18 marzo 2016

Pessoa. Ficciones del interludio

Fernando Pessoa.
Ficciones del interludio.
Prólogo y traducción de Manuel Moya.
El libro de bolsillo. Alianza Editorial. Madrid, 2016.

“Ficciones de interludio, cubriendo coloridamente el marasmo y la desidia de nuestra íntima incredulidad”, escribía Fernando Pessoa en el fragmento 98 del Libro del desasosiego. 

Y ese -Ficciones de interludio- era el título de un proyecto editorial frustrado en el que Pessoa quería reunir los textos dispersos que había ido publicando entre 1914 y 1935 en distintos periódicos y revistas. Una autoantología de textos que no se publicó en Portugal hasta 1998 y que aparece ahora en El libro de bolsillo de Alianza Editorial con traducción y prólogo de Manuel Moya.

Están aquí los poemas firmados por tres heterónimos: Álvaro de Campos, ingeniero y nihilista de vanguardia; Ricardo Reis, neopagano, esotérico y epicúreo, y su maestro Alberto Caeiro, el pastor poeta del Alentejo, además del ortónimo Fernando Pessoa -otro heterónimo en realidad-, que firma esta Autopsicografía, que apareció en la revista Presença, de Coimbra, en 1932:

El poeta es un fingidor
que finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que de verdad siente.

Y cuantos leen lo que escribe,
en el dolor leído sienten, 
no los dolores que tuvo,
sino el que ellos no tienen.

Y así va por los raíles,
por engañar la razón,
ese trencito de cuerda
que se llama corazón.

Lo disperso, lo fragmentario, lo múltiple forman parte esencial del proyecto literario y vital de Fernando Pessoa, que quiso ser no uno sino muchos, contradictorio y plural como el universo, arquitecto de una ficción poética en el límite de la sinceridad y la identidad que se sustanció en el drama em gente que escenificó su poesía.

Entre Impresión del crepúsculo, el primero que publicó, y Consejo, que apareció pocos días antes de su muerte, más de 180 poemas que constituyen lo que el editor define en su prólogo como “una antología firmada por el propio autor.” 

Una antología de su obra publicada en vida que desmiente el tópico de un Pessoa desconocido por sus contemporáneos, porque la cantidad de poemas dispersos que dejó en la prensa revela, como señala Manuel Moya, que “su figura gozó del respeto de sus coetáneos. Un respeto que no le faltó hasta su muerte, en 1935, como se advierte por el gran número de colaboraciones que le fueron publicadas en vida.”

Junto con textos poco conocidos figuran en Ficciones del interludio algunos de los poemas esenciales de Pessoa: Estanco, Ora marítima, El guardador de rebaños, Lisbon revisited o las Odas de Ricardo Reis.

Está reunida en este volumen la parte más significativa de la obra de uno de los grandes poetas del siglo XX, alguien que -escribe Manuel Moya al final de su prólogo-“más que un escritor es toda una literatura.”

Santos Domínguez


16 marzo 2016

Libro del desasosiego


Fernando Pessoa.
Libro del desasosiego.
Traducción y edición de Manuel Moya.
El Libro de Bolsillo. Alianza Editorial. Madrid, 2016.

Es uno de los clásicos imprescindibles que nos dejó el siglo XX. Y como todos los clásicos, es por definición inagotable. Treinta años después de que apareciera la primera versión española de Ángel Crespo, Alianza recupera en su colección de bolsillo la edición del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, que apareció hace cinco años en Baile del sol, preparada por Manuel Moya, que escribe en el prólogo:

"Pocos autores del siglo XX se han sentido tan visceralmente refractarios a los movimientos sociales como este lisboeta solitario y anónimo que, si bien trató en su juventud de tener su propio papel en el reparto social, acabó convirtiéndose en una sombra, desligado del afecto y apenas acompañado por la admiración de algunos pocos contemporáneos. Ni la violencia radical de Celine, ni los nihilismos de Beckett o Cioran, llegan más lejos en cuanto a desgarro y escepticismo que los de este casi invisible traductor de cartas comerciales, este paseante ensimismado, este contemplador convulso de un microcosmos hermoso y decadente como Lisboa. Los personajes que jalonan Libro del desasosiego, convictos de su vacío radical, afirmados en su anónima dignidad, conscientes de su desmesurada intrascendencia, habitan un mundo en descomposición, zozobrante, crepuscular, anclado en el vacío y en la desesperanza. Visto así, el libro es «un breviario del decadentismo», como lo definiera su traductor y crítico alemán Georg Rudolf Lind."

Escrito a lo largo de más de veinte años, con interrupciones, abandonos y replanteamientos, Fernando Pessoa firmó en 1913 su primera entrega en una revista y siguió trabajando en él hasta su muerte. Publicó fragmentos con su nombre, la consideró durante mucho tiempo obra ortónima, reflejo diarístico de su propia vida, y sólo al final la transfirió a Bernardo Soares, un alter ego más que un heterónimo, al que atribuyó estos textos autobiográficos y confesionales, fragmentarios y desorganizados. Soy yo, menos el raciocinio y la afectividad, escribía Pessoa en una carta de 1935.

Murió ese mismo año sin haberlos publicado y dejó ese desorden en las carpetas que contenían centenares de fragmentos que después de la primera edición de 1982 aún siguen planteando problemas de organización.

Entre la secuencia temática y la cronológica, quizá la esencia de estos textos sea su fragmentarismo, su carácter abierto, su desarrollo caleidoscópico y azaroso, la radical libertad de su escritura.

Esta cuidada edición es una buena ocasión de volver a la Lisboa de Pessoa / Soares y a su mundo visto por un personaje que es del tamaño de lo que veo y no del tamaño de mi estatura.

En el Prefacio del presentador del libro, Fernando Pessoa describe a Soares como un hombre de unos treinta años, delgado, más bien alto que bajo, encorvado exageradamente mientras permanecía sentado, pero no tanto cuando se hallaba de pie, vestido con un cierto desaliño no del todo desaliñado.

En su primera presentación, el personaje se describe como perteneciente a esa clase de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen.

Desde la oficina de Vasques y Cía, en la Rua dos Douradores, hasta el mar, cercano al Terreiro do Paço donde pasa tardes enteras a la orilla del Tajo, Soares vaga por las calles de la Baixa, por las plazuelas solitarias bajo la niebla o la lluvia en un ejercicio contemplativo de renuncia y distancia frente a la vida trivial simbolizada por el patrón Vasques.

Es la estética de la indiferencia y el desaliento que caracteriza a Soares, que la resume en esta frase: El mayor dominio de sí mismo es la indiferencia ante uno mismo.

Santos Domínguez

15 marzo 2016

Fernando Pessoa. La educación del estoico


Fernando Pessoa.
La educación del estoico.
(Único manuscrito del Barón de Teive)
Traducción de Manuel Moya.
Prólogo de Julio Moya.
La Isla de Siltolá. Colección Levante. Sevilla, 2016.

Siento cercano, porque yo mismo lo deseo cercano, el fin de mi vida. /.../ Estoy libre y decidido. Matarme; ahora me voy a matar. Pero quiero dejar, al menos, con la precisión que pueda hacerlo, una memoria intelectual de mi vida, un cuadro interior de lo que fui.

Así iniciaba Fernando Pessoa La educación del estoico (Único manuscrito del varón de Teive), que publica La Isla de Siltolá en su colección Levante, con traducción de Manuel Moya y prólogo de Julio Moya.

Entre los papeles que contenía el mítico baúl de Pessoa apareció un cuaderno de tapas negras que contenía esta memoria de un personaje que era el espejo de su desazón y su incapacidad para la vida. Es el monólogo de un suicida, la memoria de Álvaro Coelho de Athayde, decimocuarto Barón de Teive, el semiheterónimo que Pessoa inventó para hacer que se suicidara, para salvarse de sus propias tendencias suicidas. 

Un inadaptado que fue el espejo de su propio desasosiego y que surge a la vez que Bernardo Soares o el Álvaro de Campos nihilista de Tabaquería o de Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra. Un personaje al que Pessoa transferirá su propia desazón existencial, su relación conflictiva con la vida, el amor, el sexo o la muerte.

