27/11/19

El infinito en un junco



Irene Vallejo. 
El infinito en un junco. 
La invención de los libros en el mundo antiguo. 
Siruela. Madrid, 2019. 

“La Biblioteca de Alejandría era una enciclopedia mágica que congregó el saber y las ficciones de la antigüedad para impedir su dispersión y su perdida. Pero también fue concebida como un espacio nuevo, del cual partirían la rutas hacia el futuro.[...] la biblioteca de Alejandría, variada y completísima, abarcaba libros sobre todos los temas, escritos en todos los rincones de la geografía conocida. Sus puertas estaban abiertas a todas las personas ávidas de saber, a los estudiosos de cualquier nacionalidad y a todo aquel que tuviera aspiraciones literarias probadas. Fue la primera biblioteca de su especie y la que más cerca estuvo de poseer todos los libros entonces existentes. [...] La Biblioteca hizo realidad la mejor parte del sueño de Alejandro: su universalidad, su afán de conocimiento, su inusual deseo de fusión. En los anaqueles de Alejandría fueron abolidas las fronteras, y allí convivieron, por fin en calma, las palabras de los griegos, los judíos, los egipcios, los iranios y los indios. Ese territorio mental fue tal vez el único espacio hospitalario para todos ellos”, escribe Irene Vallejo en El infinito en un junco, que publica Siruela en su Biblioteca de Ensayo.

La invención de los libros en el mundo antiguo es el subtítulo de este espléndido volumen, que funde el ensayo y el relato, el libro de viajes y el reportaje histórico y se organiza en dos partes: Grecia imagina el futuro y Los caminos de Roma. 

Caminos, por ejemplo, hacia Alejandría, “la ciudad de los placeres y los libros, la capital del sexo y la palabra”, cuando Roma era todavía una ciudad con muy mala reputación, “un laberinto de calles tortuosas, oscuras y embarradas.”

De allí venía Marco Antonio, que llevó a Cleopatra doscientos mil libros para la Biblioteca de Alejandría, la ciudad en la que vivirían muchos siglos después Cavafis y los personajes del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell.

Una Biblioteca fundada por la oscura figura de Ptolomeo, el compañero de conquistas militares de Alejandro que llegó a ser faraón de un país asombroso y convirtió Alejandría no sólo en el centro del Mediterráneo, sino en la sede de aquella biblioteca universal, posiblemente proyectada por Alejandro Magno, al que la autora evoca en estas líneas:

La pasión del coleccionista de libros se parece a la del viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad. Alejandro recorrió las rutas de África y de Asia sin separarse de su ejemplar de la Ilíada, al que acudía, según dicen los historiadores, en busca de consejo y para alimentar su afán de trascendencia. La lectura, como una brújula, le abría los caminos de lo desconocido.

Aquella biblioteca, “que intentó rozar el infinito”, almacenaba miles de rollos de papiro, el soporte de escritura más utilizado desde el primer milenio hasta que se sustituyó muchos siglos después por el pergamino, por la escritura en piel y el libro de páginas.

Elaborado a partir del junco que crece en el Nilo, los egipcios y los hebreos, los griegos y los romanos utilizaron el papiro durante siglos. Con el rollo de papiro surge el primer libro de la historia: cabe en él una tragedia entera, un diálogo platónico o un evangelio.

De esos rollos, traídos muchas veces tras largos viajes en busca de libros escritos en griego, se llenó la Biblioteca de Alejandría, que tuvo como primer bibliotecario a Demetrio de Falero, discípulo de Aristóteles llegado de Atenas.

Esa biblioteca fue el eje cultural de una primera globalización, la civilización helenística, que tuvo su capital en Alejandría, el centro cultural del mundo hasta que la desbancó Roma.

Todo eso fue posible tras el paso de la literatura oral a la escrita gracias a la apacible revolución fenicia del alfabeto “que descifra el mundo y revela los pensamientos”, muchos siglos después de la invención de la escritura:

Hace 6000 años aparecieron los primeros signos escritos en Mesopotamia, pero los orígenes de esta invención están envueltos en el silencio y el misterio. Tiempo después, y de forma independiente, la escritura nació también en Egipto, la India y China. El arte de escribir tuvo, según las teorías más recientes, un origen práctico: las listas de propiedades. Estas hipótesis afirman que nuestros antepasados aprendieron el cálculo antes que las letras. La escritura vino a resolver un problema de propietarios ricos y administradores palaciegos, que necesitaban hacer anotaciones porque les resultaba difícil llevar la contabilidad de forma oral. El momento de transcribir leyendas y relatos llegaría después. Somos seres económicos y simbólicos. Empezamos escribiendo inventarios, y después invenciones (primero las cuentas; a continuación los cuentos).

Este es también un libro que evoca la importancia de los libros en la edad dorada de Grecia, el papel de los libreros atenienses y las lecturas memoriosas, las bibliotecas ambulantes y las tejedoras de historias, el catálogo de Calímaco o la figura de Enheduanna, sacerdotisa y poeta sumeria, “el primer autor que firma sus textos”, una serie de himnos, mil quinientos años antes de Homero.

Y un paseo por la literatura clásica, de Esquilo a Safo, de Heródoto a Aristófanes, de Heráclito el oscuro a Homero, por las tres destrucciones de la Biblioteca de Alejandría y las bibliotecas griegas convertidas en botín de guerra por los romanos, por las librerías romanas, el arriesgado oficio de librero las bibliotecas públicas, las figuras de Marcial y Séneca o los problemas de Ovidio con la censura que le ocasionaron el destierro.

“La historia de los libros en Roma -escribe Irene Vallejo- tiene como protagonistas a los esclavos”, traductores, maestros, copistas, escritores pobres para lectores ricos cuando la lectura y las bibliotecas se convirtieron en signo de prestigio y de distinción social.

Roma era la ciudad de las veintinueve bibliotecas en el año 350, cuando los códices de pergamino y los libros de páginas que coexistirían durante siglos con los rollos de papiro empiezan a imponerse entre los lectores como el formato más manejable para entrar en conversación con el conocimiento:

Los libros de Atenas, Alejandría y Roma nunca han callado del todo. A lo largo de los siglos han mantenido una conversación en susurros, un diálogo que habla de mitos y leyendas, pero también de filosofía, ciencia y leyes. De alguna forma, quizá sin saberlo, nosotros formamos parte de esa conversación.

Santos Domínguez