26 septiembre 2008

Tratado de la servidumbre liberal




Jean-Léon Beauvois
Tratado de la servidumbre liberal.
Análisis de la sumisión.

Prólogo de Slavoj Žižek.
Traducción de Julia Gutiérrez Arconada.
La Oveja Roja. Madrid, 2008.


El Tratado de la servidumbre liberal, de Jean-Léon Beauvois, ya todo un clásico de la psicología social y la psicología política, se presenta en su subtítulo como un trabajo de análisis de la sumisión en las democracias liberales.

Con un prólogo de Slavoj Žižek y un estudio introductorio de Nicole Dubois y Robert-Vincent Joule, que destacan esta obra como uno de los grandes libros franceses de psicología política, la tesis que defiende Beauvois es que los sistemas de poder y las ideologías que los sostienen dan lugar a modos específicos de conocimiento y de acción.

A descifrar esos modos, a saber cómo funciona la libertad en las democracias liberales, se aplica el autor en las tres partes en las que se organiza este ensayo que publica en España La Oveja Roja: «Consideraciones sobre la psicología ordinaria», «Consideraciones sobre la libertad ordinaria» y «Consideraciones sobre el ejercicio ordinario de poder».

Utilizando un método de análisis propio de la psicología social, Beauvois cuestiona la noción de libertad, mediatizada en las democracias liberales por la interiorización de la sumisión desde el ámbito de la familia y la escuela.

Se trata de una reflexión sobre el poder social, los ideales psicológicos del liberalismo, el concepto de individuo, la sumisión forzada o el guión de la obediencia, y de una denuncia de la ficticia libertad de elección como base del desmantelamiento del Estado y como falsa vía de acceso a mayores cotas de libertad individual.

Es en definitiva una denuncia del totalitarismo liberal y de las paradojas que se esconden detrás de la supuesta libertad de elección de los individuos en las democracias liberales.

Para esta edición en castellano, Beauvois ha escrito una conclusión titulada Volver a ocupar el papel social, que comienza con estas dos frases: Este libro tiene más de diez años. No retiro nada.

Y termina con este párrafo que resume la filosofía del ensayo y la posición ideológica de su autor:

Realícense at home, buena gente, o en el tenis, o en playas exóticas, o manejando vuestros MP3 o iPhones y obedeced en el campo de lo social, puesto que éste no es el lugar más interesante en el que puede realizarse vuestra individualidad, esta individualidad que debe seguir siendo vuestro primer valor. Olvidad vuestros anclajes y vuestras identidades sociales puesto que no podéis ser vosotros mismos con esas identidades y anclajes. Dejad hacer a la gente competente como quiere la razón. Esta orden, repetida cada día por el individualismo liberal, reclama una trasgresión y esta trasgresión es urgente. No puede pasar más que por la lucha contra las arbitrariedades jerárquicas o corporativistas y por el retorno a proyectos autogestionarios
Luis E. Aldave

24 septiembre 2008

Pasar el invierno


Olivier Adam.
Pasar el invierno.
Traducción de Irene Antón.
Errata naturae. Madrid, 2008.


Olivier Adam (1974) es uno de los narradores franceses actuales más apreciados por la crítica y el público. Sus novelas, ambientadas en la periferia de París en la que nació y transcurrió parte de su vida, pobladas por personajes de una clase media sin más perspectiva que la mera supervivencia, están narradas en un estilo muy cercano, muy pegado a la realidad y a la verosimilitud de la narración.

Pasar el invierno, una colección de relatos que obtuvo el Premio Goncourt de Relato en 2004, es la primera obra de Olivier Adam que se publica en español. La edita Errata naturae con traducción de Irene Antón.

Los nueve relatos que componen Pasar el invierno están ambientados en nueve largas noches invernales que son también el símbolo del frío y la oscuridad en que viven sus personajes. Unos personajes, insomnes y cansados, construidos desde dentro, que se manifiestan desde una primera persona con la que perfilan su carácter, reconstruyen sus recuerdos o justifican sus comportamientos. Personajes que huelen a noches de alcohol y oscuridad, sus comportamientos definen unas vidas sombrías acosadas con frecuencia por el exterior nocturno, por el miedo al otro.

En los relatos de Pasar el invierno la eficacia de la primera frase, la economía de las descripciones o la rapidez eléctrica de la sintaxis dan prueba de la solvencia y el oficio de Olivier Adam. Son textos construidos con un estilo preciso y cortante, con un realismo minimalista que habla de lo cotidiano y se emparenta con la herencia de Richard Ford o Carver.

No les ha pasado desapercibida esa conexión narrativa a los cuidadosos editores, que tienen la buena costumbre de redactar unos colofones alusivos a alguna circunstancia que tenga que ver algo con la obra. En el colofón de Pasar al invierno, además del dato trivial de la fecha, además del detalle técnico de la tipografía utilizada, se recuerda que cuando se imprimió el libro se cumplían veintiocho años desde que Raymond Carver y Tess Gallagher decidieron instalarse en una cabaña en el condado de Clallam.

Pasar el invierno es una estupenda tarjeta de presentación de Olivier Adam en España. Con ese título inaugura Errata naturae su colección La oveja vegetal, que tiene como objetivo introducir en España la obra de autores contemporáneos inéditos o poco conocidos entre nosotros.

Santos Domínguez

22 septiembre 2008

Primavera de España


Francis Carco.
Primavera de España.
Traducción y epílogo de Yolanda Morató.
Almuzara. Córdoba, 2008.


Cuando de Sevilla a Cádiz se tardaban tres horas de tren, Francis Carco llegó a la ciudad atlántica para ver las pinturas de Murillo y de Zurbarán y para pasear por sus calles y su muelle, por sus ambientes marginales y sus tugurios.

Fue en la primavera de 1928 y lo contó en esta Primavera de España que recupera ochenta años después Almuzara en su serie Noche Española con traducción y epílogo de Yolanda Morató.

Volvió a Sevilla para vivir su Semana Santa, para visitar los Reales Alcázares, para dar testimonio de una bailaora codillera y hacer un recorrido por los ambientes de la prostitución sevillana en unos textos que dan el tono de una ciudad de contrastes donde conviven el olor a incienso y cera con el hedor a tabaco frío y a vinacho; una ciudad que permite en una esquina un prostíbulo y en la otra un convento.

Francis Carco había llegado a Madrid pensando en Velázquez, en Goya y Quevedo, y no encontró allí la ciudad pintoresca que esperaba: “Es evidente que llego demasiado tarde”, anota entre sus primeras impresiones.

Estuvo en Toledo en busca de la pintura de El Greco con la guía de Barrès y, decepcionado con la ciudad, emprendió viaje al Sur para ir desmontando los tópicos de la visión romántica y posromántica de Andalucía, para desmentir a Gautier en Córdoba o hacer unas inteligentes reflexiones sobre Goya en la vuelta a Madrid.

