31/10/18

Pablo D’Ors. El estupor y la maravilla


Pablo D’Ors.
El estupor y la maravilla.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018.

Cada vez entiendo menos por qué se visitan los museos tan deprisa, por qué se afanan todos en mirar el mayor número posible de cuadros si la mejor forma de ver un museo -cualquiera que sea- es contemplar un solo cuadro, sólo uno. En este sentido, mi Álbum del equilibrista no es, simplemente, un homenaje a El equilibrista de Paul Klee, sino a todo el museo e, incluso, a todos los museos del mundo y -no exagero- al arte en general. Quiero decir que la mejor forma de conocer muchas cosas es atender sólo a una. O, dicho de otra manera, que el mejor consejo que puede darse a quienes quieren conocer el mundo es que se queden en su casa. Para conocer el mundo, es sabido que no hay nada peor que viajar: los viajes son, precisamente, lo que más nos impide hacernos una idea del mundo. Cualquier viajero experimentado sabe que el atractivo de los viajes radica en que, por este medio, se consigue no estar en ningún sitio.

Ese elogio de la mirada y de la quietud es uno de los pasajes más significativos de El estupor y la maravilla, la estupenda novela que Pablo D’Ors publicó en 2007 y que acaba de ser reeditada en Galaxia Gutenberg, en una nueva versión revisada y corregida por el autor, en la que se incorpora como postfacio un espléndido ensayo breve de Alonso Varo, “La mirada atenta en El estupor y la maravilla, en el que señala que toda la obra del autor, “en su luminosidad y ánimo de trascendencia, resulta atípica y de algún modo extemporánea.”

Construida como las memorias del sesentón Alois Vogel, después de un cuarto de siglo como vigilante del imaginario Museo de los Expresionistas de Coblenza, El estupor y la maravilla es un constante ejercicio de aprendizaje de la mirada, de contemplación y de introspección en el que se combinan la observación y la meditación, los sentidos y la inteligencia, lo exterior y lo interior, lo visible y lo invisible.

Son las memorias del espectador privilegiado que es Vogel, especialista en el cuadro El equilibrista, de Paul Klee, que es el que figura en la portada, a fuerza de observarlo durante los diez años que lleva en la sala dedicada a ese pintor.

Es una de las siete salas que centran las siete partes en las que se articula la novela, enmarcada por dos capítulos de entrada y dos de salida y recorrida por la mirada solitaria y sutil de un hombre ensimismado en su mundo interior, metaforizado en las salas del museo, en las que la imaginación se impone a lo trivial desde la atención a lo pequeño, a lo insignificante, a lo que Ortega llamaba primores de lo vulgar a propósito de Azorín.

Lo resume el vigilante en estas líneas: de esto es de lo que he querido hablar en este libro: de la perla que se esconde dentro de lo cotidiano, del milagro de lo banal.

A ese centro alude la cita de Ionesco que abre la novela: "Nada hay tan  sorprendente como lo trivial, lo de todos los días. Lo sorprendente está siempre al alcance de la mano."

Y esa mirada a lo pequeño se afirma también en estas palabras del narrador que resumen su punto de vista, su manera de estar en el mundo y de mirarlo:

Esta mirada benevolente y positiva de la que gozo desde hace ya varios años es, sin duda, la más sabia, o al menos aquella a la que me ha conducido mi vida de espectador. Ese ojo que mira el mundo en sus mejores posibilidades es el que hace mayor justicia a las cosas, devolviéndoles su dignidad. Pero no hay mérito alguno por mi parte: si hoy veo sobre todo el bien, es porque éste ha sido siempre, en el fondo, lo más visible. Entonces –cabría preguntar–, ¿es que no ha habido nada irritante o aburrido, nada feo o amargo en mi vida? ¡Claro que sí! Pero yo he escrito solamente sobre el bien, porque el bien es lo cotidiano. Por el contrario, casi todos prefieren escribir sobre el mal; les gusta fijarse en lo infrecuente y lo violento. Quienes ven sobre todo el mal (¡pobres diablos!) son miopes, ¡ciegos! Ellos sólo ven los fuegos de artificio; sólo oyen el estruendo de las explosiones, incapaces de apreciar la sabiduría del silencio y de lo pequeño, que es siempre lo esencial.

Y así va deslizándose también la mirada del lector por el asombroso mundo de lo pequeño que se evoca en un capítulo de estas páginas inolvidables: entre la belleza y la bondad, entre el humor y la humildad, entre el estupor y la maravilla, una equilibrada manera de estar en el mundo:

La imaginación o riqueza interior es una cualidad muy beneficiosa para hacer frente a la soledad que suele comportar la vigilancia. La fantasía que he logrado desarrollar durante estos veintiséis años, como el ya mentado sentido de la observación, es también monstruosa. Y es que he llegado a un punto en el que todo –hasta lo más pequeño, sobre todo lo más pequeño– me produce un hondo estupor. Ante cualquier cosa que vea, toque, guste, oiga o huela, me sobreviene la impresión de estar ante una maravilla y eso es lo que he descubierto en estos años: el estupor y la maravilla.

Santos Domínguez


29/10/18

Lev Shestov. Atenas y Jerusalén


Lev Shestov.
Atenas y Jerusalén. 
Traducción de Alejandro Ariel González.
Introducción de Alejandro Roque Hermida.
Hermida Editores. Madrid, 2018.


Sabiduría y revelación tituló significativamente Lev Shestov (Kiev, 1866 - París, 1938) el prólogo que escribió en abril de 1937 para la primera edición de Atenas y Jerusalén, un libro que se publicaría en francés el año siguiente y en el que aborda la conflictiva relación entre razón y fe, entre sabiduría y revelación, entre tradición helénica y mensaje bíblico en un recorrido crítico por la historia del pensamiento occidental, entre la filosofía dogmática y la filosofía crítica, entre el pensamiento bíblico y el pensamiento especulativo.

‘Atenas y Jerusalén’ y ‘filosofía religiosa’ son expresiones casi equivalentes, superpuestas y, a la vez, igualmente enigmáticas que, por su contradicción interna, irritan el pensamiento contemporáneo. ¿No sería más correcto plantear el dilema en estos términos: o bien Atenas o bien Jerusalén, o bien religión o bien filosofía? Si recurriéramos al juicio de la historia, la respuesta sería precisa: la historia nos diría que, durante muchos siglos, los mejores representantes del espíritu humano han rehuido todos los intentos de contraponer Atenas a Jerusalén, han mantenido siempre con pasión el ‘y’ y han rehusado tenazmente el ‘o’. Jerusalén y Atenas, religión y filosofía racional, han convivido pacíficamente, y en esta paz los hombres veían la garantía de sus anhelos más queridos, cumplidos o incumplidos.

Con esas palabras explica Shestov en el prólogo el concepto vertebral de filosofía religiosa, central en esta obra, que publica por primera vez en español Hermida Editores con traducción de Alejandro Ariel González y con una introducción -Pensamiento inmarcesible- en la que Alejandro Roque Hermida recorre la evolución del pensamiento de Shestov, sus fuentes ideológicas y el núcleo del sentido de Atenas y Jerusalén, una obra elaborada durante dos décadas:

"Shestov había dejado escrito en su libro sobre Kierkegaard: ‘La tarea del cristianismo consiste en realizar ‘lo ético’ sobre la tierra.’Cuando esto es así y lo ético se coloca por encima de los mismos dioses, Shestov considera que el hombre ha perdido toda esperanza de llegar a una nueva dimensión del pensamiento. Se preocupa por el tema de Dios, porque prefiere creer en la posibilidad de lo imposible, aunque fuera mediante la apertura a la revelación, antes que poner su vida en manos de la especulación logocéntrica.” 

