08 febrero 2006

Cambio de destino


Jon Juaristi. Cambio de destino. Seix Barral. Barcelona, 2006

Después de convocar a la memoria como uno de los nombres de la imaginación, Jon Juaristi se mueve en este recién publicado Cambio de destino, como en su poesía, entre lo elegíaco y la ironía, entre la visceralidad y la distancia.
Con ese enfoque se inicia el recuento de episodios que construyen una vida privada con sus contradicciones, sus dudas y sus seguridades. Eso es lo que pasa en las algo menos de cien páginas que ocupan los dos primeros capítulos, escritos con soltura y fluidez casi novelística. Hay algo profunda y cordialmente barojiano en esas primeras páginas, en esa maquinaria narrativa bien engrasada que, como las novelas de don Pío, es también un tranvía, con sus bandazos, su anacronismo y sus apreturas.
Ahí aparecen las historias familiares, la infancia, el bachillerato en un colegio del Opus, en una evocación hecha con disimulado afecto, con distante pudor, con suave tinte melancólico.

Hasta que se llega a las efervescencias mesiánicas, a la militancia en ETA, a la vida pública. Ahí empieza el ajuste de cuentas del autor consigo mismo, con los demás, con el mundo. A partir de ese momento la ironía de fino estilista deja paso a la marrullería del duro fajador que cae en un lenguaje impropio de su talento, en el insulto o el exabrupto destemplado, en excesos que no son normales aunque sean frecuentes en las conversaciones tabernarias o en las tertulias episcopales.

Ese lenguaje puede esperarse de algunos conmilitones (de entonces y de ahora) de Juaristi, gente que no da más de sí que la coz mular o el pellizco monjil. Pero no de él, que fue director de la Biblioteca Nacional y del Instituto Cervantes y ha demostrado capacidades sobradas para manejar –hace ya demasiado tiempo, es verdad- una esgrima más refinada, sobre todo en su poesía y en sus primeros ensayos.

Estos años de plomo hasta la derrota final (es Juaristi el que titula) son años de rabia elemental enquistada, de resentimiento creciente, de aislamiento progresivo, de metódica huida hacia ninguna parte.

Lástima que estas memorias, este ajuste de cuentas, lejos de abrir un proceso de reconciliación con el pasado, con los otros y consigo mismo, iluminando la realidad o reinventándola incluso, sirvan para que su autor se distancie cada vez más de sí mismo y de los demás con un enconamiento y un rencor que se retroalimentan, en vez de hacer una purga del corazón que es lo que parece pedir a voces.

Lo peor de todo es que ese sesgo que da el libro a partir de un determinado momento no solo afecta al enfoque de la realidad, sino al estilo, que se hace espeso y anguloso y gris, como la materia visceral con la que escribe.

Cambio de destino ha titulado el libro Jon Juaristi. Cambio de estilo también hubiera servido para titularlo y sería quizá más coherente con el contenido de estas memorias escritas cuesta arriba.

Santos Domínguez

06 febrero 2006

Rascacielos de marfil


Escuela Contemporánea de Humanidades
Los rascacielos de marfil. Creación e innovación en la sociedad contemporánea.

Desórdenes. Biblioteca de Ensayo. Lengua de Trapo. Madrid, 2006.


Ensayo sobre la falta de oficio es el subtítulo del texto Crear de la nada, que firma José Luis Pardo y abre un conjunto de once artículos sugerentes y profundos que la Escuela Contemporánea de Humanidades publica en Desórdenes, la biblioteca de ensayo de Lengua de Trapo.

La Escuela Contemporánea de Humanidades reúne desde el año 2000 a un grupo de intelectuales y creadores procedentes de distintas disciplinas para reflexionar sobre las transformaciones que se están produciendo en esta nueva sociedad global. Ya han aparecido otras dos muestras de esta labor en El buscador de oro y en Ciudades posibles. Los rascacielos de marfil es la tercera entrega del grupo.

El volumen, precedido de un prólogo del editor, José Luis González Quirós, en el que se resumen las aportaciones de los diferentes capítulos, recoge las reflexiones de Gonzalo Abril, Juan Arana, Wenceslao Castañares, Juan Luis Conde, Alejandro Gándara, Jesús de Garay, José Luis González Quirós, Jorge Lago, José Antonio Millán Alba, José Luis Pardo, Jaime Repollés y Dubán Urbina.

La libertad creadora como atributo humano, las relaciones complejas entre creación poética y poder político, industria cultural y público, la función del arte y del lenguaje simbólico en el mundo actual, la situación histórica de la pintura, la construcción de espacios arquitectónicos o el poder creativo de la imagen en el arte y en la publicidad, la relación entre creatividad y la locura...
Esos son solo algunos de los temas que se abordan en este asedio intenso al concepto de creatividad y de creación, es decir, al proceso y al resultado de los procesos artísticos y del pensamiento.

Pero es esta una obra, digámoslo ya, que se dirige a un lector culto no especialista al que se le ofrecen antes propuestas que respuestas y se le sugieren caminos en una invitación constante a la reflexión y al análisis.
Caminos que se abren ante los ojos y la mente del lector, que encontrará en estas páginas lo mejor que puede ofrecer un libro: un incentivo a la inteligencia, un acicate para la curiosidad y para la exploración de la forma más dinámica de un mundo cambiante y problemático: la creatividad en la cultura.

Propuestas audaces para lectores inteligentes.

Santos Domínguez

05 febrero 2006

El fin de la pobreza


Jeffrey Sachs. El fin de la pobreza. Debate. Barcelona, 2005.

