19 octubre 2006

Diarios de Zenobia



Zenobia Camprubí.
Diario. 3. Puerto Rico (1951-1956)
Edición de Graciela Palau de Nemes.
Alianza Literaria. Madrid, 2006.

Hace más de veinte años que Graciela Palau de Nemes recopiló los dos primeros tomos del diario que Zenobia Camprubí llevó a lo largo de otros veinte años de exilio: El diario de Cuba (1937-1939) y el de Estados Unidos (1939-1950).

En 1993, la profesora Palau de Nemes tuvo que abandonar por razones personales la edición del material que estaba preparando para que formara parte de una tercera entrega, la última, de los diarios de Zenobia: la correspondiente a los últimos años de su autora y de Juan Ramón Jiménez en Puerto Rico.

Terminada afortunadamente esa labor, Alianza Literaria publica este tercer tomo de los diarios que Zenobia escribió durante los últimos años de su vida, entre 1951 y 1956. Y aprovechando esta primera edición, se reeditan los dos anteriores, que estaban agotados desde hace algún tiempo.

Se completa de esa manera un material de más de mil páginas que Zenobia empezó a escribir en La Habana en 1937 y que mantuvo hasta mes y medio antes de su muerte en 1956, justo en los días en que a Juan Ramón le daban el Nobel, hace ahora cincuenta años.

Un material de enorme importancia literaria y sociocultural, porque no sólo es el monólogo de una mujer inteligente, sensible y sobre todo paciente con alguien tan difícil de soportar como el poeta. Porque Zenobia fue una mujer esencial en la vida de Juan Ramón Jiménez durante más de cuarenta años, pero eso no tendría más interés que el puramente privado si no hubiera desarrollado una ardua labor en la conservación y ordenación de su obra.

Zenobia, que se había educado en Estados Unidos y era una mujer moderna, detestaba el papel subalterno de la mujer casada en España, no se hubiera casado con Juan Ramón si no hubiera sabido que sería ella la que llevaría el peso de la casa y la responsabilidad de su administración cotidiana. De alguna manera debía de intuir que vivir con Juan Ramón era otra forma de estar soltera.

Del desconcierto y la inactividad de un Juan Ramón desorientado en Cuba en los primeros años de exilio se hablaba en el primer tomo. El segundo daba importantes informaciones sobre la composición de Espacio y Tiempo, los Romances de Coral Gables o Una colina meridiana. Y el tercero, que cierra el ciclo diarístico, recoge también el cierre de la producción poética de Juan Ramón.

Era el momento apremiante de revisar y reunir defiinitivamente la obra abundantísima del poeta. De esa labor que llevó a cabo en sus últimos años Zenobia sobreponiéndose al desánimo, al exilio y a la soledad, a las psicosis insoportables del poeta y al dolor físico que la acosó, se habla en este tercer tomo del Diario en los años de Puerto Rico.

Se refleja aquí la actividad desatada de quien sabe dos cosas: que su trabajo es importante y que aunque no le queda mucho tiempo no está dispuesta ni a la rendición ni a la autocompasión. Y drogada por el dolor, pero lúcida y urgente, se afana en ordenar los materiales ingentes de la Tercera antología poética.

Las fechas en las que Zenobia escribe con más frecuencia coinciden con las más críticas de su vida: el comienzo del exilio, con sus conflictos interiores y sus desajustes, y al final de su vida, cuando Juan Ramón sufría más trastornos mentales y ella luchaba contra un cáncer que la iba minando aceleradamente. Cuando su existencia es tranquila, Zenobia escribe poco o no escribe.

En este tercer tomo, una Zenobia enferma se afana en dos actividades que la preocupan especialmente: en organizar la edición de la obra de Juan Ramón y en dejar resuelta la situación vital de quien ya sin duda iba a sobrevivirla.

Como en la vida que refleja, hay de todo en este tercer diario: desde una oscura premonición de su enfermedad el 16 de octubre de 1951, meses antes del diagnóstico, hasta el zapatillazo que le lanza el 21 de agosto de 1955 un Juan Ramón enfadado que se resiste a la higiene personal, pasando por una carta de Goethe felicitando a Juan Ramón por la traducción de Platero y yo al alemán (13 de marzo de 1955).

Cenas, hospitales, problemas con las editoriales o con vecinos molestos, la economía doméstica o la higiene del poeta, que se resiste al agua y a los peluqueros y no quiere tomar las medicinas y acaba poniendo a Zenobia de los nervios con sus variadas psicosis, con sus simulaciones de enfermo imaginario.

Seguramente andan por debajo de estas situaciones las claves de algunas irregularidades e incongruencias de Lírica de una Atlántida, una recopilación de libros y versiones que tiene a veces el aire de un borrador silvestre.

Además de la edición, la introducción y las notas a pie de página, Graciela Palau ha escrito un epílogo (Muerte y ausencia de Zenobia Camprubí) en el que evoca los últimos meses de un Juan Ramón desorientado, superviviente y viudo, aún más retraído y más abandonado de sí mismo que hasta entonces.

El índice de personas del final de cada tomo es tan útil como imprescindible en una obra como esta que admite una lectura continua, fácil y gustosa, y que puede utilizarse también como obra de consulta de nombres relacionados con Juan Ramón y su obra.

Lo decía arriba: este es un texto de evidente importancia sociocultural y literaria, pero es también el conmovedor testimonio personal de una mujer admirable sobre la que se aporta un material gráfico no muy abundante, pero muy significativo.

Habrá lectores - concluye Graciela Palau de Nemes al final de su texto de reconocimiento y advertencia- que se valdrán del contenido de este triste Diario 3 para desmerecer a Zenobia y al poeta, como ya lo han hecho con los anteriores. Pero "la inmensa minoría" sabrá leerlo con justicia y equidad.


Santos Domínguez

18 octubre 2006

Clara Campoamor, la mujer olvidada




Isaías Lafuente.
La mujer olvidada.
Clara Campoamor y su lucha por el voto femenino

Temas de Hoy. Madrid, 2006.



El 1 de septiembre de 1931, el día en que subí por primera vez los seis peldaños de la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados para defender el sufragio femenino, yo tenía que estar muerta.

De esta manera comienza la narración de la autobiografía ficticia de Clara Campoamor que ha escrito Isaías Lafuente y publica Temas de Hoy. Se trata de recrear o imaginar las memorias que Clara Campoamor nunca llegó a escribir. Anciana y enferma, desde su exilio en Lausana, la mujer que defendió y consiguió el reconocimiento del derecho al voto para las mujeres españolas en las Cortes constituyentes de la Segunda República, recuerda aquel debate memorable en el que tuvo que enfrentarse a los prejuicios de los hombres y de la única mujer, Victoria Kent, que ocupaban sus escaños.

A través de sus páginas, Isaías Lafuente nos descubre la apasionante vida de una mujer que antes de cambiar la Historia tuvo que cambiar la suya propia. Huérfana de padre, tuvo que abandonar sus estudios siendo una niña para ponerse a trabajar. Con 32 años, cuando la vida de las mujeres de su época estaba amortizada, decidió reemprender su formación y en una década intensa consiguió acabar Derecho, montar su bufete de abogada en Madrid y obtener un escaño como diputada.

La suya fue la primera voz de mujer que se escuchó en el Parlamento español. Su apasionada defensa del voto femenino, en contra de su propio partido, que la dejó sola, fue, paradójicamente, su mayor éxito político y la causa de un imparable declive que la llevó al ostracismo. Vivió su largo exilio consumida por la angustia de no poder regresar a su país y por la decepción de que pasaban los años sin que las mujeres españolas lograsen recuperar los derechos que ella había contribuido a conquistar cuarenta años antes.