Como señala Julio Moya en su introducción, "la creación y existencia del Barón de Teive coincide con uno de los momentos de mayor intensidad y esplendor en la obra pessoana: 1928, que será uno de los periodos más significativos creativamente para Pessoa." 

En su orfandad reciente y traumática, que comparte con el Barón, Pessoa utilizó a este ser lúcido y solitario como un exorcismo para conjurar sus demonios personales y serenarse con la racionalidad autodestructiva del heterónimo que escribe estos apuntes con un tono parecido al de Bernardo Soares en el Libro del desasosiego, pero sin su capacidad irónica.

Y sin nostalgia, una actitud de la que carece el Barón de Teive: Nunca he sentido nostalgia, porque no he tenido de qué tenerla y siempre he sido racional en mis sentimientos. Como nada he hecho con mi vida, nada tengo que recordar con nostalgia (…) No hay época de mi vida que no recuerde con resquemor. En todas he sido lo mismo -el que perdió el juego o no mereció del todo la victoria.

Este es un texto paralelo al Libro del desasosiego, como indica Julio Moya en su prólogo, aunque las dos obras habitan espacios de ficción diferentes: el entorno urbano y humano de la Rua dos Douradores en Soares y el ámbito rural y solitario de la quinta a la que se ha retirado el Barón.

Pongo fin a una vida que me pareció que podría haber contenido todas las grandezas, y no la he visto más que contener la incapacidad de quererlas, escribe en su última jornada este suicida en ciernes, autor de unas páginas que no son mi confesión, sino mi definición. 

Definición y autorretrato que se configuran con párrafos como estos:

Tengo todas las condiciones para ser feliz, salvo la felicidad.

No he servido para nadie de ninguna de las dos maneras de disfrute -ni para el placer de lo real, ni para el placer de lo posible. 

Circunscribo a mí la tragedia que es mía. La sufro, pero la sufro cara a cara, sin metafísica ni sociología.

Si el vencido es quien muere y el vencedor quien mata, al confesarme vencido, me declaro vencedor.

En dos anexos se recogen los textos atribuidos al Barón o que hablan de él, y las Cartas de Marcos Alves, un cuento incompleto de 1913 en el que Pessoa, quince años antes, había anticipado algunos temas y actitudes que atribuye al Barón en La educación del estoico, "una obra singular y nada menor en la bibliografía pessoana," en palabras de Julio Moya. 

Santos Domínguez

14 marzo 2016

Pessoa por Llardent


Fernando Pessoa,
Poesía. 
Traducción, selección y notas 
de José Antonio Llardent.
Alianza Literaria. Madrid, 2016.

Editada por primera vez en 1983 en Alianza Tres, se reedita en la colección Alianza Literaria una espléndida selección de la obra ortónima y heterónima de Fernando Pessoa en la versión de José Antonio Llardent, uno de sus traductores más prestigiosos, junto con Ángel Crespo o Ángel Campos.

Fernando Pessoa, aquel extraño extranjero del que habló Robert Bréchon en un libro fundamental, encauzó en la poesía sus trastornos psíquicos y elaboró una obra plural y compleja a través de tres heterónimos –Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos- y el ortónimo Fernando Pessoa, que representan el drama em gente sobre el que se construye una de las obras poéticas más relevantes del panorama poético europeo del siglo XX.

Una obra que nace de la niebla interpuesta entre su yo y el mundo y que desde el 8 de marzo de 1914 se resuelve en el drama em gente que vertebra su obra a través de un diálogo constante entre los heterónimos que responde a la ambición abarcadora de Pessoa y a su voluntad de proyectar en ellos la expresión de un mundo plural y una visión multicéntrica, porque cada uno de los heterónimos expresa un concepto distinto de la vida y de la poesía. 

Así lo explicó Pessoa:

No sé quién soy, qué alma tengo.
Siento creencias que no tengo. Me arroban ansias que repudio. Mi perpetua atención sobre mí perpetuamente me denuncia traiciones del alma a un carácter que quizás no tenga, ni ella cree que tengo.
Me siento múltiple. Soy como un cuarto con innumerables espejos fantásticos que dislocan reflejos falsos, una única anterior realidad que no está en ninguno y está en todos.
Como el panteísta se siente árbol, y hasta su flor, yo me siento varios seres. Me siento vivir vidas ajenas.

Caeiro, poeta sin instrucción, pasó toda su vida en el campo. De él decía su discípulo Ricardo Reis que fue un objetivista absoluto, de intuición sobrehumana, “el primero que en veinte siglos de niebla nos dejó ver los contornos de los montes y la realidad directa de las piedras y las flores”, porque su poesía instintiva y vitalista surge y se desarrolla con la misma naturalidad que la vida y “sus poemas son lo que hubo en él de vida.” En El guardador de rebaños, uno de sus textos fundamentales, escribe Caeiro: 

No tengo ambiciones ni deseos.
Ser poeta no es una ambición mía, 
es mi manera de estar solo.

De Ricardo Reis, clásico en su pensamiento estoico y en su poesía equilibrada, escribió Pessoa que por la educación que recibió era latinista, y por la que se procuró a sí mismo, semihelenista. El epicureísmo triste de su pensamiento busca la calma –Más nos vale saber pasar silenciosamente / Y sin desasosiegos grandes- y su verso aspira a expresarse con el equilibrio de la serenidad:

aguardando la muerte 
Como el que la conoce.

De los poemas de Álvaro de Campos, ingeniero naval en paro formado en Glasgow, poeta futurista y complejo, decía Ricardo Reis que “son un derramarse de emoción. La idea sirve a la emoción, no la domina.” Campos es el autor de Tabacaria (Estanco), quizá el más memorable poema de Pessoa, y de la Oda triunfal, urbana y vanguardista, escrita en Londres en junio del 14: 

A la dolorosa luz de las grandes bombillas de la fábrica  
tengo fiebre y escribo.

Llevan su firma algunos de los mejores y más recordados poemas –Oda marítima, Lisbon Revisited, Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra, Callos a la manera de Oporto...- de Fernando Pessoa, el ortónimo en cuyos poemas conviven –en sus propias palabras- “la exaltación íntima del poeta y la despersonalización del dramaturgo.”

Ese ortónimo es el poeta que escribe esta exaltación insegura de lo opaco en Niebla:

Nadie conoce el alma que atesora 
E ignora lo que es bien y lo que es mal.

Poeta del vacío y de la nada, dijo de él Jorge de Sena. Es, tal vez, pese a su máscara ortónima, el más directo de todos los actores del drama heterónimo que desarrolla esta poesía imprescindible.

Santos Domínguez

11 marzo 2016

Cuando dijiste no, ¿querías decir nunca?


Fani  Papageorgiou. 
Cuando dijiste no, 
¿querías decir nunca? 
Edición bilingüe.
Traducción de Luis Ingelmo.
Prólogo de Agustín Fernández Mallo.
Bartleby Editores. Madrid, 2015.

Casi todo ocurre en el lenguaje, escribe Fani Papageorgiou en uno de los poemas de su libro Cuando dijiste no, ¿querías decir nunca?, que publica Bartleby en edición bilingüe con traducción de Luis Ingelmo y prólogo -La variable oculta- de Agustín Fernández Mallo, que equipara el hecho poético a la búsqueda de la anomalía, porque “toda buena poesía no busca cosas extrañas, sino lo que de extraño hay en las cosas.”

Una búsqueda de la extrañeza que es simultánea a la creación, como explicaron hace un siglo los formalistas rusos y como se ocupan de demostrar estos poemas escritos en inglés porque, aunque griega de nacimiento, la formación de Fani Papageorgiou, que vive en Londres desde hace años, se realiza en Estados Unidos.

Premiado en 2013 en Hong Kong, este es su primer libro de poesía y su tono engañosamente conversacional  se mueve por la vida entre la pérdida y el deseo, entre la tradición y la modernidad, entre la mirada metafórica a las cosas propia de la poesía y la frialdad distante del lenguaje científico, entre la historia y la literatura, entre lo doméstico y lo cósmico, en busca de espacios intermedios entre lo micro y lo macro, entre el ámbito del microscopio y el del telescopio. 