El fin de la pobreza, del profesor Jeffrey Sachs, es un ensayo que contiene en sus más de 500 páginas un auténtico manual de economía explicando como podrían salir extensas zonas del planeta de la extrema pobreza. Pero es además una obra militante, pues Sachs no es sólo un teórico (como muchos de los ejecutivos del Fondo Monetario Internacional a los que critica) que desde su torre de marfil diseña un plan económico supuestamente infalible que al final acaba estrellándose con la terca realidad. Sachs conoce de primera mano amplias porciones de América del Sur, Asia y África y nos cuenta en clave autobiográfica sus primeros contactos en países de esas zonas, y cómo al llegar sobre el terreno con todo su bagaje intelectual de economista de Harvard, se daba cuenta de que había diseñado un plan para reactivar un país del que no conocía prácticamente nada. Una primera conclusión de Sachs es que no hay una receta única para salir de la pobreza válida para todo el planeta.
Tampoco ahorra críticas a aquellos economistas que piensan que la solución única para cualquier economía, ya se trate de un país rico, en desarrollo o de pobreza extrema, sea ordenar el sistema monetario y abrirse al comercio internacional y a la competencia en general. Sachs utiliza la metáfora de la escalera: el desarrollo económico es algo que se logra peldaño a peldaño, y ahora mismo hay países en la tierra que son incapaces de poner un pie en el primer escalón. Y necesitan ayuda.
Estos países incapaces de iniciar su desarrollo económico son aquellos en los que una alta proporción de sus habitantes vive con menos de un dólar al día. Esos estados se encuentran principalmente en el continente africano y el profesor Sachs, desbaratando algunos tópicos nos explica por qué, sin caer en el determinismo geográfico: las enfermedades (la malaria y el SIDA, principalmente), las malas comunicaciones, la lejanía a zonas desarrolladas y el clima, cercan las posibilidades económicas de África. Especial peso tienen en sus argumentos la malaria y el SIDA, que convierten al continente, sobre todo al sur del Sahara, en un continente enfermo.
La solución para África es, según Sachs, aumentar las ayudas, y es en este momento cuando el autor nos reserva unos de los mejores momentos del libro, al comienzo del capítulo 16, cuando nos cuenta en apenas quince líneas todos las razones que explican que la ayuda internacional no sirva de nada en África, razones a las que asentimos porque las hemos leído y oído muchas veces.
Hasta que comienza el siguiente párrafo y Sachs nos las desmonta una tras otra con las mejores armas de un economista, con datos: la corrupción no puede ser la razón del atraso africano, pues en las clasificaciones internacionales algunos países asiáticos como Indonesia o la India, que están creciendo a buen ritmo, figuran como más corruptos que varios países subsaharianos cuyas economías apenas crecen o retroceden. Tampoco el autoritarismo africano como freno al desarrollo nos sirve, pues China, prototipo del país que camina por la senda del desarrollo, no es precisamente un ejemplo de democracia y respeto a las libertades.
Las ayudas no han funcionado en África por dos razones: porque no siempre han ido bien dirigidas y coordinadas y sobre todo (y las cifras que aporta Sachs son inesperadas a la vez que sonrojantes), porque han sido ridículamente exiguas. Llegados aquí, Sachs extrae la calculadora para saber cuánto costaría acabar con la pobreza extrema en el mundo (el libro se acompaña de un aparato estadístico amplio y claro, incluso para profanos de la economía), y el resultado es que se necesitan unos cuantos cientos de miles de millones de dólares, lo que supone entre el 0,4 y el 0,5 por ciento de la riqueza de los países ricos: no hace falta ni el miserable 0,7 %.
Pero claro, Estados Unidos no llega ahora mismo en ayudas al desarrollo ni al 0,2 % de su producción nacional, esto es, treinta veces menos que su presupuesto de defensa (el gobierno estadounidense para engordar ese magro porcentaje pretendió hace un par de años que contasen como ayuda al desarrollo las remesas que envían a sus países los inmigrantes que trabajan en su territorio: para algunas personas la indignidad no tiene límites).
Después Sachs nos dice de dónde sacar ese dinero en Estados Unidos: de un pequeño recorte del presupuesto de defensa y de dar marcha atrás a las rebajas impositivas que George W. Bush concedió en su primer mandato a los multimillonarios de su país.
El profesor Sachs, a pesar de estos argumentos, no es ni de lejos, uno de esos fanáticos antiglobalización que odia todo el legado de occidente y que van por el mundo contando su arrepentimiento retrospectivo y dando abrazos y besos, babosos y paternalistas, a sus interlocutores de países pobres. Sachs defiende la herencia de la Ilustración: el progreso científico y técnico, con sus sombras y asignaturas pendientes, han mejorado el bienestar de muchos seres humanos. Hoy podemos extender esos beneficios a toda la humanidad, y para contarnos cómo conseguirlo, ha escrito este libro.
Un consejo: lean el prólogo de Bono (el irlandés que canta en U2, no nuestro afectado ministro de la guerra) al final. Un libro que tiene algo de militante debe acabar con una buena arenga que nos desarme el corazón y la cartera, pues para acabar con la pobreza extrema hacen falta solamente, dicen Bono y Sachs, voluntad y dinero. Así sea.

Jesús Tapia Corral

03 febrero 2006

Lolita


Heinz von Lichberg. Lolita. Prólogo de Rosa Montero. Traducción de Oliver Spranger y Carmen Torregrosa. Postfacio de Max Lacruz Bassols. Editorial Funambulista. Madrid, 2006.

Ingredientes del relato: una adolescente seduce a un hombre maduro. Hay un viaje y hay una muerte: la de la muchacha. Naturalmente, la muchacha se llama Lolita y da título a la obra.
No es, contra lo que parece, la de Nabokov. Ni la de algún otro escritor desaprensivo que plagia la historia sin más contemplaciones que unas leves variaciones.
Esta Lolita es más joven y más vieja que la Lolita más famosa. Es de Alicante, toca la guitarra y seduce a un erudito alemán de viaje por España.
El relato del que estamos hablando se había publicado en 1916, casi cuarenta años antes que la novela de Nabokov. Formaba parte de un libro de relatos titulado La maldita Gioconda: Caprichos, y lo firmaba un oscuro escritor y aristócrata, Heinz von Lichberg, más conocido como periodista que como narrador. Ni afiliándose al nacionalsocialismo pudo obtener fama como escritor. Dejó de tener ambiciones de ese tipo en 1937, fecha que marca el comienzo de su definitivo silencio literario para ponerse al servicio del nazismo en tareas de propaganda, intoxicación y provocación. Nadie le echó de menos desde entonces y murió en 1951.
De este cuento que publicó Funambulista por primera vez en español en 2004 y que ahora se reedita en su colección Los intempestivos, con traducción revisada de Oliver Spranger y Carmen Torregrosa, se habló hace unos años como posible origen de la Lolita más famosa.
En contra de las expectativas de plagio, las relaciones entre los dos relatos no pasan de la superficie y de su origen compartido en el lugar oscuro del sueño y el deseo. No hay más que leer este cuento gótico de fantasmas, apariciones y maldiciones para darse cuenta de que no hay base para el escándalo literario.
Lo demuestra agudamente Rosa Montero en el excelente prólogo que titula Fresas e hipopótamos, donde defiende con brillantez la independencia de la novela de Nabokov y su innegable superioridad estética.
El volumen se cierra con un postfacio de Max Lacruz sobre el autor. Por él sabemos que Von Lichberg y Nabokov vivieron en Berlín al mismo tiempo y en el mismo barrio durante años. No sabemos si hablaron. No sabemos qué mecanismos movieron la memoria o la fonética para que Nabokov cambiara el nombre inicialmente previsto de Juanita Dark por el de Lolita. Lo-li-ta.

Santos Domínguez

02 febrero 2006

El síndrome de Estocolmo



Antonio Pereira. El síndrome de Estocolmo. Alianza editorial. Madrid, 2006


“Para escribir el Quijote lo mejor es que te metan en la cárcel”, decía Antonio Pereira, activista del cuento, un género que va ganando cada vez mayor prestigio después de años y siglos de ser considerado como un género menor.

“A Truman Capote llegué a conocerlo a tiempo, y para mí sus historias son ahora lo que son y además “otra cosa”, como si al leerlas me llegaran vivas y coleando desde sus labios irónicos.”
Así comienza Truman Capote cuenta un cuento, el último relato de El síndrome de Estocolmo, que acaba de reeditar Alianza editorial en su colección de bolsillo.
Yo también, por suerte, he llegado a conocer a Antonio Pereira, y para mí sus historias son ahora lo que son y además “otra cosa”, como si al leerlas me llegaran vivas y coleando desde sus labios irónicos.
Pereira es, además de un hombre entrañable, un narrador cordial que nos habla al oído. Sobre sus cuentos, tan vinculados a la oralidad de los filandones leoneses, nos cuenta un secreto creativo, su particular prueba del nueve: “Cuando termino un cuento y tengo dudas sobre su calidad me lo leo a mí mismo en voz alta para ver si funciona.”

