29/11/19

Ernesto Cardenal. Poesía completa


Ernesto Cardenal.
Poesía completa.
Edición y estudio preliminar de 
María Ángeles Pérez López.
Editorial Trotta. Madrid, 2019.

“La obra de Cardenal es extraordinariamente fecunda y ha tenido gran influencia en la poesía contemporánea  [...] Su Poesía completa va modulando diversos acentos y tonalidades que brindan, de modo muy original y en riquísimo diálogo con la tradición (las tantas tradiciones a las que interpela) una visión integral de lo humano que no excluye ninguno de sus perfiles: junto al poeta hallamos al historiador, al antropólogo, al místico, al revolucionario, al que, en conjunto, aspira a nombrar una verdad individual y colectiva cuya raíz es el amor. Cuando en 2012 recibió el Premio Reina Sofía, afirmaba la unión de poesía y amor como absolutos.

Por otro lado, su Poesía completa permite advertir la evolución del autor, que va abriendo paso en los últimos años a cuestiones científicas y cosmológicas frente a los grandes proyectos históricos y políticos de los sesenta y setenta con los que se sintió identificado, que revisa críticamente en tanto su carga totalitaria y hegemónica ha sido padecida con rigor. Y en el presente, abre hacia el espacio del cosmos el abrazo que su obra ha deseado brindar desde el comienzo”, escribe María Ángeles Pérez López en el magnífico estudio preliminar que abre su edición de la Poesía completa con que la Editorial Trotta culmina la publicación de la Biblioteca Ernesto Cardenal, en la que ha ido apareciendo la obra completa del poeta nicaragüense (Granada, 1925).

Este espléndido volumen refleja, en edición supervisada por el autor, la evolución de siete décadas de escritura poética que transcurre desde la indagación en la historia y la reivindicación política a la preocupación por la ciencia y el impulso místico que culminan en 1993 en Telescopio en la noche oscura, donde “Cardenal explora la fusión amorosa que vincula física y mística a través de nuevos tonos y un registro de gran desnudez expresiva.”

En conjunto, Ernesto Cardenal ha ido construyendo una obra torrencial desde la búsqueda incesante: desde la formación vanguardista al prosaísmo coloquial y antirretórico, a la voluntad narrativa que recorre sus libros de poesía.

Desde los Epigramas iniciales hasta el más reciente Hijos de las estrellas, su trayectoria poética está jalonada por libros como Salmos, Oración por Marilyn Monroe y otros poemas, Coplas a la muerte de Merton o Cántico cósmico, que cumple ahora treinta años y que en palabras de la editora es “sin duda el proyecto más ambicioso de la obra cardenaliana.”

Una obra que recoge el diálogo intertextual con la tradición latina del epigrama; la voluntad testimonial de la poesía exteriorista en los Poemas documentales; la denuncia y el testimonio de Hora 0; la religiosidad mística de Gethsemaní, Ky, que toma su título del nombre del monasterio trapense de Kentucky donde convivió con Thomas Merton; la suma de vivencia religiosa y denuncia de la dictadura somocista en Salmos o la crítica de la banalización cultural, la publicidad y el consumismo en Oración por Marilyn Monroe y otros poemas, que comienza con estos versos:

Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe,
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia 
              (según cuenta el Time)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también algo más que eso...

Vinieron luego la utopía prehispánica de El estrecho dudoso y los Poemas indios, escritos en la comunidad contemplativa de Solentiname; las elegíacas Coplas a la muerte de Merton, el sandinismo militante de los extensos Canto Nacional y Oráculo sobre Managua; los poemas de viaje de Pasajero de tránsito y la exaltación hímnica de Cántico cósmico donde se funden ciencia y religión, física y mística, como en los posteriores Telescopio en la noche oscura o Hijos del universo.

Porque Cántico cósmico responde a ese impulso cosmológico que recorre sus últimos libros y propone al lector una mirada integradora de la totalidad de lo real, material o espiritual, en los versículos de sus cuarenta y tres cantigas.

Este es un fragmento de la Cantiga 7, titulada El cálculo infinitesimal de las manzanas:

No somos átomos tan sólo, o somos átomos
con una sed de ilusiones infinita.
         Átomos que se besaron bajo los álamos.
                    De los álamos vengo,
átomos, madre, que no quieren morir.
La semivida del átomo que hoy es y mañana no es.
Según la teoría de Prosser:
                   todo está en todas partes
aunque sólo aparezca en un punto particular.
         (Cada vez más parecidas física y mística.)
O según Bohm: el universo entero está en cada una de sus partes.
Y la muerte por qué temerla.
Al morir uno, muere sólo lo que no es uno.
A lo mejor la materia está compuesta de una sola partícula con varias apariencias
        (¿no vio San Benito todo el universo en un rayo de sol?)
y todas las conciencias conforman una sola conciencia
siendo todo el universo una materia con conciencia.
Se dice que ninguna teoría explica por sí sola todo el mundo real
salvo una basada en una partícula hipotética llamada...
Pero yo te digo, muchacha, tu cabellera de ahora, tus ojos negros,
se comportan de una forma cooperativa,
obedecen a un plan determinado.
Un “extraño elemento subjetivo en el mundo físico”, según Davies.
O que el libre albedrío se inmiscuya en el micromundo.

Una especie de dominio de la mente sobre la materia.
                      ...y revaluar el concepto tradicional de realidad.
Materia somos pero no todo materia.
A no ser que hablemos algo así como de materia espiritual.

La integración de alabanza y denuncia, historia e intimidad, ciencia y poesía, mito y realidad, amor y revolución, ecologismo y teología de la liberación es el resultado de un proceso poético que culmina en la contención intimista de Telescopio en la noche oscura y en la fusión de palabra poética y universo en Versos del pluriverso.

Y finalmente, Hijos de las estrellas, su última entrega poética, confirma el desplazamiento de lo histórico a lo cósmico en la poesía de Ernesto Cardenal.

Completa el volumen la sección Otros poemas, donde se recogen poemas sueltos de distintas épocas como Teoría del lenguaje, al que pertenecen estos versos:

El canto fue primero.
El canto gusta aun sin entender la letra.
La comunicación genera imitación
y se imitó el canto
y de ahí el lenguaje.
El canto fue primero
porque cantar es más fácil.
¿Sería arrullo materno?
O canto de amor.
De todos modos
el amor creó el lenguaje.

Cierra el volumen un texto en el que Luz Marina Acosta afirma que Ernesto Cardenal es hoy un “místico cósmico”, “el monje que cree que mentir es robarle la verdad a la palabra, el contemplativo, el que ha luchado por tener su propio espacio de intimidad con Dios, el que se revela terco labrador de utopías e impaciente contra la injusticia, el que rompió con el partido por el que luchó cuando se dio cuenta [de] que habían perdido la ética.
Su poesía es la rebeldía liberadora y a sus noventa y cuatro años conjuga la física cuántica y el cristianismo demostrando que el universo es una unidad: ‘todo conectado con todo’.”

Es una muestra más de la pluralidad de voces poéticas de las que habla María Ángeles Pérez López en su introducción, de la integración de la totalidad de lo real a través de la palabra poética a lo largo de “una obra que despliega, en más de mil páginas, los diversos acentos de una vida, de tantas vidas.”

Santos Domínguez


27/11/19

El infinito en un junco



Irene Vallejo. 
El infinito en un junco. 
La invención de los libros en el mundo antiguo. 
Siruela. Madrid, 2019. 