Pero hay otros cuadros: un Cádiz nocturno y miserable, una Alhambra decepcionante o unos toreros que viven en condiciones penosas completan un retrato de los bajos fondos de España a finales de los años veinte del siglo pasado, la crónica de un recorrido por los cabarés y los prostíbulos descritos por un Carco que vivió y escribió en los márgenes y se sintió atraído – en España o en París- lo mismo por los barrios bajos que por los ambientes artísticos.

La suya fue una vida en las afueras, como señala Yolanda Morató en su epílogo sobre quien antes de regresar a Francia deja una imagen devastadora de Barcelona, de sus edificios y sus costumbres, el reflejo turbio de aquella España penosa.

Santos Domínguez


20 septiembre 2008

Miguel Florián. Cuerpos


Miguel Florián.
Cuerpos.
Ediciones La Palma. Madrid, 2008.

Desde sus primeras entregas - Los mares, las memorias, Anteo- Miguel Florián ha ido construyendo una obra poética coherente en su crecimiento y exigente en su compromiso con el lenguaje, con el complejo de imaginería y ritmo del que surge el poema.

Cuerpos, su último libro, que acaba de publicar Ediciones La Palma como primer número de una nueva colección de poesía, se abre con una cita muy significativa de José Gorostiza, y es un intenso conjunto de poemas en prosa en los que el erotismo se aborda a través del encuentro del ojo y la palabra.

La muerte y la mirada y Carne y memoria son las dos secciones en que se organiza un texto donde se funden pensamiento e intuición, experiencia y poesía, memoria y presente. La musicalidad sostenida de sus poemas en prosa, la intensidad sensorial de las imágenes, la palabra contenida y el adjetivo certero sostienen un espléndido conjunto en el que la tierra, el aire, el fuego y el agua son los cuatro elementos vinculados por el deseo y la temporalidad se proyecta sobre la amada para encauzar la celebración de un amor constante más acá de la muerte.

Luz y sombra, tiempo y mirada, oda y elegía en la palabra madura y exacta de un poeta que se expresa en textos como este, el primero del libro:


(LA CARNE HABITADA)

La luz es mansa ahora, la luz febril de mayo.

La luz se deposita en el confín del cuerpo, y es ya música, ritornelo de pájaro o de agua.

La luz transmuta en llama cuanto toca, incendia los objetos; los obliga a nacer en cada alba, a persistir hasta la línea indecisa del ocaso.

La luz posee manos invisibles cuando apenas se agita ya sobre la tierra. Mueve su amor las ramas de los árboles, abrasa la carne inmóvil de los hombres. Y cuando llega la noche se vuelve torpe y amarilla: es el aliento, el labio, el corazón del tiempo, el hueco del deseo.


Santos Domínguez

19 septiembre 2008

En el gallo de hierro


Paul Theroux.
En el gallo de hierro. Viajes en tren por China.
Traducción de Margarita Cavándoli.
Punto de lectura. Madrid, 2008.


La inmensidad de China te maravilla. Más que un simple país, parece todo un mundo.

Paul Theroux (Massachussets, 1941) siente una predilección especial por los viajes en tren. A ellos dedicó El gran bazar del ferrocarril y El viejo expreso de la Patagonia. De la intensa experiencia viajera en los ferrocarriles chinos surge este espléndido En el gallo de hierro, un recorrido por la China posmaoísta que acaba de publicar en bolsillo Punto de lectura.

El libro de viajes es una autobiografía en tono menor, escribe Theroux, uno de los mejores escritores contemporáneos de narrativa de viajes. Y este, que cumple ahora veinte años, es para muchos su mejor libro.

Dos objetivos marcaban el comienzo del viaje que hizo por una China recién salida de la Revolución Cultural: llegar desde Londres sin quitar los pies de la tierra, en ocho trenes hasta la frontera china, y pasar una larga temporada con los pies en el suelo recorriendo el país.

No fue tan sencillo –recuerda el viajero-. Nunca lo es , de modo que se impone una explicación: este libro.

Como en las tragedias antiguas, el error suele ser también el desencadenante del relato de viajes. Aquí el error se produce en la forma de viaje organizado en un grupo heterogéneo de más de veinte personas.

París, Varsovia, Moscú, el Transiberiano, Mongolia, son las estaciones de paso antes de llegar a China, un país de gente creativa, civilizada y trabajadora que aún conservaba durante la visita de Theroux algunos de los peores lastres burocráticos del maoísmo.

Cuando viajo sueño mucho –afirma Theroux-. Tal vez es uno de los principales motivos por los que viajo. Tiene que ver con habitaciones nuevas y ruidos y olores extraños, con vibraciones, con los alimentos, con las angustias del viaje –sobre todo el miedo a la muerte- y con las temperaturas.

El gallo de hierro es el nombre con que se conoce el tren que cubre el trayecto ferroviario más largo de China: cuatro días y medio de viaje entre montañas y desiertos desde Pekín a Urumchi. En trenes lentos o en expresos, con calor asfixiante o muerto de frío, el viajero recorre en doce meses ciudades como Shanghái, Cantón, Lanzhou o Xian, hasta llegar al Tibet. Y en esos viajes acaba teniendo tanta importancia la vida en el tren como la radiografía de lo cotidiano en las ciudades que visita, la intrahistoria de las conversaciones o los paisajes que ve pasar por la ventanilla.


Santos Domínguez

17 septiembre 2008

El París de d'Ors


Eugenio d’Ors.
París.
Traducción de Carlos d’Ors e Isabel Lacruz Bassols.
Prefacio de Carlos d’Ors.
Funambulista. Madrid, 2008.


Pere Coll ha muerto. (...) Y hete aquí que, debido a que Pere Coll ha muerto, yo me voy a París. Parto, con toda la alegría. ¡Me voy a ver cosas! ¡A ver muchas cosas!
¡Ver cosas…! Ésta es la gran Universidad de los hombres nuevos; y el mal de no haber pasado por ella, se hace, a partir de cierta edad, irremediable…

Funambulista publica París, una obra inédita de Eugenio d’Ors, dividida en tres partes, Glosas al vivir de París; París. Escenas y secretos y Otras glosas sobre París.

D’Ors llegó a París en 1906 para ver cosas como corresponsal del diario barcelonés La Veu de Catalunya. Allí empezó su Glosari, que firmaba como Xènius, y allí inició el camino que le convertiría en una de las referencias intelectuales del Novecentismo, el primer movimiento que instaló la literatura española en el siglo XX y la puso en contacto con la realidad cultural europea.

París era entonces, y lo seguiría siendo en el periodo de entreguerras, la capital cultural del mundo, la cuna y la sepultura de las vanguardias artísticas y literarias. De ahí la importancia de estos textos en los que Eugenio d’Ors fue aportando inyecciones diarias y revitalizadoras de modernidad que serían decisivas en la literatura española de los años veinte.

