03 abril 2026

Víctor Jiménez. Tiros al aire

 

Víctor Jiménez.
Tiros al aire.
Ilustraciones de José Mateos.
Prólogo de Lutgardo García Díaz.
Libros de la herida. Sevilla, 2026.


Le pego tiros al aire. 
Siempre habrá versos perdidos 
que, si estás cerca, te alcancen.

Como para ir calentando la voz y templando el tono, esa soleá de Víctor Jiménez sirve de pórtico y explica el título de su espléndido Tiros al aire, que publica la sevillana Libros de la herida en una elegante y delicada edición, ilustrada con doce aguadas sutiles de José Mateos y presentada desde su casapuerta con un prólogo luminoso en el que Lutgardo García Díaz, admirable poeta y buen conocedor del flamenco, subraya que “las soleares tienen un acabado especial, ya sirvan para la lectura o para el cante, concentran la sabiduría y la conservan en un cofre mágico. Nada puede añadirse y nada puede restarse porque en tres versos cabe todo. Tres versos que son como una trinidad donde las distintas personalidades del alma -la alegría, la pena o el amor- se expresan con una atmósfera de profundidad y de misterio.”

En esas palabras quedan reveladas las claves temáticas y tonales que Víctor Jiménez desarrolla en las cien soleares de este Tiros al aire un libro maduro y -cómo no- hondo. 

Es, me parece, la segunda vez que Víctor Jiménez publica un conjunto de soleares. La primera fue, en 2019, Con todas las de perder. Rescato de entonces, por plenamente vigentes, algunas de las palabras que escribí a propósito de aquel libro:

“Se suma con este libro Víctor Jiménez a una tradición neopopularista y sentenciosa que alcanza sus momentos más altos con los Proverbios y cantares de Antonio Machado o con el Cancionero apócrifo de su complementario Abel Martín, que asumieron como forma de expresión ese molde estrófico que había recogido de la tradición anónima Demófilo en el siglo XIX.
Se fundaba así una línea poética que seguiría dando brillantes ejemplos en Lorca, en Alberti o en Manuel Alcántara. 
A base de fundir el chispazo emocional y la hondura meditativa, Víctor Jiménez consigue crear con estas brevísimas piezas de veinticuatro sílabas un mundo poético propio articulado en seis secciones atravesadas por la infancia y la memoria, por el tiempo y el amor, por las pérdidas y las premoniciones.”

Pero volvamos ahora a estos recientes Tiros al aire, a la persistencia de su pólvora aromática y a su eco reciente: La luz a cuestas, Cantos de sirena, Reloj de arena, De sombra y sueño y De mi pulso y letra son las cinco partes en las que se organiza un conjunto poético reflexivo y sentencioso, atravesado por la experiencia del desengaño ante el paso del tiempo y las conflictivas relaciones humanas, por el amor y el deseo, la pérdida y el recuerdo:

No quiero verte, no quiero. 
No quiero volver a verte 
por no perder tu recuerdo.

Por la memoria de la infancia sin tiempo del verano, la cercanía siempre amenazante y paciente de la muerte:

La muerte sabe esperar, 
porque sabe, como nadie, 
que tú serás puntual.

***

No hay rival como la muerte. 
Puedes ganarle batallas, 
pero la guerra la pierdes.

O por la reflexión sobre la escritura poética propia o ajena:

No son míos los poemas. 
Yo sólo pongo la música. 
La vida pone la letra.

***

Aunque no los haya escrito,
siento míos los poemas 
que me van quitando el frío.

Un libro que en su brevedad contenida y en la intensidad exigente de sus versos completa la pericia poética y perfila la imagen personal de Víctor Jiménez, que, como señala Lutgardo García en el prólogo, “ha sabido escuchar el tono de voz del pueblo para darle la estructura de lo popular y concentrar en él toda su biografía poética.”

Santos Domínguez 


01 abril 2026

Pedro López Lara. El íntimo cuchillo

  


Pedro López Lara.
El íntimo cuchillo.
Antología poética.
Reino de Cordelia. Madrid, 2026.


En ma fin est mon commencement.

Forjado en duros años de cautiverio, ese era el lema que aparecía en el trono de María Estuardo. T. S. Eliot lo invirtió ("En mi principio está mi fin")  al comienzo de East Coker, el segundo de sus Cuatro cuartetos, y lo revirtió circularmente a su orden original en el final del poema, al que iremos luego.

Ahora que Pedro López Lara ha puesto fin a su escritura poética con su poesía reunida en Arcén (Renacimiento, 2025) y con la espléndida antología de título borgiano El íntimo cuchillo (Reino de Cordelia, 2026) es hora de revisar el sentido de esa frase que convoca a Heráclito y a la circularidad del tiempo que tanto alimentó la obra de Borges, a la desgraciada reina escocesa y a Eliot, a la teleología cristiana de la vida eterna y al tiempo cíclico que estudió ejemplarmente Mircea Eliade.