“La Biblioteca de Alejandría era una enciclopedia mágica que congregó el saber y las ficciones de la antigüedad para impedir su dispersión y su perdida. Pero también fue concebida como un espacio nuevo, del cual partirían la rutas hacia el futuro.[...] la biblioteca de Alejandría, variada y completísima, abarcaba libros sobre todos los temas, escritos en todos los rincones de la geografía conocida. Sus puertas estaban abiertas a todas las personas ávidas de saber, a los estudiosos de cualquier nacionalidad y a todo aquel que tuviera aspiraciones literarias probadas. Fue la primera biblioteca de su especie y la que más cerca estuvo de poseer todos los libros entonces existentes. [...] La Biblioteca hizo realidad la mejor parte del sueño de Alejandro: su universalidad, su afán de conocimiento, su inusual deseo de fusión. En los anaqueles de Alejandría fueron abolidas las fronteras, y allí convivieron, por fin en calma, las palabras de los griegos, los judíos, los egipcios, los iranios y los indios. Ese territorio mental fue tal vez el único espacio hospitalario para todos ellos”, escribe Irene Vallejo en El infinito en un junco, que publica Siruela en su Biblioteca de Ensayo.

La invención de los libros en el mundo antiguo es el subtítulo de este espléndido volumen, que funde el ensayo y el relato, el libro de viajes y el reportaje histórico y se organiza en dos partes: Grecia imagina el futuro y Los caminos de Roma. 

Caminos, por ejemplo, hacia Alejandría, “la ciudad de los placeres y los libros, la capital del sexo y la palabra”, cuando Roma era todavía una ciudad con muy mala reputación, “un laberinto de calles tortuosas, oscuras y embarradas.”

De allí venía Marco Antonio, que llevó a Cleopatra doscientos mil libros para la Biblioteca de Alejandría, la ciudad en la que vivirían muchos siglos después Cavafis y los personajes del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell.

Una Biblioteca fundada por la oscura figura de Ptolomeo, el compañero de conquistas militares de Alejandro que llegó a ser faraón de un país asombroso y convirtió Alejandría no sólo en el centro del Mediterráneo, sino en la sede de aquella biblioteca universal, posiblemente proyectada por Alejandro Magno, al que la autora evoca en estas líneas:

La pasión del coleccionista de libros se parece a la del viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad. Alejandro recorrió las rutas de África y de Asia sin separarse de su ejemplar de la Ilíada, al que acudía, según dicen los historiadores, en busca de consejo y para alimentar su afán de trascendencia. La lectura, como una brújula, le abría los caminos de lo desconocido.

Aquella biblioteca, “que intentó rozar el infinito”, almacenaba miles de rollos de papiro, el soporte de escritura más utilizado desde el primer milenio hasta que se sustituyó muchos siglos después por el pergamino, por la escritura en piel y el libro de páginas.

Elaborado a partir del junco que crece en el Nilo, los egipcios y los hebreos, los griegos y los romanos utilizaron el papiro durante siglos. Con el rollo de papiro surge el primer libro de la historia: cabe en él una tragedia entera, un diálogo platónico o un evangelio.

De esos rollos, traídos muchas veces tras largos viajes en busca de libros escritos en griego, se llenó la Biblioteca de Alejandría, que tuvo como primer bibliotecario a Demetrio de Falero, discípulo de Aristóteles llegado de Atenas.

Esa biblioteca fue el eje cultural de una primera globalización, la civilización helenística, que tuvo su capital en Alejandría, el centro cultural del mundo hasta que la desbancó Roma.

Todo eso fue posible tras el paso de la literatura oral a la escrita gracias a la apacible revolución fenicia del alfabeto “que descifra el mundo y revela los pensamientos”, muchos siglos después de la invención de la escritura:

Hace 6000 años aparecieron los primeros signos escritos en Mesopotamia, pero los orígenes de esta invención están envueltos en el silencio y el misterio. Tiempo después, y de forma independiente, la escritura nació también en Egipto, la India y China. El arte de escribir tuvo, según las teorías más recientes, un origen práctico: las listas de propiedades. Estas hipótesis afirman que nuestros antepasados aprendieron el cálculo antes que las letras. La escritura vino a resolver un problema de propietarios ricos y administradores palaciegos, que necesitaban hacer anotaciones porque les resultaba difícil llevar la contabilidad de forma oral. El momento de transcribir leyendas y relatos llegaría después. Somos seres económicos y simbólicos. Empezamos escribiendo inventarios, y después invenciones (primero las cuentas; a continuación los cuentos).

Este es también un libro que evoca la importancia de los libros en la edad dorada de Grecia, el papel de los libreros atenienses y las lecturas memoriosas, las bibliotecas ambulantes y las tejedoras de historias, el catálogo de Calímaco o la figura de Enheduanna, sacerdotisa y poeta sumeria, “el primer autor que firma sus textos”, una serie de himnos, mil quinientos años antes de Homero.

Y un paseo por la literatura clásica, de Esquilo a Safo, de Heródoto a Aristófanes, de Heráclito el oscuro a Homero, por las tres destrucciones de la Biblioteca de Alejandría y las bibliotecas griegas convertidas en botín de guerra por los romanos, por las librerías romanas, el arriesgado oficio de librero las bibliotecas públicas, las figuras de Marcial y Séneca o los problemas de Ovidio con la censura que le ocasionaron el destierro.

“La historia de los libros en Roma -escribe Irene Vallejo- tiene como protagonistas a los esclavos”, traductores, maestros, copistas, escritores pobres para lectores ricos cuando la lectura y las bibliotecas se convirtieron en signo de prestigio y de distinción social.

Roma era la ciudad de las veintinueve bibliotecas en el año 350, cuando los códices de pergamino y los libros de páginas que coexistirían durante siglos con los rollos de papiro empiezan a imponerse entre los lectores como el formato más manejable para entrar en conversación con el conocimiento:

Los libros de Atenas, Alejandría y Roma nunca han callado del todo. A lo largo de los siglos han mantenido una conversación en susurros, un diálogo que habla de mitos y leyendas, pero también de filosofía, ciencia y leyes. De alguna forma, quizá sin saberlo, nosotros formamos parte de esa conversación.

Santos Domínguez

25/11/19

Los secretos de Diotima





El poder de Eros es el de transmitir e interpretar a los dioses los mensajes de los hombres y a los hombres los mensajes de los dioses; los ruegos y sacrificios de los unos, los mandatos y recompensas de los otros.

Esas palabras que Sócrates ponía en boca de Diotima de Mantinea en un pasaje del Banquete de Platón sirven de emblema a la espléndida colección de clásicos que publica en pequeño formato Guillermo Escolar Editor.

Mitad sacerdotisa, mitad filósofa, Diotima se convierte de esa manera en portavoz de la filosofía platónica del amor como búsqueda de la inmortalidad y como método de conocimiento de lo divino. 

De la transcendencia de este personaje dejan constancia dos hechos significativos: Hölderlin ocultó el nombre de su amada Susette Gontard identificándola con Diotima y entre nosotros María Zambrano se proyectará en su figura para componer uno de sus textos fundamentales, Diotima de Mantinea, en el que presenta el amor como forma de conocimiento y de mediación entre la razón y la poesía.

Esa labor mediadora entre los dioses y los hombres de la que hablaba Diotima como clave del amor es paralela a la función de los traductores -Óscar Martínez García, Antonio Barnés, Constantino Román, Antonio López Fonseca, Miguel del Rincón, Alfonso Catapa y José Manuel Ruiz Villa-, mediadores a su vez entre lo clásico y lo actual, como reflejan los dieciséis tomos de esta cuidada colección que pone a los clásicos en un formato que cabe en la palma de la mano.