Atenas y Jerusalén se organiza en cuatro partes que Shestov elaboró como libros en distintas épocas: en la primera, Parménides desencadenado, aborda la falta de libertad de los grandes filósofos en su búsqueda del conocimiento; en la segunda parte, En el toro de Falaris, subtitulada El conocimiento y el libre albedrío, la vinculación entre el conocimiento filosófico y el horror existencial; la tercera parte explica el fracaso medieval para armonizar la verdad bíblica de la revelación con la verdad helénica. Y finalmente los sesenta y ocho aforismos de La segunda dimensión del pensamiento se centran en la idea de la filosofía como lucha y en la relación conflictiva entre la razón y el conocimiento. 

En esa crítica de la razón humana y de la necesidad mecanicista, Shestov opone la herencia de la filosofía racional de Atenas, que destruye el espíritu y ahoga la libertad, a la herencia de Jerusalén, con su capacidad liberadora.

Su objetivo, explica en el prólogo, es poner a prueba la pretensión de verdad de la razón humana o de la filosofía especulativa. El conocimiento no es reconocido aquí como el objetivo supremo del hombre; el conocimiento no justifica el ser, sino que, al contrario, es del ser de donde debe obtener su justificación. El hombre desea pensar con las categorías con las que vive y no vivir con las categorías con las que se acostumbró a pensar: el árbol del conocimiento ya no obstruye el árbol de la vida.

Santos Domínguez


26/10/18

Vladimír Holan. Profundidad de la noche


Vladimír Holan.
Profundidad de la noche.
Selección de poesía y prosa.
Traducción e introducción de Clara Janés.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018.



Deja que todo en torno a ti se llene de hierba,
sólo en la oscuridad están los dioses.
Los pájaros alzan el vuelo cuando
podáis los arbustos de espino.

Incluso a los muertos la medianoche solamente los conoce.
¡Mira!, en el cementerio,
con negra cola silbante,
apaga el caballo
las velas curiosas en humo ciego.

Ese poema de Vladimír Holan (Praga, 1905-1980), Sólo en la oscuridad, es uno de los textos iniciales de Profundidad de la noche, una amplia selección de la poesía y la prosa del autor checo que ha preparado Clara Janés para la colección de poesía de Galaxia Gutenberg.

El volumen, que ofrece una generosa muestra de toda la obra de Holan, recoge íntegros títulos fundamentales en su obra poética como Dolor y Una noche con Hamlet, en los que seguramente alcanzó la plenitud de su escritura.

“El resultado obtenido se nos antoja semejante a una vista aérea del cerebro de este poeta” escribe Clara Janés en la introducción –“A saga del pétalo infinito”- a la selección de la obra en verso y prosa agrupada bajo un epígrafe que remite a los dos poemas de Dolor que repiten su título (En la profundidad de la noche), pero que alude también a una característica esencial de la poesía de Holan: su tonalidad nocturna, sobre todo desde que en 1948 iniciara la reclusión voluntaria en la que se mantuvo hasta su muerte.

En ese exilio interior el poeta creó la parte fundamental de su obra: libros como Dolor, Una noche con Hamlet o Toscana. Desde que decidió encerrarse en su casa en la isla de Kampa para llevar allí una vida nocturna y solitaria, Holan fue el habitante de las tinieblas, el poeta de la noche y de las paredes, el ángel negro de la poesía checa y un autor fundamental en la poesía europea de la segunda mitad del siglo XX. 

En Un gallo para Esculapio figura este poema, De verdad es así:

No es que oscureciera, puesto que
la tiniebla es perpetua. 
Y como no sabe lo que lo que va a suceder 
es también inactiva. 

Y esta es nuestra existencia: ciegos, 
a tientas entre muros videntes, 
ya que incluso lo que está en nosotros 
nos escapa...

Como Rilke, al que tradujo, Holan nació en Praga, en la que entonces era la Bohemia del imperio austrohúngaro. Como Kafka, también praguense, trabajó durante años en una compañía de seguros. Como Hölderlin, sabía que lo que permanece lo fundan los poetas y permaneció encerrado más de treinta años entre las cuatro paredes de una casa.

Como su coetáneo Seifert, escribió en checo y no en alemán, y fue contemporáneo del grupo de poetas españoles del 27, con quienes compartió fervor por Góngora.

Como Rilke, era poeta y odiaba lo impreciso. Y explicó que la poesía tiene que moverse en el estrecho territorio en que conviven la precisión y el misterio.

Como todos ellos, Holan pertenece a una estirpe de escritores que hicieron de la búsqueda y de la fiebre visionaria el centro de su actividad creadora, un fuego creador y destructivo en manos de seres solitarios e inspirados.

Autor de una amplia obra que, en palabras de Clara Janés, “va profundizando en el enigmático diálogo de la mente con la historia, con el entorno y consigo misma”, en sus libros la noche y el tiempo, el dolor y la esperanza, la ausencia y el conocimiento, el amor y la muerte se convierten en temas centrales de los poemas. 

Y en todos ellos hay además una constante lucha por la expresión, una tensión sostenida entre el fondo y la forma y una presencia continua de la contradicción como motor de la poesía:

Pues sí, he amado la vida,
y por eso, tan a menudo he cantado la muerte.

La de Holan es una poesía interrogativa sobre el sentido de la existencia, una poesía impulsada por la búsqueda de respuestas que estaba ya en Avanzando, un libro escrito inmediatamente antes de su retirada del mundo. 

Allí aparece La voz humana, un poema clave para entender el mundo poético y la actitud vital de Holan:

La piedra y la estrella no nos imponen su música, 
las flores callan, las cosas parece que oculten algo.
Los animales niegan en sí por nuestra causa,
la armonía de la inocencia y el misterio.
El viento tiene siempre el pudor de una simple señal
y lo que es el canto, lo saben sólo los pájaros enmudecidos
a los que el día de Nochebuena echaste una gavilla sin trillar.

Les basta existir y eso es inexpresable. Pero nosotros,
nosotros sentimos miedo, y no sólo en la oscuridad,
sino que, incluso en la fecunda luz,
no vemos a nuestro prójimo
y aterrados hasta un conjuro violento
gritamos: ¿Estás ahí? ¡Habla! 

Desde sus primeros libros hasta obras centrales como Dolor y Un gallo para Esculapio, la poesía de Holan es un tanteo en la oscuridad, una búsqueda de la revelación, de lo absoluto, del misterio o de una huidiza y misteriosa mujer en los casi mil versos de Toscana, el libro que Holan prefería entre los suyos.

Un sondeo de la luz en las tinieblas, un desplazamiento entre la locura y la lucidez que tiene su momento más alto y nuevamente más interrogativo en Una noche con Hamlet:

Un día, andando entre brezos en flor,
oí la pregunta infantil: ¿Por qué?
y no pude contestar.
Y no he podido contestar después de tantos años tampoco hoy
bajo el medio relieve de la luna,
ya que a los niños no les basta la respuesta, ni a los adultos la pregunta.