“A los de aquí nos gustan los viajes y es por contarlos al volver.” Esas palabras las dice un personaje de uno de los cuentos de Antonio Pereira, pero las podría haber dicho el mismísimo Cunqueiro, o el viejo Simbad. Ese Simbad que somos todos, como nos recordaba Landero en un texto memorable.
La precisión y exactitud de la prosa en el cuento lo aproxima a la poesía. Y así surge un relámpago de acero como el de la navaja de la barbera alemana de otro de sus libros, Picassos en el desván.
Antonio Pereira empezó en la poesía y su actitud ante la literatura sigue siendo la del poeta que como Fray Luis pesa y sopesa las palabras. Su Cancionero de Sagres es uno de esos libros de poesía que le acompañan a uno muchas veces. Habrá novedades con esos libros de poesía hoy casi inencontrables.
Está claro que el hombre es el estilo. Por eso, la dimensión humana de los textos de Antonio Pereira es proporcional a su autenticidad, a la calidad humana y a la cordialidad de su autor. Su frente cervantina es un claro síntoma que anuncia la ironía, el humor, la profundidad sicológica, la distancia y la ternura hacia los personajes. Y una melancolía en la evocación que tiene algo de indecible y que convive en él con la cordialidad zumbona, con esa forma castiza de ironía que llamamos retranca.
Pereira nos vuelve a recordar con la reedición de El síndrome de Estocolmo que el del cuento no es un género menor, sino una manifestación fundamental de la literatura, un género para el virtuosismo. Nos lo tuvieron que venir a decir los autores sudamericanos y entonces se empezó a valorar a Ignacio Aldecoa o al mismo Antonio Pereira como referencias fundamentales cuya sombra ha ido creciendo en el panorama narrativo español.
Si uno no supiera cómo está el patio de vecinas que es el mundillo literario, tendría por imperdonable que Antonio Pereira no sea más conocido. Como lo sabe, no dice nada. O mejor, dice que Pereira es escritor no de multitudes, pero sí de escritores.
Los mayores elogios que he oído de su obra han salido de Mateo Díez, de José Mª Merino, de Martín Garzo. Y no sólo de narradores como esos, también de poetas como Antonio Colinas o Juan Carlos Mestre.
Con Ignacio Aldecoa, seguramente el más importante autor de cuentos de la literatura española contemporánea es el maestro Antonio Pereira.
Maestro.

Santos Domínguez

31 enero 2006

El mejor libro alemán que existe


J. P. Eckermann.  
Conversaciones con Goethe.
  Edición y traducción de Rosa Sala. 
Acantilado. Barcelona, 2005.

Me gusta echar un vistazo a lo que hacen las naciones extranjeras y recomiendo a cualquiera que haga lo mismo. Hoy en día la literatura nacional ya no quiere decir gran cosa. Ha llegado la época de la literatura universal y cada cual debe poner algo de su parte para que se acelere su advenimiento. No obstante, ni siquiera valorando de este modo lo que es extraño a nosotros deberemos apegarnos a ningún aspecto particular ni pretender verlo como un modelo. No hemos de pensar que lo adecuado es lo chino, o lo serbio, o Calderón, o los Nibelungos, sino que, puestos a necesitar un modelo, debemos volver siempre a los antiguos griegos, en cuyas obras aparece representado en todo momento el hombre bello. Lo demás únicamente debemos contemplarlo desde un punto de vista histórico y apropiarnos en la medida de lo posible de todo lo bueno que haya en ello.
Tal día como hoy, el 31 de enero de 1827, Eckermann recogía esas palabras con las que Goethe funda el concepto de literatura universal.

Ahora las podemos leer en una magnífica versión de Rosa Sala, que ha dedicado a este libro cinco años fructíferos. Rosa Sala, que había publicado en 1998 una brillante edición de Poesía y verdad, es responsable de esta excelente traducción y del repertorio de notas, imágenes y glosario que acompaña a estas Conversaciones con Goethe en los últimos años de su vida, un admirable monumento literario que estaba necesitando una edición en castellano como esta que acaba de lanzar Acantilado.

Su autor, J. P. Eckermann, frecuentó a Goethe en Weimar entre 1823 y 1832 y en las mil páginas del libro nos acerca a uno de los hombres más memorables de la historia de la cultura. De la historia sin más.

Memorable y cercano, no es este un Goethe en zapatillas, sino el hombre íntimo que toma café con sus visitas, que habla de sí mismo y de los demás sin afectación, por encima del genio que sus contemporáneos miraban como a un dios en la tierra, como a un astro infalible, como lo llama Eckermann.

Un Goethe que habla de Shakespeare y de Mozart, que admira a Molière y a Schiller y desprecia a Beethoven, tan lejano de su sensibilidad, y expone sus ideas sobre política, sobre Napoleón, o sobre botánica y moral.

La literatura y la ciencia, la música y la política se van convirtiendo en objeto de la atención y la curiosidad de Goethe y completan un cuadro armónico de los intereses, las tendencias y los conocimientos de comienzos del XIX

Un Goethe poliédrico, complicado y caprichoso a veces, lúcido siempre, incluso cuando se muestra como el "gran egoísta" de su peor leyenda, consciente de que está dictando a Eckermann una obra total, su testamento, su confesión general.

Desde que el mediodía del 10 de junio de 1823 visitó por primera vez a Goethe, Eckermann se dedicó a recoger y organizar este ingente material. La tarea le ocupó hasta su muerte en 1854, pero le garantizó la inmortalidad. O, por decirlo menos estupendamente, la contemporaneidad.

Como le pasó a Boswell con el Doctor Samuel Johnson, que le regaló el privilegio de escucharle, de inaugurar en el siglo XVIII el periodismo cultural a través de la entrevista y de escribir la mejor biografía de la lengua inglesa.

Cuando se lee este libro, se entiende que Nietzsche dijera que es "el mejor libro alemán que existe." O que Goethe es más que una figura literaria, más que un hombre íntegro. Goethe es todo él una cultura.

Santos Domínguez

30 enero 2006

El silencio del aviador


Paul Nothomb. El silencio del aviador. Traducción de Ramón Vilardell. Prólogo de José Ovejero. Editorial Funambulista. Madrid, 2006.

En agosto de 1936, un joven escritor francés que había ganado el Goncourt dos años antes con La condition humaine, fundaba una escuadrilla aérea, la escuadrilla España, para ayudar a los republicanos españoles a sofocar la sublevación militar.
Ese joven novelista era André Malraux, uno de los personajes de El silencio del aviador, la novela del belga Paul Nothomb (1913) que formó parte de aquella escudrilla de aviadores voluntarios. Si de aquella experiencia, que duró hasta el año 37, Malraux extrajo la materia narrativa de L'espoir, que se hizo cine en Sierra de Teruel, de ahí mismo surge la raíz humana de una novela bien distinta que editó Gallimard en 1952 y que ahora publica Funambulista por primera vez en castellano, con traducción de Ramón Vilardell y prólogo de José Ovejero.
Escéptica, intensa y emocionante, El silencio del aviador comparte personajes, acciones y episodios con la novela de Malraux, pero es muy distinta en su enfoque y en su posición moral.
Historia ambigua de seres problemáticos en un mundo inhabitable, se articula en torno a un triángulo de personajes básicos (Reaux-Malraux; Atrier-Nothomb e Ivanov) y tiene la altura de los aviones y de la sinceridad y los remordimientos.
Aunque transcurre sobre el fondo incendiado de la guerra civil, y circulan por ella los aventureros y la ineficiencia, la sospecha paranoica y la indisciplina, no es una novela sobre la guerra, sino sobre la culpa, la conciencia individual y el sentido de la existencia.
Con un ritmo potente y mantenido en la acción exterior y en la reflexión, tienen especial fuerza los episodios centrados en vuelos y bombardeos.
A propósito de bombardeos, hace unos días me contaba Fernando Marías, hablando de su Cielo abajo, otra novela de aviadores, de qué manera asombrosa se tiraban las bombas como pelotas desde los aviones.
Aquí también se tiran, no siempre de forma eficiente, contra aquella columna de la muerte que desde Badajoz se acercaba a Talavera y llegaría a Madrid. El resto de la historia es conocido.
El de la novela no. Desde el avión que pilota, Nothomb nos lanza esta novela como quien lanza una bomba.
Santos Domínguez

28 enero 2006

¿De qué tierra hablamos?