Nueve fragmentos sobre el amor extraídos del Banquete de Platón, el diálogo de Séneca Sobre la felicidad, el ensayo de Montaigne Sobre la educación de los hijos, el tratado de Cicerón Sobre la amistad, cuarenta máximas y trece epístolas que resumen la filosofia epicúrea en Sobre el placer y la naturaleza, una tragedia de Sófocles -Antígona- y dos comedias -Lisístrata, de Aristófanes y Anfitrión, de Plauto- son los ocho primeros tramos de un camino ascendente hacia la sabiduría, los ocho primeros peldaños de una escalera en la que Diotima metaforizó el proceso de conocimiento de la belleza absoluta:

Ese es, en efecto, el camino correcto por el que uno llega, por sí solo o conducido por otro, hasta los misterios del amor. Comenzando, pues, por las cosas bellas de aquí, y sirviéndose de ellas como si fueran los peldaños de una escalera, se ha de iniciar una continua ascensión con las miras puestas en esa belleza: de un cuerpo se pasaría a dos, de dos se pasaría a todos los cuerpos bellos, de los cuerpos bellos a las normas de conducta bellas, de las normas de conducta bellas a los conocimientos bellos, para, a partir de los conocimientos, culminar con aquel conocimiento que no es otra cosa que el conocimiento de la belleza absoluta, y así comprender finalmente lo que es la belleza en sí.



Y en una segunda entrega, ocho nuevos peldaños: el estoicismo moral de Quevedo y su conciencia barroca del tiempo en Doctrina para morir; Cicerón y dos libros de sus Disputaciones Tusculanas: uno sobre la capacidad para soportar el dolor y otro Sobre el desprecio de la muerte y la concepción de la vida como un aprendizaje para morir; los Errores de juventud de San Agustín en su autobiografía confesional; el libro de Gracián sobre El político don Fernando el Católico, modelo de príncipe sereno y prudente que ejerció la virtud del arte de reinar; dos diálogos que compendian el estoicismo de Séneca: Sobre la serenidad, donde habla con Sereno de la armonía con uno mismo y Sobre la brevedad de la vida y la necesidad de aprovecharla porque “conviene cuidar con la mayor diligencia lo que no se sabe cuándo se va a acabar.”

Y finalmente la espléndida traducción que hizo Fray Luis de León desde el hebreo del Libro de Job, que fue la causa de su encarcelamiento por cinco años. Casi mil versos que se cierran con este: “Y murió anciano y lleno de días.”

Platonismo y estoicismo, epicureísmo y ascetismo cristiano o humanismo neoplatónico no son sino las diversas perspectivas de un largo proceso de acercamiento y comprensión de la condición humana a través del ejercicio de la razón o la virtud.

Gran parte de ese acercamiento se resume en estos dieciséis peldaños que reflejan la sostenida voluntad de ascensión hacia la belleza, el conocimiento, el equilibrio y la serenidad, la perfección y la felicidad y se sobreponen a los defectos y las pasiones, a los engaños o al dolor. Dieciséis peldaños para subirlos guiados por quienes los ascendieron con la determinación de entender el sentido de la vida. 

Santos Domínguez 


22/11/19

Antología de Francisca Aguirre


Francisca Aguirre.
Prenda de abrigo.
Edición y prólogo de Guadalupe Grande.
Olé libros. Valencia, 2019.

“Porque un libro, señores, es una prenda de abrigo”, escribía Francisca Aguirre en Nana de los libros viejos. Y de esa expresión toma su título la antología Prenda de abrigo, que publica Olé libros en su colección Vuelta de tuerca. 

Ha cuidado la edición Guadalupe Grande, que en su prólogo matiza que “un libro es una prenda de abrigo hecha de tiempo y de palabras” y añade que “esta selección de textos proviene de una conversación. La larga y aún hoy no interrumpida conversación que mi madre y yo sostuvimos. Y sostenemos y que también nos sostuvo a ambas. Juntas reunimos hace unos años estos textos pensando o entonando no la cronología que impone el calendario, sino la conversación que revela la vida. Elegimos las prendas de abrigo que obstinadamente la habían acompañado desde Ítaca hasta Historia de una anatomía: el amor por la palabra y la admiración y gratitud hacia quienes la precedieron en el oficio de la poesía; la fundación mítica de la existencia; el misterio consolador de la música; los claroscuros del vivir; la infancia, ya fábula de fuentes. Ahora, en esta vuelta de tuerca, al retomar intacto el diálogo con mi madre, recupero y acreciento aquella conversación.”

Como el resto de la obra de Francisca Aguirre, Prenda de abrigo es un manifiesto contra el olvido y la intemperie y a favor de la vida y la imaginación, una reivindicación de la memoria personal y colectiva de un tiempo de tinieblas del que fue víctima y testigo, porque esa es la columna vertebral de su poesía, alimentada de su experiencia vital y de su testimonio moral, con la guía de un faro inextinguible, Antonio Machado, al que evocaba en un encuentro imposible entre la niña y el maestro en Frontera, un poema de Los trescientos escalones:

Yo, que llegué a la vida demasiado pronto,
que fui -que soy- la que se anticipó,
la que acudió a la cita antes de tiempo
y tuvo que esperar en la consigna
viendo pasar el equipaje de la vida
desde el banco neutral de la deshora.

Yo, que nací en el treinta, cuando es cierto
-como todos sabéis-que nunca debí hacerlo,
que hubiera yo debido meditarlo antes,
tener un poco de paciencia y tino
y no ingresar en este tiempo loco
que cobra su alquiler en monedas de espanto.

[...]

Llegué, tal vez al mismo tiempo que él
pero en distinto tiempo.
No lo supe.
(Oh tiempo miserable e injusto.)
Estuve allí -quizá lo vi-.
Pero era tarde.
Yo era pequeña
y tenía sueño.

Don Antonio era viejo
y también tenía sueño.
(Señor, qué imperdonable:
haber nacido demasiado pronto
y haber llegado demasiado tarde.)

Una poesía concebida como camino de regreso a la infancia, como celebración de la vida y como una larga conversación con los demás y consigo misma acerca de la fragilidad y la fuerza, de la humillación y la dignidad, de la piedad y la memoria, de la injusticia y la resistencia. Conversación que culmina siempre en la afirmación del "escándalo deslumbrante de la vida", "esta terrible vida a la que amamos tanto", como en este texto de Una larga dolencia (2018):

Entran el sol y la vida en mi salita y todo lo que veo son latidos: late la luz iluminando el tiempo y late el tiempo coloreando el alma, un alma pequeñita, tan pequeña como la niña que entró en la habitación cuando en la habitación no había nadie, cuando tampoco había nada: solo el sol barnizando las paredes.

Y así, desde Ítaca hasta Una larga dolencia, Prenda de abrigo resume un recorrido por medio siglo de poesía marcada por la memoria y por "esa forma de conversación con la memoria y los sueños que es el libro", como explica Guadalupe Grande en el prólogo, que se cierra con este párrafo: 

"Una prenda de abrigo, todo en la vida de Francisca Aguirre tiene que ver con el deseo de que la palabra sea el abrigo contra la intemperie: el habla de la memoria, la palabra hecha de amor, la palabra concebida como amistad, la palabra hecha de música, la palabra como recordatorio de un sueño. Nada sucedió en su vida que no tuviera alguna otra razón que el encuentro, el diálogo con la fraternidad, la razón última de los seres que se reúnen en conversación discrepante y armónica frente a la intemperie para abrigarse unos a otros con la última y primera necesidad y causa de la palabra: la dignidad. Espero que la conversación con estos poemas sea también para los lectores cómplices una prenda de abrigo."