Sus libros en prosa, explica Clara Janés, abren las puertas de su poesía. En Coluros está la semilla de Dolor y de Una noche con Hamlet; y Torso, uno de sus libros fundamentales, está atravesado, como sus obras centrales, por la búsqueda desde la oscuridad que favorece las revelaciones, por las preguntas sobre la existencia del hombre y  por la reflexión sobre el tiempo, el espacio y el entorno que rodea la existencia.

Entre la reflexión y el testimonio, la incertidumbre sobre el ser y la nada desde los límites del conocimiento, el amor y la muerte, la poesía y la belleza siguen siendo asuntos centrales en los libros que escribió desde los años 60. 

Libros como En el último trance, Un gallo para Esculapio o el póstumo Penúltimo, que se publicó 1982, donde figura este poema 

Inmortalidad

Llegar solo hacia sí mismo, encontrarse, 
realizarse solo, 
de no existir en el amor a otro ser, 
es rechazo de la vida...

¿Adónde voy a ir luego, ah, adónde? 
Pues ya todo lo invisible 
se encuentra también aquí en lo visible 
y como si la misma inmortalidad 
temiera a la muerte...

Santos Domínguez






24/10/18

William Wordsworth. Poesía selecta



William Wordsworth.
Poesía selecta.
Traducción, introducción y notas 
de Eduardo Sánchez Fernández.
Linteo Poesía. Orense, 2018.

Para buscarte, muchas veces vagué
a través de los bosques y los prados;
y tú seguías siendo una esperanza, un amor;
siempre anhelado, nunca visto.

Y todavía puedo escucharte;
puedo tumbarme en la llanura
y escuchar hasta que imagino 
aquella época dorada otra vez.

¡Oh, pájaro bendito! La tierra que pisamos 
parece ser de nuevo 
un sitio imaginario y de hadas, 
¡el hogar adecuado para ti!

Así termina Al cuco, una de las Baladas líricas de William Wordsworth (1770-1850) que se publicaron en 1800 y transformaron decisivamente la poesía occidental.

Es uno de los poemas que forman parte del volumen de Poesía selecta que publica Linteo en edición bilingüe con traducción, introducción y notas de Eduardo Sánchez Fernández que justifica así su edición: “Mi intención ha sido publicar en un solo libro un cuerpo significativo de la poesía de Wordsworth, a fin de que quienes sean amantes o estudiosos de la misma puedan encontrar fácilmente una base sustancial para conocer a este poeta tan sobresaliente en el desarrollo de la teoría y práctica poética occidental.”

Y es que Wordsworth, poeta de la naturaleza y del sentimiento, de la nostalgia y la sensibilidad, de la emoción recordada en la tranquilidad de la evocación que ilumina la persistencia del pasado en el presente, es un poeta imprescindible del que en esta edición se da una generosa muestra poética: además de las veinte Baladas líricas, otros cuatro apartados con poemas narrativos, poemas meditativos, sonetos y odas como Atisbos de inmortalidad en los recuerdos de la tierna infancia, que cierran estos magníficos versos:

Gracias al corazón humano por el que vivimos,
gracias a su ternura, sus gozos y temores,
los pensamientos que la flor más humilde me inspira
yacen en lugares demasiado hondos para las lágrimas.

En el Prefacio a la primera edición de las Baladas líricas William Wordsworth dejó fijada una de las definiciones más perdurables de la poesía -La emoción recordada en tranquilidad- y junto con Coleridge, el otro poeta de los lagos, fundó el movimiento romántico inglés con la publicación de ese libro escrito entre los dos.

A ese volumen pertenecía Versos escritos unas millas más allá de la abadía de Tintern Abbey, un poema entre panteísta e incestuoso que Worsdworth fechó el 13 de julio de 1798 tras un segundo viaje a ese lugar emblemático del sur de Gales. Decidió añadir ese texto para cerrar la edición que se estaba preparando de las Baladas líricas, que aparecerían ese mismo año y que contenían veinte poemas suyos y cuatro de Coleridge.

Desde entonces, junto con El Preludio, esos Versos escritos unas pocas millas más allá de la abadía de Tintern se han consolidado como la mejor composición de Worsdworth y como uno de los poemas canónicos de la poesía inglesa. A ese texto pertenecen estos versos:

                                               …Porque he aprendido 
a mirar a la naturaleza, no como en los tiempos 
de mi loca juventud, sino escuchando a menudo 
la triste y sosegada  música de la humanidad, 
ni áspera ni estridente...

Esta amplia selección es una muestra que contiene las claves líricas y temáticas de la poesía romántica: las ruinas medievales, la conciencia del tiempo, el sentimiento de la naturaleza, el sueño y el ensueño, el impulso visionario y la crisis del racionalismo, la proyección de los estados de ánimo en el paisaje, un paisaje mental que refleja la relación problemática del poeta con el mundo, la soledad o la distancia entre la naturaleza y la conciencia.

Enfocados con una actitud profundamente subjetiva, todos esos temas vertebran una poesía que apenas trata de nada más que de una mirada transcendida sobre la naturaleza. Una poesía en la que se funden el paisaje y la autobiografía en la exploración de la memoria, la imaginación coexiste con la experiencia, la reflexión se une a la sensorialidad y el sentimiento se convierte en motor del pensamiento.

La de Wordsworth es una naturaleza telúrica en la que el poeta busca la emoción y las revelaciones, el descubrimiento de su yo más profundo:
                                   
                             … Y he sentido
una presencia que me turba con el gozo
de elevados pensamientos; un sentido sublime 
de algo mucho más profundamente entrelazado,
cuya morada es la luz del sol poniente,
y el océano redondo y el aire vivo,
y el cielo azul, y la mente del hombre: 
un movimiento y un espíritu que impulsan 
a todos los seres que piensan y a todos los objetos pensados,
y fluye a través de todas las cosas.

Santos Domínguez

22/10/18

Roberto Bolaño. Cuentos completos


Roberto Bolaño. 
Cuentos completos.
Alfaguara. Madrid, 2018.

“Cada cuento, cada personaje debía, sin embargo, mantener su autonomía. Extrañamente, ese sistema de referencias cruzadas no producía una obra cerrada en sí misma, apretada, estéril, inmóvil, irrespirable, sino que funcionaba como una galaxia llena de planetas y asteroides y estrellas que giran en su órbita evitando caer en el sol negro que yace en su centro”, escribe Lina Meruane en uno de los veintiocho parágrafos en los que ha organizado su prólogo a la edición de los Cuentos completos de Roberto Bolaño en Alfaguara

Cuando se cumplen quince años de su muerte, se reúnen en un amplio tomo en orden cronológico los tres libros de cuentos que el escritor publicó en vida -Llamadas telefónicas (1997), Putas asesinas (2001) y El gaucho insufrible (2003)- y los póstumos que se editaron en 2007 en El secreto del mal.

Como es lógico, hay muchos altibajos no sólo en el conjunto de los tres libros, sino también en su interior, en el que abundan los tanteos y los hallazgos, las dudas y las indagaciones en busca de un mundo narrativo propio que culminaría en las mejores novelas de Bolaño, Los detectives salvajes y 2666.