Dos terceras partes de las setenta y dos Glosas al vivir de París las escribió d’Ors entre la primavera y el verano de 1906. En ese primer contacto, lo que predomina es su deslumbramiento ante los salones de pintura, las carreras de caballos, las nuevas tendencias artísticas del arte moderno o los conflictos entre nacionalismo y socialismo.

El resto de las glosas que integran la primera parte de este París muestra un análisis más pormenorizado de la realidad parisina: la descripción de la ciudad, de sus edificios y calles, la Sorbona o el Salón de Otoño de pintura son los ejes de un acercamiento menos deslumbrado y más analítico que refleja la importancia que tuvo París en la formación y en la evolución intelectual y estética de d’Ors. Son textos que dan ya la medida de la profundidad concisa que contiene el género dorsiano de la glosa.

Carlos d’Ors ha rescatado para la segunda parte del volumen un libro inédito, que Xènius escribió originalmente en francés en 1938. Se trata de París. Escenas y secretos, cuatro diálogos al modo socrático que permanecían en el archivo familiar y que estaban parcialmente traducidos al inglés. De su traducción al castellano se ha ocupado con resultados muy brillantes Isabel Lacruz Bassols.

La tercera sección del libro recoge otras glosas que d’Ors dedicó a París en diferentes épocas. En muchas de ellas el motivo recurrente es la Torre Eiffel, "una torre republicana – afirma d’Ors oportunamente en 1932-, un símbolo de la soberanía plural."

Santos Domínguez

15 septiembre 2008

Un hombre en la oscuridad


Paul Auster.
Un hombre en la oscuridad.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.
Anagrama. Barcelona, 2008.


La imaginación y la huida, la guerra y la pérdida, las relaciones familiares y la soledad, la realidad y la ficción son los ejes de la última novela de Paul Auster, que publica Anagrama con traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Un hombre en la oscuridad vuelve a alguno de los territorios más queridos y frecuentados por Auster: desde Vermont a la construcción de la novela como una estructura de cajas chinas o de muñecas rusas en la que unas historias contienen otras y la frontera entre la realidad y la ficción acaba desdibujándose.

Tres generaciones (un padre viudo, una hija divorciada, una nieta que ha perdido a su novio en Irak) comparten insomnios y soledades en Vermont mientras el protagonista/narrador, August Brill, se recupera de un accidente:

Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana. Arriba, mi hija y mi nieta están cada una en su habitación, también solas: mi hija única, Miriam, de cuarenta y siete años, que se acuesta sola desde hace cinco, y Katya, de veintitrés, única hija de Miriam, que antes dormía con un joven llamado Titus Small, pero ahora Titus ha muerto, y mi nieta duerme sola con el corazón destrozado.

En la noche americana, en esa vigilia de tinieblas reales y simbólicas en las que transcurre la novela, el narrador septuagenario, un crítico literario jubilado, inventa historias para evadirse o ve – más apagada y pasivamente - películas en DVD con su nieta Katya, para no tener que recordar el pasado, para olvidar una larga cadena de catástrofes de su historia personal y familiar.

Una de las historias con las que August Brill se defiende del recuerdo durante una noche es la de Owen Brick, un mago profesional, el Gran Zavello. Es el producto de la invención de un insomne, no el sueño de otro hombre. Es el hombre del hoyo, un personaje que aparece en el fondo de un pozo y en el cuarto año de la segunda guerra civil americana. Como en la otra guerra de secesión, los Estados Unidos combaten contra ellos mismos:

Me acuesto con mi mujer en Nueva York. Hacemos el amor, nos dormimos y al abrir los ojos me encuentro en el quinto pino, metido en un hoyo y vestido con un puñetero uniforme militar. ¿Qué coño está pasando?

Esa es la historia que se plantea August Brill como anestesia y como evasión, una historia que toma como referencia la idea de los mundos paralelos de Giordano Bruno.

Y a partir de ahí, crece una novela dentro de la otra, se superponen pesadillas y desolaciones hasta que, al modo de Unamuno y de otro Augusto, el de Niebla, se cruzan los destinos del creador y de la criatura.

Inventado- como la guerra- por Brill, Owen Brick debe matar a su creador para acabar con un conflicto que ha producido centenares de miles de víctimas. En torno a esas dos historias, la de Brill y la de Brick, que se van interpenetrando con personajes que pasan de una a otra, se construye el artificio de Un hombre en la oscuridad.

Un artificio clásico con el que –como en el Quijote, como en Hamlet- se consigue un efecto de profundidad y de realidad sobre el que reflexiona el propio narrador, que es – no se olvide- crítico literario:

La historia trata de un hombre que debe matar a la persona que lo ha creado, ¿y por qué fingir que no soy yo esa persona? Incluyéndome en la narración, la historia se hace real. O lo contrario, yo me vuelvo irreal: un producto más de mi propia imaginación. En cualquier caso, el efecto es más satisfactorio, está más en armonía con mi estado de ánimo: sombrío (...), tan oscuro como la noche de obsidiana que me rodea.

Santos Domínguez

13 septiembre 2008

Escribir como escupir


Leopoldo María Panero.
Escribir como escupir.
Calambur. Madrid, 2008.


Escribo como escupo. Contra el suelo /.../y contra el cielo, explicaba Blas de Otero en un texto de Ancia (1958), que ahora cumple medio siglo.

La expresión la retoma Leopoldo María Panero como punto de partida del poema que da título a su última entrega, publicada en Calambur.

No sé si se trata del recuerdo difuso de un verso que forma parte de la memoria literaria de Leopoldo Mª - tan proclive a fundir vida y literatura, a confundir fantasía y realidad - o de un aprovechamiento consciente, pero el hecho es que ese texto que da título al libro muestra una sorprendente relación entre dos poetas tan distintos a primera vista.

En Escribir como escupir la palabra alucinada de Panero, sorprendente en su irracionalidad salmódica, y la fuerza de sus imágenes se despliegan en series de versos que se suceden como en una letanía pensada para la recitación y acaban confluyendo en torno a una serie de ejes temáticos.

Algunos de ellos, a fuerza de frecuentarlos – se cumplen ahora cuarenta años de Por el camino de Swan, su primer libro-, son característicos de la literatura de Leopoldo Mª Panero, desde los sioux a Alicia, la reina de corazones o el conejo blanco. Otros, como la angustia, la fugacidad, la rebelión ante el padre o la divinidad, el tema de España, el vacío existencial o la imagen del ángel en caída por el abismo, lo acercan en este libro a la poesía de Blas de Otero.

Perplejidades y renuncias, certezas y desolaciones (Soy el emperador de la Nada) alimentan una poesía apocalíptica que es a la vez conjuro y maldición, trazan una poética de la caída, la ceniza y la destrucción, una descripción del pájaro en la sima.

