escrito, tan solo en lengua inglesa, acerca del breve periodo de sesenta años de la historia de Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial (especialmente sobre este periodo más que ningún otro) resulta inabarcable.
  Nadie puede por tanto aspirar a escribir una historia del todo exhaustiva o definitiva de la Europa contemporánea. En mi caso, mi propia inadecuación para la tarea se ve agravada por la proximidad: nací poco después del final de la guerra y soy contemporáneo a la mayoría de los hechos descritos en este libro, por lo que recuerdo haber conocido, observado o incluso participado en gran parte de esta historia según se ha ido desarrollando. Si este hecho facilita o dificulta mi comprensión de la historia de la Europa de la postguerra es algo que desconozco. Lo que sí sé es que a veces puede complicar bastante la tarea de encontrar el desapasionado distanciamiento del historiador.
  Este libro no ambiciona tamaño objetivo de imparcialidad. Sin renunciar, espero, a la objetividad y la justicia, Postguerra presenta una interpretación claramente personal del pasado reciente europeo. Utilizando un término que inmerecidamente ha adquirido connotaciones negativas, se trata de un libro apasionado. Algunas de sus opiniones pueden resultar quizá controvertidas, otras sin duda equivocadas. Todas son falibles. Para bien y para mal, son mías, como también lo son los posibles errores que inevitablemente han de surgir en un trabajo de esta extensión y alcance. Pero si su número no es excesivo y al menos algunos de los juicios y conclusiones de este libro son perdurables, se debe en gran medida a los muchos expertos y amigos en quienes he confiado durante el proceso de su investigación y redacción”, escribe Tony Judt en el prólogo de Postguerra, que acaba de publicar Taurus en un monumental volumen de más de mil doscientas páginas, con traducción de Jesús Cuéllar, Victoria E. Gordo del Rey y Álvaro Marcos y con una sobrecubierta que resume en sus cuatro imágenes la pluralidad de temas y enfoques de un periodo histórico tan complejo como el de la postguerra en Europa.

Veinte años después de su edición original, Taurus recupera la obra maestra del historiador británico Tony Judt (Londres, 1948- Nueva York, 2010). Un libro que desde su aparición en 2005 ha ido creciendo en influencia y consolidándose como un referente de los estudios de Historia Contemporánea.

Con una admirable capacidad narrativa, unida al rigor documental sobre la que se cimenta, Postguerra es una reconstrucción de la reconstrucción europea tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial y la sombra alargada de los conflictos que han marcado su historia reciente: desde la Guerra Fría hasta los conflictos en los Balcanes, desde las dictaduras fascistas y comunistas en la Europa de postguerra al 1968 del Mayo francés y de la Primavera de Praga, desde el auge y caída del comunismo hasta las tensiones de los nacionalismos separatistas, desde la Revolución de los Claveles hasta la Perestroika.

Articulada en cuatro partes (Postguerra: 1945-1953, El malestar en la prosperidad: 1953-1971, Himno final: 1971-1989 y Después de la caída: 1989-2005) subdivididas en veinticuatro capítulos, Postguerra es un análisis riguroso de las consecuencias políticas, sociales y culturales de la Segunda Guerra Mundial en la configuración de la Europa contemporánea, desde el castigo a los perdedores hasta la matanza de Srebrenica, pasando por el Plan Marshall, los años de prosperidad económica y descontento social o la voluntad de construir un proyecto común europeo.

Un ejercicio difícil y arriesgado, porque el campo de trabajo y análisis, delimitado entre 1945 y 2005, llega hasta hechos muy próximos para los que quizá haya poca perspectiva y mucho material que desbrozar. Y Jundt aborda ese reto combinando la postura del historiador distante que maneja las estadísticas de muertos, refugiados o desaparecidos con la mirada del analista de la actualidad y con una admirable voluntad de abarcar todas las aristas de la realidad en los sesenta años que son objeto de su estudio.