Por eso el lector encontrará en estos cuentos una llamativa variedad de espacios narrativos, de temas y técnicas, de tonos y personajes, de tramas y estilos que en muchos casos abren caminos y tienen un evidente carácter fundacional.

En sus relatos abiertos lo cotidiano y lo onírico, la pampa y la ciudad son el fondo de una realidad inquietante por la que transitan, desorientados, frágiles o desesperados, unos personajes que tienen mucho en común con los que habitan sus novelas.

Desde la perspectiva del lector actual, que conoce la trayectoria posterior de Bolaño y sabe que su obra ya está cerrada, algunos de los catorce relatos de Llamadas telefónicas son una primera incursión de Bolaño en el mundo novelístico de Los detectives salvajes y de 2666, una indagación en la peculiar perspectiva del narrador, el Arturo Belano que domina definitivamente su voz en ambas novelas.

No es el único avance en la configuración del universo narrativo de Bolaño: en William Burns, uno de los relatos policiales del libro, aparece ya Santa Teresa, el trasunto de Ciudad Juárez, que acabará fijándose como espacio narrativo de Los detectives salvajes y de 2666; y en Otro cuento ruso – uno de los mejores relatos del libro- se menciona al profesor Amalfitano que tendrá un papel fundamental en 2666.

Pero no sólo por ese carácter fundacional son importantes estos relatos de Bolaño. Muchos de ellos se sostienen como textos autónomos consistentes, como el diálogo sobre el que se construye Detectives, o la Vida de Anne Moore, casi una novela corta. Y entre los trece cuentos de Putas asesinas el lector se encontrará algunos de los mejores relatos cortos de Bolaño, como Últimos atardeceres en la tierra.

Cierra el volumen El contorno del ojo, el primer cuento que publicó Bolaño, que apareció en 1983 en el libro colectivo que reunía los relatos ganadores del Premio Alfambra del Ayuntamiento de Valencia.

Hasta hoy era prácticamente inencontrable. Fue el tercer accésit de aquel concurso en el que Antonio di Benedetto obtuvo el segundo. Y precisamente el cuento inicial de estos Cuentos completos es Sensini, en el que rememora aquella historia. Así lo explica en su prólogo Lina Meruane: 

“En el plano de lo real «El contorno del ojo» no sólo es el primer relato publicado por B en una edición de ayuntamiento ahora difícil de encontrar, sino que está en el origen de «Sensini». Pero en estos Cuentos completos es «Sensini» el cuento que abre y «El contorno del ojo» el cuento que cierra. Por lo demás, escribe R en su correo, se ha respetado un criterio cronológico siguiendo el orden en el que aparecieron las tres colecciones de cuentos que B preparó en vida -Llamadas telefónicas, Putas asesinas, El gaucho insufrible- y de El secreto del mal, libro posterior que aquí adquiere el título de «Cuentos póstumos». M duda de dicho ordenamiento, opina que hay cronologías en disputa dentro del libro: los cuentos podrían haberse ordenado, a) según las fechas de escritura, indicadas al final de cada texto, o b) por las fechas a las que los cuentos aluden en su interior. M se pregunta si a B le hubiera gustado alterar el orden en el que los relatos aparecen ahora, si hubiera elegido las opciones a o b u otra, o si hubiera ofrecido en el índice un orden alternativo, rayuelesco, que realizara un simulacro biográfico. Pero M no dice nada, no sugiere nada, no es ni la autora ni la albacea ni puede comunicarse con B mediante una ouija. Y no conoce a R, la editora que acaba de encargarle este prólogo.”

Leídos en su conjunto, los cuentos de Bolaño, pese a su diversa perspectiva y a su diferente tonalidad, establecen una red secreta de relaciones mutuas que los une entre sí y con el conjunto de su obra narrativa.

Una de las tramas cruciales de esa red es la reflexión constante sobre la función social del escritor y sobre la relación con la realidad de uno de los narradores más notables, más renovadores e influyentes de las últimas décadas en español.

Santos Domínguez

19/10/18

La realidad y el deseo


Luis Cernuda.
La realidad y el deseo.
Introducción de Antonio Rivero Taravillo.
El libro de bolsillo. Alianza Editorial. Madrid, 2018.

APLAUSO HUMANO

Ahora todas aquellas criaturas grises
Cuya sed parca de amor nocturnamente satisface
El aguachirle conyugal, al escuchar tus versos,
Por la verdad que exponen podrán escarnecerte.

Cuánto pedante en moda y periodista en venta
Humana flor perfecta se estimarán entonces
Frente a ti, así como el patán rudimentario 
Hasta la náusea hozando la escoria del deseo.

La consideración mundana tú nunca la buscaste,
Aún menos cuando fuera su precio una mentira,
Como bufón sombrío traicionando tu alma
A cambio de un cumplido con oficial benevolencia.

Por ello en vida y muerte pagarás largamente
La ocasión de ser fiel contigo y unos pocos,
Aunque jamás sepan los otros que desvío
Siempre es razón mejor ante la grey.

Pero a veces aún dudas si la verdad del alma
No debiera guardarla el alma a solas,
Contemplarla en silencio, y así nutrir la vida
Con un tesoro intacto que no profana el mundo.

Mas tus labios hablaron, y su verdad fue al aire.
Sigue con la frente tranquila entre los hombres,
Y si un sarcasmo escuchas, súbito como piedra,
Formas amargas del elogio ahí descifre tu orgullo

En ese poema de Como quien espera el alba, un libro escrito entre 1941 y 1944 en su exilio británico, está resumido gran parte del mundo poético y vital de Luis Cernuda.

Con el resto de su obra poética, forma parte de La realidad y el deseo, que publica El libro de bolsillo de Alianza Editorial con una introducción en la que Antonio Rivero Taravillo escribe: “La estimación de los poetas oscila y suele suceder que quien goza de la más alta consideración una temporada luego acabe relegado en el gusto de las generaciones siguientes. No sucede así con Cernuda. Sus huesos podrán, sí, estar en el Panteón Jardín de la Ciudad de México (a pocos metros de los de Prados); su poesía, amorosa, reflexiva sobre el paso del tiempo, sobre los vicios y virtudes de sus contemporáneos y compatriotas, sobre la magia de las cosas imperecederas, es también imperecedera ella misma; al menos no se atisba un cambio. Clásico ya de nuestras letras, por ese carácter insobornable suyo que resaltó Paz, Cernuda es ejemplo de conciencia cívica, moral y literaria.”

Una cuidada y muy manejable edición que se cierra con el imprescindible Historial de un libro, una autobiografía en la que funde vida y poesía de manera ejemplar en un texto que escribió en 1958, casi a la vez que se publicaba en México la tercera edición de La realidad y el deseo. En ese Historial de un libro Cernuda repasa su trayectoria vital y poética en unas páginas fundamentales que iluminan su obra, ayudan a comprender la coherencia interna de su teoría poética y permiten una lectura guiada de su escritura, atravesada siempre por una conflictiva relación entre biografía y poesía, entre mito y circunstancia. 