A través del despliegue de sus imágenes visionarias Panero levanta un mundo poético tan coherente como perturbador en su delirio. Una poesía que es experiencia del límite, cruce de fronteras, anticipo de la muerte (Como si la mano de un muerto me acariciase/así es el poema), vivencia de la locura, ese látigo atroz que embiste al hombre como un toro en la sombra.

Imágenes sucesivas, tono salmódico y revelaciones oraculares coinciden ejemplarmente en uno de los mejores textos del libro, Visión, una letanía alucinada, implacable con el mundo y con la palabra, un excelente ejemplo de la poesía de Leopoldo Mª Panero, hecha sólo de aullido y de lamento, y escrita

Antes de que hiele
Antes de que la nieve caiga borrando las flores
Antes de que hiele

Santos Domínguez

12 septiembre 2008

Mujeres


Mihail Sebastian.
Mujeres.
Traducción y prólogo de Marian Ochoa de Eribe.
Impedimenta. Madrid, 2008.


“Judío, rumano y danubiano”, Mihail Sebastian (1907-1945) forma parte, junto con Mircea Eliade, Ionesco o Cioran, del excepcional grupo de escritores que produjo el Bucarest de entreguerras. Mujeres (1933) fue su primera novela y la acaba de publicar Impedimenta por primera vez en castellano con traducción y prólogo de Marian Ochoa de Eribe.

Es todavía una obra de aprendizaje que tiene como eje argumental las diferentes experiencias amorosas de Stefan Valeriu, protagonista, narrador y receptor de distintos episodios que forman parte de la educación sentimental del personaje.

A través de cuadros breves e intensos, elaborados con una técnica conductista que atiende al diálogo y al gesto, se abordan los comportamientos opacos de seis mujeres muy distintas, que tienen algo en común: cada una de ellas es un mundo lejano e inaccesible.

Ese es uno de los aspectos más destacados de la novela: los distintos asedios a la psicología femenina. Entre el deseo y la fealdad, el placer y el voyeurismo, en brazos de la mujer madura o en los de una joven adolescente, el protagonista – activo o pasivo- siempre está frente a un ser distante y misterioso al que el narrador se acerca a través del matiz, la perplejidad o la sugerencia.

Al ejercicio de estilo que es Mujeres contribuye de manera decisiva la utilización de las tres personas de la narración. En tercera, primera o segunda persona, la utilización de las variadas voces narrativas forma parte del adiestramiento del escritor, pero es también un eficaz instrumento de aproximación al complejo mundo de los sentimientos.

Y algo más, igualmente interesante desde el punto de vista técnico: la adopción de una voz narrativa u otra implica construir el personaje desde dentro, con la primera persona; acercarse a él desde la distancia de la tercera o enfocarlo desde el lugar intermedio que marca la segunda persona.

Por eso Mujeres, además de la educación sentimental del protagonista, refleja también el proceso de formación y aprendizaje de un autor como Sebastian que está haciéndose dueño de su mundo narrativo.

Santos Domínguez

10 septiembre 2008

El mar no baña Nápoles


Anna Maria Ortese.
El mar no baña Nápoles.
Traducción de Francesc Miravitlles.
Editorial Minúscula. Barcelona, 2008.


Temo no haber visto nunca verdaderamente Nápoles, ni la realidad en general (...) Lo que me ha permitido acercarme a una y otra, y hablar de ello en algún libro, han sido las emociones, e incluso los sonidos y las luces.

De esa manera habla Anna Maria Ortese de los cinco relatos que forman parte de El mar no baña Nápoles (1953). Precedidos de la nota que redactó la autora para la reedición de 1994, los publica en España Editorial Minúscula con traducción de Francesc Miravitlles y el añadido de Las chaquetas grises de Monte di Dio, un texto de Anna Maria Ortese sobre el grupo Sud.

Tras la publicación de estos relatos, en los que tuvo que elegir entre visión y valoración, la narradora tuvo que abandonar Nápoles. Con una técnica mostrativa que recuerda en algunos de ellos (Las gafas) al neorrealismo cinematográfico y literario, los relatos de El mar no baña Nápoles, en los que se prefiere ver a valorar la dura realidad napolitana, se publicaron con un prólogo de Elio Vittorini y reflejan la vida de una ciudad devastada por la guerra.

Pero son más que eso. En ellos, además de su talento literario y su eficacia narrativa, Anna Maria Ortese proyecta su neurosis y su desarraigo, su experiencia del mundo y el mal. El dolor propio lo transfiere en consecuencia a la realidad de la vida cotidiana.

Por medio de las emociones y de las sensaciones, lo que se nos transmite es una visión que no entra a valorar una realidad amarga a través de una mirada implacable, pero también compasiva sobre la miseria, la enfermedad, el frío y la humedad. Escritos con una voz a la vez distanciada y cálida, los relatos de El mar no baña Nápoles tienen como referencia inmediata esa ciudad, pero más allá de eso son una visión de la condición humana, una crónica del desarraigo.

A través de los diálogos y las descripciones, la mirada de Anna Maria Ortese – emparentada con la de Chejov- se proyecta hacia fuera, pero no renuncia a mirar hacia dentro de los personajes, a base de monólogos interiores, reflexiones o recuerdos para reflejar la "oscura sustancia del vivir" con una técnica en la que conviven lo narrativo con la visión febril, el amor con el odio, la voz de la sibila que aparece en el espléndido El silencio de la razón con la actitud testimonial de fondo.

De entre los cinco relatos del libro, los narrados en tercera persona son los que están más próximos a la actitud testimonial; mientras en los otros la primera persona las acerca aparentemente al reportaje y transmiten una imagen crítica de la realidad social o cultural a través de una escritura visionaria.

Quizá entre todos ellos el lugar central lo ocupe el que se titula La ciudad involuntaria. Me parece que es el que mejor resume el tono del libro. Termina con estas líneas:

Comenzaba la noche en los Granili, la ciudad involuntaria se disponía a consumir sus pocos bienes en una fiebre que dura hasta la mañana siguiente, momento en que empiezan de nuevo los lamentos, la sorpresa, el luto, el inerte horror de vivir.

Santos Domínguez

08 septiembre 2008

La simiente enterrada.



Antonio Colinas.
La simiente enterrada.
Un viaje a China.
Siruela. Barcelona, 2008.


A raíz de este viaje a China he pensado mucho en lo que le debo a la poesía y al pensamiento de este país y, en concreto, a un notable grupo de traductores y especialistas.

Porque lo que importa de verdad en el viaje es su dimensión interior, su carácter iniciático, y el viaje geográfico no es más que su excusa narrativa, La simiente enterrada de Antonio Colinas es menos el diario de un viaje a China que una meditación ética y estética sobre el sentido de la vida, la poesía o la belleza. Un relato sutil y un inspirado tratado de armonía que refleja el interés por el espíritu oriental de los últimos libros de su autor.