Así en este Materia oscura, uno de los poemas iniciales del libro:

En física se la llama oscura 
porque no irradia.

En Grecia puede ser nidos de cigüeñas en el campanario, 
musgo en las losas, 
un dolor lánguido en el cielo.

Con ese carácter plural y ambiguo de las palabras, otro de los rasgos que acompañan a la poesía desde su origen y le otorgan su potencia para transfigurar la realidad, en este libro conviven Ovidio y el Gran Gatsby, los emperadores asirios y la Fosa de las Marianas, los verbos modales y el virus de la gripe, la memoria de la infancia y Demócrito de Abdera, la escala de Beaufort y las instrucciones para hervir un huevo o para planchar una camisa, las costas del Índico y la Selva Negra. 

Y casi siempre, al fondo, la conciencia del tiempo, los espacios vacíos y la memoria de las pérdidas en versos que parecen construir un osario de preguntas sin respuesta, como en este texto titulado Aquí no se habla nunca de trivialidades. Nunca:

Cada uno de nosotros, un pequeño recuerdo 
un pingüino sobre un bloque de hielo
observando formas heladas que se alejan.

¿Qué es el silencio, pues,
sino la vida que se escucha a sí misma?
¿Y qué es el viento, qué es?

Los vivos y los muertos y el paso de los días y de los nombres,  porque en estos versos alusivos y elusivos, de aliento narrativo o de intensa brevedad, también está todo lo que sucede pero no permanece.

La vida, en suma.

Santos Domínguez

10 marzo 2016

Joan Margarit. La sombra del otro mar


Joan Margarit.
La sombra del otro mar.
Edición bilingüe.
Ilustraciones de Josep M. Subirachs.
Selección, versiones castellanas 
y prólogo de Joan Margarit.
Nørdicalibros. Madrid, 2016.

Cuesta entender la vida, no la muerte.
La muerte nunca encierra enigma alguno.

Con esos dos versos cierra Joan Margarit Paisaje de La Conca, uno de los dieciocho poemas que él mismo ha seleccionado y puesto en versión española en La sombra del otro mar, que publica Nórdica Libros en edición bilingüe y con ilustraciones de Josep Maria Subirachs, al que evoca en el prólogo como “el gran escultor y amigo que ahora añoro, el hombre que más fe tuvo en mí como poeta.”

A él le dedica Infierno, el poema que abre la antología:

Imagina una noche de verano
junto al mar, entre sábanas tendidas,
la luna traspasando barandas en el patio,
y sombras de alambradas en la piel
para escribir la música de un sueño.
Imagina las islas con olivos,
sus colinas de mármoles y muerte
donde Leonardo reina, condenado
por un matiz de rojo que jamás consiguió.

Suma de poesía y pintura, se conjugan en este volumen primorosamente editado la deslumbrante fuerza plástica de una obra pictórica de la que dejan estas páginas una amplia muestra y la palabra potente del poeta, que ha seleccionado para esta antología breve e intensa una muestra relevante de textos en los que se concentra la esencia de su mundo poético y vital.

La intensidad poética y emocional de estos dieciocho textos se sostiene sobre la fuerza de su evocación, sobre la memoria que ha destacado en sus ensayos sobre poesía como “el lugar donde he buscado mis poemas”, sobre la convicción de que “la poesía es una herramienta para gestionar el dolor y la felicidad y, sobre todo sus vertientes más domésticas, la tristeza y la alegría, una gestión de la que depende lo que se guarda de la vida pasada.”

El amor y la muerte, el tiempo y la memoria, la historia o la ciudad, que son los ejes fundamentales de la obra poética de Margarit, recorren estas páginas, que levantan las arquitecturas de la memoria con las que tituló otra antología.

Levantada sobre los sólidos cimientos de la memoria y elaborada con precisión constructiva, con exigencia verbal y hondura reflexiva, una poesía imprescindible y a menudo elegiaca, una forma de conocimiento y de consuelo frente a las devastaciones del tiempo, porque, como escribió en Casa de Misericordia, uno de sus poemas más descarnados,

No hay nada más. La poesía es hoy 
la última casa de misericordia 

Santos Domínguez


09 marzo 2016

Las relaciones peligrosas


Choderlos de Laclos.
Las relaciones peligrosas.
Ilustraciones de Alejandra Acosta.
Traducción de David M. Copé.
Sexto Piso Ilustrado. Madrid, 2016.

Con un título que responde mejor al original (Les Liaisions dangereuses) que el usual Las amistades peligrosas, Sexto Piso Ilustrado presenta una bellísima edición ilustrada por Alejandra Acosta de Las relaciones peligrosas, la novela epistolar que Choderlos de Laclos publicó en 1782.

Con una estupenda traducción de David M. Copé, esta nueva edición es una invitación a entrar en ese mundo de los salones aristocráticos de la Francia prerrevolucionaria. Un mundo en el que conviven el refinamiento y la depravación, la teatralización del deseo, la seducción y la crueldad, las mujeres sujeto y las mujeres objeto, la frivolidad y el libertinaje, la seducción y la venganza.

La complicidad y la rivalidad entre el vizconde de Valmont y la marquesa viuda de Merteuil, antiguos amantes, son el motor de estas cartas cómplices en las que el poder de la palabra, los juegos de sociedad y el afán de poder, los celos y las conquistas amorosas dibujan un panorama en el que conviven de forma turbadora lo delicado y lo sórdido, la frialdad de los asedios planeados y la hipocresía galante. 

El intercambio epistolar de los dos libertinos evidencia no sólo su competición depravada, sino el contraste entre el cinismo de los dos protagonistas frente a la inocencia de sus víctimas: dos jóvenes que son el foco de las conquistas de Valmont: Mme. de Tournel, de 22 años, que acaba en un convento, y Cecile de Volanges, de 15 años, que viene de otro convento.

Es el contraste entre la maquinación y el sentimiento, entre la apariencia y la realidad, entre los salones y los conventos. Y esas ambivalencias las refleja en sus espléndidas ilustraciones en claroscuro Alejandra Acosta con sus láminas sombrías que indagan en el mundo interior de los personajes a través de sus miradas inquietantes.

Unos personajes que en el texto y en las ilustraciones están rodeados del aura satánica de la provocación y el escándalo que presagia el Romanticismo.

Santos Domínguez

07 marzo 2016

Poe. Cuentos completos


Edgar Allan Poe.
Cuentos completos.
Varios traductores.
Introducción de
Thomas Ollive Mabbot.
Penguin Clásicos. Barcelona, 2016.

Es a la vez la raíz, el tronco, las ramas y los frutos del árbol de la narrativa contemporánea, que nace también en ese territorio fértil que se llama Edgar Allan Poe, sin el cual –como destacó Borges- no se puede concebir la literatura actual.

Escribió decisivamente poesía y relatos y como crítico elaboró una filosofía de la composición, una teoría del cuento y del efecto único en la poesía y el relato sobre la base de la intensidad y la brevedad. Abordó en sus textos temas científicos y horrores variados, el misterio policial y la aventura y en más de una ocasión practicó la parodia de los viejos modelos narrativos. Revitalizó la narración de terror en La caída de la casa Usher y la de aventuras en El escarabajo de oro, fundó el relato policiaco con La carta robada y Los crímenes de la rue Morgue y fue el primero que hizo que el horror se independizara de la escenografía y que la sensación de terror surgiera en el interior del personaje y se transfiriera luego al lector.

Construyó obras maestras imprescindibles y replanteó la creación literaria desde la premeditación y su capacidad para la creación de atmósferas y para bucear en los mecanismos mentales que generan el efecto del terror.

"El horror no proviene de Alemania, sino del alma", afirmaba Poe en una frase que resume gran parte de su literatura, en la que conviven la venganza y la culpa. Esa fue su aportación decisiva a la narrativa gótica: la idea de que el horror no es algo que venga de fuera ni se sustente en la escenografía, sino que vive en el interior del personaje, como ocurre en uno de los paradigmas de esa propuesta, El corazón delator, donde el horror y el remordimiento acaban devorando al asesino.De ahí la importancia del efecto de inmersión que suele buscar en sus relatos en primera persona, la eficacia de la perspectiva insuficiente del narrador-personaje y en el uso magistral del punto de vista narrativo.