Perseguida por el régimen de Franco, nunca se le permitió regresar a España. Sólo pudo hacerlo, convertida en cenizas, tras su muerte, el 30 de abril de 1972. La memoria no ha hecho suficiente justicia a esta mujer excepcional. Y en la España actual aún se encuentran enciclopedias, libros de texto o tratados políticos que olvidan incluir su nombre.

Muy acertadamente, Isaías Lafuente utiliza la primera persona para suplir el hecho de que no escribiera su autobiografía en estos recuerdos de Clara Campoamor desde Lausana en los últimos días de su vida.

El alemán Dr. Moebius y otros Moebius nacionales hablaban de la inferioridad mental de la mujer. ¿Es la mujer un ser humano?, se preguntaba en aquella España Gregorio Martínez Sierra, famoso dramaturgo de la época. Todavía no se sabía entonces que sus mejores obras las había escrito precisamente una mujer, precisamente la suya: María Lejárraga.

Clarín decía de Emilia Pardo Bazán que era un marimacho y otro famoso novelista de la época sólo acertaba a decir cuando le comunicaban que había muerto Dª Emilia:

-¡Qué pena! ¡Con lo bien que la chupaba!

Las mujeres tenían sus derechos civiles limitados. O simplemente no tenían derechos. No se concebía la coeducación y en los primeros tiempos de la Segunda República se daba la paradoja de que las mujeres podían ser elegidas como Clara Campoamor o Victoria Kent, pero no podían ser electoras.

Circulaba en aquella España el tratado La indiferencia espiritual del sexo femenino, del diputado gallego Novoa Santos, patólogo patológico que decía que el histerismo no es una enfermedad sino la propia estructura de la mujer.

En ese contexto se desarrolla la vida de Clara Campoamor, telegrafista que luego deja de escribir al dictado, que dio clases en la Escuela de Adultos y entró en el Ateneo, donde conoció a Margarita Nelken.

Con 33 años inicia el Bchillerato, ingresa luego en en la Universidad donde completa estudios de Derecho. Y casi a la vez que Victoria Kent, fue la primera mujer que abrió bufete en Madrid. Sus primeros gestos republicanos se produjeron durante la dictadura de Primo de Rivera. Luego vivió la proclamación de la República en San Sebastián.

Y tras el decreto de las faldas, que hizo elegibles a las mujeres y a los curas, fue elegida parlamentaria en las listas del Partido Radical.

Y empezó a defender, para eso subió a la tribuna aquel primero de septiembre de 1931, el voto femenino. Un voto peligroso porque las mujeres estaban dominadas por la sacristía, según se denunció en aquel enfrentamiento en el Congreso con Victoria Kent que lo consideraba inoportuno y prematuro. Y aunque se llegaron a proponer alternativas enloquecidas como el llamado voto de la menopausia, el derecho de voto para la mujer a los 45 años, finalmente triunfó la propuesta que defendía Clara Campoamor, que en 1936 publicó Un pecado mortal, memoria personal sobre su lucha por el voto femenino.

Tenía que estar muerta, iba pensando, porque la esperanza de vida para la mujer de su época ya la había rebasado por entonces. Desde esa condición de superviviente, el 1 de setiembre de 1931, con 43 años, Clara Campoamor sube por primera vez a la tribuna de oradores del Congreso.

Setenta y cinco años después de aquellas jornadas de septiembre de 1931, este libro es un merecido homenaje a su lucha y a su memoria.


Mayra Vela Muzot.

17 octubre 2006

El fulgor de la pobreza



Luis Mateo Díez.
El fulgor de la pobreza.
Punto de lectura. Madrid, 2006.


Lo que Edira recordaría siempre como el gesto de una despedida fue la sonrisa que se dibujó en los labios de su padre aquella sobremesa de la celebración, cuando todos la miraban y en las palabras que recobraban las felicitaciones y el brindis tras los postres, se hizo unánime la alegría, como si los veinticinco años que acababa de cumplir tuviesen un sentido especial: el cuarto de siglo que comienza a llenar tu vida de un pasado que ya se contrapone al presente y orienta el futuro.

Tres meses más tarde, la desaparición de Cos­­mo vino a confirmar lo que aquella sonrisa significaba, cuando ya nadie en la familia comprendía lo que a Cosmo le estaba sucediendo y de cuyo secreto sólo Edira sabía algo: no lo que pudiera cons­tatar con los datos de una comprobación sino con las presunciones y las sospechas que con tanta inquietud había observado.

Esas son las primeras líneas de El fulgor de la pobreza, la primera de las tres novelas cortas que integran el volumen del mismo título que acaba de aparecer en Punto de lectura.

Desde hace unos años, Luis Mateo Díez viene publicando una serie de novelas cortas que ha denominado Fábulas del sentimiento. Agrupadas en trilogías, serán en total una docena de relatos breves destinados a completar una tetralogía, de las que han aparecido ya las tres primeras entregas: El diablo meridiano, El eco de las bodas y El fulgor de la pobreza, que apareció hace un año en Alfaguara y se edita ahora en formato de bolsillo.

El excepcional contador de historias que es Mateo Díez afronta en estas narraciones un reto nada fácil, que resumo con sus propias palabras: "contar con naturalidad cosas muy complejas, muy hondas y misteriosas."

Literatura de la intensidad y del fragmento, con subdivisiones en capítulos organizados a su vez en secuencias muy breves, esa disposición de la materia narrativa marca su propio ritmo de lectura, fluido y lento a la vez.

Como los anteriores volúmenes de la serie, este toma el título del primero de los tres relatos, El fulgor de la pobreza, que tiene su origen en una cita de Rilke. Una novela corta en la que el narrador y los personajes tejen en Armenta el hilo del relato de una desilusión, una huida y una revelación en torno a dos figuras, la de Cosmo Ferrando y la de su hija, Edira.

En La mano del amigo, la crónica de una muerte anunciada desde la primera línea del texto, el narrador ve reforzada su voz con la opinión de otros personajes en la historia de una amistad, de una desconfianza y un secreto, de un odio de oscuras raíces y de una traición que tiene como protagonistas y víctimas en Oceda a Roncel y a Elio.

Deudas del tiempo se centra en la figura de Dacio Estrada, emigrante de vuelta en Buril, para quien la distancia no es el olvido y la memoria que funde el pasado y el presente le llena de terror y de malos sueños en los que una deuda acaba convertida en una persecución implacable.

Los tres relatos del volumen tienen una serie de vínculos que los relacionan muy profundamente y le dan una visible coherencia a la trilogía: su técnica polifónica y la presencia de asuntos como el recuerdo, el secreto, el silencio, la huida, la revelación, el destino y la pasión.

Esos son los temas con los que se explora el sentido de la vida en una serie narrativa que tiene también una gran homogeneidad estilística en la densidad de una prosa muy elaborada y concentrada en la forma de la novela corta, de lectura exigente y lenta con la que el lector se aproxima al ritmo lento de la evocación.

Santos Domínguez

15 octubre 2006

Leyendo en las piedras



Antonio Colinas.
Leyendo en las piedras.
Siruela. Barcelona, 2006.

He tenido que regresar, una vez más, a Petavonium
.

Así comienza un intenso y emocionado viaje por la memoria y por el misterio, entre el mito y la realidad, entre la vigilia y el sueño.