Un abundante despliegue fotográfico ilustra los hechos más significativos de este período histórico delimitado gráficamente entre una primera imagen de 1945, en la que un niño camina junto a los cadáveres de cientos de antiguos internos del campo de concentración de Bergen-Belsen, tendidos al borde de una carretera comarcal, y otra de 2005 en la que el canciller alemán Gerhard Schröder pronuncia un discurso en el sesenta aniversario de la liberación de Auschwitz.

Y en medio, decenas de imágenes que resumen la amplia temática que afronta esta magnífica Postguerra: de la construcción del muro de Berlín en 1961 al desmantelamiento de los últimos restos del colonialismo o a la ocupación estudiantil de la Sorbona; de la socialdemocracia y el estado de bienestar a Sartre o a iconos cinematográficos como Brigitte Bardot o a los Beatles: del terrorismo de las Brigadas Rojas, la Baader-Meinhof o la ETA al desastre nuclear de Chernóbil o a la creciente inmigración de población islámica en Europa.

Porque -escribía Jundt en 2005- “desde la década de 1980, y especialmente desde la caída de la Unión Soviética y la ampliación de la UE, Europa se enfrenta a un futuro multicultural. Los refugiados, los trabajadores extranjeros, los habitantes de las antiguas colonias de Europa atraídos hacia la metrópoli por la perspectiva de los puestos de trabajo y la libertad y los emigrantes voluntarios e involuntarios procedentes de los Estados fracasados o represivos de las ampliadas márgenes de Europa, han convertido Londres, París, Amberes, Ámsterdam, Berlín, Milán y otra docena de lugares más en ciudades cosmopolitas, les guste o no.
Esta nueva presencia de los «otros» habitantes de Europa (por ejemplo, solo en la Unión Europea hoy constituida, el número de musulmanes probablemente alcanza hoy los quince millones, más otros ochenta millones que esperan su admisión en Bulgaria y Turquía) ha puesto de relieve no solo el presente malestar de Europa ante la perspectiva de una variedad aún mayor, sino también la facilidad con la que los «otros» muertos del pasado de Europa fueron borrados de su pensamiento. A raíz de 1989 ha resultado más claro que nunca hasta qué punto la estabilidad de la Europa de la postguerra descansaba en los logros de Yósef Stalin y Adolf Hitler. Ambos dictadores, con la ayuda de sus colaboradores durante la guerra, consiguieron arrasar por completo el mapa demográfico sobre el que entonces se cimentarían las bases de un continente nuevo y menos complicado.”

Abre el volumen un prólogo de 2023 a esta nueva edición. Un prólogo en el que  Timothy Garton Ash explica que “este libro ha pasado a formar parte de la propia historia que describe. Transcurridos casi veinte años desde su publicación original, Postguerra de Tony Judt sigue siendo la obra más leída, citada y admirada de cuantas abordan el periodo histórico que enmarca su título. Libro y época son ya inseparables.
Capaz de combinar el detalle minucioso con la audacia argumentativa, Postguerra constituye además una hazaña de síntesis e interpretación. No se limita, como hacen tantos manuales, a exponer en paralelo los aspectos políticos, económicos, sociales e intelectuales: los integra. Judt muestra un profundo respeto, propio de la tradición empírica británica, por la precisión fáctica y los matices, pero también otorga una atención rigurosa al poder de las ideas y a «la vida del espíritu». A ello hay que sumar su característica pasión moral, sazonada a su vez con los juicios agudos y punzantes que tan familiares resultarán a los lectores de sus artículos para The New York Review of Books, cabecera en la que, bajo la dirección del legendario Robert Silvers, Judt forjó su conversión de historiador académico especializado en intelectual público.”


Santos Domínguez 



09 enero 2026

Quevedo. Lo fugitivo permanece

 


Francisco de Quevedo.
Lo fugitivo permanece.
Antología poética.
Selección, introducción y notas 
de Rodrigo Cacho Casal.
Alianza Editorial. El libro de bolsillo. Madrid, 2025.


Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son las que ostentó murallas,
y tumba de sí propio el Aventino.

Yace, donde reinaba el Palatino;
y limadas del tiempo las medallas,
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades, que blasón latino.

Solo el Tíber quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya sepultura
la llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.

Del último verso de ese espléndido soneto de Quevedo, A Roma sepultada en sus ruinas, procede el título de la amplia antología de la poesía quevedesca que publica El libro de bolsillo de Alianza Editorial con selección, introducción y notas de Rodrigo Cacho Casal.

En ese oxímoron entre lo fugitivo y lo permanente vive siempre la poesía de Quevedo, un poeta mayor que se mueve siempre, como todo lo barroco, en el territorio del desgarramiento afectivo: entre lo ideal y lo material, entre lo escatológico y lo sublime, porque -como escribe Rodrigo Cacho en su Introducción- “la desbordante abundancia de la obra quevediana se mueve en un espacio fluido y ambiguo, y pese a la cantidad de estudios que se le han dedicado desde el siglo XIX, la crítica todavía no se ha puesto de acuerdo sobre aspectos centrales de su estética e ideología. Sus escritos y sus palabras parecen contradecirse a menudo, tejiendo paradojas.”

Seguramente es inútil buscar centro o margen en una obra tan compleja, tan contradictoria como todo el ejercicio estético del Barroco, que fue en literatura y en las artes plásticas el arte del contraste y del claroscuro (vida/muerte; belleza/monstruosidad; luz/sombra; fuego/hielo). Un arte dinámico que permuta constantemente el centro y el margen, la realidad y la fantasía, la vigilia y el sueño. 

Y precisamente esa condición dinámica y poliédrica de la escritura de Quevedo se refleja en la pluralidad temática y en la variedad de tonos y formas métricas que ofrece su extensa obra poética, que por cierto no reunió nunca en una edición en forma de libro. 

Paradójicamente, Quevedo, que había sido el primer editor de la poesía de Fray Luis de León o de Francisco de la Torre, murió sin publicar en un volumen la suya propia, pese a que al parecer la tenía no solo prevista, sino también reunida y organizada, al menos en parte, en El Parnaso español, que se publicó póstumo en 1648, tres años después de su muerte, al cuidado de José González de Salas.

Hasta entonces su obra poética había circulado en copias manuscritas y a veces en impresos no autorizados, lo que explica el complicado laberinto de variantes textuales en el que se tienen que internar quienes pretenden editar la poesía quevedesca.

Esta antología ofrece un extenso repertorio poético quevedesco, extraído del Parnaso español o de Las tres Musas últimas castellanas. Segunda cumbre del Parnaso, que editó en 1670 su sobrino Pedro de Aldrete, y clasificado, como en ese volumen que recopiló su poesía por primera vez, en función de la temática tratada y de la estrofa utilizada (Poemas encomiásticos, Poemas morales, Poemas fúnebres, Poemas amorosos, Letrillas, jácaras y bailes, Poemas burlescos, Sonetos pastoriles, Silvas y Poemas religiosos). 

“Este es, desde luego, mi Quevedo; tan personal y arbitrario como el de los otros editores que me han precedido en esta labor -afirma Rodrigo Cacho en la introducción de su estupenda antología-. Espero, no obstante, que pueda ser también el Quevedo de todos, y que estos versos despierten en los lectores las incontables emociones, iluminaciones y carcajadas que siempre me han regalado a lo largo de los años.”

Encabezada cada una de las secciones por una breve y esclarecedora introducción que resume los rasgos temáticos y estilísticos de cada modalidad poética, se respeta así la misma distribución temática que el propio Quevedo había previsto en El Parnaso español: con seis musas (Clío, Polimnia, Melpómene, Erato, Terpsícore y Talía) que se corresponden respectivamente con los seis primeros bloques temáticos. A esas seis musas se agregaron  otras tres (Euterpe, Calíope y Urania) en la edición de Aldrete.