De Poe, que quiso ser el primer narrador profesional de Norteamérica, arranca una nueva manera de entender el cuento; sus relatos fundan las modalidades narrativas detectivescas, fantásticas, de ciencia ficción o de terror; profeta del simbolismo, renovó las formas de relación del narrador con el lector, los métodos para plantear el ambiente o el trazado psicológico del personaje.

Entre sus relatos imprescindibles, las tres narraciones protagonizadas por Auguste Dupin, que son el origen del género policiaco, la raíz de la literatura analítica de detectives, tal como explicó tempranamente Conan Doyle.

Relatos como El barril de amontillado, El pozo y el péndulo, La caída de la casa Usher o Ligeia -el que prefería Poe- son referencias ineludibles en la construcción del canon del cuento contemporáneo. Quizá más que en América en Europa, donde las tempranas traducciones de Baudelaire lo convirtieron en un modelo para el simbolismo.

Poe ensayó una forma mixta de relato policial y de aventuras en El escarabajo de oro y contribuyó de forma decisiva a construir el relato de ciencia-ficción con una docena de cuentos que fijaban en la práctica las características de un género emergente en la época de Poe. En uno de ellos, Mellonta tauta, previó los rascacielos neoyorkinos.

Su Filosofía de la composición revela a un autor consciente de los mecanismos que maneja en su poesía y sus relatos. Un autor que huye de la improvisación y las teorías espontaneístas para supeditar la composición del texto al desenlace y al efecto único que debe producir en el lector. Controladas esas dos claves, calculado el efecto y previsto el desenlace, llega el momento de escribir. Y los demás elementos (personajes, conflicto, ambiente, punto de vista y voz narrativa) deben subordinarse a la creación de esa unidad de efecto.

Porque Poe unió la precisión matemática del diseño al efecto mágico de lo misterioso y combinó la brevedad y la intensidad en una literatura que es suma de técnica y precisión analítica, de las revelaciones opiáceas y los delirios alcohólicos que alimentaron su locura lúcida.

Su escritura despreció por igual la improvisación y el didactismo, la temática moralizadora y el descuido técnico. Sus textos teóricos y sus relatos siguen siendo hoy un referente modélico para los aprendices de escritores y para los narradores de oficio acreditado.

Pero Poe es, sobre todo, literatura en estado puro, una invitación al placer de la lectura. No hacen falta excusas para leerlo o releerlo, y menos aún si la invitación es tan irresistible como la de esta edición en Debolsillo, en la que cada uno de los setenta cuentos va precedido de un comentario introductorio.

Una edición presentada por un estupendo prólogo de Thomas Ollive Mabbot, seguramente el mejor especialista en la obra de Poe, y rematada con un epílogo plural que reproduce los prefacios que Poe escribió para Tales of the Folio Club y Tales of the Grotesque and Arabesque, además de dos estudios imprescindibles -Edgar A. Poe. Su vida y sus obras y Nuevas notas sobre Edgar A. Poe- de su primer traductor europeo, Charles Baudelaire.

Santos Domínguez

04 marzo 2016

Poema a tres voces de Minase


Sôgi. Shôhaku. Sôchô.
Poema a tres voces de Minase.
Renga.
Edición bilingüe.
Traducción y posfacio de
Ariel Stilerman.
Sexto Piso. Madrid, 2016.

A veintidós días del primer mes lunar del segundo año de la era Chôkyô, en 1488, tres poetas japoneses se reunieron en el santuario de Minase, cerca de Kioto, para hacer una ofrenda poética al antiguo emperador Go-Toba en el 250 aniversario de su muerte.

Acababa el invierno (La cima está aún nevada / la base de la montaña se cubre de niebla/al anochecer) y empezaba a despuntar la primavera en el paisaje: En el viento sobre el río / un grupo de sauces: / la primavera dejándose ver.

Con la técnica asociativa del renga, esos tres poetas –Sôgi, Shôhaku y Sôchô- fueron trenzando sus estrofas en el Poema a tres voces de Minase, que acaba de publicar en edición bilingüe Sexto Piso con traducción y posfacio de Ariel Stilerman.

Y así fueron enlazando en la composición sucesiva propia del renga cien estrofas para un homenaje que expresa -como indica el traductor- “la nostalgia por el esplendor perdido de la cultura aristocrática, de la que habían nacido las obras maestras de la literatura japonesa.”

Cien estrofas que evocan un mundo perdido y constituyen “la obra máxima de la poesía renga”, como señala Ariel Stilerman en el Posfacio en el que explica la técnica de enlace y progresión del renga.

La lluvia y el rocío, el transcurso de las estaciones del año, el viaje y la despedida, el lamento amoroso, la niebla o la nieve del paisaje como metáforas de los estados de ánimo o de la fugacidad de la vida son los temas que recorren estos poemas de tono delicado, de intensa brevedad que exige sutileza y concentración expresiva, sugerencias y elipsis en una mirada plástica y a la vez interior en la que lo que está fuera está también dentro del poeta y viceversa, cuando la soledad se aprende / del sonido del viento en los pìnos y el viento de otoño sabe al desamor / de una persona inconstante.

Santos Domínguez

02 marzo 2016

Juan Eduardo Zúñiga. Flores de plomo



Juan Eduardo Zúñiga.
Flores de plomo.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015.

Entre 1837 y 1916, entre dos detonaciones, dos suicidios y dos escritores, Larra y Felipe Trigo, transcurren las páginas relampagueantes y sombrías de Flores de plomo, de Juan Eduardo Zúñiga, un título que apareció en 1999 y que reedita ahora Galaxia Gutenberg.

Entre un fogonazo y otro todos son sombras y máscaras en esta novela que rememora el suicidio de Larra un lunes de carnaval. Una novela menos histórica que psicológica, porque lo que interesa en ella son los comportamientos que se repiten en situaciones personales parecidas y en contextos históricos semejantes para producir similares consecuencias.

Escrita en once viñetas breves y rápidas, más allá de su anécdota histórica es una reflexión sobre la condición humana y la vida en sociedad, sobre la simulación y las ambiciones, sobre el amor y la envidia con un marco histórico, el Madrid romántico y un país de sombras, que funciona como contrapunto de los problemas individuales, de la insatisfacción y del desengaño sentimental, político y existencial compartido por los dos escritores suicidas.

Y el olvido que se metaforiza en el título, porque “las pesadas coronas, los adornos de cinc y las flores de plomo, sin aroma alguno, sin brillo ni color, querrían ser testimonios de inalterable memoria, pero sus fríos metales, que la lluvia ajaría, anunciaban imparable olvido.”

Santos Domínguez

29 febrero 2016

Una relectura de Celan


Arnau Pons.
Celan, lector de Freud. 
Herder. Barcelona, 2016.

De una conferencia de Arnau Pons, poeta y traductor, en un ciclo sobre “El lenguaje ante lo insondable” surge el ensayo central de este Celan, lector de Freud  que publica Herder y en el que el autor aborda una lectura a contracorriente de la poesía de Paul Celan.

El filólogo Jean Bollack, una autoridad en la obra de Paul Celan, definió a Pons como “un maravilloso descifrador, atento y lúcido, de lo que el poeta ha escrito.” Y de esa perspicacia crítica deja cumplida muestra este libro al afrontar desde una nueva perspectiva la interpretación y el desciframiento de una poesía tan difícil como la de Celan.

Una poesía tan oscura que, como señala Pons, “se ha convertido en un lugar de confrontación entre diferentes corrientes hermenéuticas” y que plantea “la necesidad de abordar los poemas de Celan de modo diferente a lo habitual. Se trata de buscar la persona y entender su mensaje.”

Porque los de Celan son poemas esencialmente dialógicos en los que, señala Arnau Pons, se produce el desdoblamiento del sujeto poético en el yo del sujeto histórico y en el tú del sujeto lírico. La suma indisociable de esos dos elementos da lugar al nosotros en el que se funden lo analítico y lo poético. 