Porque una antología como esta o una poesía reunida como aquella no son en el fondo sino insistencias y revisiones que el autor ejerce en el principio y en el fin con esa mirada póstuma de quien da por cerrada su obra y la reordena con una perspectiva nueva: la de quien sabe el origen y la meta, el principio y el fin. Y sobre todo, el trayecto literario que ha llevado de uno a otro extremo.

La perspectiva de quien sabe también más que eso: que el camino desarrollado entre aquel principio y este fin no estaba prescrito y que el azar y la necesidad jugaron su partida secreta entre esos dos puntos que también pudieron haber sido otros.

No insistiré en las admirables virtudes literarias y humanas de la poesía de Pedro López Lara. Aunque cada relectura es una propuesta incitativa a nuevas lecturas y a nuevos asedios críticos, doy por cerrada mi interpretación de su obra con el artículo que publiqué sobre Arcén.

Me reafirmo en el deslumbramiento sostenido que me provoca esta poesía, sigo pensando que aquel  “después”, palabra final del texto final de su libro final,  todavía es un “ahora” que celebra la persistencia de la vida y de la palabra, del poeta y de la poesía. Porque “hoy es siempre todavía”, como nos enseñó el mismo Machado que escribió también “Se canta lo que se pierde.”

Y por eso, este Íntimo cuchillo, que hiere la garganta del lector tanto como su autor lo siente como una amenaza, es una invitación a releer la inagotable obra poética de Pedro López Lara.

No me parece una casualidad que sea precisamente Circuito el título de la primera sección del libro. A ella pertenece este texto, en el que vibra la voz potente de un poeta irrepetible:

Acciones, palabras y desgaste

Por sus acciones los conoceréis,
no por sus frutos,
que pueden ser tardíos o estar menoscabados
por la vecindad de algún fin.

En sus acciones y sus actos, menos perentorios,
es donde encontraréis los primeros indicios.

También en sus palabras, midiendo si son justas,
si están encariñadas con alguna verdad
o al menos ha dejado en ellas
sus huellas la verdad antes de irse, o de ser expulsada,
si mantienen compromiso, aunque no sea firme,
con quien las dice o ha dejado escritas.

Por sus acciones y palabras, y también
por el desgaste de sus ojos,
tanto mayor cuanto más hayan visto y comprendido,
arrasador si han amado.

Y para llegar al fin, vuelvo al principio. Como María Estuardo, como Eliot, que escribió para cerrar East Coker los versos de su parte V, que transcribo en la versión de José Emilio Pacheco. Naturalmente, Eliot los concibió pensando en sí mismo. Y así, pensando en sí mismo, podría y hasta debería leerlos Pedro López Lara. Yo los dejo aquí como una invitación a que así lo haga y como una manera de honrar su poesía antológica y su persona, tan admirables una como la otra. Y para que sepa que, también para él, en su fin está su principio:

Y he pasado veinte años. Veinte años en gran parte perdidos,
Los años de entreguerra
Tratando de aprender a usar las palabras y cada intento
Es un comienzo enteramente nuevo y es un tipo distinto de fracaso.
Porque uno sólo ha aprendido a dominar las palabras
Para decir lo que ya no tiene que decir
O de ese modo en que no está dispuesto ya a decirlo. 
Por eso cada intento
Es un nuevo comienzo, una incursión en lo inarticulado
Con un mísero equipo cada vez más roído
En el desorden general de la inexactitud del sentimiento,
Escuadras de la emoción sin disciplina.
Y lo que debe ser conquistado
Mediante fuerza y sumisión, ya ha sido descubierto
Una, dos, varias veces por hombres que uno no tiene esperanza
De emular —Pero no hay competencia—
Sólo existe la lucha por recobrar lo perdido
Y encontrado y perdido una vez y otra vez
Y ahora en condiciones que parecen adversas.
Pero quizá no hay ganancia ni pérdida:
Para nosotros sólo existe el intento. Lo demás no es asunto nuestro.
La casa es el lugar del que partimos.
A medida que envejecemos
El mundo se nos vuelve más extraño, más compleja
La ordenación de muertos y vivos.
No el intenso momento
Aislado sin antes ni después,
Sino la vida entera que arde a cada momento
Y no la vida entera de un solo hombre
Sino de viejas piedras indescifrables.
Hay un tiempo para el anochecer bajo la luz de las estrellas,
Un tiempo para el anochecer a la luz de la lámpara
(El anochecer con el álbum de fotos).
El amor se acerca más a sí mismo
Cuando dejan de importar el aquí y el ahora.
Los viejos deberían ser exploradores,
Aquí o allá, no importa dónde.
Debemos estar inmóviles y sin embargo movernos
Hacia otra intensidad,
En busca de una mayor unión, una comunión más profunda,
A través del frío oscuro y la vacía desolación,
El grito de la ola, el grito del viento, las grandes aguas
Del petrel y de la marsopa.
En mi fin está mi principio.


Santos Domínguez