“Sólo podemos conocer la poesía a partir del hombre”, escribió Luis Cernuda en un artículo sobre Eluard. Y por eso es esencial entender la conflictiva relación que hubo entre biografía y poesía en Luis Cernuda, su vida errante que desembocó al otro lado del mar, donde los caminos de hierro tienen nombres de pájaro, y que favoreció el desarrollo y la evolución de su obra, que alcanza una nueva dimensión en los casi veinticinco años de exilio en Inglaterra, Estados Unidos y México, donde murió en noviembre de 1963.

Porque si Cernuda pasó de la poesía pura al superrealismo y del simbolismo al neorromanticismo antes de la guerra civil, cuando aparece en abril de 1936 la primera edición de La realidad y el deseo, encontró su modulación definitiva tras la lectura de la poesía inglesa desde Las nubes y Como quien espera el alba para culminar en el final Desolación de la Quimera -“epílogo, balance, testamento” en palabras de Rivero Taravillo-, donde aparece este breve, intenso y significativo poema:

 MÚSICA CAUTIVA
      A dos voces

“Tus ojos son los ojos de un hombre enamorado;
tus labios son los labios de un hombre que no cree
en el amor.” “Entonces dime el remedio, amigo,
si están en desacuerdo realidad y deseo.”

En pocos poetas del 27 se unen tan intensamente obra y biografía, de manera que La realidad y el deseo contiene la autobiografía del poeta tanto como el Historial de un libro, Ocnos o su voluminosa correspondencia.

Porque, más allá de su dolorosa historia personal, más allá del escepticismo de Vivir sin estar viviendo y del hastío de Con las horas contadas -que contiene esa espléndida elegía del presente que son los dieciséis Poemas para un cuerpo- libros como Las nubes o Desolación de la Quimera acabarían marcando el rumbo de la poesía en español a ambos lados del Atlántico.

Desde ese punto de vista, la obra de Luis Cernuda es la crónica poética de una insatisfacción, agrupada significativamente bajo el título La realidad y el deseo, que como explicó Octavio Paz puede leerse como una biografía espiritual, como una sucesión de momentos vividos y como una reflexión -de ahí su carácter moral- sobre esas experiencias vitales. 

Y es que en pocos poetas como en Cernuda se conjuntan biografía y literatura para proporcionar las claves de la vida y la poesía de un autor que cuando tituló su obra completa La realidad y el deseo hacía una declaración de intenciones y firmaba -pese a todo- una fe de vida como la que expresa en la última estrofa de su poema Mozart:

Voz más divina que otra alguna, humana
Al mismo tiempo, podemos siempre oírla,
Dejarla que despierte sueños idos
Del ser que fuimos y al vivir matamos.
Sí, el hombre pasa, pero su voz perdura,
Nocturno ruiseñor o alondra mañanera,
Sonando en las ruinas del cielo de los dioses.


Santos Domínguez

17/10/18

El cosmos arquetipal


Keiron Le Grice.
El cosmos arquetipal. 
Traducción de Antonio Rivas Gonzálvez.
Atalanta. Gerona, 2018.

Al contemplar la inmensidad del espacio presenciamos un misterio enorme e insondable. El cielo nocturno produce una sensación de ilimitada profundidad y extensión inconcebible, de intemporalidad e infinitud, de terror ante la oscuridad ignota así como el irresistible atractivo de lo que aún no hemos experimentado. Al mismo tiempo, pone de relieve el enigma de nuestro origen esencial y la promesa de nuestro futuro lejano. Sentimos que el universo es a la vez nuestra fuente y nuestra meta, nuestro principio y nuestro final. El contexto evolutivo de la vida misma: tal es el terreno donde tienen su origen todas las cosas. 

Ese es el punto de partida de El cosmos arquetipal, de Keiron Le Grice, que publica Atalanta en su colección Imaginatio Vera con traducción de Antonio Rivas Gonzálvez. 

Un libro que formula la propuesta de una nueva perspectiva cultural para integrar mitología y modernidad, analiza las funciones del mito y destaca la importancia del monomito del viaje del héroe.

Inspirado en la psicología analítica de Jung y en la metodología comparativa de Campbell, este proyecto que Keiron Le Grice desarrolló durante más de diez años se publicó en 2010 y se materializa en la propuesta múltiple de una nueva perspectiva mítica del mundo, de una nueva cosmología, de una nueva concepción de la ciencia y de una nueva conciencia integral del mundo y del hombre.

Se trata en definitiva de reivindicar una nueva conciencia del mundo y de uno mismo desde la cosmología arquetipal y desde una mitología individual que revele las claves que ordenan la visión cosmológica, la conciencia individual y la imaginación colectiva en un orden más profundo, asentado en la relación entre la ciencia y la espiritualidad, en los arquetipos universales del mito y en las estructuras psíquicas que los producen desde la unidad de psique y cosmos. 

Así lo resume Keiron Le Grice en su introducción, Fronteras paralelas: 

Este libro presenta un bosquejo de una nueva perspectiva mítica del mundo a través de una exploración de las bases teóricas de la astrología arquetipal y su aplicación a la mitología, la psicología y la espiritualidad contemporáneas. En particular, la visión de la realidad que presento en estas páginas se inspira en el trabajo de Carl Gustav Jung y Joseph Campbell en las áreas de la psicología analítica y la mitología comparativa, respectivamente. Ambos han sido extremadamente influyentes no sólo en sus esferas de conocimiento, sino también en muchas otras de la cultura popular occidental, sobre todo en las formas contemporáneas de la espiritualidad y la autoexploración psicológica. Asimismo han contribuido de manera importante a la asimilación del simbolismo esotérico y la sabiduría religiosa oriental en las visiones culturales e intelectuales de Occidente. Y han sido decisivos en la identificación de los temas universales de los mitos y religiones del mundo y de las estructuras psíquicas subyacentes en las que se originan. 

Santos Domínguez

15/10/18

García Márquez. El escándalo del siglo



Gabriel García Márquez.
El escándalo del siglo.
Prólogo de Jon Lee Anderson.
Edición de Cristóbal Pera.
Literatura Random House. Barcelona, 2018.

Otras veces había experimentado el mismo sobresalto cuando se sentaba a oír la lluvia. Sentía crujir la verja de hierro; sentía pasos de hombre en el sendero enladrillado y ruido de botas raspadas en el piso, frente al umbral. Durante muchas noches aguardó a que el hombre llamara a la puerta. Pero después, cuando aprendió a descifrar los innumerables ruidos de la lluvia, pensó que el visitante imaginario no pasaría nunca del umbral y se acostumbró a no esperarlo. 

Así comienza Un hombre viene bajo la lluvia, que forma parte de la antología de cincuenta textos de García Márquez para prensa diaria y revistas entre 1950 y 1984, que publica Literatura Random House con prólogo de Jon Lee Anderson y selección de Cristóbal Pera.

El pulso narrativo que se aprecia en ese comienzo es una constante de toda la obra periodística de García Márquez, está presente ya en el primer artículo de esta antología, el espléndido El barbero presidencial, que apareció en El Heraldo de Barranquilla el 16 de marzo de 1950 y recorre las páginas de esta antología que toma su título de El escándalo del siglo, un largo reportaje que García Márquez envió desde Roma y publicó en El Espectador de Bogotá en septiembre de 1955 en trece entregas con el subtítulo Muerta, Wilma Montessi pasea por el mundo. 