Por eso Celan concebía el poema como “un mensaje que se envía en una botella con la creencia -no siempre muy esperanzada, es cierto- de que en cualquier lugar y en cualquier momento pueda ser arrastrado hasta la orilla, tal vez la orilla del corazón.” 

“Hay que dejar –explica Arnau Pons- que los textos hablen por sí mismos, en lugar de proyectar en ellos las expectativas o las experiencias que uno tiene.” Y a esa concepción del poema responde la exigencia de un método hermenéutico que permita que el lector se deje ocupar por el poema, que debe invadir su corazón. 

Es la antítesis de la concepción habitual de la lectura que aborda el poema como un ámbito ocupable. Y a esa nueva luz se hace una relectura -una lectura a contracorriente- de cuatro textos de Celan: Francfort, septiembre; Torcida; ...Y tampoco ningún tipo, y Arroja el año solar. Cuatro textos con la huella del simbolismo psicoanalítico y con la herida del holocausto al fondo.

Al acometer una nueva interpretación y una relectura de la obra de Celan en el ámbito de otra lengua, inevitablemente se plantea una mirada a las traducciones. De hecho, además de hacer una evaluación muy crítica de la traducción de Reina Palazón, Pons propone una nueva traducción de cada uno de los cuatro poemas que analiza.  

Completa el volumen la reproducción del coloquio con los asistentes a la conferencia y el texto de una conversación de Arnau Pons con Jean Bollack sobre la manera de leer a Celan.

Santos Domínguez

26 febrero 2016

Javier Sánchez Menéndez. El libro de los indolentes


Javier Sánchez Menéndez.
El libro de los indolentes
(Sobre la poesía).
Prólogo de Jesús Moreno Sanz. 
Plaza y Valdés Editores. Madrid, 2016.

Presentada por un prólogo de Jesús Moreno Sanz, aparece en Plaza y Valdés Editores una nueva edición de El libro de los indolentes, de Javier Sánchez Menéndez.

Un volumen que incorpora a las dos anteriores ediciones -El encuentro en Camarinal y Saúl, el ángel negro- un tercer capítulo, El vuelo, que comienza así:

De los indolentes aprendí que la poesía no se pone por el este ni sale por el oeste, que la poesía se escribe en todos los países, que ella se aprende universalmente (...). De los indolentes comencé a valorar el verso libre, a justificar la ética por encima de la estética.

Sigue hablando en estos cuarenta y ocho fragmentos nuevos el farero distante que reflexiona sobre la vida y la poesía, sobre la vida en la poesía, sobre la poesía en la vida, sobre ética y estética en unos textos atómicos e intensos de prosa sincopada y fragmentaria que viven en un territorio donde coexisten la alucinación y la lucidez.

No se trata de una poética en sentido estricto, ni de una propuesta basada en una lógica poética, sino de tanteos asistemáticos en la sombra a través de estos apuntes que a veces se instalan en la calma serena de un claro del bosque y otras veces tienen la agitación desatada de las aguas bravas de la costa atlántica.

Se trata de un peculiar ejercicio ascético en el que importa menos lo racional que las intuiciones, de un juego -en el sentido más serio de la palabra- de espejos para indagar sobre la vida, sobre el otro, sobre sí mismo y sobre las máscaras proteicas que se suceden en esas páginas. 

Porque aquí el yo se difumina y se desdobla en muchos y el sueño y la vigilia desdibujan sus fronteras visibles en un viaje de búsqueda hacia lo hondo y hacia lo alto; un viaje en el que -como Dante a Virgilio en su bajada a los infiernos- el autor elige a sus guías: Platón y Claudio Rodríguez, María Zambrano y los presocráticos, Hölderlin y Rilke, Parra y Juan Ramón.

Y es en esa elección de compañeros de viaje donde se perfila una línea poética que construye su propio territorio –el de la poesía como forma de conocimiento- no desde el ensayo, sino desde la poesía misma sobre los cimientos frágiles de lo incomprensible, lo inefable y lo contradictorio:

Los indolentes me ayudaron a comprender el origen del mundo, los errores y los misterios de todo aquello que un hombre busca en los años de su más insensata rigidez.
(...)
En la administración de la justicia radica la esencia de los indolentes, de la justicia poética y de la ética y la estética humana. Ambas circunstancias se unen de la mano para conseguir la veracidad, que es el ejercicio de la contradicción y el caos. Sin ella no existiríamos, ni seríamos, ni habría poesía entre los seres humanos.

Entrar en este libro –y sobre todo salir de él- supone para el lector asumir que se asoma al abismo de las galerías de la conciencia, a un confuso laberinto de espejos como el que recorrió Machado cuando llegó al límite de la sinceridad.

Santos Domínguez

24 febrero 2016

De Orfeo a David Lynch


Fernando Broncano 
y David Hernández de la Fuente (eds.)
De Orfeo a David Lynch.
Escolar y Mayo. Madrid, 2015.

Del mito al logos, de lo mágico a lo simbólico y de la antigüedad clásica a la contemporaneidad en un proceso que abarca lo humanístico y lo tecnológico, la filosofía y la poesía, la música, la pintura o el cine.

Esos son algunos de los itinerarios que recorren los quince ensayos recogidos en el volumen De Orfeo a David Lynch que publican Escolar y Mayo Editores con la coordinación de Fernando Broncano y David Hernández de la Fuente.

Un volumen colectivo que reúne las ponencias de un curso celebrado en 2010 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid alrededor de la figura de Orfeo, “un héroe mítico –explican los editores en su Introducción- muy particular, quizá el más extraño de la antigua mitología griega, entre músico enamorado y mágico cantor, muy conocido por el amor a su mujer Eurídice, por la que cruzó la frontera del mundo de los muertos. (…) Pero, además, su figura es tal vez la que más ha inspirado a la posteridad como símbolo del creador y de su anhelo por perdurar en el amor y en la música (…) y ciertamente, triunfar de la muerte.”

Orfeo es el padre de la música y el fundador mítico de la poesía lírica, el que bajó a los infiernos y regresó frustrado de donde nadie vuelve, del mundo de los muertos, el artista que se cruza con la muerte y por un momento triunfa sobre ella y sobre el olvido.

Una figura que inspiró los cultos órficos y que recorre la historia del arte y de la cultura con la magia de su música y con su conflictiva relación con el amor y la muerte. Junto con Prometeo al que le vincula una semejante potencia trasgresora y una común y dolorosa conciencia de los límites, Orfeo es el más vivo de los mitos clásicos: tiene una presencia constante la cultura occidental y su presencia forma una parte esencial del imaginario artístico y amoroso de la historia del arte y la literatura.

Entre la poética, la mitología y la filosofía, Orfeo representa el poder de la armonía de la música y de la creatividad de la poesía para ordenar el mundo frente al caos. 

De la poesía de Ovidio a la ópera inaugural de Claudio Monteverdi, de los sonetos de Rilke al cine de Cocteau pasando por Víctor Hugo o la iconografía cristiana, autores como Carlos García Gual,  Fernando R. de la Flor, Pilar Pedraza o Alberto Ávila Salazar exploran, entre el ensayo y la ficción, la presencia de Orfeo -"el viudo en el laberinto” lo llama Pilar Pedraza en el rastreo minucioso de su huella- en la poesía española de los Siglos de oro, en la pintura, la escultura, el teatro, la música o el cine.

"El arte es el poder por el cual la noche se abre,” titula Hugo Castignani su análisis del mito de Orfeo el oscuro en Mauricio Blanchot antes de que cierre el libro un espléndido epílogo narrativo ("Damnatio ad Bestias") en el que Alberto Ávila Salazar evoca a través de Werner Herzog y David Lynch la presencia del orfismo en su cine. 

Un mito órfico que nos descubre que el infierno no es más que el pasado irreversible en el que Orfeo estuvo con Eurídice. Lo resumen con brillantez estas palabras de Fernando Broncano y David Hernández de la Fuente: “El infierno no es sino lo que fuimos. Lo sabe Orfeo.”

Santos Domínguez

23 febrero 2016

Diario de una vida breve


Juan Manuel Silvela Sangro.
Diario de una vida breve.
Prólogo de José Muñoz Millanes.
Epílogo de Julián Marías.
Pre-Textos. Valencia, 2015.