Thomas Friedman. La tierra es plana. Breve historia del mundo globalizado. Ediciones Martínez Roca. MR Ahora. Madrid, 2006

Thomas Friedman, periodista de The New York Times, ha ganado tres veces el Pulitzer. La última con este libro sobre la globalización y sus consecuencias, que ha vendido más de medio millón de ejemplares en Estados Unidos y ahora llega a España de la mano de Ediciones Martínez Roca.
Un libro que analiza el mundo globalizado del siglo XXI, la conexión de centros de conocimiento en una red global, su incidencia en la vida cotidiana, las tendencias que marca este proceso en la configuración del futuro, pero también sus peligros y las complicaciones que puede ocasionar la pérdida de los objetivos iniciales de prosperidad e igualdad.

¿Cómo se volvió plana la tierra? Esa es la pregunta inicial. Y la respuesta de Friedman: En un proceso lento que abarca tres eras de globalización. La primera, de 1492 a 1800, fue una globalización de países. La segunda hasta el 2000, la de la globalización de empresas y esta tercera, que según Friedman favorece a los individuos y a los grupos.

A lo largo de casi quinientas páginas se analizan las diez fuerzas que aplanaron la tierra. Desde la caída del muro de Berlín en 1989 a las deslocalizaciones, subcontratas y subcontratos, el acceso libre a la información, el mercado libre, los esteroides o los procesos de convergencia.
La realidad digital, móvil, personal y virtual, las cuestiones complejas de geopolítica, enfocadas a veces con simpleza, a veces con optimismo, van perfilando la realidad del mundo actual según Friedman. Un realidad compleja con mezclas chocantes en las que conviven el fervor guadalupense en versión mejicana y el pegamento centroamericano. Y al fondo China, en el horizonte amenazante de los lobos.
Para los amigos de la cabala y la numerología: en la conclusión de este mundo complejo conviven la imaginación creadora del 9/11 (la caída del muro de Berlín) y la imaginación destructiva del 11/9, una variante imaginativa que no tira muros, sino torres. Pero otros muros, como el que levantó Sharon, han ido creciendo por el mundo.

¿Y cuál es el mensaje? ¿Que se ha iniciado una era de prosperidad con esta tercera fase de globalizaciones? ¿Que el hombre camina hacia horizontes de igualdad? ¿Que empieza la libertad duradera? No sé si el el balance es medianamente positivo, ni siquiera para los que estamos en esta orilla privilegiada del mundo.

Me temo que para una gran parte de la población esto es más una historia de ciencia ficción que una realidad integrada en su vida. Dudo mucho del sentido de la realidad de Friedman y no sé si la experiencia inicial del autor jugando al golf en Bangalore, en el sur de la India, con un GPS en el bolsillo y un iPaq en la maleta es la mejor manera de ganarse la confianza del lector, que inevitablemente piensa en la cantidad de gente que no muy lejos de allí estarían intentando sobrevivir en una tierra menos plana, en una realidad menos virtual que la que se nos presenta aquí.
¿Se le habrá ocurrido pensar a Friedman si los palestinos que han visto alzarse ese nuevo muro de la vergüenza en Jerusalén pensarán que la tierra es plana?
Quizá no sea fácil hablar de “la muerte de las distancias” pensando en el niño que tiene que hacerse varios kilómetros para ir la escuela al sur de Dahomey o en el anciano que acarrea su mercancía primaria en un mercado de Camboya.
Quizá el chiquillo explotado en el sudeste asiático por las multinacionales de la electrónica o las marcas deportivas no entienda de qué hablamos cuando decimos que la tierra se está aplanando.

En cualquier caso, es este un libro que se lee con interés y facilidad y que obliga al lector a tomar una postura, a ponerse de un lado o de otro. Un ensayo para asentir o disentir, para indignarse a veces, para pensar en definitiva y ejercer la saludable tarea del juicio crítico.
Para ver cómo de vez en cuando al autor se le ve la patita. Por ejemplo en esta impagable conversación con sus hijas:

Así que el consejo que les doy para este mundo plano es muy breve y muy simple:
-Niñas, cuando yo era pequeño mis padres me decían: "Tom, termínate la cena; en China y en la India los niños se mueren de hambre." Mi consejo a vosotras es: "Niñas, terminad de hacer los deberes; en China y en la India hay gente que se muere por vuestros puestos de trabajo."
Aplicándolo a nuestra sociedad en conjunto, para mí la mejor forma de reflexionar sobre la cuestión es pensando que cada cual debería dar con la manera de convertirse en un intocable. (p. 252)

No parece que el nuevo consejo, algo paranoide, suponga, como tal consejo, un avance sobre el que le daban a Friedman sus padres.

De manera que si el libro se abría con esa pregunta inicial -¿Cómo se volvió plana la tierra?- el lector lo cierra haciéndose otra pregunta tan crucial como esa:

¿De qué tierra hablamos?

Santos Domínguez

23 enero 2006

Las tinieblas del corazón

Es uno de los grandes de la literatura inglesa contemporánea, pero la lengua en la que soñaba, la lengua de la fiebre, era el polaco, su lengua materna.
Tampoco era el inglés su segunda lengua, ni en dominio ni cronológicamente. Reconocía que, aunque soñaba o deliraba en polaco, pensaba en francés, y lo hablaba con elegancia fonética y propiedad léxica.
Quienes le oyeron hablar en inglés se asombraron de su pésimo acento, ininteligible a veces. Virginia Woolf anotaba el 23 de junio de 1920 en su Diario que Conrad es "un extranjero que habla un inglés roto."
El asombro era mayor porque aquella carencia que hasta Valèry, un francés, detectaba, contrastaba con la calidad de su inglés escrito.
Y es que Conrad es uno de los grandes escritores en inglés. En esa lengua escribió magníficos relatos como El duelo o Un anarquista y novelas desasosegantes como Nostromo, seguramente su mejor obra, o La línea de sombra.
Una de sus novelas fundamentales, El corazón de las tinieblas, la publica ahora Letras Universales Cátedra, con edición y notas de Fernando Galván y J. Santiago Fernández Vázquez, en una de las traducciones clásicas, la que prepararon para Alianza Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo.
Aunque era polaco, nació en Rusia y no se llamaba Joseph Conrad. Ese era solo su nombre artístico.
Hijo de exiliados y exiliado él mismo, quedó huérfano en la infancia y sólo la lectura y la escritura le reintegraron a un mundo en que era un estricto extranjero.
La otra traducción canónica al español es la de Sergio Pitol, que publicó Lumen en los años setenta. Es la que prefiero, aunque seguramente solo por razones sentimentales, porque fue la de mi primera lectura de esa obra prodigiosa en la que se basó Apocalipse now, la denuncia de la guerra y la mentira que estrenó Coppola en 1979.
Con buen criterio, la portada de Cátedra toma como base uno de los carteles de aquella película memorable, de la que desde 2001 se puede ver la versión larga, Apocalipse now (Redux).
Una buena ocasión para releer El corazón de las tinieblas y para volver a ver la película de Coppola, para bajar al infierno de la barbarie mientras subimos por el río Congo acompañados por Marlow, un Virgilio moderno que nos guía hasta la figura ambigua de Kurtz, "una sombra más oscura que la sombra de la noche."
Alegoría mítica de descenso a un infierno en el que no faltan las sombras del Hades ni un río infernal, viaje que recuerda la búsqueda del Grial en la búsqueda de Kurtz, esa difuminada imagen poliédrica en la que conviven el extremista, el compasivo, el emisario del progreso, el hombre excepcional.
Las nieblas impresionistas suben desde el río, desdibujan al personaje y hacen imprecisa la realidad exterior y la interior para ese narrador perplejo que es Conrad/Marlow.
Porque el descenso a los infiernos es también un viaje al interior de la conciencia moral del autor angustiado y desbordado ante lo que cuenta, ante lo que vivió.