Como el mejor oficio del mundo definió García Márquez el oficio del periodista, al que siempre vio ligada su obra narrativa. “Mis libros son libros de periodista”, decía, y es que en gran medida su obra explora y recorre los caminos de ida y vuelta que comunican el periodismo y la narrativa. 

Porque en el periodismo encontró García Márquez no sólo un medio de vida, sino una escuela de estilo, como señaló Jacques Gilard editor de su obra periodística en cinco voluminosos tomo. En la escritura de artículos, crónicas o reportajes de prensa aprendió algunas de las claves de su narrativa a lo largo de una trayectoria desde el narrador incipiente hasta el consagrado que repasa Jon Lee Anderson en el prólogo, donde afirma que “Gabo fue periodista; el periodismo fue en cierto modo su primer amor, y, como todos los primeros amores, el más duradero.”

Sobre la gran variedad de temas aportados por la realidad se proyecta siempre la mirada narrativa y el gusto por contar bien de García Márquez en los distintos formatos periodísticos: 

“Entre los textos se encuentran notas de prensa, columnas, comentarios, crónicas, reportajes, artículos de opinión y perfiles. El lector encontrará también algunos textos literarios publicados paralelamente en prensa o en revistas literarias”, explica en la nota previa Cristóbal Pera, responsable de la edición y de la selección de los textos, que añade que “el criterio de la selección ha sido personal y trata de sortear cualquier categorización académica, estilística o histórica. Como lector y editor de García Márquez, he escogido textos donde aparece latente esa atención narrativa entre periodismo y literatura, donde las costuras de la realidad se estiran por su incontenible impulso narrativo, ofreciendo a los lectores la posibilidad de disfrutar una vez más del contador de historias que fue García Márquez.”

Coetáneas de sus cuentos y sus novelas, en estas páginas ágiles de prosa limpia y exacta -páginas que no desmerecen del resto de la obra de García Márquez- se pueden encontrar algunos de sus temas, de sus tonalidades y de sus enfoques narrativos característicos y a veces la semilla de algunos de sus relatos.

Y así, junto a las crónicas y reportajes que escribió entre 1955 y 1960, cuando trabajaba como corresponsal en Europa, aparecen textos literarios como La casa de los Buendía (Apuntes para una novela), que publicó en junio de 1954 y que es la prehistoria de Cien años de soledad, y otros en los que predomina el enfoque narrativo, como El asesino de los corazones solitarios, La muerte es una dama impuntual o La extraña idolatría de La Sierpe, un reportaje que es también en gran medida un relato en el que aparece prefigurado el personaje de la Mamá Grande.

Pero no están aquí sólo los textos que muestran al escritor en ciernes. A partir de los años sesenta esos artículos conviven con la narrativa del escritor de libros que, en julio de 1966, mientras trabajaba en Cien años de soledad, que aparecería el año siguiente, publicaba en El Espectador de Bogotá el artículo Desventuras de un escritor de libros, que comenzaba y terminaba con estos dos párrafos que reivindicaban la vocación suicida de la escritura:

Escribir libros es un oficio suicida. Ninguno exige tanto tiempo, tanto trabajo, tanta consagración en relación con sus beneficios inmediatos. No creo que sean muchos los lectores que al terminar la lectura de un libro se pregunten cuántas horas de angustias y de calamidades domésticas le han costado al autor esas doscientas páginas y cuánto ha recibido por su trabajo. Para terminar pronto, conviene decir a quien no lo sepa que el escritor se gana solamente el diez por ciento de lo que el comprador paga por el libro en la librería. De modo que el lector que compró un libro de veinte pesos sólo contribuyó con dos pesos a la subsistencia del escritor. El resto se lo llevaron los editores, que corrieron el riesgo de imprimirlo, y luego los distribuidores y los libreros. Esto parecerá todavía más injusto cuando se piense que los mejores escritores son los que suelen escribir menos y fumar más, y es por tanto normal que necesiten por lo menos dos años y veintinueve mil doscientos cigarrillos para escribir un libro de doscientas páginas. Lo que quiere decir en buena aritmética que nada más en lo que se fuman se gastan una suma superior a la que van a recibir por el libro. Por algo me decía un amigo escritor: «Todos los editores, distribuidores y libreros son ricos y todos los escritores somos pobres»
(...)
Después de esta triste revisión, resulta elemental preguntarse por qué escribimos los escritores. La respuesta, por fuerza, es tanto más melodramática cuanto más sincera. Se es escritor simplemente como se es judío o se es negro. El éxito es alentador, el favor de los lectores es estimulante, pero éstas son ganancias suplementarias, porque un buen escritor seguirá escribiendo de todas maneras aun con los zapatos rotos, y aunque sus libros no se vendan. Es una especie de deformación que explica muy bien la barbaridad social de que tantos hombres y mujeres se hayan suicidado de hambre, por hacer algo que al fin y al cabo, y hablando completamente en serio, no sirve para nada.

Convertido en uno de los novelistas fundamentales de la segunda mitad del siglo pasado, siguió escribiendo y publicando artículos como Mi Hemingway personal  (El País, 29 de julio de 1981), en el que evoca el día lluvioso de primavera en que se cruzó con Hemingway en París: 

Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint-Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido 59 años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda él hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir.
Por una fracción de segundo –como me ha ocurrido siempre– me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de prensa o sólo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reservas. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante, sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: «Maeeeestro». Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: «Adióóóós, amigo». Fue la única vez que lo vi.

Santos Domínguez

12/10/18

Bruno Montané. Poesía reunida

Bruno Montané Krebs.
El futuro.
Poesía reunida (1979-2016).
Prólogo de Ignacio Echevarría.
Candaya. Barcelona, 2018.

A la escritura no le preocupa el discurso 
ni tampoco el correcto pulso de la redacción, 
lo que ella quiere es dejar de ser una palabra 
que esconda sus nervios, lo que ella desea 
es ser un poema, un rayo, un trueno 
en el oído interior del discurso. 
Como sabemos, el poema no se redacta, 
el poema solo quiere aprender a respirar.

Así termina Aprendizaje y respiración, uno de los mejores poemas de El futuro, el libro inédito que da título a la recopilación de la poesía del chileno Bruno Montané (Valparaíso, 1957) que publica Candaya en su colección de poesía con un prólogo de Javier Echevarría.

Esos versos podrían resumir el núcleo de una poesía en la que la búsqueda del sentido del mundo se une a la búsqueda del sentido de la propia creación, de manera que la conciencia existencial se sustancia en conciencia del lenguaje y en la escritura como la verdadera noción de lugar.

Entre El maletín de Stevenson y el libro inédito que da título al volumen se recogen en esta espléndida edición de la poesía reunida de Montané casi cuarenta años de escritura poética y cuatro libros -los otros dos son El cielo de los topos y Mapas de bolsillo- de un autor poco conocido en España.

Poeta de culto y casi secreto, Bruno Montané fue uno de los fundadores en México en1975 del movimiento infrarrealista con Roberto Bolaño, que lo convirtió en uno de los personajes fundamentales (Felipe Müller) de Los detectives salvajes.