Diario y crónica de un viaje por China en abril de 2002, La simiente enterrada, que ahora llega a su segunda edición en Siruela, es mucho más que eso. En él, la mirada personal de Colinas se proyecta en una continua reflexión sobre el pensamiento, el arte y la poesía chinos, y la armonía y la plenitud del Tao, que guarda una estrecha relación con la poesía reciente de Colinas, son el eje de referencia de sus anotaciones.

Como en todo libro de viajes, hay aquí dos trayectos: uno exterior, puramente geográfico; otro interior, de profundización y conocimiento, en el que se va reflejando la metamorfosis del viajero, que establece un diálogo cada vez más fluido con lo que a primera vista parece ajeno y alejado, pero está en las raíces de lo propio.

Bajo el signo de la armonía taoísta que integra presente y pasado, tradición y futuro, La simiente enterrada habla de jardines y monumentos chinos que resumen el universo, de la fusión con la naturaleza, de la pureza creadora de la pintura, semejante a la caligrafía y a la poesía, de la reunión del pintor, el calígrafo y el poeta en una misma actividad artística, del sincretismo ideológico de la cultura china, de la integración armónica de arte, poesía y pensamiento, o vida, historia y geografía.

Comprender de dónde vienes; esa es la esencia de la sabiduría, escribía Lao Tse. Y eso es también este libro: un viaje a la sabiduría de los orígenes, un viaje a la semilla.

Y además de todo eso, un conjunto de textos que iluminan el sentido de gran parte de la última obra poética de Antonio Colinas.

Santos Domínguez

06 septiembre 2008

Fuegos de octubre


Francesc Parcerisas.
Fuegos de octubre.
Introducción y traducción de Ángel Paniagua.
Linteo. Orense, 2008.


La obra poética de Francesc Parcerisas (1944), una de las más importantes de la literatura catalana actual, escasamente traducida al castellano, es también una de las más desconocidas para el lector ajeno a aquella comunidad lingüística.

Lo denuncia Ángel Paniagua en la introducción a estos Fuegos de octubre que publica Linteo en edición bilingüe. Un libro articulado en dos partes y cuya versión original obtuvo en 1992 el Premio de poesía Ciudad de Barcelona.

El sentido elegiaco y la reflexión moral de estos textos, presentes ya en el espléndido Álbum de escritor que abre el libro, desarrollan un concepto de la escritura como forma del recuerdo, como anulación del tiempo.

Y así, junto con los homenajes a la memoria de escritores como Pla, Vinyoli o Gil de Biedma, el libro es un despliegue de imágenes en las que el recuerdo recupera fragmentos de infancia, las olas y la noche en la bahía, el canto de los pájaros, los restos del naufragio, la frondosidad de un bosque o un jardín, porque

La vida son momentos hermosos, mariposas
que consume el recuerdo en noches sin memoria.

Sobre el paisaje mediterráneo o el universo mitológico de la Odisea se va sucediendo la luz cambiante de las estaciones, llena de matices cromáticos y de un simbolismo que tiene a Baudelaire al fondo.

Y a lo largo del libro, en una coexistencia que explica el sentido del título, lo elegiaco convive con lo celebratorio y el poema se transforma en el lugar en donde se unen el pasado y el presente, y espacios diversos en los que se confunden la realidad y el ensueño, lo que se ve y lo que se evoca, la introspección y lo contemplativo, para

pensar aún que la primavera estalla para languidecer,
que quizá tras la muerte sentiremos renacer las raíces.

Santos Domínguez

03 septiembre 2008

Los trabajadores del mar


Victor Hugo.
Los trabajadores del mar.
Traducción de Eric Jalain.
Prólogo de Juan José Téllez.
El Olivo Azul. Sevilla, 2008.


La religión, la sociedad y la naturaleza: tales son las tres luchas del hombre. Estas tres luchas son al mismo tiempo sus tres necesidades; el hombre ha de creer, de ahí el templo; ha de crear, de ahí la ciudad; ha de vivir, de ahí el carro y el barco. Pero estas tres soluciones contienen tres guerras. La misteriosa dificultad de la vida deriva de las tres. El hombre se enfrenta a los obstáculos de la superstición, del prejuicio y de los elementos… En Nuestra Señora de París, el autor ha denunciado la primera; en Los miserables ha señalado la segunda; este libro trata de la tercera.

De esa manera justificaba Victor Hugo el sentido que tiene en el conjunto de su obra la escritura de Los trabajadores del mar, una novela escrita y ambientada en la isla de Guernesey, en el Canal de la Mancha, donde estuvo exiliado quince años. Allí había escrito Los miserables y allí escribió entre 1864 y 1865 esta novela que ahora rescata en una cuidada edición Narrativas del Olivo Azul.

Hugo cierra el ciclo de la trilogía narrativa con esta que es su última gran novela, una obra de transición entre el Romanticismo y el Realismo en la que se mantienen rasgos románticos, como la admiración hacia el solitario y el marginado o la visión de una naturaleza desatada, pero la documentación rigurosa, prolija y detallista, ha sustituido a la imaginación y a la evasión.

Habían pasado ya diez años de la publicación de Mme. Bovary y Hugo no podía ignorarlo al escribir esta novela sobre el mar, el ámbito que es también una metáfora de su literatura. En el museo que honra su memoria en la Plaza de los Vosgos –lo cuenta Vargas Llosa- se conserva un curioso sobre dirigido a “Mr. Victor Hugo. Océan.” Como es natural, aquella carta llegó a su destino, a aquel autor de una literatura que es un mar cambiante e inmenso, con tormentas y abismos y una fuerza sobrehumana.

Los trabajadores del mar es una novela de aventuras y de personajes de psicología bien trazada, centrada en la figura de un Gilliatt complejo, misterioso y taciturno, y en un Lethierry heterodoxo, anticlerical, irreverente y revolucionario en quien Hugo proyectó más de un rasgo autobiográfico. Pero, como en el resto de sus novelas, el personaje principal, el más visible, es el narrador omnisciente que se introduce en el relato para enjuiciar a los personajes o comentar los hechos.

La acción, los personajes complejos y admirables, como los protagonistas, o despreciables como Rantaine o Clubin, de la estirpe hipócrita de Yago; las descripciones de paisajes, barcos y naufragios; la lucha contra los elementos (el mar, los vientos, el abismo y las tormentas; la imagen de la bestia monstruosa en forma de pulpo) componen una novela de madurez, narrada con el vigor de la excelente prosa de Hugo y rematada con un final inesperado en el que el destino se impone a la secuencia lógica de las acciones.

Menos conocida que Nuestra Señora de París o Los miserables, en ella se reúnen los temas que eran centrales en esas dos obras mayores: la superstición ante lo diabólico y la crítica ácida o irónica de las injusticias y los prejuicios en una novela absorbente que parece presagiar en algunos momentos al mejor Conrad.

A propósito de Los miserables, escribía Vargas Llosa que la intención de Hugo no era escribir una novela de aventuras, sino un tratado religioso. De Los trabajadores del mar se puede decir que además de una novela de aventuras contiene un tratado de náutica y otro de historia natural.