Antonio Colinas regresa a Petavonium con este Leyendo en las piedras que publica Siruela. Como en el poema de su Jardín de Orfeo, a las piedras del tiempo, las piedras de la sangre helada de mis antepasados: la piedra-musgo, la piedra-nieve, la piedra-lobo (...) para poner el oído en la piedra, para escuchar el sonido de la montaña.

Eso, un regreso a los paisajes de la memoria, es este conjunto de dieciocho textos unidos por un protagonista con fuerte contenido autobiográfico, que vuelve a la casa de sus antepasados para desvelar los secretos de su memoria en torno a ese lugar mítico llamado Petavonium, una referencia familiar para los lectores de la poesía de Colinas.

Un espacio exterior y una memoria personal reunidos explícitamente en el título del primer relato. A ese espacio en ruinas de la casa que es el centro del mundo llega un protagonista también en situación de crisis para buscar su origen, para reencontrarse a sí mismo por medio del reencuentro con la naturaleza, con el misterio de las piedras y las montañas.

Memoria y misterio se alían para hablarnos en primera persona, con la prosa depurada y la voz serena de Antonio Colinas, de los temas esenciales de la literatura y de la vida: la muerte, el amor, la naturaleza o el más allá.

Y para reconstruir, con la intensidad del lenguaje poético, un pasado en el que se confunden la realidad y el sueño en un tiempo intrahistórico que vive en la memoria y tiene sus claves en los símbolos de las piedras, un tiempo transitivo que se capta con los sentidos, como se oye la música del tiempo en la piedra del monte.

La piedra salvadora e intrahistórica en la que se buscan, como en los espacios de la memoria, las respuestas desde un paisaje abrasado por soles y cierzos, un centro del mundo que es ese viejo campamento romano de Petavonium.

Allí se espera la nieve bajo el tiempo detenido del paisaje y las piedras.

Santos Domínguez

13 octubre 2006

La noche del lobo




Javier Tomeo.
La noche del lobo.
Anagrama. Barcelona, 2006.

Aquel 30 de noviembre, jueves, Macario estuvo navegando por Internet, de visita virtual en Transilvania y en unas páginas sobre el hombre-lobo. Del espacio virtual salió al espacio real del páramo cuando caían la tarde y la niebla. Hablaba solo y se torció un tobillo.

Cerca de él, poco después, Ismael, un agente de seguros que ha salido a pasear tras dormir una siesta de dos horas, también se lastima el tobillo.

Ese planteamiento es el punto de partida de La noche del lobo, la nueva novela de Javier Tomeo que acaba de publicar Anagrama. A partir de esa situación, con dos hombres solos, inmovilizados en la noche de niebla, Javier Tomeo empieza a pisar con seguridad un terreno en el que se siente especialmente cómodo: el del diálogo.

Un absurdo azar une a dos personajes que, bajo la luna llena, van a tener que compartir el desamparo dialogando y contrastando sus opiniones delirantes sobre asuntos como la gordura, el matrimonio, las pólizas de seguros y las constelaciones, los vampiros, los lobos y los licántropos.

Diálogo o monólogo, porque esos dos personajes son un solo personaje desdoblado o, si se prefiere, dos complementarios: uno se ha dañado el tobillo izquierdo, el otro, el tobillo derecho; uno es un jubilado que vive apartado en el campo, el otro vive en la ciudad...

En ese paisaje que no se ve, en el que sólo se oye en la oscuridad, hay dos grillos al fondo, conversando también. Y el contrapunto de un cuervo solitario y un mochuelo desorientado que parecen comentar los hechos o subrayar los diálogos.

Ya lo hemos dicho aquí alguna otra vez, al reseñar sus cuentos: la obra narrativa de Javier Tomeo es una de las más peculiares de los últimos treinta años. Desde El castillo de la carta cifrada a La mirada de la muñeca hinchable, pasando por Amado monstruo o El cazador de leones Javier Tomeo ha ido construyendo un universo novelístico inconfundible al que ahora se añade La noche del lobo.

Otra vez una novela corta e inquietante, con rasgos característicos como el absurdo, el humor y una cierta crueldad que recuerda a Buñuel; con situaciones insólitas, cómicas y lamentables a la vez, que son una reflexión simbólica y amarga sobre la condición humana.

Como la mayor parte de las novelas de Tomeo, La noche del lobo obedece a un diseño escueto y minimalista: dos personajes que se manifiestan en diálogos rápidos, un narrador omnisciente y un paisaje que no existe, envuelto en la noche y en la niebla, un vacío que sugiere en el lector el vacío existencial de los dos personajes sin rostro, perdidos en la noche y en la vida, hundidos en la desolación y en la soledad.

Tomeo vuelve así a la tendencia a la abstracción y al simbolismo de sus mejores textos, con una preferencia clara por los personajes masculinos y solitarios y un final abierto como la vida, como en otras obras suyas, en esa media distancia narrativa en la que es más eficaz.

Una media distancia que es la de la novela corta de ciento treinta o ciento cincuenta páginas, que Tomeo ha justificado alguna vez con estas palabras: Mis personajes, que tienen vida propia, me dicen que están cansados, y yo tengo que hacerles caso y parar.

Hace poco declaraba Javier Tomeo que había escrito esta novela con gusto y de un tirón. Así la va a leer sin duda cualquier lector que se acerque a ella: de un tirón y con gusto.

Santos Domínguez

10 octubre 2006

La novela del corsé


Manuel Longares.
La novela del corsé.
Seix Barral. Barcelona, 2006


El 31 de diciembre de 1979, Carmen Martín Gaite saludaba en Diario 16 la aparición "de un libro realmente espléndido", La novela del corsé, de Manuel Longares, que publicaba Seix Barral, la misma editorial que acaba de reeditarla.

Era la primera novela de quien habría de revelarse con el tiempo como uno de los narradores más sólidos de los últimos treinta años. Novelas posteriores como Soldaditos de Pavía (1984) y sobre todo las dos más recientes y portentosas, Romanticismo (2001) y Nuestra epopeya (2006) así lo han ratificado.

Era por tanto no sólo oportuna, sino casi imprescindible la recuperación de esta primera novela que desde aquel ya lejano 1979 no se había reeditado y de la que sólo quedaban restos descatalogados en librerías de viejo.

La novela del corsé es una obra atípica. Metanovela y artefacto narrativo han sido algunos de los términos utilizados para clasificarla. Inútilmente, porque este es un libro que escapa a cualquier clasificación convencional.

Tomando como base el auge de la novela erótica en España entre 1890 y 1930, Manuel Longares mezcla el talento y la inventiva, la documentación y el humor para construir un texto que participa de la novela y del ensayo, con sus consiguientes notas y bibliografía, hasta el punto de que recuerdo haberlo visto citado alguna vez como el mejor análisis de la novela erótica española.

Paráfrasis sutil, imitación irónica del estilo ampuloso y efectista de ese subproducto literario, del que se aprovechan textos y fragmentos de aquellas novelas eróticas que se integran como citas, La novela del corsé es sobre todo la exploración inmisericorde de una sociedad de sexualidad reprimida, morbosa y enfermiza, la que aparecía en las novelas de Felipe Trigo, de Jacinto Octavio Picón, de Alberto Insúa o Emilio Carrere.

No es una casualidad, creo, que la decadencia de ese tipo de novelas ocurra a partir de 1931, cuando las costumbres y los comportamientos sexuales empezaron a cambiar con la llegada de la Segunda República.