Santos Domínguez

La lucha contra el demonio



"Yo amo a aquellos que no saben vivir sino para desaparecer, porque esos son los que pasan al otro lado."

A esa cita de Nietzsche se encomienda Stefan Zweig en La lucha contra el demonio (Hölderlin. Kleist. Nietzsche), que recuperó hace unos años Acantilado.
En la línea de su anterior Tres maestros (Balzac. Dickens. Dostoievski), el libro, centrado en tres visionarios unidos por una serie de afinidades espirituales y existenciales, forma parte de un proyecto más amplio que se titularía Los constructores del mundo. Tipología del espíritu.
"Difícilmente los mortales reconocen al hombre puro", decía Hölderlin en La muerte de Empédocles.
Incomprendidos, inadaptados, siempre un paso o dos por delante de los hombres y de su tiempo, dominados por una fuerza superior que les envenena los sentidos, les desborda la inteligencia y les lleva a la aniquilación intelectual y vital, a la autodestrucción, a la locura, al suicidio o a la muerte prematura, después de haber sentado algunas de las bases de la literatura y la filosofía contemporáneas.
Alejados de las cosas del mundo, sin vínculos familiares, sin trabajo estable, sin casa propia, sin arraigo a nada ni a nadie, viven en el inestable vacío y en la fragilidad de las estrellas fugaces.
Lo demoniaco, señala Zweig, es lo que separa al hombre de sí mismo, de sus limitaciones físicas, temporales o morales, lo que impulsa a una dimensión más alta en esa atracción de lo fáustico como fuente del conocimiento. El viejo mito del árbol de la vida y el árbol de la ciencia que obsesionó a Schopenhauer y que superó arrebatadamente Nietzsche.
No hay arte de verdad que no sea demoniaco. Demoniaca, no divina, es la inspiración de los poetas y los pensadores que fundan la contemporaneidad y tienen su contrapunto en la figura de Goethe, un amo, no un siervo, del demonio. Un Goethe que en Werther describió proféticamente las vidas ajetreadas e infelices de Hölderlin, de Kleist, de Nietzsche.
Si en todo espíritu creador la lucha con el demonio es una constante, ese debate se lleva al límite en estos tres prometeos que buscan el fuego de los dioses en las fronteras de la inteligencia y los límites de la noche oscura del sentido.
Atormentados y clarividentes, dotados de inteligencia sobrehumana, extraños para el mundo y para ellos mismos, tendieron siempre al exceso y a la anulación de sí mismos en busca del caos original, anterior a los dioses, dioses ellos mismos precipitados en el abismo como ángeles de las tinieblas tras despreciar una realidad que es sinónimo de insuficiencia y limitación.

Como Tres maestros, esta es una de las obras de Zweig por las que parece no haber pasado el tiempo. La terminó en Salzburgo en 1925 y está escrita con la soltura y el temple narrativo de su autor.
Una obra imprescindible que se lee con el interés que suscita una buena novela y con la intensidad con la que se aborda la poesía.

Santos Domínguez

22 enero 2006

La vida difícil


Ese es el título de la segunda novela de Andrés Carranque de Ríos (1902-1936). La publicó en 1935 Espasa-Calpe y en 1975 la recuperó Turner. Treinta años después la reedita Cátedra. Letras Hispánicas.

Anarquista resabiado, donjuán repeinado con bigote a lo Errol Flynn, aficionado a la literatura decidido a convertirse en un gran escritor, contó solo con treinta y cuatro años para intentarlo. Apenas empezaba a ser valorada su obra en Madrid, en los años treinta, enfermó.

Así, con sentimientos encontrados, empieza la presentación del autor en el prólogo de Blanca Bravo, responsable de esta edición.
Autodidacta, de origen muy humilde, el mayor de catorce hermanos, de vida azacaneada y dura en la que ejerció oficios tan variados como pintorescos: voceador de periódicos con seis años, aprendiz de ebanista, albañil, actor, vendedor ambulante de navajas y cuchillas, estibador, mendigo en París, activista del anarquismo, bohemio. Un huésped del hambre y las fatigas.
En la versión cinematográfica de Zalacaín el aventurero hacía de cuñado del protagonista. Gesticulaba demasiado y miraba a la cámara cuando no debía. En la cinta trabajó Baroja en un papelito de jabonero. Con esa excusa, Carranque le pidió a Baroja un prólogo para Uno, su primera novela. No conozco esa novela, pero tengo delante el prólogo, en la edición de las Obras completas de Baroja. El fino crítico que era el novelista vasco remataba aquella presentación diciendo que el autor entraba en la literatura "con garbo y con prestancia." Méritos literarios no le reconoce ni uno. Quizá porque no había hecho más que hojearla con desgana. La broma acababa así, pero antes Baroja había tenido la piedad de recordar al lector (por si no lo sabía) que entre sus compañeros Carranque tenía fama de golfante. Baroja lo eleva a la categoría de "supergolfante", para decir a continuación que esa condición es "síntoma de honestidad espiritual." Uno de esos razonamientos rigurosos del maestro, como se ve.
De estirpe barojiana, La vida difícil recuerda lo peor de su modelo, el Baroja en decadencia de los años veinte y treinta. Con un estilo desaliñado a veces, afectado otras, es la obra confusa de una mentalidad en la que conviven el misógino insoportable y retrógrado y el anarquista de ideas avanzadas, la piedad y la homofobia, el cosmopolitismo y la mugre.
Andan juntos en esa confusa turba los mártires de Chicago y Martínez Anido, Lenin y Napoleón, los cadetes de West Point y la sublevación de Jaca, un relojero y un pianista que no conocía a Stravinski.
Es todo muy lamentable en una obra que quizá solo tiene la disculpa que expresa el título: La vida difícil de su autor, un pobre diablo en el que convivieron la vanidad y el idealismo, la brutalidad y una estudiada pose de dandy. Por alguna oscura razón, Cansinos no lo menciona ni una sola vez en esa mezcla de guía de teléfonos y de índice de la mala vida y la mala literatura que tituló La novela de un literato.
Lo peor es que el lector deja la lectura con una sensación de malestar y de tristeza que le han dejado pocos libros.
Cuando parecía que Carranque maduraba en Cinematógrafo, su última, su mejor novela, le diagnosticaron un cáncer de estómago que le arrasó en unos pocos meses. Murió en octubre del 36, en un Madrid asediado por el ejército de África.
Todo muy lamentable.
Santos Domínguez

19 enero 2006

"¿Qué hubiera sucedido si...?"