¿Para qué estábamos todos ahí? ¿Para qué estábamos todos alrededor de algo? ¿Alrededor de una casa, de un coche, de un símbolo? ¿Para qué estábamos todos absurdamente distribuidos en esta fría mañana de otoño? ¿Para qué estaban los ministros, los académicos, los catedráticos, los estudiantes y los simples transeúntes? ¿Para qué tantas flores, tan inmensas coronas de dalias, tantos crisantemos, tanta rosa cubriendo aquel coche negro? ¿Qué hacía allí García Gómez mirando seriamente detrás de sus gafas, Ruiz Giménez moviéndose incesantemente de un lado para otro? ¿Garrigues, que imponía respeto por sí mismo, José María Entrecanales, que se acababa de fugar de la Escuela de Caminos, Peque Bustelo y Víctor Pradera? ¿Por qué tanta gente desconocida? ¿Para qué se aglutinaban tan heterogéneos individuos? ¿Para qué estábamos de pie en plena calle, juntos mi hermano y yo en esta mañana azul y soleada, pero terriblemente fría? Para que Ortega no tuviera frío.

Esa es una de las anotaciones más intensas del Diario de una vida breve, de Juan Manuel Silvela Sangro, que murió en París en 1965, meses antes de cumplir los 33 años. Dos años después, por iniciativa de su madre, se publicó este diario que recupera Pre-Textos con un prólogo de José Muñoz Millanes. 

En aquella edición de 1967, de la que esta no es exactamente una reedición, sino una selección, el prólogo -que aquí aparece como epílogo- lo firmaba Julián Marías, amigo de la familia, que aclaraba que este diario “es sumamente juvenil, durante varios años adolescente. Todo él está penetrado de una fragilidad, procedente, probablemente, de su conciencia de salud insegura, de amenaza permanente, que al coexistir con una ‘normalidad’ habitual tiene una repercusión biográfica y no biológica. Quiero decir: no es el diario de un enfermo, sino de alguien que vive con una impresión reforzada de incertidumbre. Una vida considerablemente cómoda, holgada, refinada, en última instancia feliz, pero suspendida, más allá de lo habitual, en el vacío sobre el que se cierne siempre toda existencia humana.”

A aquella primera caracterización añade esta otra en su prólogo Muñoz Millanes: “este es un diario donde la introspección y las conclusiones son secundarias, donde lo que más importa es la atención sorprendida, la curiosidad insaciable, el descubrimiento gozoso de los distintos aspectos de la vida entre la adolescencia y la primera juventud.” 

De esa curiosidad y de la situación privilegiada de aquel joven con inquietudes intelectuales, un señorito de la alta burguesía ilustrada madrileña de la posguerra, procede el valor testimonial que destacaba  Marías en su prólogo: “el diario en tono menor de Manolo Silvela, velado de grises, hecho de bondad y buena educación, muestra con mucha más fuerza que tantas novelas lo que ha sido Madrid –al menos, un fragmento de Madrid- desde 1949; y en él, yendo y viniendo, ensayando la vida, soñándola, esperándola, deseándola, temiéndola, desconfiando de ella, tratando de entenderla, gozándola siempre, un personaje atractivo, sincero, lleno de matices, generoso y por ello a última hora feliz.”

Los conciertos de música clásica, la pintura abstracta del grupo de Cuenca, la poesía de Vivanco o las greguerías de Ramón, la crónica del entierro de Ortega, una presencia constante y cercana en la vida de Silvela y en estas páginas en las que se resumen las actuaciones del filósofo en el cine Barceló, la relación con Julián Marías, que encauzó muchas de sus inquietudes intelectuales, la capacidad para evocar ambientes y escenarios no sólo refinados, también populares -tabernas y mercados, descampados y calles- son, en coexistencia con muchas anotaciones triviales  -Comimos en casa de mamá sin mamá. Me fui al fútbol-, lo más destacado de este diario.

Un diario de formación y aprendizaje que refleja, en sus propias palabras, cómo va  creciendo en criterio y pensar serio, el proceso de maduración intelectual y la educación sentimental de quien va tomando conciencia de la vida y de sí mismo entre la melancolía, la exaltación y la esperanza desde enero de 1949 hasta finales de 1958, cuando distintas frustraciones e insatisfacciones le empujaron a romper con el pasado y a interrumpir este diario para siempre. 

Santos Domínguez

22 febrero 2016

Upton Sinclair. Entre dos mundos


Upton Sinclair.
Entre dos mundos.
Traducción de Pablo González-Nuevo.
Hoja de Lata. Gijón, 2015. 


Tras El fin del mundo, el título que inauguraba la serie Historia narradaHoja de Lata publica Entre dos mundos, que Upton Sinclair escribió a distancia suficiente de los hechos para tener perspectiva del telón de fondo panorámico en el que transcurre la peripecia de Lanny Budd.

La época de entreguerras, entre el Tratado de Versalles y el crack de Wall Street en 1929 es el periodo que abarca este novelón de casi mil páginas en el que la paz da lugar a la explosión vitalista de los felices años veinte y a la especulación con un dinero que parecía crecer en los árboles.

En aquel fin de época se estaba enterrando el mundo anterior a la Gran Guerra y se estaban poniendo los cimientos de los totalitarismos y el desastre económico.

Con el contrapunto sostenido de la acción novelesca y la crónica periodística, aquel sueño degeneró en pesadilla, en el despertar de la fiesta y en una mala resaca de la borrachera como en la canción que se evoca al final de estas páginas, cuando los nubarrones de la historia asoman ya en el horizonte: “Porque esta noche seremos felices, felices seremos / y mañana sobrios estaremos.”

Sinclair lo publicó en 1941, cuando ya había estallado la Segunda Guerra Mundial y podía preguntarse en el texto inicial: ¿Cuánto durará todo esto? No puedo precisarlo. Depende en gran medida de dos figuras públicas y bien conocidas ya: Hitler y Mussolini. ¿Qué serán capaces de hacerle a la humanidad y cómo responderá la humanidad ante dichos actos? Me resulta difícil creer que cualquiera de los dos se resigne a una muerte pacífica. Tan  solo espero sobrevivir a ambos para poder contarlo. Y, ocurra lo que ocurra, Lanny Budd estará lo suficientemente cerca como para contarlo.

Eso ocurriría al año siguiente, en Los dientes del dragón.

Santos Domínguez

20 febrero 2016

Benítez Ariza. Nosotros los de entonces



José Manuel Benítez Ariza.
Nosotros los de entonces.
(Poesía amatoria 1984 2015)
La Isla de Siltolá. Colección Arrecifes. Sevilla 2015.

"Nosotros, los de entonces, / esos desconocidos", escribe José Manuel Benítez Ariza en uno de los últimos poemas de su antología de poesía amatoria que publica La Isla de Siltolá en su colección Arrecifes.

Una antología temática que reúne a lo largo de tres décadas de poesía una parte significativa de la obra de José Manuel Benítez Ariza, que señala en su introducción que “poesía amorosa” equivale simplemente a “poesía” y que "no hay poesía amorosa que no sea elegíaca.”

Y por eso ese título nerudiano que el autor ha elegido para recoger esta selección que incorpora un libro inédito, La intemperie, hasta completar un conjunto de sesenta poemas que reflejan la persistencia del tema amoroso en la poesía de Benítez Ariza, su matizada evolución de tono, enfoque y estilo.

Entre una Canción inicial – “Amor que acaricia el cuerpo / buscando tocar el alma” y la Canción final –“en ese espacio sin gente / hay sitio para los dos”- en el centro del libro el texto que le da título  resume desde el presente la nostalgia de otro tiempo: “Hoy es domingo y llueve. / Esta lluvia me trae nostalgia de la nieve.”

Santos Domínguez

19 febrero 2016

José María Jurado. Gusanos de seda


José María Jurado García-Posada. 
Gusanos de seda.
JMJ. Badajoz, 2015.

