4/11/19

Gabriel Insausti. El oro del tiempo


Gabriel Insausti.
El oro del tiempo. 
Diarios, 2010-2013. 
Renacimiento. Biblioteca de la memoria.
Sevilla, 2018.


“Cuántas veces me habré asomado ahí, he pensado, en los últimos diez años. Buscando qué. […] Lo cierto es que en el hábito de asomarse al balcón y contemplarlo todo durante un rato hay una costumbre extraña”, escribe Gabriel Insausti en El oro del tiempo. Diarios, 2010-2013, que publica Renacimiento en su Biblioteca de la memoria.

En esa costumbre extraña, en esa mirada desde el balcón de su estudio, convertido casi en la platea de un teatro del mundo, se funda la metáfora de la posición intermedia entre el interior y el exterior que resume la actitud y el impulso de estos diarios que toman su título del epitafio de André Breton en el cementerio de Batignolles. 

“¿El oro del tiempo? -se pregunta Insausti en un prólogo escéptico y autocrítico- Uno, ya cara a cara con la muerte, en la poesía extrema del epitafio, lo que debería buscar es el oro de la eternidad. En ese trance el oro del tiempo, si es que entre el tiempo nada algún oro, es lo que ya se dejado atrás. Irremisiblemente. El oro del tiempo, por mucho quilate que se haya atesorado en esta vida, es algo que uno no se lleva consigo al otro lado.” 

Se suceden en sus páginas las reflexiones y los recuerdos, el presente y el pasado, lo íntimo y lo público, las generaciones y las semblanzas sobre el telón de fondo de Ramplona, un topónimo tan reconocible como irónico.

Discurren por ellas “rostros y cielos, palabras y gestos”, la vida cotidiana y los viajes, los ciclos de la naturaleza y el paso del tiempo, el fútbol y las historias familiares, los actos culturales y sociales,  los pantalones caídos y la vida profesoral del filólogo, los paisajes y la poesía de las cosas, la reflexión sobre la escritura y la lectura, la memoria y la crítica literaria, dos sorpresas -un adelantamiento a Indurain por el carril bici y un Aníbal por los Andes- o varias páginas inolvidables sobre el filósofo Leonardo Polo y sobre Qué bello es vivir.

Y por debajo del humor, la ironía y el sarcasmo, de su escepticismo de corte barojiano, la mirada inteligente y cercana de quien escribe estos diarios para “conservar nombres y rostros, dibujos en algún lugar de la memoria, antes de que los reclame la vida.”

Santos Domínguez