Aquellas novelas eran los sinapismos del priapismo. Y así se titula la primera parte de esta obra. Entre ese planteamiento inicial y la demostración de que hacer el amor se paga, de la quinta parte, se van sucediendo ojos que no ven y corazones que no sienten, prácticas sexuales en las que el contacto desconecta o un amor perdido y no hallado en el templo. Todo ello en un ambiente irrespirable de neurosis y mujeres mancilladas, de lobas de arrabal en aquella España del cuplé, de enfermiza voluptuosidad. Una España sórdida y rijosa, con doble moral y adulterios, con fetichismo y ludibrio. Una sociedad de pornógrafos y orquíticos que se pirraban por lo verde.

Irónico y documentado análisis de la novela sicalíptica de comienzos del siglo XX, por encima de esos límites circunstanciales, La novela del corsé es un alegato intemporal contra los tabúes y las represiones de una moral escabrosa e hipócrita que daba lugar a vidas secretas, a mantenidas y prostíbulos y a muchachas decentes que llevaban la dignidad pendiente de una membrana que acreditaba su honestidad de vírgenes terribles en una sociedad quizá más decente, sin duda más hipócrita, más enferma, más sucia.

Pero en primer lugar, y por encima de cualquier otra consideración, este es un libro magníficamente escrito. Está aquí ya presente, más que el novelista creador de mundos y ambientes, el excelente prosista que es Longares, su dominio excepcional de la frase, su altura estilística inusual en una obra primeriza como esta, su prosa excepcional, de una calidad que sólo alcanzan unos pocos privilegiados como él.


Santos Domínguez

08 octubre 2006

Filología de la miseria



Victor Klemperer.
LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo.
Traducción de Adan Kovacsics
Editorial Minúscula. Colección Alexanderplatz.
Barcelona, 2004.

Entre los refugiados que había en el pueblo se hallaba también una trabajadora berlinesa con sus dos hijitas. No sé cómo fue, pero el hecho es que antes de la llegada de los norteamericanos nos pusimos a hablar. Dicho sea de paso, durante unos días me hizo gracia escuchar un berlinés tan auténtico en plena Alta Baviera. Era muy amable y enseguida percibió nuestra afinidad política. No tardó en contarnos que su marido había estado largo tiempo en la cárcel por comunista y que ahora se encontraba en un batallón de castigo, Dios sabe dónde, si es que aún vivía. Y ella también pasó un año en prisión, añadió llena de orgullo, y aún seguiría allí si las cárceles no hubieran estado atestadas y no la hubieran necesitado en la producción.
—¿Por qué estuvo usted en la cárcel? —pregunté.
—Pues por ciertas palabras... (Había ofendido al Führer, los símbolos y las instituciones del Tercer Reich.)
Fue una iluminación para mí. Al oír esta frase lo vi todo claro. Por ciertas palabras. Por eso y en torno a eso emprendería el trabajo en mis diarios. Quería extraer el balancín de todo cuanto lo rodeaba y limitarme, además, a esbozar las manos que lo sujetaban. Así se creó este libro, no tanto por vanidad, espero, sino más bien por ciertas palabras.


En 1933, el mismo año que los nazis llegan al poder, Victor Klemperer empieza a recopilar un material que redactaría clandestinamente para acabar publicándolo en 1946 en LTI. La lengua del Tercer Reich que ha editado por primera vez en español la Editorial Minúscula, en un tomo elegante, cuidado y sobrio.

LTI eran las siglas secretas de Lingua Tertii Imperii, el objeto de análisis inicial de estos apuntes de un filólogo que había desempeñado su cátedra en Dresde, donde escribe en la navidad de 1946 la emocionada dedicatoria a Eva Klemperer, su mujer, que es también el eje del prefacio.

Sólo en parte es este libro lo que anuncia el subtítulo: un análisis de la lengua del nazismo como caldo de cultivo de su ideología, un heroísmo de uniforme y de culto al cuerpo que acabó teniendo ecos necrológicos.

Sólo en parte, decía, porque LTI es mucho más que eso. En él la visión filológica acaba teniendo menos relevancia que el ambiente, la lengua se revela como vehículo esencial de la intrahistoria del nazismo, como reflejo de la zozobra que llevó aquel tiempo a la vida cotidiana. La lengua del Tercer Reich es menos una reflexión filológica que un testimonio estremecedor. Y menos un testimonio que un alegato terminante contra la tiranía y el terrorismo de estado.

Y así como el estilo es el hombre, las épocas se delatan por su lenguaje. En el Tercer Reich, por la uniformidad de la lengua escrita y hablada, por la pobreza lingüística, por la expresión monótona propia del pensamiento único.

Acosado, depurado y perseguido por el nazismo, de Klemperer supimos por sus magníficos diarios que publicó Galaxia Gutenberg hace unos años y por su presencia en Quien espera, un desolador y brillante capítulo de Sefarad, de Muñoz Molina.

En aquellos días feroces su forma de sobrevivir y de mantener la libertad interior y la dignidad fue hacer esta filología de la miseria, este análisis de un lenguaje que funcionó como excipiente y vehículo de penetración del nazismo en las masas. Un lenguaje que acaba hablando y pensando por uno mismo.

El canon lo había fijado Goebbels: era el estilo del agitador que grita como un charlatán frenético. Era un modelo lingüístico pensado para la invocación exaltada y para el énfasis.

Una jerga sentimental en la que el efecto tóxico ataca como un veneno con nuevas palabras o con palabras viejas que se cargan de sentidos nuevos: pueblo, heroísmo, patria, raza, heroísmo, fanático, histórico, eterno...

Las runas y los signos de puntuación, el uso significativo del entrecomillado irónico, los nombres propios y las abreviaturas, el léxico de la fe y la divinización del jefe, los anuncios de acontecimientos familiares y ritos públicos, nacimientos, bodas y necrológicas trazan la memoria de aquellos días de oprobio y revelan que el lenguaje del vencedor no se habla impunemente, que la lengua se respira y ordena la vida. Y que la vida acaba viviéndose según la ordena la lengua.

Pero con ser esto importante en el libro, lo decisivo es que se trata de una autobiografía parcial en la que se incorporan con naturalidad fragmentos de sus diarios y se conjuran los demonios que convocaba aquella sociedad y aquella lengua.

Santos Domínguez

06 octubre 2006

Espronceda en Biblioteca Avrea




José de Espronceda.
Obras completas.
Edición, introducción y notas de Diego Martínez Torrón.
Cátedra. Biblioteca Avrea.
Madrid, 2006.


Hay un tipo de críticos - los conocemos todos- que hacen sus reseñas leyendo por encima las solapas de los libros o fusilando con descaro las contraportadas.

Ya lo he comentado alguna otra vez: si todas las solapas fueran como las de la Biblioteca Avrea de Cátedra un ejercicio brillante y sostenido de estilo y de imaginación, esa crítica sería hasta deseable. Lo ratifico cuando leo en la reciente edición de las Obras completas de Espronceda estas líneas, bajo el título Dos pesetas y un pirata:

En «Tres pesetas de historia», novela de Vicente Soto, entre el cristal y el cartón de un cuadro que enmarcaba una imagen de la Virgen del Carmen, un día aparecieron "tres pesetas de papel, de cuando la guerra, gastadas del trasiego de vivir". En 1826, un joven de 18 años llegaba a las puertas de Lisboa iniciando su trasiego de rebeldía y exilio. El propio Espronceda lo ha contado así: "En fin, llegamos a Lisboa, que yo creí que no llegábamos nunca. Hicimos cuarentena, que fue también divertida; visitonos la sanidad y nos pidieron no sé qué dinero. Yo saqué un duro, único que tenía, y me devolvieron dos pesetas, que arrojé al río Tajo, porque no quería entrar en tan gran capital con tan poco dinero". ¿Un detalle quijotesco? En todo caso, romántico. Vida y literatura en Espronceda fueron las líneas paralelas de la rebeldía contra lo establecido. Un endecasílabo de su maestro Alberto Lista elogiaba "del libre pensamiento el libre vuelo". El poema se titulaba curiosamente "El triunfo de la tolerancia", y acaso ni el maestro previó el aprovechamiento del discípulo, que lo mismo cantó la joven agonía de un ajusticiado, que el cinismo de un mendigo o los mares libertarios del pirata. Dos pesetas y un pirata. El mundo cambia, pero tiempos hubo, y no lejanos, en que aun campesinos semianalfabetos, pero que habían tenido la fortuna de asistir a las escuelas de los maestros de antaño, recordaban versos de la «Canción del pirata», con preferencia el contundente "que es mi dios la libertad". Solo dos años antes de su muerte escribía Espronceda en una carta al periódico «El Labriego»: "Mi independencia es mi vida". Don Quijote había dicho que "no es un hombre más que otro si no hace más que otro" (I,18). Espronceda no reconocía "otra aristocracia que la legítima de la inteligencia y del mérito". Aun de modo fragmentario, había leído versos de Ovidio, de Horacio y de Virgilio, recorrido la épica y el teatro barroco, los caminos de don Quijote.

La Introducción de Diego Martínez Torrón, que publicó hace unos años en la Editora Regional de Extremadura La sombra de Espronceda, aborda su situación en el contexto peculiar del Romanticismo español, hace un certero recorrido por su biografía y analiza sus obras más representativas:

La poesía lírica y épica, desde el fragmentario Pelayo hasta la inconclusa y ambiciosa El Diablo Mundo, pasando por El Estudiante de Salamanca y las canciones y poemas líricos, pornográficos o apócrifos, el teatro, la extensísima novela histórica Sancho Saldaña, los artículos políticos y literarios y la correspondencia del más caracterizado y representativo de los románticos españoles se recopilan en las cerca de 1.500 páginas que recogen la producción abundante e irregular de quien vivió, escribió y murió con acelerada intensidad, con el exceso romántico tan propio de la época.

Decía Jaime Gil de Biedma, en un prólogo que luego recogió en El pie de la letra, que la lectura de Espronceda (que inaugura la poesía moderna en España) requiere hoy de una pequeña dosis de buena voluntad inicial que luego queda sobradamente compensada. Esta es una buena ocasión para comprobarlo.

Santos Domínguez

04 octubre 2006

Hablar con corrección


Pancracio Celdrán.
Hablar con corrección.
Normas, dudas y curiosidades de la lengua española.
Temas de hoy.
Madrid, 2006.


Cada vez son más abundantes los libros de estilo, los manuales de uso de la lengua, las guías prácticas para escribir mejor.

Menos frecuentes, pero igualmente necesarios son libros que se centran en los usos orales de una realidad viva y en constante cambio como la lengua. Uno de esos libros es este Hablar con corrección que acaba de publicar Temas de hoy.

Lo firma Pancracio Celdrán, colaborador de Radio Nacional de España y de El semanal, y se subtitula significativamente Normas, dudas y curiosidades de la lengua española.

¿Cómo se dice: besamel o bechamel? ¿Es correcto No sé qué haga? ¿De dónde procede Cogérsela con papel de fumar? ¿Se puede decir imprimido o es mejor impreso? ¿Es aceptable hablar de tercer mundo y tercera edad? ¿Qué es preferible: jugar al tenis o jugar a tenis? ¿Efemérides o efeméride?

Decir, hablar...

Este es un libro escrito al dictado de los oyentes de la radio y los lectores de periódicos, de quienes tienen dudas ante lo que oyen en la calle y en la radio o leen en la prensa. Las consultas de los hablantes y los oyentes, sus dudas sobre sobre la norma que fija los usos correctos de la lengua estándar han originado la composición de este libro y orientado su desarrollo y sus centros de interés. Sobre las normas y las variedades de uso de la lengua.

Se recopilan en este volumen las respuestas a esas consultas sobre solecismos e incorrecciones frecuentes, vulgarismos y usos mostrencos, jergales o vulgares, sobre verbos muy defectivos y vacilaciones tónicas, sobre la aclimatación adecuada de extranjerismos.

La explicación y el origen de frases hechas y dichos populares, la base etimológica y la peripecia semántica de algunas palabras completan este amplio y documentado recorrido por los distintos niveles de uso del español actual, desde el uso culto al vulgar pasando por otras variedades sociolingüísticas.

Santos Domínguez


02 octubre 2006

El duelo





Joseph Conrad. El duelo
Edición e introducción de Julián Jiménez Heffernan.
Traducción de Mario Jurado
Clásicos Berenice. Córdoba, 2006




Una excelente película de Ridley Scott, Los duelistas (1977), fue su opera prima y el primer contacto que tuve con este relato de Joseph Conrad. Me gustó tanto, me sigue gustando tanto esa película que protagonizan Keith Carradine y Harvey Keitel, que cuando leí el relato de Conrad que le había servido de base, lo hice con cierta prevención.

Por experiencia, sabía ya que las novelas mediocres dan brillantes resultados en el cine y decepcionan como literatura. Y que por el contrario es raro que una novela o un relato de altura generen buen cine. Hay excepciones, claro. Una de las más evidentes es Los muertos de Joyce, el testamento de John Huston.

No hizo falta pasar de los primeros párrafos para saber que El duelo era otra de esas excepciones:

Napoleón I, cuya carrera militar tuvo las características de un duelo contra toda Europa, desaprobaba los duelos entre los oficiales de su ejército. El gran emperador militar no era ningún espadachín y sentía poco respeto por la tradición.
A pesar de eso, una historia de duelo, que acabó convirtiéndose en leyenda militar, recorrió la epopeya de las guerras napoleónicas. Para sorpresa y admiración de sus camaradas, dos oficiales -como artistas enloquecidos que pretendieran refinar el oro puro o rizar el rizo- mantuvieron una disputa particular durante aquellos años de matanza generalizada. Eran oficiales pertenecientes a la caballería...

Lo publica ahora Berenice con un estudio introductorio de Julián Jiménez Heffernan y traducción de Mario Jurado para inaugurar su colección de Clásicos.

Julián Jiménez Heffernan, conocido traductor de poetas como Wallace Stevens, Mark Strand o John Ashbery, ha preparado una brillante introducción de casi cien páginas sobre el autor, el texto y el pretexto.

Quizá Conrad no hizo otra cosa que escribir o reinventar su autobiografía. Por eso resulta tan recomendable leer las páginas que la introducción dedica a insertar El duelo en las raíces familiares del autor: su tío abuelo Nicholas sirvió como subteniente en el ejército de Napoleón.

Cuando Conrad escribe este relato en 1907 es ya un escritor maduro que ha publicado sus tres obras mayores ( El corazón de las tinieblas, Lord Jim y Nostromo), domina la distancia corta del relato y sabe provocar como aquí la perplejidad y el asombro del lector por el duelo que persiste durante años entre esos dos húsares.

En la nota que escribió en 1920 para introducir su A Set of Six, la colección de seis relatos que corona El duelo, explicaba Conrad que esta narración tuvo su origen en diez líneas de un modesto periódico del sur de Francia en el que se aludía de pasada a la "célebre historia" de dos oficiales napoleónicos que se batieron en una serie de duelos entre una batalla y otra por algún motivo trivial.

Conrad hizo el resto. Inventó el motivo nebuloso del duelo y a los húsares y los hizo convincentes en cien páginas inolvidables. Cien páginas sobre un duelo que al reiniciarse una y otra vez desdibuja su origen y su causa y da lugar al misterio y a la perplejidad del lector.