Santos Domínguez


01 septiembre 2008

Dignum est y otros poemas



Odysseas Elytis.
Dignum est y otros poemas.
Traducción, selección y prólogo de Cristián Carandell.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona, 2008.

Como un “poeta del amor, que concibe la vida como alegría, eternamente joven, guiado por la lógica de la naturaleza y una desbordante fantasía lírica, que es música, que es pintura, que es danza”, define a Odysseas Elytis (1911-1996) Cristián Carandell en el prólogo a la edición bilingüe que ha preparado para Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.

Dignum est (1959), el largo poema-libro que abre la amplia selección de la poesía de Elytis, no es sólo su obra más importante. Es también –como La tierra baldía, Anábasis o Espacio- uno de los grandes poemas del siglo XX. Como ellos, extenso, salmódico y exigente, clausura una manera de escribir poesía y propone una lectura del mundo bajo una nueva luz. Monumental y sorprendente como esos poemas mayores, Dignum est marca un antes y un después, un camino sin retorno en la obra de Elytis y en la poesía griega contemporánea.

Como de todas esas cimas múltiples y complejas, el poeta baja de su experiencia creativa transfigurado, y el lector tiene la sensación de que sus libros anteriores no eran sino tentativas y avanzadillas para preparar esa ascensión que prefigura también lo que vendrá después y abre una vía por la que discurrirá su producción posterior.

Dignum est constituye un eje entre el inicial superrealismo eluardiano de Orientaciones o El sol primero y la depuración técnica y la mirada estilizada de los libros posteriores (Sol soliarca, Diario de un abril invisible, Elegía de Oxópetra o De cerca), en los que la poesía se plantea como descubrimiento, como viaje en busca de la luminosidad y la transparencia.

A partir de Dignum est la vocación de la poesía de Elytis es intervenir sobre lo real con mirada penetrante y palabra transformadora, con la capacidad de la metáfora para revelar la esencia de la realidad. Más allá de la mera transcripción del mundo, el poema aspira a descubrir el misterio de la belleza y a resolver el enigma de la luz.

El poeta usa así las sílabas, las palabras y las frases de una lengua desconocida para desvelar con ellas los signos secretos de una verdad más profunda que la que captan los sentidos o interpreta la razón:

Allí donde el racionalismo depone sus armas –ha escrito Elytis- empieza el territorio de la poesía, la aproximación con la magia verbal a aquello que sobrepasa la mera comprensión intelectual hasta hacer del poema el lugar de la revelación y la luminosidad.

Como en todas esas crestas poéticas que perfilan la poesía del siglo XX, en Dignum est, sobre todo en su espléndida tercera parte, y en sus libros posteriores se dan cita distintos elementos -desde la experiencia personal a la colectiva- y se aúnan tradición y modernidad para responder a una crisis que está – como en todos esos grandes poemas- en la raíz de este libro.

La integración de imagen y ritmo, de la nostalgia elegíaca y la exaltación hímnica, la armonización de forma y sentido, de espíritu y materia, de ética y belleza, de lo épico y lo lírico, de lo apolíneo y lo dionisiaco, son algunos de los ejes de una síntesis de tradiciones cultas y populares que recuerda a algunos de los poetas del 27 que más admiró Elytis. Y el resultado es una poesía que tiene como centro o como fondo la naturaleza mediterránea, la exaltación de la luz, el mar y el viento, las olas del Egeo, los olivos, el verano, el mediodía y las muchachas. En suma, la revelación del mundo a través de lo que el propio Elytis definió como una "metafísica de la luz".

A propósito de Eluard, Elytis escribió estas líneas, que pueden resumir su propia obra:

Lo que escribe llega enseguida a nuestro corazón, nos golpea en medio del pecho como una ola de otra vida sacada de la suma de nuestros más mágicos sueños.

Santos Domínguez

14 julio 2008

Poesía popular de la China antigua




Poesía popular de la China antigua.

Edición de Gabriel García-Noblejas.
Alianza. Madrid, 2008.


Tres mil años tienen los poemas más antiguos que se recogen en esta Poesía popular de la China antigua, que publica Alianza con selección, traducción, prólogo y notas de Gabriel García-Noblejas.

Anónimos, campesinos y orales, son –como ocurrió siglos después en la tradición occidental- una cultura subalterna, alternativa o paralela, a la cultura hegemónica oficial: la de los letrados que gobernaban la China antigua.

Destinados al canto y a la transmisión oral, su destino era el propio de un proceso que pasaba por el anonimato, la vida colectiva y la desaparición, simultánea a la extinción de los modos sociales que explican el sentido de esas canciones.

Este triple proceso, y aquí el paralelismo con otras culturas es evidente también, sólo se cumplió parcialmente. Y, aunque no sabemos en qué grado, como ocurrió con la lírica popular europea de la Edad Media, estas canciones se pusieron por escrito y se aseguró su conservación cuando la cultura oficial las asimiló y las imitó.

El Libro de la poesía desempeña en la literatura china ese momento fundacional y de él proceden la mitad de los textos de esta antología. Textos que tienen –pese a su lejanía espacial y temporal- un cierto aire de familia que los emparenta en su carácter femenino con las cantigas, las jarchas, los villancicos o las cançós.

No sólo la sencillez de su esquema métrico, la aparición de temas universales como el amor o el tiempo, o el cultivo de ciertas estructuras geométricas o reiterativas. Es algo más profundo y menos nombrable, que los liga a la vida y hace que esos textos parezcan siempre nuevos porque forman parte de lo que une tiempos, lugares y civilizaciones: la expresión del deseo o el miedo a la muerte, unidos en un anticipo del carpe diem latino, la canción que alivia la dureza del trabajo o celebra las fiestas y los ciclos estacionales, la que acompaña a la danza o conjura a los espíritus que protegen la casa o amenazan las cosechas.

Resumidos en estos poemas hay trece siglos de vida y de poesía china en la que campesinos sin nombre celebran los ciclos agrícolas, la fertilidad y la recolección, reniegan de las guerras y evocan ríos con orillas propicias para el amor o la nostalgia.

Y en muchas de estas canciones, como en el Japón de Murasaki, como en Europa siglos después, la voz femenina de la elipsis y la sugerencia, el asombro celebratorio o la insinuación melancólica. Una voz femenina, delicada, sencilla y declarativa, que lamenta la separación bajo la luna o cuando cantan los gallos.

Santos Domínguez

11 julio 2008

Aquella mitad de mi tiempo


Javier Marías.
Aquella mitad de mi tiempo.
Al mirar atrás.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
Barcelona, 2008.


La infancia, los padres, la juventud o los maestros son algunos de los ejes de Aquella mitad de mi tiempo, un conjunto de textos retrospectivos en los que el escritor, el tiempo y la memoria completan la imagen más personal de Javier Marías y su mundo.