Philip Roth. La conjura contra América. Mondadori, 2005.

En esta novela el escritor estadounidense Philip Roth cuenta en clave casi autobiográfica la vida de una familia americana judía a comienzos de los años cuarenta. La construcción de la historia se sustenta en la aplicación de un artificio conocido como “modelo contrafactual”, esto es, escribir un relato o un trabajo académico partiendo de la siguiente premisa “¿Qué hubiera sucedido si...?”
En este caso el hecho ficticio es la supuesta victoria en las elecciones estadounidenses de 1940 del aviador Charles Lindbergh, autor del primer vuelo transatlántico y héroe popular en su país. Lindbergh, filonazi y aislacionista, se presenta como candidato del Partido Republicano y derrota al demócrata Roosevelt, respetado como el presidente capaz de vencer la muy penosa y todavía reciente depresión económica de los años treinta, y en 1940 empeñado en la tarea de convencer a sus compatriotas de que, aunque Europa queda lejos, los Estados Unidos no pueden permanecer neutrales ante el avance de los fascismos.
La victoria electoral de Lindbergh trastoca la historia del mundo y, por consiguiente, la de la familia Roth, descendiente de judíos europeos. El narrador, Philip Roth, de siete años, asiste perplejo a las diferentes reacciones de los personajes, que judíos o gentiles, van pasando por su vida: el Rabino que sirve de tonto útil a la nueva administración de Lindbergh, el padre que, demócrata convencido, se niega a cambiar su modo de vida, los ciudadanos fascinados por la fama y la demagogia electoral, la madre que se crió entre cristianos antisemitas y ve renacer sus temores infantiles, los que piensan en huir y reeditar la diáspora, el joven impetuoso que quiere ir a Canadá para unirse a los británicos y luchar contra Hitler…
En cierto momento de la lectura no se puede evitar un acceso de melancolía al pensar que hubiera pasado si en las elecciones del año 2000 en lugar de vencer Bush el Joven, corto de luces y escaso de lecturas al decir de amigos, enemigos y parientes; hubiese resultado presidente el más culto y laico senador Gore, quien tuvo que contemplar como Bush el Joven ganaba tras unas más que dudosas maniobras electorales en el estado de Florida, cuyo gobernador era otro hijo de Bush el Viejo.
Bush el Joven, cristiano renacido, se rodeó en su gobierno de un grupo de lunáticos (así los califica Paul Auster en su última novela, The Brooklyn Follies) y cristianos fanáticos incapaces de organizar una fiesta de cumpleaños, y mucho menos, de dirigir el gobierno de los Estados Unidos que al año siguiente se enfrentaría con la masacre del 11 de septiembre, y que nos han conducido a estos años de plomo.
Tal vez algún día Philip Roth nos cuente una historia contrafactual sobre las elecciones del año 2000. O quizás, aunque él lo niega, ya lo ha hecho.

Jesús Tapia Corral



17 enero 2006

Donde la noche cante o se ilumine



Juan Eduardo Cirlot. 
En la llama. Poesía (1943-1959). 
Siruela. Madrid, 2005.

En ese territorio del sueño y la iluminación visionaria de la realidad, en ese alumbramiento del mundo que convoca el verso de Cirlot que uso como título, radica la razón de ser de su poesía.
En la llama, que acaba de editar Siruela, reúne por primera vez en un solo volumen preparado por Enrique Granell veintisiete entregas de esa obra dispersa y minoritaria que circuló fuera de los ámbitos comerciales, frecuentemente autoeditada entre 1943 y 1959, y difícil de encontrar salvo en antologías tan parciales como redundantes.
El núcleo central de la obra de Cirlot es el ciclo Bronwyn, que publicó esta misma editorial en 2001. Más heterogénea, pero fundamental en la construcción de su universo poético, En la llama reúne al Cirlot simbolista y al surrealista que lleva a su extremo radical la práctica de la escritura automática, al admirador de la música dodecafónica y al experto en imágenes y símbolos.
Frente al garcilasismo ambiente, persiste aquí la influencia del Neruda de Residencia en la tierra, de Cernuda, del Lorca posterior al ciclo de Nueva York. Conviven esas raíces hispánicas con el surrealismo francés de Breton y Eluard, con La tierra baldía de Eliot y con referentes anteriores del irracionalismo poético y la poesía visionaria: Blake y Góngora, pero también los libros sapienciales de la Biblia y el Lope cultista y atrevido de La Circe.Esas referencias convoca una obra como la de Cirlot, deslumbrante en su irracionalidad y en su vinculación con lo mejor de la vanguardia de los años veinte y treinta. Una dirección poética al margen de los circuitos oficiales de Escorial y Garcilaso y de la contestación espadañista. Una insularidad estética solo comparable a la de su amigo, el postista Carlos Edmundo De Ory.
Sólidamente anclada no solo a referentes poéticos, sino a movimientos plásticos como los que canalizó la revista Dau al set, a tendencias musicales vanguardistas, a Kandinsky, a Schönberg, a lugares y objetos, quizá sea La Dama de Vallcarca el conjunto de poemas que podría sintetizar esta etapa fundamental en la poesía de Cirlot: la convivencia de la geografía real con la simbólica, músicas y ritos y colores, símbolos y sueños, irrealismos diversos. Y siempre la palabra articulando el mundo. Y dándole batalla.
Así ocurre, por ejemplo, en Pájaro de fuego, un poema de Árbol agónico (1945), donde se aúnan ejemplarmente desde el título la alusión a Stravinski y la metáfora visual, la imagen visionaria y el símbolo o el irracionalismo para indagar en una realidad de vértigo y vacío.
Incluso en los primeros textos, contaminados de la moda sonetil de la poesía arraigada, Cirlot escribe textos de altísima calidad que enlazan más con Lorca y con lo poco que se conocía del amor oscuro, que con los garcilasistas. Y allí ya la invocación a la imagen, a la metáfora o a la metonimia en versos memorables como estos que cierran su Oración en el huerto:
"Sí, mi mejilla nocturna al sacrificio
ofrece su dulzura de pájaro y gemido."

Ese despliegue metafórico es la base constructiva de una poesía febril y visionaria que establece un diálogo estremecido, doloroso o exaltado, con el mundo, en un experimento con la noción de límite, siempre entre lo órfico y lo apocalíptico.
Una poesía levantada con palabras que fluyen con más fuerza cuando abandonan la rigidez del soneto o del verso medido y se desborda en la libertad expresiva del poema en prosa, quizá lo mejor de todos estos libros. Un poema en prosa que alcanza su plenitud en la intensidad de 80 sueños, uno de sus libros esenciales, traspasado de símbolos que configuran un universo personal y ligado a las tradiciones mitológicas que exploró Cirlot en su imprescindible Diccionario de símbolos.Las páginas finales de En la llama recogen tres declaraciones poéticas, tres reflexiones de un Cirlot que se replantea constantemente la función de la poesía y la misión del poeta. Por cierto, casi a la vez que el libro de Cirlot leo una interesantísima tesis doctoral que presentó en 2004 en la Autónoma de Madrid José Luis Corazón. Se titula La escalera da a la nada. Estética de Juan Eduardo Cirlot y su enfoque es filosófico más que literario, pero esclarece el sólido fondo estético y ontológico que sustenta esa literatura. No tengo noticia de que se haya publicado. La versión que tengo es la mecanografiada que leyó el tribunal. En todo caso, convenientemente adaptada, merecería que saliera a la luz.
Que en aquellos años de amanerado preciosismo triunfalista, de poesía en armas y estancias vacías pudiera existir, aunque subterránea, una poesía como esta no deja de ser asombroso y vincula a Cirlot con la mejor tradición del 27.
Con la recuperación rigurosa de esa etapa de Cirlot asistimos a la configuración poética de esa voz que va creciendo en intensidad en cada uno de los libros que se recogen en este volumen y que constituyen ese peculiar camino de perfección que culmina en Bronwyn y persiste como una de las obras poéticas fundamentales del siglo XX en España.
Santos Domínguez