Los contrincantes olvidan las causas, no la deuda pendiente de un duelo que alcanza la altura de una obsesión y una metáfora que acaba contagiando a quien lee esta obra maestra de la narrativa breve, de la que se han editado varias traducciones en los últimos años.

Quizá ninguna tan recomendable como esta para la lectura o la relectura de esta espléndida novela corta .


Santos Domínguez



29 septiembre 2006

Caminando por las Hurdes


Antonio Ferres y Armando López Salinas.
Caminando por las Hurdes.
Fotografías de Luis Buñuel y Oriol Maspons.
Gadir. Madrid, 2006


Como ya han señalado otros viajeros que nos precedieron en este viaje, y nosotros mismos hemos comprobado, tras cruzar La Alberca, en la raya de Salamanca, al llegar al Portillo de la Cruz se traspasa una frontera, se da un salto en la Historia. Hacia las Batuecas y hacia las altas lomas que se alzan sobre los valles hurdanos se abre un gran silencio, un callar angustioso para los que saben que hay hombres viviendo entre las angosturas de las sierras de la alta Extremadura; en la tierra sin tierra, en la triste «tierra de jambri».

Con esas palabras cerraban Antonio Ferres y Armando López Salinas el prólogo a la edición de 1960 de Caminando por las Hurdes, un clásico ya de la literatura de viajes en España.

Aquel ya lejano año, Ferres y López Salinas publicaban en la Biblioteca Breve de Seix Barral Caminando por las Hurdes, un libro de viajes que era mucho más que el mero relato de un recorrido por aquellas tristes tierras que eran entonces. Era el testimonio moral de una bajada a los infiernos que enlazaba con los reportajes de Unamuno y con Tierra sin pan de Buñuel.

Un accidente evitó que los autores tomaran fotografías de los paisajes y los paisanos, pero lo suplieron con algunos fotogramas del documental de Buñuel, porque el panorama físico y humano de la comarca no había cambiado apenas en aquellos casi treinta años. Aparte de la palabra de los testigos, la veracidad de la información queda demostrada con las fotos que hizo en 1960 Oriol Maspons y se incorporaron al libro.

Se tradujo a varios idiomas y en 1974 se hizo una edición de bolsillo de 6.000 ejemplares que circularon con fluidez.

Editorial Gadir acaba de recuperar aquel Caminando por las Hurdes en una edición muy cuidada que incorpora algunos fotogramas de Buñuel que no estaban en las impresiones anteriores.

Es una buena oportunidad para comprobar un par de cosas. La más llamativa, el cambio que se ha producido en el paisaje hurdano, en aquella antigua tierra sin tierra y en sus habitantes en estos años.

Y en segundo lugar, la calidad literaria de un texto que sus autores definían como un libro de relatos y que casi cincuenta años después mantiene, si no su vigencia social, sí su alto valor literario y testimonial de un tiempo pasado, doloroso y superado.


Santos Domínguez

Obras literarias de Rafael Dieste




Rafael Dieste.
Obras Literarias.
Fundación Santander Central Hispano. Obra fundamental.
Madrid, 2006.


Se cumplen ahora 25 años de la muerte de Rafael Dieste, uno de esos escritores minoritarios e imprescindibles que abundan en la literatura española del siglo XX, del que se acaba de publicar una amplia recopilación de Obras literarias.

Nació y murió en Galicia tras más de veinte años de exilio en Buenos Aires y Montevideo y aunque generacionalmente pertenece al 27 (nació el mismo año que Emilio Prados), es un autor inclasificable al que en España se le descubrió cuando en 1974 Alianza publicó las Historias e invenciones de Félix Muriel, de prosa de diamante y fuego, por decirlo en palabras de Carmen Martín Gaite.

Tan inclasificable es que se le ha emparentado con el espíritu novecentista, con la vanguardia y con el grupo del 36. Fue uno de los fundadores de Hora de España, y en su voz personal conviven la herencia clásica y la influencia de Valle-Inclán, Cervantes y la literatura europea más avanzada del primer tercio del siglo XX, en una integración ejemplar de géneros, de perspectivas y actitudes.

Precisamente sobre ese aspecto, sobre la integridad creadora de Rafael Dieste, organiza su estudio introductorio Darío Villanueva, que ha preparado esta amplia selección de textos que la Fundación Santander Central Hispano publica en su colección Obra Fundamental.

Textos que reflejan la multiplicidad creadora de Dieste, su escritura plural en la que se integran armónicamente creación, pensamiento, sentimiento y compromiso.

Brillantísimas piezas teatrales, con la sorprendente potencia verbal y escénica de Viaje y fin de Don Frontán o Duelo de máscaras, casi inencontrables en una vieja edición de Hiperión. Obras de segura técnica y lenguaje certero y maduro que oscila entre lo esperpéntico y lo guiñolesco, con las influencias combinadas de Valle-Inclán, Castelao y García Lorca.

O poemas que tienden a lo conceptual, a la pureza juanramoniana incrementada con rasgos superrealistas y con elementos de la poesía clásica o tradicional que explican que su poesía se antologue en el marco del Grupo del 36 en la muy reciente recopilación que ha preparado Ruiz Soriano para Cátedra.

Ensayos espléndidos en forma y contenido, como La vieja piel del mundo, escrito poco antes de la guerra civil: una aproximación a la filología de la historia universal, el prolegómeno a una ética de la integración.

En el exilio bonaerense escribió Dieste su obra fundamental: Historias e invenciones de Félix Muriel, que se publicó en 1943 en Buenos Aires y más de treinta años después en España, cuando la editó Alianza Tres.

Recuerdo las reseñas asombradas del Informaciones de las artes y las letras de Rafael Conte y Juan Pedro Quiñonero, y la impresión que me produjo aquella primera lectura, que se confunde en mi memoria con otras revelaciones como la de Los galgos verdugos de Corpus Barga y las novelas de Manuel Andújar para poner en duda un canon narrativo académico y universitario agarrotado por la pereza y la rutina.

Los nueve relatos de diversa extensión (entre la estampa lírica de El quinqué color guinda y las novelas cortas que son en realidad El jardín de Plinio o La peña y el pájaro) constituyen un conjunto de textos de altísimo valor literario que ahondan en un pasado perdido y doloroso y de heridas recientes.

Está aquí ya en sazón lo que algún tiempo después exploraría Alejo Carpentier como lo real maravilloso, una visión mágica e inquietante de la realidad que no sólo está en las Antillas o en el Caribe. Tiene también sus raíces en la literatura oral y en las tradiciones supersticiosas de la Galicia rural y profunda, su antecedente en Valle, su contemporáneo en Castelao, su continuador en Cunqueiro, con una mezcla muy peculiar de simbolismo lírico y narrativa fantástica, de autobiografía y proyección en el paisaje.

Ese es sin duda uno de los mejores libros de relatos que se han escrito en español en el siglo XX. Quien los haya leído, sabrá por qué lo digo. Quien no haya tenido ese privilegio aún, debería comprobar que, más allá de los gustos personales de cada uno, no exagero nada.


Santos Domínguez

27 septiembre 2006

Cómo se ha escrito la Guerra Civil Española


Carlos José Márquez
Cómo se ha escrito la Guerra Civil española
Ediciones Lengua de Trapo. Madrid, 2006.