Santos Domínguez

20/11/19

Unamuno. Convencer hasta la muerte



Colette y Jean-Claude Rabaté. 
Miguel de Unamuno (1864-1936).
Convencer hasta la muerte. 
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019.


“Yo, a veces, no puedo romper la leyenda que han tejido alrededor de mí”, escribía Unamuno en 1936, al final de una vida que han estudiado pormenorizadamente los hispanistas Colette y Jean Claude Rabaté en el monumental Miguel de Unamuno (1864-1936), que publica Galaxia Gutenberg

Este ensayo es una reelaboración, actualizada con nuevos datos, de la biografía que los mismos autores publicaron en Taurus hace diez años, un texto de referencia en los estudios unamunianos. 

El subtítulo, Convencer hasta la muerte, alude al incidente del 12 de octubre con Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. 

“Vencer no es convencer”, dijo Unamuno frente a quien gritaba “Viva la muerte.” “Vencer y convencer” anotó en la tercera línea de esas notas apresuradas y escritas con lápiz que sirvieron de guión para su improvisada intervención en aquel acto.



Y con la evocación de la tarde de aquel día comienza el prólogo: 

Salamanca, 12 de octubre de 1936, por la tarde 

Miguel de Unamuno, sentado como siempre en «el sillón frailero» de su cuarto de estudio, rodeado de sus libros, vuelve a pensar en los acontecimientos terribles que acaba de vivir. A pesar de la presencia de Miguelín y de sus dos hijos, Rafael y Felisa, se siente solo, abandonado y sobre todo vencido... vencido después de su último combate por la razón y la paz... No puede olvidar el aciago acto del paraninfo en que oyó los aullidos contra la anti-España, los vivas a la muerte y mueras a los intelectuales traidores; no puede olvidar los abucheos y amenazas de un público excitado y hostil cuando se dirigió a Millán Astray para decirle que vencerán la fuerza brutal, el odio y el resentimiento, pero no convencerán y no llegará la paz, sino la victoria; no puede olvidar los insultos y gritos de odio de unos socios del casino que lo rechazaron como si fuera un perro rabioso y un criminal. 
Hace varias semanas que ya sabe cuán inútil es su pluma para combatir por la compasión, la convivencia, la libre opinión y contra una irreprimible locura colectiva; en esta salvaje guerra incivil donde los hunos y los hotros están perdiendo toda humanidad, tiene miedo a quedar atrapado en el torbellino de odio y de resentimiento y solo puede confiar su dolor y su desengaño a sus «hijos de papel»... Ya entiende que la guerra civil de su niñez era un sueño y que no habrá paz en la guerra. 
Hoy le han quitado brutalmente el derecho a expresarse públicamente. 

A través de sus libros y sus diarios, de sus artículos y su epistolario, Colette y Jean Claude Rabaté proponen un recorrido por la biografía paradójica y los textos de un Unamuno complejo y controvertido, polémico y contradictorio, inconformista y crítico, entusiasta y decepcionado, en debate constante contra esto y aquello, en conflicto con la realidad y consigo mismo, con el telón de fondo de la política y la cultura en una España no menos problemática. 

Entre lo privado y lo público, entre el ámbito familiar y el político, entre los debates ideológicos y el conflicto existencial, entre la actividad académica y la escritura plural de Unamuno, este espléndido ensayo se remonta a los recuerdos de niñez y mocedad del colegial soñador y el adolescente atormentado que sufrió las primeras crisis interiores, a la imagen del estudiante que descubrió en Madrid un nuevo mundo; reconstruye los años bilbaínos, el vía crucis de cinco años de oposiciones a cátedras de Instituto o de Universidad, su posición cambiante ante el polémico tema vasco, su instalación en Salamanca y su fama creciente de catedrático rebelde y socialista en la Universidad, su crisis de conciencia política, el quehacer del escritor y su búsqueda de fama literaria, su polémico rectorado heterodoxo, su compromiso político y su apostolado ideológico, sus andanzas y meditaciones por tierras de España, su destitución como rector, su posición de aliadófilo en la Primera Guerra Mundial, su posicionamiento contra la monarquía de Alfonso XIII y contra la guerra de Marruecos, su enfrentamiento a la dictadura de Primo de Rivera, su destierro en Fuerteventura, su exilio en París, su conflictiva relación con la Segunda República, su soledad en las Cortes y su mirada a la guerra civil, de la que fue una víctima más, confinado en su casa de la calle de Bordadores y expatriado en su patria hasta su muerte el 31 de diciembre de 1936, su entierro con exequias falangistas y gritos de '¡Unamuno, presente!'

El conjunto completa brillantemente “el relato de una vida tan apasionante como fecunda" y reivindica "la permanencia y la sorprendente actualidad de su voz, más que nunca en los años agitados que vivimos. Nos enseña que, a pesar de los errores y vacilaciones, accesos de ira y remordimientos propios de cualquier ser humano, Miguel de Unamuno ha conseguido vencer a la Esfinge y colmar su anhelo de «sembrar semillas de eternidad», ya presente desde los años de niñez y mocedad bilbaínos.”

Santos Domínguez

18/11/19

Herbario de sombras


José María Jurado García-Posada.
Herbario de sombras.
Los papeles del sitio. Sevilla, 2019.

“Contemplo mansamente la belleza que expira / y cifro mi destino en su destino”, escribe José María Jurado en Magnolia, uno de los espléndidos poemas de 'Invernadero', la segunda de las cinco partes en las que organiza su Herbario de sombras, admirablemente editado en la elzeviriana tipografía Zenobia por la sevillana Los papeles del sitio.

“La clave no está solo en la armonía, / la sobriedad, la nitidez, la inteligencia”, dice el poeta en otro momento. Y es que como en Goethe, uno de sus referentes, poesía y verdad confluyen en estos poemas y se funden machadianamente en unas pocas palabras verdaderas.

Unas pocas palabras verdaderas que se impongan al rigor del tiempo y del olvido, a la destrucción y a la sombra. Lo explica la Acotación inicial:

“La poesía aspira a preservar el instante, aunque a veces escoja para ello un procedimiento inadecuado: no se debe cortar la rosa del rosal del presente.
Sobre el papel de estraza del libro de poemas languidecen los frágiles pétalos de las epifanías, apenas una huella remota de lo que fuera tiempo y belleza.
Y, así, entre los inciertos anaqueles de la vida, vamos acumulando pliegos para un herbario de sombras.”

Porque, además de su honda belleza, estos poemas dejan en el lector una viva impresión de emoción y de verdad. Es la emoción que produce la palabra creadora del taumaturgo que transmuta la realidad y la transforma en alta poesía, siempre a medio camino entre lo elegíaco y lo hímnico, en una escritura que “sigue ordenando el mundo.”

Ordenando el mundo con la literatura de 'El mundo de ayer', con las flores barrocas y fugaces de 'Invernadero', con la música de 'Las voces de la tribu', con el canto ligero que se proyecta sobre el alma y la noche, sobre el bosque y la luna, sobre la flor y el pájaro para acompañar un viaje de invierno hacia la muerte en las 'Diez canciones alemanas', o sobre el pasado que vuelve en 'Cerrar una casa', la sección que cierra el libro y lo conecta con el anterior,  Gusanos de seda, a través del poema que da título a esta quinta parte o de textos de sobrecogedora emoción como 'Cementerio de Escurial' o 'Al tercer año':

Es el año tercero de tu muerte
y aún la primavera me amenaza
con su exceso de rosas y gusanos.