Spiegel im Spiegel (Espejo en el espejo) es el título de una bellísima composición para piano y violín de Arvo Part que inspira uno de los poemas de este emocionante Gusanos de seda, de José María Jurado García-Posada

Esa imagen del espejo en el espejo es también una manera de resumir el núcleo de este libro sobrecogedor, tan atravesado por la muerte y por las sombras, que se lee con el corazón en un puño y con el pasmo admirativo que provoca –desde siempre, pero cada vez más- la poesía de José María Jurado. 

Entre dos fotografías –dos espejos- que anulan el tiempo con su disposición inversa, desde el presente a un pasado distante más de cuarenta años, lo que se cuenta aquí es un viaje interior por la memoria del padre y la ruta de la seda, que no es sólo la de los viajeros medievales, sino otra imagen en el espejo: el ciclo de la vida de los gusanos de seda -tan distintos de aquellos que describió el Baudelaire más macabro- que en su secuencia circular de capullos, mariposas, huevos y larvas se convierte también en cifra de la vida de los hombres. 

“Se canta lo que se pierde”, nos dejó dicho el maestro Antonio Machado, que en una de sus cimas, “Esta luz de Sevilla… Es el palacio / donde nací, con su rumor de fuente./ Mi padre, en su despacho...”— fijó la imagen joven de su padre en unos versos que hacen el milagro no sólo de parar el tiempo, sino de invertirlo ("ya vuelven de su ayer a su mañana...") y que cumplen exactamente la misma función de la última fotografía de este libro. 

Y ese tono machadiano con su luz de Sevilla, que es también la luz de la última fotografía en la que el padre levanta en brazos a su hijo, es el que recorre Águilas, 14 y su evocación de la casa familiar, la memoria de un pasado traído al presente por el milagro de la palabra:

Águilas, 14

[Sevilla]

Llueve sobre la casa de mi madre.
El agua descuartiza las paredes.
De pie, bajo la lluvia, ante el umbral contemplo
cómo pasan las sombras,
cómo pasan las sombras de las sombras,
a través de los siglos y los siglos.

Este solar,
que alguna vez fue huerta, cuadra,
horno de pan, taller de alfarería,
vio desfilar las águilas de Roma
y ya llevaba mil años habitado.
Desde aquel remotísimo fenicio
que atravesó la niebla y los pantanos
y cobijó sus sueños tras un muro
en el siglo, ¿cuál?, antes del tiempo.

En su recinto
hubo alegría y duelo;
en primavera, flores y, en el invierno, lumbre.
Engendrados y muertos en la casa
se sucedieron hombres y mujeres
bajo los alminares y los galeones
como las hojas de los árboles.

Acaso pudo dar refugio
a un soldado de Urbina
o alojar a una escuadra de dragones franceses,
y escuchó –esto es seguro-
las radiadas arengas de Queipo de Llano
(«y nadie se atrevía a asomarse a las ventanas»).

Sentados a la mesa cuatro niños
atienden a sus juegos.
Mi madre borda y canta,
junto al balcón su padre lee
y una luz cereal ilumina la estancia.
Es una tarde clara de verano.
La última. 

Pasajeros terrestres de la casa

Porque igual que a la infanta Margarita la salva Velázquez de la muerte –Pero a ti, Margarita / Velázquez te ha salvado de la muerte-, el arte sirve para hacernos la ilusión de que refutamos el tiempo, de que rescatamos de la muerte y del olvido ese coro de sombras que entona desde ningún lugar el oscuro estribillo de las pérdidas. 

¿Por qué estamos aquí? se pregunta el presente del poeta tras hacerse otra pregunta -ubi sunt?- que mira a un tiempo antiguo. Entre esos dos tiempos, los viejos arqueros de la muerte han tensado la sangre, pero el poeta mantiene viva la punta de fuego de su esperanza y aguarda la luz. 

La luz de Trafalgar, fijada para siempre en la mirada memoriosa del paisaje, la música y la pintura, en las palabras de la noche oscura de este libro, en ese viaje hacia Oriente –quizá también por eso haya aquí un naranjo chino- y hacia el origen a través de las ciudades de la memoria y del corazón: además de Sevilla, esa cervantina "Roma triunfante en ánimo y grandeza" que no ha perdido del todo su condición de centro del mundo, además de la ciudad gremial y mesetaria, monumental a cachos, un lugar que ya no tiene ni dos cines y medio, habitado desde tiempo inmemorial por fantasmas que han hecho de ella un tranquilo cementerio con calles amarillas, un café de Lisboa, una calle expresionista de Salzburgo, el mármol de la luna llena en Piazza Navona. 

Las palabras de este Gusanos de seda –que se nutre del recuerdo y la emoción, del cine y la literatura, de la pintura y la música- construyen una casa de la memoria que conjura todos los sentidos, un espacio-tiempo lleno de flores y de cuadros, de músicas y olores, de imágenes y de sonidos. 

Y de poemas memorables como Fin de curso, un texto esencial del libro, un conmovedor viaje hacia el presente del poeta adulto que mira las nieblas y las cruces o el sorprendente Let it be, camino de Emaús. 

Decía Nabokov, aquel escritor sabio en mariposas y experto ajedrecista, que la verdadera literatura se escribe y se lee con la médula. Si hubiera leído este libro, lo hubiera aportado como ejemplo. 

Porque este es un libro en el que cabe el mundo: la literatura y la música, la vida y la muerte; un libro en el que sobre todo cabe un hombre bueno y un poeta todavía mejor que lo corona con ese estallido final del último poema, que el lector sólo puede leer con el rabillo del ojo, porque quema como un bloque de hielo antártico.

Empezaba esta reseña donde quiero acabarla: evocando como una clave central la composición de Arvo Part, Espejo en el espejo, que tiene la textura tonal de los sueños, “esa borrosa patria de los muertos” de la que habló inolvidablemente Octavio Paz a propósito de sus reencuentros oníricos con el padre muerto.

Santos Domínguez

18 febrero 2016

La noche de los muertos vivientes


John Russo.
La noche de los muertos vivientes.
Traducción de Hernán Sabaté.
Prólogo de George A. Romero.
Hermida Editores. Madrid, 2016.

¿Qué podríamos aprender de los muertos si éstos tuvieran los medios para regresar a nosotros? ¿Si volvieran de la muerte? ¿Serían amigos? ¿O enemigos? ¿Podríamos enfrentarnos a ellos, nosotros que..., nosotros que jamás hemos vencido nuestro temor a afrontar la muerte?, escribe John Russo en la primera secuencia narrativa de La noche de los muertos vivientes, que edita Hermida Editores en su colección La Caja de Pandora.

Russo la publicó como novela en 1974, con prólogo de George A. Romero, que había dirigido la película seis años antes e intervenido junto con él en un guión inspirado en Soy leyenda, de Richard Matheson.

La transcendencia de la película está fuera de duda. La noche de los muertos vivientes inauguró un nuevo género, el de los zombies, cuyas secuelas más recientes llegan a The Walking Dead; elevó el nivel de una película de serie B hasta la categoría de clásico, y sobre todo actualizó el terror trasladándolo de los ambientes góticos o expresionistas europeos al presente norteamericano. 

Se pasaba así de Transilvania a Pensilvania, de la capa del vampiro al zombie en albornoz, del vuelo de los murciélagos a un fondo sonoro de grillos en el campo, alrededor de una granja abandonada donde siete personajes resisten la invasión de los muertos vivientes –esas cosas- , un ejército de resucitados caníbales que asesinan en masa y provocan primero la perplejidad y luego el caos en el tercio este del país.

Narrada con frialdad distante y rodada casi como un documental, asoma en su trasfondo -y ahora, con la perspectiva de los años se ve mejor que entonces- el panorama problemático de la sociedad estadounidense de los 60: los conflictos raciales, los cambios de modelo familiar, la prevención ante las masas o la ineficacia de la administración para proteger la seguridad de los individuos. 

Santos Domínguez

17 febrero 2016

Arriva Italia



Marcos Pereda.
Arriva Italia.
Popum Books. Santander, 2015.

“La historia del toreo – afirmaba Ortega y Gasset- está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera resultará imposible comprender la segunda.” Sin ir tan lejos, Jovellanos también había observado dos siglos antes el reflejo de la situación política y social de España en los espectáculos y las diversiones públicas.