A esos textos se les añade en esta antología, minuciosa y sabiamente anotada, un apéndice que recoge un conjunto de sonetos satíricos y burlescos no incluidos en El Parnaso español. Textos que completan una selección muy representativa de la pluralidad de temas y registros de la poesía de Quevedo, que como decía Borges “es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura.” 

Está aquí el poeta que, aunque desconoció el amor, llevó el petrarquismo a una de sus cimas y escribió alguno de los mejores sonetos amorosos de la poesía española, como Amor constante más allá de la muerte, pero a la vez ridiculizó mitos como el de Apolo y Dafne en otro memorable soneto (A Apolo siguiendo a Dafne) que comienza con este cuarteto, tan explosivo que hace prescindible y olvidable el resto del soneto:

Bermejazo platero de las cumbres
a cuya luz se espulga la canalla, 
la ninfa Dafne, que se afufa y calla,
si la quieres gozar, paga y no alumbres.

Ese mismo poeta burlón, ácido e inmisericorde que escribió alguna de las sátiras más crueles de la lírica en castellano es el grave poeta moral que avisa del paso del tiempo, el agudo ingenioso que dominó el idioma como pocos, el político crítico contra Olivares, el poeta en el que emergen las lecturas de la literatura clásica, de Séneca y el estoicismo cristiano de Justo Lipsio o de la tradición bíblica. 

El poeta capaz de escribir estos dos sonetos tan magistrales y tan diferentes en su tono y su mirada:

 ARREPENTIMIENTO Y LÁGRIMAS 
DEBIDAS AL ENGAÑO DE LA VIDA

Huye sin percibirse, lento, el día,
y la hora secreta y recatada
con silencio se acerca, y, despreciada, 
lleva tras sí la edad lozana mía.

La vida nueva, que en niñez ardía,
la juventud robusta y engañada, 
en el postrer invierno sepultada, 
yace entre negra sombra y nieve fría.

No sentí resbalar mudos los años
hoy los lloro pasados, y los veo
riendo de mis lágrimas y daños.

Mi penitencia deba a mi deseo, 
pues me deben la vida mis engaños,
Y espero el mal que paso, y no le creo.

TÚMULO 

Por no comer la carne sodomita
de estos malditos miembros luteranos,
se morirán de hambre los gusanos,
que aborrecen vianda tan maldita.

No hay que tratar de cruz y agua bendita:
eso se gaste en almas de cristianos.
Pasen sobre ella, brujos, los gitanos;
vengan coroza y trochos, risa y grita.

Estos los güesos son de aquella vieja
que dio a los hombres en la bolsa guerra,
y paz a los cabrones en el rabo.

Llámase, con perdón de toda oreja,
la madre Muñatones de la Sierra,
pintada a penca, combatida a nabo.

Y sobre todo, el poeta inimitable que llevó a la lengua española a una de sus alturas expresivas más portentosas en los ágiles octosílabos de sus letrillas y sus romances o en los solemnes endecasílabos de sus sonetos. 
 
“Poeta sobre todo -afirma Rodrigo Cacho-, así lo entienden también los escritores hispanos de los siglos XX y XXI. No hay un gran poeta en castellano que no haya leído a Quevedo y que no se haya visto influido por él de alguna manera.”


Santos Domínguez 


07 enero 2026

Benjamin Moser. El mundo del revés



 Benjamin Moser.
El mundo del revés.
Encuentros con los maestros neerlandeses.
Traducción de Albert Fuentes.
Anagrama. Barcelona, 2025.

Creado en 1654, en su último año de vida, El jilguero de Fabritius ha dado pie a un sinfín de obsesiones. Fue uno de los dos cuadros que Théophile Thoré-Bürger, redescubridor de Fabritius y también de Vermeer, siempre quiso tener a su lado. Thoré-Bürger murió en 1869 y cuando su colección se vendió en 1892, el catálogo de la subasta decía: «Esta preciosa ave cantó para él, pero todos conocemos la triste senda de la vida, todos sabemos que todo debe terminar». 