Y sobre la conciencia del tiempo y de la muerte, sobre las hojas caídas en un paisaje próximo y desolado se impone la afirmación de la vida: 

Porque vas a morir abrázate a la vida 
y mírala a los ojos, cara a cara.

Santos Domínguez 




15/11/19

Miguel d'Ors. Poesías completas 2019


Miguel d’Ors. 
Poesías completas 2019.
Renacimiento. Sevilla, 2019.


PEQUEÑO TESTAMENTO 

Os dejo el río Almofrey, dormido entre zarzas con mirlos,
las hayas de Zuriza, el azul guaraní de las orquídeas,
los rinocerontes, que son como carros de combate,
los flamencos como claves de sol de la corriente,
las avispas, esos tigres condensados,
las fresas vagabundas, los farallones de Maine, el Annapurna,
las cataratas del Niágara con su pose de rubia platino,
los edelweiss prohibidos de Ordesa, las hormigas minuciosas,
la Vía Láctea y los ruyseñores conplidos. 

Os dejo las autopistas
que exhalan el verano en la hora despoblada de la siesta,
el Cántico espiritual, los goles de Pelé,
la catedral de Chartres y los trigos ojivales,
los aleluya de oro de los Uffizi,
el Taj Mahal temblando en un estanque, 
los autobuses que se bambolean en Sao Paulo y en Mombasa
con racimos de negros y animales felices. 

Todo para vosotros, hijos míos. 
Suerte de haber tenido un padre rico. 

Ese poema, fechado el 9 de octubre de 1983 y recogido cuatro años después en Curso superior de ignorancia, forma parte de la edición de la poesía completa de Miguel d'Ors que publica Renacimiento.

Medio siglo largo de escritura poética materializada en catorce libros se recoge en ese voluminoso tomo ordenado cronológicamente desde lo más reciente -Manzanas robadas (2017) y Átomos y galaxias (2013)- hasta los iniciales -y aquí finales- Ciego en Granada (1975) y Del  amor, del olvido (1972). 

Y entre unos y otros, diez títulos centrales en su trayectoria como Sociedad limitada, Hacia otra luz más pura, La música extremada o Curso superior de ignorancia, libro de 1987 al que pertenece este otro poema:

CONTRASTE

Ellos que viven bajo los focos clamorosos
del éxito y poseen
suaves descapotables y piscinas
de plácido turquesa con rosales
y perros importantes
y ríen entre rubias satinadas
bellas como el champán,
                                             pero no son felices,
y yo que no teniendo nada más que estas calles
gregarias y un horario
oscuro y mis domingos baratos junto al río
con una esposa y niños que me quieren
tampoco soy feliz.

Miguel d'Ors propone con esa disposición “una lectura inversa de la totalidad de mis poesías, una especie de viaje a la raíces”, como explica en los Preliminares, en donde añade: “al contemplar desde el mirador de mis setenta años los cincuenta largos de trabajo recogidos en este volumen, me parece ver también que la autocrítica, la insatisfacción, la ambición y la exploración de nuevos territorios ha marcado toda mi trayectoria. Si se mira bien, en mi caso el tradicionalismo esconde una permanente inquietud. Alguna vez he hablado de mi ‘aprendizaje vitalicio’ del arte de la poesía. No era retórica vacía: en el proceso de composición de todos mis libros [...] he estado en actitud de búsqueda, y, a partir del segundo, en todos hay alguna novedad. [...] Esta voluntad permanente de explorar hasta sus últimos rincones los territorios de la poesía explica, al menos en parte, la variedad temática, tonal y estilística de esta recopilación -me considero un poeta bastante polifacético-, y quizá también la desigualdad cualitativa que se puede notar en cada uno de mis libros (porque, ay, no todos los experimentos resultaron completamente exitosos).”

Esa variedad temática, tonal y estilística de la poesía de Miguel d’Ors completa un autorretrato con naturaleza e intrahistoria al fondo a través de la integración en su escritura del impulso contemplativo y la meditación, de la mirada y la emoción para dar cuenta en el poema de lo fugaz y lo eterno, de la melancolía y el júbilo.

Conviven así en sus libros la anécdota trivial y la hondura reflexiva, el desasosiego existencial y la celebración amorosa, el misterio y la memoria, lo cotidiano y lo transcendente, la experiencia y la invención.

Y esa integración tiene su proyección estilística y tonal en la coexistencia en la poesía de D’Ors del clasicismo y la experimentación, de la tradición y la audacia,  la elegía y el epigrama, con frecuentes giros irónicos como el de este poema:

COSAS QUE NO SOPORTO EN UN POEMA

Que suceda en Lisboa.
Que se proponga ser original.
Que hable de los dorados cuerpos de los etcétera.
Que diga Espacio o Punto (e incluso sin mayúsculas).
Que lleve algún versito
                  metido para adentro, o abuse del azul.
Que las manías de Cernuda emule.
Que le pueda gustar a Octavio Paz.
Que esté escrito en Valencia.
                                        Que sea mío.

Con un tono muy distinto, en Átomos y galaxias, un libro cuyos poemas se organizan según el orden alfabético de sus títulos, dejó fijada D’Ors su Poética:

                  La Poesía, 
como el perfume de 
las rosas, no conoce 
fronteras. 
               Pero nunca 
ensucies una página 
si lo que en ella queda 
no vale al menos tanto 
como unas ramas verdes 
coronando una tarde.


Santos Domínguez 

13/11/19

Cartas a Felice / El otro proceso



Franz Kafka.
Cartas a Felice
Traducción de Pablo Sorozábal.
Nórdica. Madrid, 2019.


Elias Canetti.
El otro proceso. 
Las cartas de Kafka a Felice.
Traducción de Carlos Fortea,
Nórdica. Madrid, 2019.


“Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas sería mi único paseo. Acto seguido regresaría a mi mesa, comería lenta y concienzudamente, y enseguida me pondría de nuevo a escribir. ¡Lo que sería capaz de escribir entonces! ¡De qué profundidades lo sacaría! ¡Sin esfuerzo! Pues la concentración extrema no sabe lo que es el esfuerzo. ¡No retrocedas ante el habitante de la cueva!”, escribía Franz Kafka el 14 de enero de 1913. 

Y el 26 de junio de 1913 no sólo se reafirmaba en esa actitud, sino que la defendía de una manera aún más radical: “Para escribir necesito apartarme, no ‘como un ermitaño’, eso no sería suficiente, sino como un muerto. En este sentido escribir es un sueño profundo, es decir: muerte, y de igual modo que a un muerto no se le saca ni se le puede sacar de su tumba, tampoco a mí de mi escritorio durante la noche.” 

Son dos fragmentos de las muchas cartas que Kafka envió a Felice Bauer desde que el 20 de septiembre de 1912 le dirigió la primera, con el membrete de la compañía de seguros del reino de Bohemia donde trabajaba.

Con esa joven berlinesa mantendría Kafka una intensa relación epistolar que se prolongó hasta el 16 de octubre de 1917, en que está fechada la última carta. La había conocido en Praga la tarde del 13 de agosto en la casa familiar de Max Brod, un encuentro que evocaría detalladamente dos meses y medio después en la carta del 27 de octubre. Dos días después, el 15 de agosto, Kafka anotaba en su diario: “He pensado mucho en -qué apuro me da escribir nombres- F.B.”

También dos días después de aquella primera carta, la noche del 22 al 23 de septiembre, Kafka escribió de un tirón uno de sus textos fundamentales, El proceso, con el que abría un periodo extraordinariamente creativo del que forman parte La metamorfosis y El fogonero.