Sabiendo que se han escrito ya miles de libros sobre la Guerra Civil Española, resulta tremendamente ambicioso un ensayo que trate de abordar el estudio de las diferentes corrientes historiográficas que se han ocupado de un asunto tan conflictivo. Pero esto es lo que hace Carlos José Márquez, y así, tras un capítulo inicial dedicado a precisiones conceptuales que el propio autor reconoce que puede resultar árido, ataca el estudio de las diferentes posiciones ideológicas desde las que se ha tratado nuestra guerra civil.

Comienza con el análisis de la historiografía franquista, cuyo leitmotiv es desacreditar el régimen republicano como ilegítimo y antiespañol, lo que convierte al golpe del 18 de julio en algo necesario y alejado de una vulgar intentona militar, para convertirlo en un Alzamiento Nacional.

No menos sutil es la primera historiografía izquierdista (escrita básicamente por comunistas) que centra su interpretación de la guerra casi en exclusiva en su carácter de movimiento popular antifascista.

Ante estas dos visiones tan irreductibles, surgió durante la Transición un grupo de historiadores que pretendieron elaborar una visión de consenso que consideraba nuestra guerra civil como una lucha fratricida cuya culpa recae en los extremistas de ambos bandos (fascistas y comunistas, por simplificar), mientras el resto de los españoles se vio atrapado entre ese fuego cruzado. Sostiene Carlos José Márquez que esta interpretación sólo ha podido mantenerse porque estos autores nunca abordaron a fondo el muy espinoso asunto de la violencia política (millares de asesinatos), llevando a los libros de historia uno de los principios básicos de la Transición: si queremos mantener el consenso, ciertas cuestiones es mejor no tratarlas.

Pero, como recientemente se han puesto en marcha iniciativas que pretenden recuperar la llamada Memoria Histórica, con obras que pretenden un recuento de las víctimas de ambos bandos, y como el resultado, aún provisional (quedan muchos barrancos y cunetas por excavar en nuestra historia), de esos relatos históricos es que la violencia franquista dobla en muertos a la republicana, inmediatamente ha surgido una respuesta de la historiografía neofranquista (liderada por Pío Moa y César Vidal) de cuyo análisis deduce nuestro autor que esta corriente es más franquista que neo, pues sus postulados insisten en la ilegitimidad de la República, ya sea por la violencia roja en los meses previos a julio de 1936, o por la revolución de 1934 o incluso por el resultado de las elecciones de abril de 1931. La República debía ser destruida.

La conclusión del ensayo para los interesados en análisis ponderados sobre la Guerra Civil es descorazonadora: después de miles de títulos escritos, son mayoría los redactados desde posiciones extremadamente partidistas.

Y además, me permito añadir, querido lector, que si acudes a una librería encontrarás en ella anaqueles llenos, mayoritariamente, de obras neofranquistas. Así que si por error o azar compras uno de esos libros, o una persona querida, con mejor voluntad que criterio, te lo regala, que sepas que son el fruto de autores muy prolíficos (publican dos o más títulos por año, prodigio admirable), pero que compensan ese defecto con una total ausencia de originalidad y que, con un poco de suerte, siempre encontrarás en casa una mesa que cojea.

Jesús Tapia

Historia General de Al Ándalus



Emilio González Ferrín.
Historia General de Al Ándalus.
Europa entre Oriente y Occidente.
Editorial Almuzara. Córdoba, 2006.


Subtitulada Europa entre Oriente y Occidente, esta Historia general de Al Ándalus es una obra monumental, densa y desenfadada, divertida y profunda. La ha escrito con tono sorprendente y magnífica prosa, llena de sutilezas, el arabista Emilio González Ferrín, que dirige el Departamento de Filologías Integradas en la Universidad de Sevilla, y la ha publicado en una edición muy cuidada la editorial Almuzara en su colección Huellas del pasado.

Precedido de una cita de Lytton Strachey sobre la Historia como una de las bellas artes y no como mera recopilación, es esa voluntad artística la que preside el plan de la obra y guía su desarrollo con la tensión sostenida de una reflexión exigente:

El libro -advierte el autor en los prolegómenos- decepcionará a los buscadores de combustible ideológico. A los sedientos de contundencia. Y debe ser así por puro respeto a la inteligencia del lector. Es una ofensa asumir que los tiempos exigen soflamas, puñetazos en la mesa, aquello de cicatriz grande, cirujano grande. No, la claridad puede ser sutil. Laparoscópica. Desconfíe el lector de los malabaristas, prestidigitadores de voluntades ajenas. Aquellos capaces de fingir movimiento a base de agilidad. Tertulianos que con los mismos tres bolos de siempre interpretan cada nuevo acontecimiento. Cuidado con las manos ágiles, que siempre acaban -elegantemente, eso sí- llevándose nuestra cartera.

Pero a nadie parecen interesarle las fuentes culturales, entre las que destaca la religión en la historia de los pueblos. Por contra, se elevan las religiones o su ausencia a categorías de sujeto de la historia. Y va a ser complicado describir un mundo sin tonalidades grises: o identidad exclusivista islámica, o etéreo nihilismo occidental. Por contrastar algo más, diría que tengo un Nuevo Testamento en árabe. En él, San Juan afirma que el verbo era Dios. Pero pone Alá porque -como digo- está escrito en árabe. También tengo una estampa de San Josemaría Escrivá de Balaguer en árabe, impresa para los cristianos del Líbano. San Josemaría aparece como fundador del Opus Dei. Puesto que -insisto- está en árabe, lo escriben Amal Alá -obra de Dios, en árabe.

Cuando el lector se repone de la conmoción y la sorpresa que le producen párrafos como estos, empieza a hacerse una idea del talante y el enfoque con el que se ha concebido este libro, bajo el que corre un torrente de erudición que no pesa en sus páginas, pero aflora en la consistencia de sus propuestas.

Y entra en un discurso sobre el método, sobre el concepto de Al Ándalus más allá del tópico, sobre el sentido de las tierras intermedias entre lo oriental y lo occidental, de Al Ándalus como cultura de frontera.

Recibe el lector un baño de buen humor y aire fresco, de inteligencia analítica y profundidad irónica cuando se le explica el proceso de orientalización de Roma que dio lugar a Bizancio y de ahí a la continuidad norteafricana de la Hispania visigoda para desmentir algunos mitos fundacionales.

Por ejemplo el de las caballerías bereberes, invasoras y apocalípticas, pese a su número reducido. Ese mito de la invasión hizo luego posible el otro mito fundacional de la Edad Media peninsular: el de la Reconquista, que encuentra su sentido y la medida de su existencia en Tariq y Muza: la pérdida de España y la alta empresa de su recuperación.

¿O quizá fue al revés? ¿Fue el mito de la Reconquista el que tuvo que encontrar una coartada?

Deduzca el lector qué fue primero y si la Reconquista precisaba como justificación encubridora de otros intereses el invento de una usurpación territorial.

Frente a esa visión, la que se propone aquí es la de un Islam heredero natural de la Roma oriental y la de Al Ándalus como hijo legítimo de su tiempo hispano previo, con su revueltas de clientelismo y sus alianzas estratégicas.

Convencido de que la historia debe ocuparse de los problemas y no de los periodos, el autor de este ensayo de historiología hace esta propuesta crucial: el Islam no conquistó el Norte de África ni Hispania: surge y evoluciona aquí por la interacción de cuatro zonas esenciales en el medievo: el Oriente bizantino y el Oriente persa, Hispania y el Norte de África.

Esa Roma oriental injertada en Occidente es la Hispania orientalizada y descubierta como Al Ándalus por la cultura árabe helenizada en torno a Damasco.