 El jilguero transmite una sensación fatídica, algo que lo asemeja a una ofrenda votiva y que tal vez guarde relación con la temprana muerte de su creador. En 2013, Donna Tartt publicó una novela, El jilguero, sobre un chico que roba el cuadro después de que su madre muera en un atentado terrorista cometido en un museo. Es posible que cualquier otro cuadro famoso hubiera servido para los propósitos narrativos de Tartt, pero lo cierto es que el que eligió para aludir a la mecánica del destino era siniestramente pertinente.
Es inevitable que cualquier descripción de este óleo se quede corta. Es un cuadro de pequeñas dimensiones y pincelada rápida. Muestra un pájaro pardo y amarillo, a tamaño natural más o menos, posado encima de su comedero. Nada en él debería convertirlo en una obra inolvidable, pero eso es precisamente lo que es. Y cuando ves El jilguero percibes de forma inmediata que te hallas en presencia de ese algo inefable que los griegos llamaban charisma, de cuya raíz proviene también la palabra «gracia». 
Es un atributo distinto de la belleza. Todos hemos conocido a personas bellas –un cabello precioso, rostros simétricos, cuerpos trabajados– que carecen de carisma. Quizá sean personas mezquinas, o estúpidas, quizá sean aburridas. Sea cual fuere el motivo, basta una breve conversación para hacer que todo interés decaiga. También hemos conocido a personas cuyo atractivo jamás se manifestará en una fotografía, pero que en la vida real son irresistibles.

Esos párrafos de Benjamin Moser forman parte de El mundo del revés, el espléndido acercamiento a la pintura holandesa que publica Anagrama con traducción de Albert Fuentes y con una magnífica portada inspirada en Los oficiales de la guardia de San Adrián, un cuadro de Frans Hals, que lo pintó en 1633.

Subtitulado Encuentros con los maestros neerlandeses y generosamente ilustrado con decenas de imágenes de alta calidad, El mundo del revés es una invitación a entrar con la mirada en la experiencia estética y en la percepción espiritual de la pintura holandesa a partir de sus cuadros más significativos: un mundo plástico inconfundible, de sutileza inquietante y oscuras simbologías misteriosas.

Todo había empezado cuando Benjamin Moser, recién instalado a sus veinticinco años en Holanda, se sintió como un extranjero que ingresaba en otro mundo estético y en otra dimensión moral. El estudio de los maestros pintores holandeses fue lo que le permitió recomponer ese mundo puesto del revés a través de las visitas de los grandes museos que acogían la pintura del Siglo de Oro holandés:

El descubrimiento de esas salas fue una de las revelaciones de mi vida. Tuvo un extraño efecto en mí. Descubrí que podía recorrerlas como quien visita una catedral o pasea por un bosque, y que saldría de ellas con la misma sensación que tenía después de una noche de sueño reparador o una larga carrera: más tranquilo, más feliz, más concentrado. También intuí que había algo en ellas que necesitaba saber. 
Desconocía de qué se trataba. En cambio, sí sabía que hay lugares que te alegra haber visitado, aunque nunca sientas la necesidad de volver a verlos. Sí sabía que hay personas a las que es agradable conocer, con las que puedes disfrutar de una noche agradable, y a las que luego, sin hacerse mala sangre, no sientes la necesidad de volver a ver. Y sabía que hay sitios y personas que te dejan marcado a fuego. Quieres saberlo todo de ellos. Hacen que te enamores. 
 Así me hacía sentir el arte neerlandés. Al principio, percibí el placer, la belleza, de ese arte. Sentí el efecto que tenía en mí. Me tranquilizaba, me emocionaba; por extraño que parezca, conseguía tranquilizarme y emocionarme, las dos cosas al mismo tiempo. Pero no sabía nada de lo que estaba viendo. Empecé a tomar apuntes porque quería conservar todas esas impresiones. Sabes que te hallas ante un gran tema de estudio cuando te plantea más preguntas que respuestas: cuando te das cuenta de que el tema se vuelve cada vez más amplio cuanto más aprendes sobre él; cuando, a medida que vas aprendiendo, empiezas a sentirte cada vez más ignorante. 
Al principio me avergonzaba de mi ignorancia. Me tenía por una persona con una formación intelectual razonablemente buena. Pero no tenía la menor idea de lo que estaba viendo. Mi trato con Rembrandt y Vermeer había sido superficial y periférico, y tal vez no habría profundizado mucho más en el tema si hubieran sido los únicos grandes artistas que había dado Holanda. Pero lo sorprendente del arte neerlandés es su abundancia. Cada vez que entraba en un museo, estaba seguro de que descubriría algo espectacular, creado por alguien de quien jamás había oído hablar.
Quise saber más. Me puse a leer. Fui a todas las exposiciones que pude. Poco a poco empecé a conocer esos artistas, y fue entonces cuando ocurrió algo. El proceso me recordaba a los dibujos de Scooby-Doo que veía de niño. En una casa encantada repleta de pasadizos secretos, el malhechor había recortado los ojos de una serie de retratos antiguos. La pandilla se internaba por esos pasadizos espeluznantes y los ojos de los cuadros empezaban a moverse. 
Leí más, vi más y, al hacerlo, los cuadros empezaron a cobrar vida.

Una vida que había sido fijada hace siglos en aquellos cuadros y que se revela en la mirada apasionada e inteligente de Moser en las páginas de este libro que resume una intensa experiencia estética a través de diecisiete pintores.

De la asombrosa oscuridad del tempestuoso Rembrandt, maestro de las sombras y las tinieblas espectrales, a la luz misteriosa de Vermeer y su perfección sobrenatural que deslumbró a Proust; de la potencia plástica del prodigioso Jan Lievens, que murió pobre y olvidado, al trueno dramático que mató al magistral y enigmático Fabritius en pleno centro de Delft; de la infinitud de la luz en las iglesias transparentes de Utrecht que pintó Pieter Saenredam a los corrales embarrados de Paulus Potter y su mundo del revés; desde los acogedores interiores en paz de los hogares burgueses de Pieter de Hooch hasta los árboles trágicos y las llanuras de Jacob van Ruisdael; desde la musa muda de Hendrick Avercamp y sus cuadros de diversiones invernales a la vitalidad de un Frans Hals en la encrucijada de su miseria extrema en el Haarlem fascinante que retrató (y autorretrató) con colores brillantes en los grupos heroicos de sus ciudadanos; desde los magníficos bodegones florales de Rachel Ruysch, que transformó la ciencia en arte, al redescubrimiento del oscuro Adriaen Coorte y la emoción mística de sus naturalezas muertas con granadas y mariposas, Benjamin Moser recorre las obras más significativas de los pintores holandeses del siglo XVII.

Resume así una experiencia artística transformadora, de la que participará el lector a lo largo de los estupendos capítulos en los que se proyecta su mirada sobre los maestros neerlandeses que protagonizaron uno de los momentos más altos de la historia de la pintura.

“Al escribir sobre arte -afirma Moser- estaba intentando acceder, por la vía del texto escrito, a una nueva cultura. Al final terminaría dedicando mucho más tiempo a Fabritius o Metsu que casi cualquier otra persona en los Países Bajos, donde esos pintores por lo general no eran más que un nombre en una calle.”

La mirada profunda, aguda y persistente de Moser indaga en la pintura holandesa más allá de la superficie para encontrar significados más transcendentes acerca de la esencia humana y vital del arte, el sentido existencial de la creatividad artística, el éxito y el fracaso, la relación entre el artista y la sociedad de su tiempo o la función transformadora que ejerce el arte sobre las personas. Quien entre en las páginas de este libro entrará también en ese otro mundo del revés y tendrá ocasión de comprobar la potencia transformadora de la pintura en su propia experiencia de lector y de espectador privilegiado de una pintura asombrosa.