El volumen de más de ochocientas páginas que publica Nórdica con traducción de Pablo Sorozábal es el reflejo de una relación turbulenta a través de cartas casi diarias en algunas épocas -a veces hasta tres o cuatro en un día. Cartas que dan cuenta de cinco años de tortura de un Kafka joven, enfermo y solitario, inseguro consigo mismo y con su obra incipiente: “La verdad es que no soy nada, lo que se dice nada”, le escribía a Felice el 16 de junio de 1913. Y añadía que su incapacidad para la vida le hacía tener la impresión de que “no hubiera vivido nada.”

Fue una relación compleja y rara, llena de altibajos, de encuentros y separaciones, de periodos áridos, de discusiones, rupturas y reconciliaciones. Una relación problemática en la que, como ocurriría años después con Milena, un Kafka remiso a la relación directa o al compromiso matrimonial veía en Felice más que a una persona, una realidad verbal, un interlocutor, un destinatario de sus confesiones y sus meditaciones.

Por eso estas cartas no hablan sólo de esa relación sentimental, sino que reflejan el día a día del escritor, sus reflexiones sobre la literatura y la vida, su concepción del mundo y su percepción de sí mismo, sus obsesiones y sus miedos, su inadaptación social o su insomnio, su dedicación febril a la escritura, las dudas y contradicciones de quien se ve como “un hombre enfermo, débil, insociable, taciturno, triste, rígido, casi desprovisto de toda esperanza, cuya tal vez única virtud consiste en que te quiere.”

Muchas de esas cartas son un repertorio de quejas (por su delgadez y su estado físico, por sus inseguridades vitales, sociales y creativas, por sus indecisiones afectivas y sus inhibiciones...), parecen escritas a la defensiva desde la aversión al matrimonio y a la familia. Y por eso reflejan también las vicisitudes de una relación que se concretó en un compromiso matrimonial que un huidizo Kafka rompió en junio de 1914, antes de que se materializara.

A partir de esa ruptura las cartas son más distantes en tono y menos frecuentes en periodicidad, hasta que en esta, penúltima y escrita del 30 de septiembre al 1 de octubre de 1917, hay una despedida tras unos días felices compartidos en Marienbad:

“Que en mi interior hay dos seres que combaten, es cosa que ya sabes. Que el mejor de ambos combatientes te pertenece, es algo que en estos últimos días he dudado menos que nunca. Sobre las vicisitudes de la lucha has sido informada a lo largo de cinco años mediante la palabra y el silencio y mediante sus entremezcladuras, por lo general para tu tormento. Caso de que me preguntes si ha habido siempre veracidad, solo te puedo decir que jamás hacia ninguna otra persona me he abstenido tan enérgicamente de decir mentiras conscientes, o para ser aún más exacto, más enérgicamente, que hacia ti. Disimulos ha habido algunos, mentiras muy pocas, suponiendo que, de por sí, sea posible eso de que haya ‘muy pocas’ mentiras. Soy un ser mentiroso, de otra manera no sé conservar el equilibrio, mi barca es muy frágil”. 

En 1955 Felice vendió esa correspondencia en un gesto no siempre bien comprendido, pero que contribuyó a iluminar una parte fundamental de la biografía de Kafka cuando se publicaron por primera vez estas cartas en 1967. 

Sólo un año más tarde, apareció El otro proceso, un ensayo de Elias Canetti que, medio siglo después de su escritura, sigue siendo no sólo la mejor aproximación que se ha escrito sobre las cartas a Felice: es además una honda  indagación que va más allá de ese material epistolar y lo conecta con el universo literario kafkiano.

Con buen criterio, Nórdica publica a la vez que las Cartas a Felice, El otro proceso. Las cartas de Kafka a Felice, con traducción de Carlos Fortea, que se abre con estos párrafos:

Así que ahora están publicadas, esas cartas que narran cinco años de tortura, en un volumen de setecientas cincuenta páginas, y el nombre de su prometida, discretamente indicado durante muchos años con una F y un punto, como K., de modo que durante mucho tiempo ni siquiera se sabía cuál era ese nombre -a menudo se cavilaba acerca de él, y entre todos los nombres que se sopesaban jamás se daba con el correcto, habría sido imposible dar con él-, figura en grandes caracteres en la cubierta del libro. La mujer a la que iban dirigidas esas cartas lleva ocho años muerta. Cinco años antes de morir las vendió al editor de Kafka y, se piense lo que se piense, la que Kafka llamaba su «más querida mujer de negocios» demostró al final su capacidad, que significaba mucho para él, e incluso lo movía a la ternura. 
Es cierto que él llevaba ya muerto cuarenta y tres años cuando esas cartas aparecieron, y sin embargo la primera reacción que se hizo notar -se le debía respeto, a él y a su desgracia- fue de embarazo y de vergüenza. Conozco personas cuya vergüenza aumentó al leer las cartas, personas que no se libraban de la sensación de que no debían entrar precisamente allí.
Las respeto mucho por eso, pero no me encuentro entre ellas. He leído esas cartas con una emoción que no experimentaba desde hacía muchos años con ninguna obra literaria. Ahora esas cartas se han sumado a la serie de esas memorias, autobiografías, correspondencias inigualables de las que el propio Kafka se alimentaba. Él, cuya suprema cualidad era el respeto, no temió leer una y otra vez las cartas de Kleist, de Flaubert, de Hebbel. En uno de los momentos más angustiosos de su vida, se agarró al hecho de que Grillparzer ya no sentía nada al tener en su regazo a Kathi Fröhlich. Solo hay un consuelo para el horror de la vida, del que por suerte la mayoría solo son conscientes a veces, pero del que algunos, erigidos por potencias interiores en testigos, lo son constantemente, y es sumarse al horror de los testigos anteriores. Así que realmente hay que estar agradecido a Felice Bauer por haber conservado y salvado las cartas de Kafka, aunque se haya atrevido a venderlas.  
[...]
Por mi parte solo puedo decir que esas cartas han penetrado en mí como una verdadera vida, y ahora me resultan tan enigmáticas y tan familiares como si me pertenecieran desde siempre.

Organizado en dos partes, el ensayo de Elias Canetti toma como eje el momento crítico de la ruptura del compromiso matrimonial entre Kafka y Felice en julio de 1914. 

En la primera parte, en la que aborda la mayor parte de la correspondencia, que a partir de entonces se fue espaciando, Canetti destaca que Kafka buscaba en Felice “una seguridad lejana, una fuente de energía que no sumiera su sensibilidad en la confusión a causa de un contacto demasiado próximo, una mujer que estuviera a su alcance sin esperar otra cosa que sus palabras.”

Así resume Canetti el significado de este conjunto epistolar al que denomina “diario ampliado”: 

No existe un relato comparable de una persona dubitativa, ninguna exposición pública de semejante fidelidad. Una persona primitiva difícilmente podría leer esta correspondencia, tendría que parecerle el espectáculo desvergonzado de una impotencia emocional; porque todo lo que esta supone reaparece una y otra vez: indecisión, miedo, frialdad, falta de amor descrita con todo detalle, un desvalimiento de tales dimensiones que solo la extrema exactitud de la descripción lo hace creíble. Pero todo está hecho de tal modo que se convierte ipso facto en ley y conocimiento.

La segunda parte, además de seguir la peripecia sentimental posterior a la ruptura, la conecta con su transfiguración literaria en El proceso, escrito en esos meses:

Dos acontecimientos decisivos en la vida de Kafka, que conforme a su modo de ser había deseado especialmente privados, se habían desarrollado en la más embarazosa publicidad: el compromiso oficial en casa de la familia Bauer, el 1 de junio, y seis semanas después, el 12 de julio de 1914, el “tribunal” en el Askanischer Hof, que llevó a la ruptura de dicho compromiso. Se puede demostrar que el contenido emocional de ambos acontecimientos entra directamente en El proceso, cuya escritura empezó en agosto. El compromiso se ha convertido en la detención del primer capítulo; el “tribunal” se encuentra, en forma de ejecución, en el último.