De un punto de partida parecido arranca Marcos Pereda en este Arriva Italia que publica Popum Books. Subtitulado significativamente Gloria y miseria de la nación que soñó ciclismo, propone un recorrido por la historia de Italia, una historia en bicicleta, a través de su ciclismo en tres décadas del siglo XX -los treinta, los cuarenta, los cincuenta-  que fueron testigos de la estaticidad mayestática de un Coppi, de la agonía extrema de un Magni, de la grandilocuencia en la forma y en el fondo de un Bartali.

Porque, como explica su autor, este libro construye el relato de tres personas y un país que estaba contenido en ellas, que comprendía a millones como ellas. Es la historia de Gino Bartali, el Vecchio Gino, Gino el Piadoso, el hombre católico, ferviente, el que pedaleaba heroísmo, el que exudaba tenacidad. Es la historia de Fausto Coppi, la clase, la elegancia, la entrega absoluta del aficionado, el mito, la leyenda, el mártir. Es la historia de Fiorenzo Magni, el del pasado oscuro, el de los secretos a medio decir, el de las victorias tristes, el de la derrotas gozosas. 
Es, claro, y sobre todo, el relato de un país, de todo un país, que se pensó a sí mismo a partir de la bicicleta en el momento más delicado de su existencia. Es la historia de Italia en los años treinta, cuarenta y cincuenta del siglo XX. Es fascismo, es Guerra Mundial, es nazis, bombardeos, Solución Final, cuerpos en las cunetas y devastación, sí, pero también la historia de adversarios abrazándose, de actos de valentía inmensa, de lucha frente a la sombra, de pecado y redención. Es la historia de todos los italianos, de tres de ellos, de todos ellos.

Una historia que va más allá del deporte para indagar en la construcción de un imaginario patriótico a partir de tres ciclistas elevados a la categoría de héroes populares, semejantes a los que en la épica clásica o medieval se convertían en referentes simbólicos de una nación: el potente Bartali, el antifascista al que quiso rentabilizar el fascismo y del que acabó renegando Mussolini; el elegante Coppi, un personaje a medio camino entre la Iliada y la Odisea, entre Aquiles y Ulises cuando lo moviliza el ejército en la Segunda Guerra Mundial, una leyenda que acaba siendo el símbolo de la Italia de la posguerra, y Magni, un ciclista enigmático y misterioso, inteligente y tosco sobre la bicicleta, en la que llevaba ocultos mensajes de la resistencia antifascista.

Así resume su libro Marcos Pereda: 

Es una Historia en bicicleta, nada más y nada menos. 
La de un país que imagina sus campeones para no recordar sus desdichas. Que vibra con sus mitos para celebrar su vigor. 
Es la historia de Italia, del Giro, de Bianchi, de Bartali, de Legnano, de Coppi, de la Wilier, de Cottur, de Binda, de Bottecchia, de Magni, del Stelvio, del Pordoi, de los tiffosi, de Monte Cassino, de Trento, Trieste y Corvara, la de Alcide, la de los Goldenberg, y Togliatti, la de Mussolini o Skorzeny. Es la historia de Pavese y Moravia, de Buzzati y Calvino, pero también la de Pasolini, la de Visconti, la de Baricco y la de Fellini. Todas esas historias. 
Nada más que esas historias. 
Silencio. 
Arriva Italia.

Santos Domínguez

16 febrero 2016

Joan Margarit. Ensayos sobre poesía



Joan Margarit. 
Un mal poema ensucia el mundo.
Ensayos sobre poesía, 1988-2014.
Selección y prólogo de Jordi Gracia.
Arpa Editores. Barcelona, 2016.

Cantamos al propio misterio. Queda por decidir desde dónde cantar, y esa es la búsqueda que cada poeta realiza a su manera. En esto consiste el estilo, la voz propia, esa voz que hay que encontrar si se quiere ser escuchado. El lugar desde el cual yo lo intento es un lugar en el tiempo. Es el instante durante el cual se conecta el mundo con el sentimiento. El instante del fogonazo, cuando se ilumina lo que es opaco y oscuro. Intento ejercer una inteligencia sentimental a través de la poesía, a la cual no pienso que le quede más característica para identificarse respecto de la prosa que la concisión y la exactitud. Es la más exacta de las letras en el mismo sentido que las matemáticas son la más exacta de las ciencias. Y si se trata de un mal poema, ensuciará el mundo, como una bolsa de basura dejada en medio de la calle. Porque un mal poema no es neutral, sino que contribuye a ensuciar, a desordenar el mundo, igual que un buen poema contribuye de algún modo al orden y la higiene del mundo, escribe Joan Margarit en uno de los textos que forman parte de Un mal poema ensucia el mundo, una reunión de sus ensayos sobre poesía que publica la nueva editorial Arpa.

Con selección y prólogo de Jordi Gracia, se recopilan en este volumen una serie de ensayos dispersos en los que Margarit reflexiona sobre la poesía desde dos orillas, la del autor y la del lector, que  tiene más que ver -haciendo un paralelismo con la música- con el intérprete que con los que se han de limitar a escuchar un concierto. Por esto hay tan pocos lectores de poesía, y por esto son tan fieles. Los que han hecho el esfuerzo de aprender a interpretar un poema, de aprender a escuchar el orden fundamental de las palabras, han accedido a un mundo al cual difícilmente renunciarán.

Con la precisión de su prosa y a través de la lucidez de sus reflexiones sobre la escritura y la lectura, sobre el amor y la muerte, el tiempo y la memoria, la historia o la ciudad, que son también ejes fundamentales de su obra poética, se concreta en estos ensayos breves el Margarit ensayista que hay detrás de sus poemas, el que escribe que la poesía es una herramienta para gestionar el dolor y la felicidad y, sobre todo sus vertientes más domésticas, la tristeza y la alegría, una gestión de la que depende lo que se guarda de la vida pasada o que la memoria es el lugar donde he buscado mis poemas.

Son ensayos anclados en la subjetividad y en la libertad de la reflexión,  porque como señala Jordi Gracia en su prólogo –La conquista de la libertad- “sin yo y sin libertad no hay ensayo literario.” 

Provistos de “la luminosidad y hasta la contundente naturalidad” con que los caracteriza el editor y organizados en cuatro secciones,  la primera –Un viaje poético- contiene artículos, prólogos y epílogos de Margarit sobre libros propios como Joana, Cálculo de estructuras o Casa de Misericordia y sobre autores como Thomas Hardy o Gabriel Ferrater, con abundantes reflexiones y revelaciones sobre la manera de escribir sus poemas y su manera de leer los de los otros.

La segunda parte –Las razones de los poemas- reúne un conjunto de notas que utiliza el autor para presentar sus poemas más significativos en una lectura comentada, mientras que la tercera sección recoge las Nuevas cartas a un joven poeta que aparecieron en un volumen exento en 2009. Este es quizá el núcleo de la reflexión teórica de Joan Margarit sobre el fenómeno poético, la tradición y la inspiración, la poesía y el amor o la poesía y la soledad, desde la perspectiva doble y privilegiada del escritor consciente y del lector excepcional de poesía.

Finalmente, la cuarta parte –Poesía y otras ciencias- recoge cuatro conferencias que exploran las relaciones entre  la poesía y las matemáticas, la palabra y la arquitectura o el poema y el misterio.

Un conjunto de textos que iluminan la obra y resumen la poética de Joan Margarit y su concepción de la escritura -Un poema ha de decir justo lo que necesita (la mayor parte de las veces sin saberlo) su lector o lectora-  y su reivindicación del papel decisivo del lector:

Me siento encerrado, no dentro de una casa, sino dentro de cada uno de estos lectores, imprescindibles, porque los poemas no existen sin ellos. Dentro de nosotros, en el lugar donde somos más solitarios, hay unos poemas y una música cerca de una chimenea encendida que sólo se apagará con la muerte. Mientras tanto, en medio del hielo y la niebla, rodeado por la inclemencia de la intemperie, este amparo siempre nos está esperando.

Porque entender un poema es un proceso de entrada y salida de una caja negra y no hay nadie más difícil engañar que los lectores de poesía.

Santos Domínguez