Desde las intuiciones y revelaciones que sustentan la poesía de la sugerencia de El maletín de Stevenson a la reflexión sobre la escritura de El futuro, pasando por el poder de las imágenes como vehículo de conocimiento y comunicación con la realidad en El cielo de los topos y la poesía figurativa de Mapas de bolsillo, donde el sueño y el asombro son instrumentos para aprehender el sentido del mundo, esta recopilación de la totalidad de su obra poética muestra la contención poética minimalista de quien funda su escritura en los abismos existenciales pero encuentra un parapeto en el amor, en el paisaje o en el poder revelador del lenguaje ante el vacío, como en Escrito 4:

Nosotros, los que no sabemos de la locura 
sino su parte de leyenda, su fulgor 
extraño pero casi cómodo, nosotros 
los que aquí estamos y opinamos 
desde este lado del espejo, nosotros 
los del sueño y el proyecto infalible, 
somos los hundidos en la nada. 

Somos el surgimiento, somos 
los pies que se cimbran en el cálido vacío, 
el vacío que tiembla al otro lado del espejo.

Con una precisión alejada de cualquier tentación de gestualidad, la aparente sencillez expresiva de estos textos esconde una honda reflexión sobre la poesía como método de conocimiento y como búsqueda de la revelación de la realidad desde una radical conciencia del lenguaje, como en Más silencio:

Necesitamos más silencio, 
un verdadero silencio, un soplo mudo 
en la serena intensidad de las horas que, 
una tras otra, se disponen frente a la inteligencia 
y compasión del manipulado abismo. 
Silencio ante los comerciales primeros planos, 
silencio ante el programa del mito; 
silencio, tres veces, ante la máquina del poema 
que se prodiga expulsada del silencioso lógos; 
mientras seguimos el rumor de la mano 
que cava un agujero de luz 
en el centro del sentido.

Santos Domínguez

10/10/18

Lord Byron. Diarios


Lord Byron.
Diarios.
Traducción, introducción y notas
de Lorenzo Luengo.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018.

“Las cartas y los diarios nos ofrecen un documento de primera mano para conocer a Byron desde el otro lado de sus versos, ese Byron introspectivo y solitario al que casi oímos morderse las uñas en las reuniones de sociedad («y de esta forma medio Londres pasa lo que llamamos vida. Mañana es la fiesta en casa de Lady Heathcote—¿iré?», se pregunta, para replicar de inmediato: «sí—para castigarme por no tener ninguna ocupación»), o mientras aguarda una revolución que nunca llega, pero sobre todo a ese Byron de mirada lúcida —y lúdica— que busca en los relieves de la realidad un motivo para la carcajada”, escribe Lorenzo Luengo en la magnífica introducción que abre su traducción de los Diarios de Lord Byron en la edición anotada que publica Galaxia Gutenberg.

Una edición que reúne el Diario de Londres, impulsado por la melancolía que le dejó el final de una agitada sucesión de episodios amorosos; el breve Diario alpino, un cuaderno de viaje por los Alpes suizos en 1816, el año sin verano; el Diario de Rávena, a donde llegó desde Venecia siguiendo a la joven Teresa Guiccioli; el efímero cuaderno Mi diccionario, que escribió en Pisa; los 121 fragmentos de reflexiones y recuerdos de los Pensamientos aislados y el Diario de Cefalonia, que escribió durante su aventura griega para luchar contra los turcos por la independencia.

Un conjunto que refleja a lo largo de poco más de diez años -entre el 14 de abril de 1813 y el 15 de febrero de 1824- la imagen humana de un Byron cercano e introspectivo, muy alejado de la imagen superficial y pintoresca del dandi disfrazado de su propia leyenda poética de donjuán arrasador.

El Byron de los Diarios es más trivial, más espontáneo y proclive a la confidencia -“Si deseara ser algo..., ni yo sé lo que deseo”-, un Byron contemplativo y a veces reflexivo que anota la intrahistoria de los procesos creativos de algunos de sus textos, escribe sobre sus lecturas, su pereza o sus dolores de cabeza y habla sobre las obras de teatro que presencia o sobre las visitas que hace o recibe, comenta la situación política de Europa, se queja de las inclemencias del clima o deja una nota para recordar que al día siguiente debe comprar un regalo para alguien.

Pero es también un Byron lúcido, cínico y divertido que en la primera anotación del Diario de Londres escribe: “No sé de nadie al que haya mejorado el matrimonio. Todos los emparejados de mi tiempo son calvos e infelices. Wordsworth y Southey se han quedado sin pelo y sin humor, y mira que Southey tenía en cantidad. Pero lo de menos es qué se desprende de las sienes de un hombre en tal estado.” O el que el 5 de enero de 1821 en el Diario de Rávena confiesa sonriente: “Me iré a la cama, pues me doy cuenta de que me estoy volviendo un cínico.”

En su estudio introductorio explica Lorenzo Luengo que “en todos sus escritos de naturaleza confesional, desde las cartas y los diarios hasta los breves (y en muchos casos divertidísimos) pasajes de sus memorias que han llegado hasta nosotros, encontramos a ese Hamlet en el camerino, que ‘desviste ante nuestros ojos su portentosa mente’ y ahonda en sus misterios inspirado por un desasosiego que, ya que no otra cosa, al menos le permite comprobar que hay algo en el que es ‘más que la apariencia’: ese Byron que purga su alma o la vuelca sin miramientos sobre la página en blanco no es ya el corsario, ni el peregrino sentimental, sino un hombre en su más inmediata desnudez, que puede permitirse incluso ser ‘un necio que duda’, aunque sin envidiarle a nadie ‘la confianza en una autoacreditada sabiduría’.”

Ese Byron inseguro que tiende a la melancolía y propenso al aburrimiento -“es parte de mi naturaleza”- escribía el 15 de febrero de 1824 en la última entrada de su Diario de Cefalonia:

“Recientemente me he visto agitado, no sin violencia, por más de una pasión, y bastante ocupado tanto en lo político como en lo privado, y en medio de conflictos partidistas, políticos y (en lo que respecta a los asuntos públicos) factuales; también me he visto sumido en un estado de ansiedad por cosas que únicamente tienen que ver con mis sentimientos más íntimos, y quizá no siempre me he conducido con la moderación que, a grandes rasgos, puedo decir que solía mostrar. Desconozco si alguna de tales cosas o todas ellas pueden haber actuado sobre la mente o el cuerpo de alguien que ya ha pasado por muchos cambios previos de lugar y pasión durante una vida de treinta y seis años.” 

Acababa de sufrir un aparatoso ataque convulsivo que los médicos no pudieron dictaminar si era “epiléptico, paralítico o apoplético”, pero que le había sumido en un estado de enorme debilidad. Ya no volvería a anotar nada en su diario y dos meses después, el 19 de abril, murió después de pronunciar las que fueron sus últimas palabras: “Ahora quiero dormir.”

Había cumplido años por última vez el 22 de enero, el día que escribió en Missolonghi un poema titulado En este día cumplo treinta y seis años, una despedida que termina con estas dos estrofas:

Si reniegas de la juventud, ¿ para qué vives?
La tierra de la muerte honorable
está aquí. Salta al campo de batalla
y rinde tu aliento.

Busca -a menudo menos buscada que hallada-
la tumba del soldado la mejor para ti;
luego mira alrededor y elige el sitio,
y toma tu descanso.
Santos Domínguez

8/10/18

Los papeles de J. C.