Porque esa es la mejor aportación del ensayo de Canetti sobre las cartas a Felice: su capacidad para conectar esa escritura aparentemente privada e íntima con el conjunto de la obra narrativa de Kafka:

Sin duda se siente vergüenza cuando se empieza a penetrar en la intimidad de estas cartas. Pero son ellas mismas las que le quitan la vergüenza a uno. Porque al leerlas se advierte que un relato como La metamorfosis es todavía más íntimo que ellas, y se acaba sabiendo qué es lo que lo hace distinto a cualquier otro relato.

Santos Domínguez


11/11/19

Chéjov. Cuentos

Antón Chéjov.
Cuentos.
Edición de Jesús García Gabaldón.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2019.

"El arte de Chéjov es el arte del retrato. En este sentido, cabe afirmar que, ante todo, caracteriza Chéjov como artista su peculiar poética de la mirada. No podía ser de otra forma en un artista figurativo, esencialmente realista. Pues Chéjov no inventa, sino que describe. Pero ese plástico describir suyo se basa no ya en técnicas pictóricas, sino fundamentalmente fotográficas e incluso cabría añadir, cinematográficas. Aunque no solo en ellas. Hay una excepcional e innovadora maestría de la palabra y de la composición (narrativa, musical, dramática) en los cuentos, relatos, novelas cortas y dramas de Chéjov. Pero lo que realmente da unidad y sentido a su obra es su intuitiva y profunda visión -radiografía, acaso- de la crisis del sujeto moderno", describe a Jesús García Gabaldón en la introducción de la espléndida antología de cuentos de Chéjov que ha traducido para Letras Universales Cátedra.

Una selección irreprochable que "presenta todas las etapas de la evolución literaria de Antón Chéjov y que brinda una imagen representativa de estructuras genéricas, técnicas narrativas, personajes y temas. La elección obedece, además, a otros dos factores combinados: de un lado, naturalmente, el juicio de gusto; de otro lado, el propósito de presentar al lector en español aquellos cuentos de Chéjov que puedan ser más próximos a su sensibilidad y a su pensamiento actuales." 

Ordenados cronológicamente, entre la Carta a un vecino erudito y La novia, se reúnen en este volumen treinta cuentos que contienen lo más significativo del universo narrativo de Chéjov. Relatos como Muerte de un funcionario, El camaleón, Ostras, Vanka, Las grosellas, Iónych o La dama del perrito

Natalia Ginzburg resumió los cuentos de Chejov con una imagen intuitiva y precisa: su obra es la de alguien que nos abre una puerta o una ventana y nos deja mirar dentro de la casa por un momento. Luego, la misma mano que la había abierto, cierra la ventana o la puerta. 

Narrador de voz baja, Anton Chéjov construyó su universo literario con lo fugaz y lo secundario. En sus relatos abiertos conviven misteriosamente la levedad y la intensidad, la emoción y la distancia, se armonizan la ironía y la piedad, el humor y la tristeza bajo una mirada compasiva y honda, menos optimista que piadosa, que vive en el matiz y en la sutileza con que el escritor construye a los personajes, en las contradicciones de sus comportamientos y en la economía de sus elipsis sugerentes que dejan los finales abiertos. 

La mirada sutil de Chéjov, que a diferencia de Dostoievski o Tolstoi nunca contempla a los personajes desde arriba, sino cara a cara, teje un hilo invisible y persistente que une, en la melancolía invisible y en la tonalidad persistente de su literatura, a Chéjov con Cervantes y con Shakespeare en la construcción de un universo narrativo en el que conviven ricos y pobres, sinceridad y simulación en una indagación honda y fundacional en la condición humana. 

Una mirada magistral que vive en el matiz y en la sutileza con que construye a los personajes, en las contradicciones de sus comportamientos y en la economía de la elipsis, en la intensa emoción que habita en lo trivial, en la desesperanza contenida, en la ausencia de patetismo gesticulante, en unos silencios que son más significativos que las palabras que los ocultan. 

Está aquí el Chéjov imprescindible, capaz de sugerir con una enorme economía de medios, un Chéjov a caballo siempre entre el humor y la melancolía, entre la crítica y la emoción, entre la compasión y la ironía, un autor que proyecta su mirada sobre un mundo habitado por personajes que se mueven entre la esperanza y las frustraciones, incapaces de comprender la reglas opacas con las que funciona el mundo. 

Alguna vez se ha dicho que sus relatos son una enciclopedia de la vida rusa. No es exactamente así. Son una enciclopedia de la vida. Y eso es lo que lo convierte en un clásico universal.

Santos Domínguez

8/11/19

Odas de Sharon Olds

Sharon Olds.
Odas.
Traducción de Juan José Vélez 
y Elvira Sastre.
Valparaíso. Granada, 2019. 

ODA AL TERRENO

Querido suelo, perdón por el desaire,
 pensé que solo eras la base
 para los personajes protagonistas: las plantas,
 los animales y los animales humanos.
 Es como si hubiese amado solamente las estrellas
 y no el cielo que les proporcionó espacio
 donde brillar. Sutil, variado,
 sensible, eres la piel de nuestra tierra,
 eres nuestra democracia. Cuando comprendí
 que no te había rendido los mismos honores
que a otro ser vivo, sentí vergüenza de mí misma,
 como si no hubiera reconocido
 a un personaje que parecía tan diferente de mí,
 y ahora me doy cuenta de que todos estamos hechos
 de las mismas materias básicas
 —los primos de aquella primera explosión de la nada—
 todos juntos en nuestra intrincada ecuación. Oh, suelo,
 ayúdanos a encontrar maneras de servirte en la vida,
 tú, que nos has parido y nos has alimentado
 y que al final nos habrás de acoger
 para rotar juntos, tambaleándonos. Para girar en la misma órbita.

Es una de las más de sesenta Odas de Sharon Olds (1942), una de las voces poéticas más personales de la literatura norteamericana actual, que publica Valparaíso en edición bilingüe con traducción de Juan José Vélez y Elvira Sastre.

Víctima de una educación férreamente tradicional y de la represión calvinista, en estas Odas, que publicó en 2016 y en las que incorporó gran parte de su mundo poético a un modelo de composición inspirado en las Odas elementales de Neruda, Sharon Olds se plantea el ejercicio de la escritura como una respuesta a la sociedad y como un desquite hacia el pasado familiar, como una reivindicación de la sexualidad femenina desde la desobediencia y la memoria personal y como una defensa frente a la violencia, el abuso y la injusticia.

Lo recuerda Juan José Vélez Otero en su prólogo -Un canto a la sustantividad-, en donde destaca la variedad temática y tonal de estas Odas:

“Sharon Olds, en estos poemas, algunos considerados como los más ingeniosos poemas de su carrera, celebra entidades, asuntos y conceptos tan dispares como un glande, un rincón, un poeta, un himen, una mamada, una excursión, una vagina, la sangre menstrual, un cuello marchito, un amigo, un tampón, un condón, un clítoris, un pino, una fidelidad rota, o la linterna de su madre. [...] Algunas opiniones críticas lo califican de desproporcionado y desagradable, otras lo consideran soberbio e innovador; lo que está claro es que no es un libro que nos deje indiferentes.”