Semblanzas y recuerdos que constituyen lo más parecido a unas memorias, indirectas, involuntarias y fragmentarias, como las califica Miguel Marías en el prólogo escrito para este volumen que contiene, además de ochenta artículos, dos apéndices: el Diario de Zúrich y una entrevista, inédita hasta ahora en español, para The Paris Review. Una amplia recopilación de los artículos más autobiográficos o evocadores de Javier Marías que publica Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores en una edición preparada por Inés Blanca.

Los textos, de variada extensión y diversa procedencia, están organizados alrededor de siete secciones temáticas: la infancia (Entre Nueva Inglaterra y Chamberí); los padres (Como el aire); la juventud (Volatines callejeros); los intelectuales y escritores a los que trató (Benet, Aleixandre o García Hortelano) en Escuchando a los mayores; un homenaje a la generación de los que perdieron la guerra (El mundo en orden); los nobles del reino de Redonda y finalmente la madurez de El mundo en desorden.

Y, como en una novela, sorpresas y emociones que acompañan al lector en su visita al Marías más próximo y sereno, el que escribe en uno de estos textos:

Si nos da tiempo a decir adiós, bien estará y yo no me quejaré.

Santos Domínguez

08 julio 2008

Habla Walt Whitman


Habla Walt Whitman
Edición de Rafael Cadenas.
Pre-Textos/poéticas. Valencia, 2008.


Con selección, traducción y prólogo del poeta venezolano Rafael Cadenas, Pre-Textos publica en su colección Poéticas una muestra significativa del Withman oral, el que conversaba a diario en Camden con su amigo Horace Traubel.

Es un Withman de viva voz, que tuvo en Traubel a un discípulo que recogió sus conversaciones. Como hicieron Eckermann con Goethe, Boswell con Samuel Johnson, o Guerrero Ruiz con Juan Ramón, las notas recogidas durante cuatro años las publicó aquel Traubel que era más oyente que interlocutor, más admirador que igual, en cinco tomos (With Walt Whitman in Camden) que a mediados del siglo XX seleccionó y organizó Walter Teller con un criterio temático en su Walt Whitman’s Camden Conversations.

De esos libros, que en el fondo son el mismo, y de otros dos (Notes and Fragments, editado por Richard Bucke y Walt Whitman’s Workshop, de Clifton Joseph Furness) proceden los materiales que ha seleccionado y traducido Rafael Cadenas para esta antología del Withman conversacional.

Está aquí la ideología vital de Withman, tan anclada en el existir cotidiano; sus preferencias estéticas (¿Hay algo mejor en la literatura que las mejores cartas?); su admiración por Shelley o Shakespeare y su antipatía por Samuel Johnson; sus críticas a la política norteamericana, su pacifismo y su repugnancia por la religión (Me agobia ya bastante el hecho de que los hombres peleen por sus religiones como para desear discutirlas) y por las iglesias ( La iglesia no es lugar para un hombre después de que éste ha logrado su crecimiento), pero también su reflexión sobre la escritura propia y ajena, sus notas de lectura o de trabajo sobre Hojas de hierba, su laboratorio y su taller literario en el que nada se improvisaba.

Quien lee esto, no toca un libro, toca a un hombre, escribió Withman en Hojas de hierba. Basta con cambiar leer por oír para entender el sentido de un libro como este, tan complementario de la obra poética de su autor.

Santos Domínguez

05 julio 2008

José Tomás. De lo espiritual en el arte


Fernando González Viñas.
José Tomás.
De lo espiritual en el arte.

Berenice. Córdoba, 2008.

En el extremo del vértice más alto a veces se halla un solo hombre. Su contemplación gozosa es igual a su desmedida tristeza interior. Los que se encuentran cerca de él no lo entienden, y con indignación, lo acusan de loco o impostor. De esta manera vivió Beethoven, denostado y solo en la cumbre.

Como un discurso intelectual, como si Kandinsky -de quien son esas líneas y de quien toma título este libro que publica Berenice- hubiera debutado en la Maestranza, aborda Fernando González Viñas la tauromaquia de José Tomás.

La actitud de este torero ante la vida y ante la muerte, su recogimiento ensimismado, convierten su toreo no sólo en un peligro y en una verdad incómoda, sino en un ejercicio espiritual en el que olvidarse del cuerpo es el primer paso hacia una mística similar a la del samurái, con el que le familiarizó, a través de la lectura de Mishima, Antonio Corbacho , la persona que más ha influido en la formación de José Tomás.

Entre la interpretación y la biografía, entre lo filosófico y lo artístico, el aficionado sólido que es Fernando González Viñas ha escrito un libro que compagina la documentación de unas imágenes no siempre bien reproducidas con un paciente trabajo en las hemerotecas. Y esa doble labor la ha pasado por el tamiz de su experiencia como espectador de las faenas de José Tomás.

La autenticidad de su toreo, la guerra fría con Ponce, que le vetó repetidamente para evitar comparaciones enojosas, la diferencia entre el toreo superficial y de ventaja y la tauromaquia profunda de José Tomás son algunos de los capítulos que aborda finalmente la distancia entre el tomismo y el tomasismo para concluir con estas líneas resumen el sentido del libro y lo conectan con la cita de Kandinsky:

Sí, José Tomás es un loco. No cabe duda. Y es un sueño del que hace partícipes a muchos locos que coinciden con él en señalar lo espiritual del arte como un motivo para vivir y para, si es preciso, dejarse la vida en una plaza de toros.

Santos Domínguez


02 julio 2008

Voces en Ruidera


Francisco García Pavón.
Voces en Ruidera.
Rey Lear. Madrid, 2008.


Rey Lear reedita, con un prólogo de la hija del autor, Sonia García Soubriet, Voces en Ruidera, la novela más cervantina de las que Francisco García Pavón escribió en torno a Manuel González, Plinio, el jefe de los municipales de Tomelloso. Ambientada en los parajes cervantinos del Campo de Montiel que García Pavón mostró en La cueva de Montesinos, su recuperación es una buena oportunidad para redescubrir, treinta y cinco años después, su capacidad narrativa y para comprobar lo bien que ha resistido el paso del tiempo esta novela que fue la que más problemas le ocasionó con la censura.

De todas las novelas del ciclo policial de Plinio, quizá ninguna muestre más madurez ni más calidad que Voces en Ruidera. Brilla en ella mucho más el prosista que el novelista, y la admirable altura literaria de muchas de sus páginas es superior a la intriga de corte policial o a una acción que se pierde con frecuencia en excursiones descriptivas y afluentes de varia lección, desde la receta minuciosa de los galianos a la elucubración sobre el tiempo y la memoria.

Y se agradece, pese a todo, que la mirada de García Pavón, tan acomodada al difícil horizonte oretano, se fije en la ancha llanura manchega de Tomelloso a Argamasilla o se duerma en la hondura de espejo quieto de las lagunas de Ruidera. En ese paraje -ninguno más sorprendente ni misterioso en la ruta de don Quijote- se desarrolla este libro espléndido que viene a confirmar cuánta razón tienen los que afirman que la literatura vive en el adjetivo, en el territorio del matiz.