El mundo del revés es, además y por si fuera poco lo dicho, uno de los libros mejor editados del año que acaba de terminar.


Santos Domínguez

 


05 enero 2026

Manuel López Azorín. Ni ya tengo otro oficio

  


Manuel López Azorín.
Ni ya tengo otro oficio.
Mahalta Ediciones. Madrid, 2025.


Aún sin conocerte 
te adiviné tan pura y delicada 
que te amé, de tal suerte 
que ya no espero nada 
que no sea la luz de tu mirada.

Con esa lira abre Manuel López Azorín Ni ya tengo otro oficio, su última entrega poética, que publica Mahalta Ediciones.

En sus liras sanjuanistas o luisistas, en sus silvas becquerianas o garcilasistas y en sus sonetos quevedescos fluye un mismo pulso emocional: el del poeta enamorado que encauza su sentimiento en la secuencia intemporal del verso clásico y en la armónica combinación de heptasílabos y endecasílabos que da a estos poemas una tonalidad contenida y cercana que remite siempre a sus referentes mejores:

Con palabras de ahora, 
partiendo de los clásicos, escribo. 
De su perfecta métrica cautivo 
soy, de sus aguas bebo.

Me acojo a su estructura tan precisa. 
a su ritmo, que es brisa, 
semejante a la música y al viento.

Al escribirla pienso, 
aun hablando en presente, 
que aquel lejano ayer no queda ausente.

*

Puedo dejar la rima, 
escribir versos blancos, no medidos,
hablar del tiempo en el que estoy y vivo,
y emplear sus palabras. 
Mas no quiero olvidar a Garcilaso, 
ni dejar apartados 
a San Juan de la Cruz, Fray Luis, Quevedo...
Olvidarlos no quiero. 
Quiero saber sus formas 
y, luego, hacer en mí mi propia norma.

*

Como lo hicieron tantos: 
Rubén, Gustavo, Juan Ramón, Machado…
 No matar a Salinas ni a Unamuno, 
no matar a ninguno,
porque beber el agua de las fuentes 
es caminar por siempre
-con toda la memoria- hacia adelante.

Y con esa guía poética, Manuel López Azorín expresa con intensidad, a lo largo de las seis partes en las que se estructura el libro, el temblor emocionado de la palabra enamorada (poco importa que de mujer real o inventada o de la misma poesía, a la metafórica manera juanramoniana: “Vino, primero, pura…” o “Yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y el mío, a la Poesía. Y nuestra relación es la de los apasionados.”)

Y con el latido verbal de lo verdadero, con el apasionado y primario hálito hernandiano siempre al fondo, como en este texto:

Deshójame en tu cuerpo  
con tus besos de viento en este otoño. 
Déjame rodearte con mis brazos 
de sauce ya desnudos, 
que todo mi ramaje es siempre tuyo
y ansío yo la savia 
para nutrirnos juntos de la vida.

Yo, que soy barro, quiero 
que tú, que eres la espuma, 
te confundas conmigo y me renazcas.

O en este otro, donde se funden las huellas de Miguel Hernández y del Antonio Machado que nos enseñó que todo amor es fantasía *:

De nada me sirvió 
pensar que te perdí, fuera o no cierto. 
Sí, me aferré a inventarte cada día 
y tanto te inventé 
que ya no sé si eres como eras 
o si mi afán de ti 
ha recreado un ser inexistente.

Entre el sueño y la niebla 
sigue abierta la herida 
y este dolor que hiere mi memoria.

——-
*
Todo amor es fantasía; 
él inventa el año, el día, 
la hora y su melodía; 
inventa el amante y, más, 
la amada. No prueba nada, 
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás.

(Antonio Machado. Otras canciones a Guiomar)


Santos Domínguez