15 enero 2006

De amor e inquilinato



Así, Novela de amor e inquilinato, subtituló Rafael Azcona El pisito, una narración de 1957 que sirvió como base del guión de la película que dirigió Marco Ferreri. La reescribió en 1999 para la recopilación de tres novelas cortas que publicó Alfaguara con el título Estrafalario/1.
Aquel volumen tuvo una excelente acogida crítica. Ahí están las reseñas de Miguel García Posada y Rafael Conte en El País y ABC respectivamente. (No, no me he equivocado con el orden: es que el mundo da muchas vueltas).

Entonces se destacó "la maestría de Azcona como narrador y la inadmisible omisión del autor en el cuadro de la promoción a la que pertenece y a la que se encuentra muy ligado por su estética." (García Posada) y se le animó a seguir publicando su obra secreta: "sigamos persiguiéndole, leyéndole y alimentando esas pesadillas que para nuestra suerte le siguen acechando." (Rafael Conte)

Esa versión nueva de El pisito (ni España, ni Azcona ni la novela de 1957 eran ya los mismos) es la que se edita ahora en Cátedra. Letras hispánicas.

Neorrealista, como sus compañeros de generación, tertulia y cinefilia (Aldecoa, Fernández Santos o Ferlosio), se le llamó con notable simpleza el Zavattini español. Es más que eso. Su narrativa enlaza con la mejor tradición de la prosa anterior a la guerra civil, con Baroja y con los humoristas del 27 (Jardiel o Mihura), con el esperpentismo de Valle-Inclán, con Cela o Quevedo. Y, naturalmente, con la influencia visual de Goya o Solana en un momento en que las referencias narrativas estaban muy vinculadas al cine, sobre todo al neorrealismo italiano.

Escritor clandestino, narrador secreto que sobrevivió escribiendo novelas rosas y del oeste con seudónimo, su perfil literario lo empezó a recuperar Josefina R. Aldecoa en Los niños de la guerra (Anaya Tus libros, 1983), donde incluye (entre Ferlosio y Benet) su cuento Cassette, lo más ambicioso que conozco de la obra de Azcona. Una obra que tiene quizá su referente más sólido en Baroja, en su escepticismo y en su retraimiento.
Conocido fundamentalmente como guionista, esa faceta le ha permitido contar con un espacio en la Biblioteca de Autor de la Biblioteca Cervantes.
Se accede allí también al pasodoble que le compuso Carmelo Bernaola. Con ese fondo un poco charanguero, como de Bienvenido Mister Marshall, se puede visitar la página.
Esa ha sido la causa de que una parte considerable de la crítica académica y de las monografías sobre la narrativa española contemporánea lo ignoren.
La pereza de esa parte de la crítica instalada en la rutina y en la autoridad, sumada a la actitud de quien como Azcona nunca ha tenido interés en reivindicarse públicamente como escritor explican ese oscurecimiento de su obra narrativa.
Hay una tercera razón más definitiva, claro, no nos engañemos. El pisito, Los ilusos o Pobre, paralítico y muerto (la base de El cochecito), aunque se lean con gusto, sobre todo tras la revisión de 1999, no están a una altura comparable a la de Los bravos o El Jarama.

Santos Domínguez

13 enero 2006

La lectura y otras turas



Víctor Moreno. Metáforas de la lectura. Colección Desórdenes. Lengua de trapo. Madrid, 2005

“Es inaudita la cantidad de metáforas que, a lo largo del tiempo, han prosperado en torno al acontecimiento de la lectura. Vemos cómo sin un parpadeo se la compara con una aventura, una conversación con los muertos —ahí es nada—, un viaje fabuloso, una casa confortable o tétrica, una ventana abierta al mundo, una llave capaz de desvelar los misterios más insondables... Por otra parte, su defensa se ha sustentado también en una colección soporífera de afirmaciones tan falsas como contundentes: «Quien no lee no piensa», «Quien no lee no puede ser libre», «Quien no lee no alcanza a comprender el mundo», «Quien no lee lleva una vida triste»...
Y es así como se ha ido conformando una deplorable mitificación del acto de leer. De hecho, sospechamos que cuantas más metáforas se utilicen para hablar de la lectura, menos se dirá de ella. ¿Queremos decir con ello que el discurso elaborado sobre la lectura durante estas décadas constituye un inmenso mar de palabras en un desierto de ideas? Sin duda, pero no sólo.”

La cita es de Metáforas de la lectura, un nuevo libro de Víctor Moreno, tan fresco, tan agudo y provocador como la mayoría de sus textos agitadores. Lo acaba de publicar Lengua de trapo en su colección de ensayo Desórdenes.
Para leer despacio mientras uno se replantea la función del lector y de la lectura desde una óptica múltiple y siempre problemática:
“Preguntarme por los motivos que me inducen a leer es una cuestión bastante complicada e incómoda, mucho más que hacer crítica literaria o animación lectora. Muchos alcohólicos aducen, como causa de su inclinación etílica, algún fracaso, de naturaleza económica, emocional o profesional. Algunos médicos explican la adicción al tabaco aludiendo al aburrimiento en que viven ciertos fumadores. La teoría del fracaso, de la carencia y, en última instancia, de la insatisfacción vital es muy recurrida para explicarlo casi todo.
Sin embargo, ciertos lectores compulsivos se sienten molestos si su afición lectora se explica en esa línea del fracaso, de la incapacidad de vivir, de la insatisfacción y de la impotencia. A la gente no le gusta que se le recuerde que en la práctica su comportamiento da la razón a quienes, materialistas ellos, sostienen que en esta vida hay cuatro cosas fundamentales —comer, dormir, defecar y hacer el amor— y que, cuando falla alguna de estas actividades, las personas se dedican al coleccionismo, a la metafísica, a una ONG, a la escritura, a la lectura y a todas las turas imaginables de la existencia.”

Como en casi todos los libros de Víctor Moreno, la provocación aparente no es más que una invitación al lector para que reflexione y no se instale en el tópico del discurso monolítico (fundamentalista lo llama el autor) que en defensa de la lectura practican la crítica literaria, los escritores, los profesores.

A partir de esa reflexión sobre la insuficiencia de las ideas asentadas sobre lugares comunes, se desestima por igual la crítica retórica y la ramplonería comercial con que se ejerce; se denuncia el cliché crítico y el prejuicio canónico y se propone la práctica de una lectura iluminadora y estimulante que revele los secretos de la creación literaria.

Como aspiración no está mal, aunque el propio autor reconoce lo poco que ha evolucionado la crítica, un género literario menor que desconoce su objetivo y su destinatario.
En todo caso, un soplo de aire fresco como otros libros de Víctor Moreno. Pienso ahora en De brumas y de veras o en El desorden social de la blasfemia, que como estas Metáforas de la lectura rescatan al lector del corral estrecho de los lugares comunes y practican la insolencia como saludable ejercicio intelectual.