Santos Domínguez

30 junio 2008

Equipaje de vacaciones. Viajes


Paul Theroux.
En el gallo de hierro.
Traducción de Margarita Cavándoli.
Punto de lectura. Madrid, 2008.


La inmensidad de China te maravilla. Más que un simple país, parece todo un mundo. Paul Theroux (Massachussets, 1941) siente una predilección especial por los viajes en tren. A ellos dedicó El gran bazar del ferrocarril o El viejo expreso de la Patagonia. De la intensa experiencia viajera en los ferrocarriles chinos surge este espléndido En el gallo de hierro, un recorrido por la China posmaoísta que acaba de publicar en bolsillo Punto de lectura. Theroux es uno de los mejores escritores contemporáneos de narrativa de viajes. Y este, que cumple ahora veinte años, es para muchos su mejor libro.




Marq de Villiers y Sheila Hirtle.
Tombuctú.
Viaje a la ciudad del oro.

Traducción de Beatriz Iglesias.
Península. Barcelona, 2008.


Un viaje mítico a uno de los topónimos del sueño y la aventura. Tombuctú, la capital de los nómadas del desierto del Sahara, fue cruce de caminos, espacio de negocios, capital de la sabiduría y las discusiones teológicas, eje de las rutas comerciales del oro de Ghana, de la sal del sur del Sahara y del tráfico de esclavos. Marq de Villiers y Sheila Hirtle hacen en este libro un recorrido geográfico e histórico por el esplendor y la decadencia de una de las más bellas ciudades del mundo, una metáfora más que un lugar.


Marco Polo.
Libro de las maravillas del mundo.
Edición de Manuel Carrera Díaz.
Cátedra. Letras universales. Madrid, 2008.

La Biblia de la literatura de viajes. El libro de las maravillas del mundo, que Marco Polo dictó a finales del siglo XIII a Rustichello da Pisa, mantiene hoy una fuerza que lo pone más cerca de un relato de literatura fantástica que de la descripción geográfica del mundo. Aquel veneciano intrépido no lo sabía, pero inauguraba un género, el relato de viajes, que estaba más cerca de la literatura fantástica que del tratado de geografía o de antropología. Sin este modelo, Italo Calvino no hubiera podido construir esa minuciosa cartografía del sueño que tituló Las ciudades invisibles.


Santos Domínguez

29 junio 2008

Equipaje de vacaciones. Ensayo


Luis García Montero.
Inquietudes bárbaras.
Anagrama. Barcelona, 2008.

Frente a la barbarie iletrada del neoconservadurismo, una reivindicación de la ética de la palabra, de la función civil de la poesía contra la doble corrosión del lenguaje y el olvido. La enseñanza pública y la educación para la ciudadanía, la defensa de los valores éticos de la Segunda República o la dedicación a la poesía son algunos de los temas de una colección de ensayos en los que García Montero rinde homenaje a una memoria histórica fijada por la poesía, por la conciencia crítica y por el sentido testimonial de la literatura. La ética del escritor como ciudadano.




Patricia Mayayo.
Frida Kahlo.
Contra el mito.

Cátedra. Madrid, 2008.


Un acercamiento riguroso a la dimensión artística de Frida Kahlo, oscurecida a menudo por la leyenda y la biografía. Profusamente ilustrado, este ensayo acomete el estudio de su pintura con un enfoque que sin negar su naturaleza autobiográfica, la sitúa en una dimensión ideológica e histórica con la que se reivindica su conciencia artística, su estética de la vida cotidiana, la construcción de su propia identidad y de sus máscaras.




Vicente Fernández González.
La traducción, de la A a la Z.
Berenice. Córdoba, 2008.

Un inusual glosario sobre la traducción literaria, elaborado por un experto que aborda las múltiples dimensiones de esta disciplina, desde lo sociocultural a lo creativo o la política. Irónico, riguroso, sorprendente y múltiple, un libro que va de la A de animal (político) a la Z de Zanco Panco. En medio, en la O, la traducción griega de los orfelunios (Rayuela, 68), la P de perplejidad o la Ñ de Eñe, el tuétano intraducible de nuestra lengua española.


Esteve Riambau.
Francis Ford Coppola.
Cátedra. Madrid, 2008.


Esteve Riambau hace en este ensayo que publica Cátedra Signo e Imagen en su serie Cineastas un análisis de la trayectoria creativa, extensa, intensa y renovadora, de Francis Ford Coppola. El padrino, Apocalypse Now, Cotton Club, Drácula de Bram Stoker o la reciente Youth without Youth, dan cuenta de una obra variadísima, con un denominador común: una calidad que le ha situado entre los directores fundamentales de la historia del cine.

Francisco García Jurado.
Marcel Schwob. Antiguos imaginarios.
Biblioteca ELR Ediciones. Madrid, 2008.

Entre la recreación y la invención, Marcel Schwob fue un hacedor de vidas imaginarias, el fundador de un imaginario simbólico de la Antigüedad a través de una representación de sus poetas que perdura en la estética moderna. De la mano sabia de Francisco García Jurado, lector inteligente y apasionado, miembro de número de una de esas pequeñas sociedades secretas a las que perteneció también Borges, este libro es un recorrido por el París de Schwob, por sus textos memorables y por sus afinidades con la pintura de Gustave Moreau y la poesía de Browning, otro inventor de voces y de vidas.



Andrés Sánchez Robayna.
Deseo, imagen, lugar de la palabra.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
Barcelona, 2008.


Reunión de ensayos de Andrés Sánchez Robayna, con un vínculo de referencia: el esfuerzo por construir y explicar el pensamiento poético del autor. Un examen interpretativo que se proyecta sobre el sentido de la modernidad literaria y artística. De Mallarmé a Celan, de Juan Ramón a Valente, una reivindicación de la unidad de las artes y un conjunto coherente de textos sobre la materia poética y la materia plástica que culminan en la tercera parte del volumen con las reflexiones del autor sobre su propia poética.



François Jullien
La gran imagen no tiene forma.
Traducción de Albert Galvany.
Alpha Decay. Barcelona, 2008.

Literatura, crítica, pintura, ciencia y filosofía se dan cita en este libro de François Jullien que busca, como los Letrados chinos, el fondo insondable de las cosas a través de la forma. Análisis comparado de las distintas formas de representación del mundo y de conocimiento de la realidad en un diálogo de tradiciones y artes. Entre la poesía y la pintura, entre lo oriental y lo occidental, un ensayo de des-ontología, una propuesta para repensar el mundo como realidad y como representación simbólica. El espíritu del paisaje, la mirada y el recogimiento y una pregunta a cuya respuesta se dedica uno de los mejores capítulos del libro: ¿Qué escribe la pintura?


Santos Domínguez