El otro eje del libro es la reivindicación de un primer renacimiento europeo que tuvo su origen en el auge cultural y en el desarrollo científico de algunos núcleos urbanos andalusíes. Para eso fue necesaria la consolidación del emirato omeya, que hizo de Córdoba a mediados de siglo IX una prodigiosa ciudad de los ingenios.

El carácter continuista de la civilización andalusí permite contemplar en bloque sus resultados y su evolución desde los tiempos de los emires omeyas hasta la Granada nazarí.

Hace más de sesenta años, ya había hablado Karl Vossler de este primer renacimiento europeo que por haberse escrito en árabe suele ser ignorado. Un orden periférico en el que frontera y pensamiento originan el brillante racionalismo andalusí de Averroes o Maimónides. Fue el refinamiento de la seda frente a la lana, la música de Ziryab, Medina Zahara y el califato, los zéjeles de Ibn Quzmán y la paloma de Ibn Hazm.

Con altibajos y destrucciones, se llega así hasta las ciudades-estado de taifas, hasta el Quinto reino peninsular, el reino nazarí de Granada, en el que se condensa y culmina Al Ándalus, con sus cortesanos al arábigo modo, muchos siglos antes de Castiglione.

Así a lo largo de seiscientas páginas intensas en las que no se da puntada sin hilo ni respiro al lector en un recorrido que termina en la filtración de Al Ándalus en el irredentismo morisco, en el mito andalusí del paraíso perdido, un cronotopo que generó levantamientos y simpatías literarias y estuvo en la base de una tercera España, intermedia de la ortodoxa y la expulsada. Una tercera España que es también la de los conversos y Sefarad, que acaba refugiándose en el erasmismo y aflorando en figuras cervantinas como la de Ricote, tan profética a su pesar, tan admirable.


Santos Domínguez


26 septiembre 2006

Tirando del hilo



Carmen Martín Gaite
Tirando del hilo. Artículos 1949-2000
Libros del Tiempo.
Siruela. Barcelona, 2006


La editorial Siruela ha publicado Tirando del hilo, una generosa recopilación de artículos escritos entre mayo de 1949 y marzo de 2000 por Carmen Martín Gaite.

Muy esporádicos hasta 1976, el ritmo se incrementa cuando empieza a publicar una reseña a la semana en Diario 16 hasta 1980, y decrece a partir de 1983. Curiosamente, el periodo más fructífero de Carmen Martín Gaite como articulista coincide con el de su mayor actividad literaria.

La edición que ha preparado José Teruel recoge casi 200 artículos que no habían sido recogidos en libro hasta ahora. Una labor indispensable para un género disperso y volandero por definición, que establece una relación iluminadora con el resto de la producción narrativa y ensayística de la autora.

De fijar ese tipo de conexiones se ha ocupado meticulosamente José Teruel, que ha preparado para esta edición una serie de notas que inciden precisamente en esa relación latente o patente con los libros de Carmen Martín Gaite.

Escritos con la altura literaria que se podía esperar de una prosista tan cuidadosa como ella, proyectan su mirada inteligente y creadora sobre dos centros de interés complementarios: la literatura y la realidad.

Leer y mirar es lo que hizo Carmen Martín Gaite a lo largo de su vida. Libros y días se van sucediendo en estas páginas que hablan de otras páginas leídas o vividas, con la misma lucidez en la mirada que en la lectura, con una atención constante al principio de realidad que aporta su materia fundamental al artículo y a la novela.

Ordenados según una propuesta cronológica, estos textos dispersos y ocasionales permiten hacer un seguimiento de las precocupaciones e intereses de su autora, de su evolución y de algo muy importante: la conexión entre lo que leía en un momento determinado y la obra narrativa y ensayística que estaba elaborando simultáneamente.

Contigüidades o anticipaciones, algunos de estos textos figuran sin duda entre los mejores que escribió Carmen Martín Gaite: reseñas de novedades, reflexiones sobre la realidad, nombres propios en semblanzas y homenajes a los amigos, la lectura y la mirada se conjuntan en una tarea menor pero exigente y que siempre afrontó con rigor intelectual y estilístico.

Críticas ejemplares, nada complacientes, algunas demoledoras, generosas en el elogio y en la descalificación. Críticas hechas sin distancia, con el calor del lector cabal que cuando habla de lo que lee anima a la lectura y no hace sinopsis. Todo un concepto de la tarea estética y moral de la crítica y de su práctica.

Andan, hermanados y sucesivos por estas páginas, Henry James e Italo Calvino, Juan Benet y Agustín García Calvo, Nabokov y Virginia Woolf, Onetti y Baudelaire. Unos, como Fernando Quiñones, para que les manifieste su indisimulada admiración. Otros para cantarles las cuarenta. Algunos todavía se tapan la calva, como bajo el pedrisco, y maldicen cuando oyen el nombre de Carmen Martín Gaite.

Pocas críticas tan demoledoras ha leído uno en su vida como la que le dedica a Sánchez Dragó a propósito del Gárgoris y Habidis. Una reseña como para acabar con la carrera literaria de cualquiera. Para que el lector se haga idea, Martín Gaite habla de los onanismos sin eyaculación de los que debía de ser hijo ese libro.

O de la perorata abstrusa e inútil de una novela de Javier Tomeo.

Así se las gastaba aquella señora admirable del pelo blanco y los calcetines de rayas.


Santos Domínguez



25 septiembre 2006

Rayuela


Julio Cortázar.
Rayuela.

Punto de lectura. Barcelona, 2006.

En La vuelta al día en ochenta mundos, Julio Cortázar inventaba un artefacto para facilitar la lectura de Rayuela: el «rayuel-o-matic», un auténtico triclinio, puesto que comprendió desde un comienzo que Rayuela, es un libro para leer en la cama, a fin de no dormirse en otras posiciones de luctuosas consecuencias.

La broma incluía un diseño gráfico que le daba consistencia técnica y verosimilitud duchampiana a aquel disparate. La verdad es que no resulta imprescindible y que sin él se puede disfrutar de ese libro que está lleno también de claves autobiográficas, de las que Cortázar dijo una vez: Si no hubiera escrito Rayuela, probablemente me habría tirado al Sena.

Un texto transgresor y renovador que llevaba al límite las posibilidades expresivas de la lengua:

Yo ya no podía aceptar el diccionario, ni aceptar la gramática. Empecé a descubrir que la palabra corresponde por definición al pasado, es una cosa ya hecha que nosotros tenemos que utilizar para contar cosas y vivir que todavía no están hechas, que se están haciendo, el lenguaje no siempre es adecuado. Desde luego, eso es un poco la definición del escritor, en todo caso, del buen escritor. El buen escritor es ese hombre que modifica parcialmente un lenguaje. Es el caso de Joyce modificando una cierta manera de escribir el idioma inglés. Y los poetas, en general los poetas más que los prosistas, introducen toda clase de trasgresiones que hacen palidecer a los gramáticos y que luego son aceptadas y que entran en los diccionarios y entran en las gramáticas.

Rayuela, la novela-mundo-río de Cortázar, acaba de aparecer en Punto de lectura en una nueva edición en bolsillo, que es el formato que pide un libro como ese, que es además de muchas otras cosas un libro portátil, un libro al que, como en el juego que le da título, se vuelve una y otra vez. Rayuela es siempre una novedad para quien la relee, siempre aporta sorpresas esa obra que más que un libro es toda una literatura y aún más: todo un universo.

Y en el principio, el verbo:

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

No hacen falta excusas ni prólogos para incurrir en ella, para reincidir en Oliveira y en Morelli, en su magia y en su Maga, pero si se presentan ocasiones como esta, aunque sólo sean meros recordatorios, conviene aprovecharlas.

Santos Domínguez