Como en el resto de la poesía de Sharon Olds, la vida y la muerte, el dolor del recuerdo y el acecho de la incertidumbre vertebran temáticamente estos textos, afilados como una navaja y expresivos de un desvalimiento o una rebeldía que además de ser testimonial hace señales al lector en busca de complicidad o de consuelo.

Poesía que contiene a la vez la afirmación y la negación, la luz y la sombra, y en la que el presente es un punto de fuga donde confluyen el pasado y el futuro, la belleza y la crueldad, el amor y los abusos sexuales, para construir un libro como este, duro y tierno a la vez, de una mujer a la vez fuerte y frágil que asume afirmativamente el deterioro del cuerpo y el daño de la edad.

Vida, muerte y tiempo se conjuran en la mirada sobre lo cotidiano de Sharon Olds, que asume en su obra la vocación narrativa de la poesía norteamericana que desde Lee Masters a Rexroth o Larkin desarrolla una lírica discursiva, de tono conversacional y prosaico, que no le resta altura ni hondura a su estilo y que enciende el poema con la chispa del recuerdo o la protesta, de la celebración o la elegía, de la reflexión o la observación.

A esa tradición se suma Sharon Olds con una poesía  subjetiva y autobiográfica, que se sitúa muchas veces en el límite de la zona de sombra que separa la vida de la muerte o el sueño de la vigilia y va siempre del detalle particular a una generalización trágica sobre el sentido de la vida. 

O, mejor, sobre el sentido del vivir, porque esta poesía huye de la abstracción y de las grandes palabras para explorar confesionalmente, en un desnudamiento terapéutico, las cercanías más significativas, biográficas o familiares, para nombrar las variedades de la oscuridad, la sexualidad desvalida y vejada de la infancia, de las víctimas de los malos tratos o del tiempo, como en la Oda a la flacidez del cuello, que termina con estos versos:

Pensé que esto nunca me iba a llegar,
que no me convertiría en geología pura,
mi garganta, una sinuosidad sinclinal y anticlinal
cuando la corteza era tórrida y yo
también lo era. Entre nosotros, todavía no sé
que no soy, pero agacho la cabeza ante el tiempo
y cuento mis barbillas marchitas, tres, cinco, siete,
nueve, mis musas, mi verdad que no es
bella, la belleza de mi vejez en su plena juventud.

Santos Domínguez


6/11/19

Tom Cheetham. El mundo como icono



Tom Cheetham.
El mundo como icono.
Henry Corbin y la función angélica de los seres.
Traducción de María Tabuyo y Agustín López.
Atalanta. Imaginatio Vera. Gerona, 2019.

La obra de Henry Corbin debería ser considerada una excepcional expresión de la suprema importancia del individuo y del lugar central de la Imaginación en la experiencia humana [...] Su postura es menos la de un erudito que la de un seguidor de ciertas formas de misticismo que, como se comprueba al leer sus textos, escapan a las fronteras del islam y se extienden también al zoroastrismo, el judaísmo, el cristianismo y otros espacios. Su planteamiento ha confundido, y con frecuencia distanciado, a muchos miembros de la comunidad académica. Fue platónico en un mundo de historicistas, y sus colegas naturales eran los teólogos más que los historiadores. [...] Estaba sólidamente anclado en la filosofía y la teología de Occidente, tanto antiguo y medieval como moderno, incluidos los filósofos y pensadores religiosos contemporáneos más importantes.

Con esas palabras presenta Tom Cheetham El mundo como icono. Henry Corbin y la función angélica de los seres, que publica Atalanta con traducción de María Tabuyo y Agustín López.

Es una rigurosa y completa aproximación a la obra compleja y poliédrica de Henry Corbin (París, 1900-1978), que resume Cheetham en este párrafo:

Corbin fue un teólogo, filósofo y místico cristiano protestante radical y creativo. Vivió su vida como una búsqueda apasionada y devoradora del signifiado interior de las religiones del Libro. Esbozó una visión unificada del gran movimiento de la tradición profética en su conjunto, desde Zoroastro en el segundo milenio a.C., en las montañas de algún lugar de Asia Central, hasta Joseph Smith y los mormones en el siglo XIX, en las montañas del oeste de Norteamérica, e incluso más acá. Fue un estudiante apasionado de la mística islámica, y en particular de Irán, pero su movimiento espiritual hacia el Este era parte integral de una búsqueda que había empezado mucho antes. Muchas personas que leen sus libros se sorprenden al descubrir que fue el primer traductor de Heidegger al francés. Pero desde la perspectiva de Corbin no hay nada de extraño en ello. Estaba inmerso en la mística y la teología alemanas, y veía la obra de Heidegger como una continuación de la estirpe de hermeneutas bíblicos que incluye a Lutero, Hamann y Schleiermacher. Y pensaba que el mérito principal de Heidegger radicaba en haber hecho de la hermenéutica la tarea central de la Filosofía y, en realidad, de la vida humana.

Una obra en la que se dan cita lo visionario y la imaginación, la filosofía y el misticismo, la poesía y la angelología, la tradición profética y la hermenéutica del alma para profundizar en una fenomenología del icono que tiene como eje la defensa de la imaginación y la reivindicación de su potencia espiritual como forma de conocimiento.

Porque -explica Cheetham- “Corbin nos dice que, en la tradición occidental moderna, el mundo de la Imaginación ha sido dejado a los poetas. Él lo reclamaba para la filosofía y la teología, y colocaba la Imaginación en el núcleo mismo de la vida humana, porque creía, junto con Ibn ‘Arabi, que está en el centro mismo de la realidad. Esto resulta marcadamente «posmoderno»; la vuelta a la Imaginación –o, de forma menos amenazante, quizá, hacia lo «literario»– caracteriza a gran parte del pensamiento filosófico y teológico occidental al menos desde Kierkegaard y Nietzsche en adelante. De forma más significativa para Corbin, Martin Heidegger situaba la hermenéutica, y no la lógica abstracta o el materialismo histórico, en el núcleo mismo del ser y el conocer humanos.”

La obra de Corbin, que subrayó las relaciones entre la mística islámica y la cristiana, es el resultado de un sincretismo cultural que reúne el avicenismo latino en la Edad Media y el estoicismo de Fray Luis, el neoplatonismo, la mística oriental y la fenomenología de Heidegger con una mirada transcultural e integradora de diversas tradiciones que confluyen en un tema central, el de la imaginación activa y creadora, en la que el Ángel desempeña un papel decisivo como arquetipo individual de la conciencia, como instrumento de búsqueda de la Palabra perdida y como medio de percepción de los símbolos del mundo.

Imaginar lo imaginal es quizá el capítulo fundamental de esta fenomenología del icono en la que se construye una teoría del conocimiento que arranca del convencimiento de que “el modo de consciencia que ha dominado cada vez más la cultura occidental desde aproximadamente el siglo XII se caracteriza por una desconexión crítica entre el pensamiento y el ser. La ruptura se produjo cuando las jerarquías neoplatónicas de Avicena fueron suplantadas por el aristotelismo de Averroes.”

Frente a esa escisión entre el pensamiento y el ser, Corbin defiende la actividad de la imaginación creadora personificada en los ángeles. Imaginación que transforma lo visible en símbolo, como en la poesía y en el arte. Su actitud es la de un visionario en cuya teología son fundamentales las imágenes y la imaginación como instrumentos que construyen otra forma de mirar el mundo mediante una lectura simbólica de la realidad y una hermenéutica que establece el método de revelación de los misterios del ser a través del ángel de la humanidad, de la revelación y del conocimiento. 

Santos Domínguez