Santos Domínguez

"¡Lárgate de aquí!"




Con esa orden terminante, dada mientras rescataba de las llamas el manuscrito de Lolita, Vera Nabokov pasaba a la historia de la literatura y se convertía en la madre de la nínfula cuya historia, una bomba incendiaria, acababa de arrojar al fuego su marido.
Ocurrió en el otoño de 1948 en Ithaca, cuando Vladimir Nabokov, que llevaba trabajando en el germen del relato desde el verano del 47, no acababa de dar con el toque verosímil en el carácter de la preadolescente y tuvo un pronto de pirómano.
Habría otros intentos en el 50 y en el 51, pero no fueron serios. Los hacía Nabokov mirando (como en la fotografía de portada) con el rabillo del ojo a Vera, que de ese modo se sentía importante y olvidaba los escarceos documentales de su marido con jovencitas. Labor híbrida de voyeur y cazador de mariposas, doblemente armado de libreta y red.

Lo cuenta con detenimiento y perspicacia Stacy Schiff en su ensayo Vera. Señora de Nabokov, que publica Alianza literaria. Relato divertido que va más allá de la biografía de quien convivió cincuenta y dos años (con pausas para tomar aire) con Nabokov.

Perteneciente a la alta sociedad de San Petersburgo, y con una inteligencia y cultura tan excepcionales como para soportar a su marido, sus restos reposan bajo el epitafio “esposa, musa y agente”.

Vladimir Nabokov estuvo dando clases de Literatura en la Universidad de Cornell desde 1948 a 1959. Clases chocantes, llenas de provocaciones gratuitas y de disparates puros como afirmar que Los hermanos Karamazov era una mala novela o que Cervantes desconocía el ambiente en el que transcurría la acción del Quijote. Alguien que decía esas cosas en clase se ganaba fácilmente al alumnado adolescente

Por aquellos días Vera era su chofer. Aquella mujer de cabello blanco conducía un Oldsmobile, lo aparcaba y del brazo de su marido entraba en el aula.

Siempre en las primeras filas o en el estrado, la misteriosa dama permanecía en silencio y solo entraba en acción cuando Nabokov, en aquellos números de ilusionismo, se dirigía a ella como “mi asistente” y le encargaba dibujar un rostro femenino en el encerado o localizar el pasaje de Casa desolada o del Quijote que Nabokov comentaba.

Entre los alumnos algunos la tuvieron por la madre del escritor, otros por su guardaespaldas y otros por una mera presencia disuasoria para las alumnas.

Fue mucho más que eso: corrigió los cuentos que escribía Nabokov en alemán y la poesía que redactaba en italiano, fue su agente literaria, y buscaba sistemas para procurar una muerte dulce a las mariposas que coleccionaba su marido .

Hablando de muertes, la del novelista se produjo en 1977. Vera le sobrevivió hasta 1991, casi quince años en los que siguió traduciendo su obra al ruso, y supervisó cada traducción, cada nueva edición de la obra de Nabokov.

Otras órdenes hubo en aquella casa. Una de las más memorables, "Volodya, vete a la cama", le impidió al autor de Habla, memoria terminar un palíndromo de cuatro versos con rima en el que pensaba emplear la noche insomne.

La mujer, sensata, como casi todas, no tuvo necesidad de decirle que hay formas menos cansadas de hacer el tonto.

Santos Domínguez
Stacy Schiff. Vera. Señora de Nabokov. Alianza Literaria. Madrid, 2002

11 enero 2006

Escrito en voz baja



Escrito a lápiz. Microgramas I (1924-1925)
es el título del primer volumen de los Microgramas de Robert Walser que ha publicado recientemente Siruela en la colección Libros del Tiempo.

A lápiz, sí, y con una escritura endiablada, la Sütterlin, encriptada y minúscula. Una escritura en voz baja, como un murmullo inaudible.

Ha sido necesaria una ardua tarea de desciframiento para poder editar estos Microgramas. Con la reproducción de la portada y las guardas se puede hacer idea el lector de lo arduo de esa tarea con letras de un milímetro que han tenido ocupados más de cuatro años a los editores de los textos, Bernhard Echte y Werner Morlang .
Se han tenido que enfrentar a 117 hojas de papel blanco en las que, aprovechando al máximo el papel, Walser fue elaborando entre 1924 y 1932, con lápiz, una serie de textos breves, una literatura de fragmentos escrita por una personalidad hecha pedazos en la ruina de un mundo.
Pero han merecido la pena esos más de cuatro años de trabajo que llevó el descifrar esa escritura complicada. Complicación que procede no sólo de su caligrafía minúscula, sino de la propia complejidad de la prosa de Walser, un escritor laberíntico y alucinado ante el que uno tiene siempre la sensación de que le está tomando el pelo. Reverenciosamente, con mucho protocolo y mucha mano en el ala del sombrero, pero se lo está tomando.
Con estos Microgramas que se publicaron en Alemania en seis volúmenes entre 1985 y 2000 y que Siruela publicará en tres tomos que recogen solo la prosa, se tiene la sensación de que, pese a los muchos años que estuvo ingresado en manicomios, Walser no estaba loco, sino que se hacía el loco.
Eso sí, tenía manías nocivas para la integridad visual de los editores. Como la de escribir con lápiz, porque solo así se sentía creativo después de haber cogido aversión a la pluma, con la que se bloqueaba estilísticamente.
El sistema del lápiz forma parte de un aprovechamiento global de materiales despreciables ajustados a esos asuntos menores que Walser aspiraba a reflejar en su literatura: hojas de calendarios, cartas, facturas, materiales reutilizados, papeles con antecedentes en los que escribía. Un papel aprovechado al máximo. Y no por necesidades económicas: había recibido dos herencias que le garantizaban un buen pasar.
Es el gusto por lo confuso, por lo pequeño, por lo insignificante, por los seres insignificantes que somos todos en el laberinto del mundo y de la prosa envolvente de Walser.
No es eso lo más importante. Lo fundamental es que, como decía más arriba, ha merecido la pena el esfuerzo porque estos textos nos vuelven a situar ante un escritor excepcional, en posesión de una escritura que atrapa al lector y le lleva a mirar el mundo desde una perspectiva inédita, humilde y orgullosa a la vez, marginal siempre.
Con Walser la realidad, como la escritura, está en un proceso de desintegración constante, de disolución en lo mínimo. Por eso los detalles son siempre centrales en Walser. Por eso tienen tanta la importancia las lupas que la señora Schlager, de Tubinga, suministró a los heroicos editores de estos asombrosos Microgramas, en los que Walser habla de lo cotidiano, de lecturas, elabora historias de amor, retratos de personajes, esbozos ensayísticos y crítica cultural.
En ese laberinto los beneméritos Bernhard Echte y Werner Morlang realizan la impagable labor de poner orden en el material agrupándolo en seis secciones que toman su título de los textos de Walser. Títulos llenos de ironía como Por lo general, antes de ponerme a escribir, me enfundo primero una bata de prosas breves o La de cosas que se viven durante el espectáculo.

Escritos a lápiz y en voz baja. Como dicen que hablaba Juan Rulfo cuando daba entrevistas y luego la grabadora no había registrado ni una sola palabra.

Santos Domínguez

Robert Walser. Escrito a lápiz. Microgramas I (1924-1925). Ediciones Siruela. Libros del Tiempo. Madrid, 2005.