Moisés Pascual Pozas.
Los papeles de J. C.
Izana Editores. Madrid, 2018.

En las tardes asediadas por el tedio, abro el cuaderno y me busco en los renglones que la pluma traza, pero mentirosa es la memoria más veraz, añagaza necesaria en este ciego y corto vuelo que llamamos vida, nosotros, cucarachas en las alcantarillas del tiempo. Como el linaje de las hojas, así es el de los hombres. El viento las esparce por el suelo, pero de nuevo brotan del árbol revivido cuando llega la estación florida. Así, mientras una generación de hombres muere, otra nace. ¿Qué grano brotará de simiente tan falsaria y olvidadiza: amor, odio, indiferencia, alegría, pesadumbre o hastío? ¿Qué sentido tiene un existir anclado en un movimiento uniforme donde solo se escucha el tic-tac de los relojes que otros dieron cuerda? En el espejo de los olvidos y recuerdos busqué mi rostro, pero no lo encontré en esta tenebrosa procesión de máscaras insomnes.

Con esa potente calidad de prosa comienza Los papeles de J.C., la última novela de Moisés Pascual Pozas, que culmina con ella una larga y reconocida trayectoria narrativa iniciada en 1980 con Los descendientes del musgo y consolidada con títulos como Las voces de Candama o Espejos de humo.

La más arriesgada también, pese a la raigambre cervantina de su trama compleja, articulada en torno a dos personajes que responden a las siglas J. C.: el difunto y marginal Julián Cameno y el depositario de sus cuadernos, el periodista Julio Carmona, empeñado en la ordenación de los escritos confusos y laberínticos del primer J. C.

Unos papeles que permiten la reconstrucción de aquella vida ajena llena de lagunas que debe atravesar la fabulación, en una búsqueda del otro que acaba convirtiéndose como contrapunto en una autobiografía, en una búsqueda de sí mismo.

Ambientada en medio de un páramo que tiene más de espacio narrativo y territorio metafórico que de paisaje real, delimitado entre Armenta, el límite pedregoso de los pueblos muertos  y la Alhuma de sepulcros de Espejos de humo, quizá su mejor novela, en Los papeles de J. C. se cruzan la vida y la literatura, la realidad y la ficción, lo sucedido y lo imaginado para completar el viaje interior de dos autores en busca de su propia identidad problemática y de su propio personaje opaco.

Con una estructura compleja de cajas chinas en la que se confunden deliberadamente las diversas voces narrativas, memoria e invención se conjugan en una arquitectura narrativa sobre la que descansa la vertebración de vidas y peripecias de esta novela exigente y brillante que publica Izana  Editores con menos pulcritud de la que merece una obra de esta calidad.

Santos Domínguez

5/10/18

Aquilino Duque. La palabra secreta


Aquilino Duque. 
La palabra secreta. 
[Antología 1958-2018]
Edición de Juan Lamillar.
Renacimiento. Sevilla, 2018.


La verdad de la patria está en el oro 
en que cambia lo verde con el sol del otoño. 
También el sol pone amarillos 
en las estanterías los lomos de los libros. 
Los libros y los árboles, y el otoño entre ellos, 
la lluvia en los cristales, la lumbre en el brasero…

Así comienza Mis poderes, un poema de Las nieves del tiempo, de Aquilino Duque. Forma parte del centenar de textos de la antología que ha preparado Juan Lamillar par la Editorial Renacimiento.

Bajo el título La palabra secreta se recogen en este volumen sesenta años de escritura del autor de una “poesía con nombres”, como señala Juan Lamillar en el prólogo de esta edición que añade tres inéditos a las muestras de sus ocho libros, desde La calle de la luna y El campo de la verdad, los dos de 1958, hasta Entreluces, de 2009.

Entre lo andaluz y lo universal, porque “tienen los andaluces por patria el Universo”, como escribió en La sed; entre lo urbano y lo rural, lo culto y lo popular, la poesía meditativa de Aquilino Duque es un ejercicio de memoria y de búsqueda de “esa palabra secreta que encierra la magia del mundo”, explica Juan Lamillar en el prólogo.

Con la gracia alada del arte menor o la solemnidad del endecasílabo y el alejandrino, recorren esta poesía la música y las ciudades -de Nápoles a Sevilla, de Roma a Lisboa, de Viena a Buenos Aires-, el tiempo y los poetas -Cernuda y Machado, Bécquer y Claudio Rodríguez, Alberti y Garcilaso, Keats y Leopardi-, la pintura y la tauromaquia, de Juan Belmonte a Pepe Luis Vázquez, al que dedica el inédito que cierra el libro:

Pepe Luis Vázquez in memoriam 
"Jeder Engel ist schrecklich" 
R. M. R. 
“Ya sólo veo por dentro”, le decía a un amigo, 
en la penumbra azul de los últimos años 
de una vida de luces. 
Las del traje tenían que apagarse. 
Las de la inteligencia ardieron siempre. 
Y él fue reloj de sol que tan sólo contaba 
las horas luminosas, y eso era 
lo que veía por dentro cuando ya no veía; 
pero nunca olvidó que un ángel puede a veces 
de un aletazo ensombrecerlo todo. 
De ángeles él sabía más que nadie, 
tanto como el que más, y así se andaba 
con aquel que decía que todo ángel da miedo, 
que aterra, y más si monta guardia 
en la puerta del patio de cuadrillas. 

Dios reparte a voleo 
las luces entre los mortales. 

Las que a él le tocaron fueron maravillosas. 
Los que las vimos las seguimos viendo 
igual que él, por dentro, con los ojos cerrados. 

Santos Domínguez

3/10/18

Marcelino. Muerte y vida de un payaso



Víctor Casanova Abós.
 Marcelino. 
Muerte y vida de un payaso.
Pregunta ediciones. Zaragoza, 2018.

Los vecinos declararon haber oído un ruido en la noche, pero no le dieron más importancia. Su cuerpo fue llevado a la funeraria Frank E. Campbell donde Ada Holt, su viuda, reconoció el cadáver. Ada comentó a la prensa que, aunque se habían separado en 1925, mantenían una buena relación, solían cenar juntos los domingos. «El mundo olvida pronto», declaró a Los Angeles Times. Ella lo veía abatido por la pérdida de la fama. No tenía dinero: el lunes de la semana que murió pensaba firmar un contrato con un conocido empresario teatral llamado Roxy que al final no se materializó. Wieder dijo de él a la prensa que era un hombre callado, que no recibía llamadas de teléfono ni correo, que ni sonreía ni se quejaba.
La última victoria de Marcelino tuvo lugar el día siguiente, cuando The New York Times publicó la noticia en portada: «Marceline, payaso, se quita la vida de un disparo». Un escalofrío recorrió a muchos de los niños, ya mayores, a los que había hecho reír. No lo habían olvidado. 

Con esos párrafos evoca Víctor Casanova el suicidio del payaso Marceline en un hotel modesto de Manhattan el 5 de noviembre de 1927 en el capítulo que abre su Marcelino. Muerte y vida de un payaso

Escrito con una técnica contrapuntística en la que se alternan la figura del biógrafo y el biografiado, este libro es un documentado recorrido que reconstruye la muerte y la vida del personaje y de la persona de Marcelino Orbés (Jaca, 1873- Nueva York, 1927), pero es también el relato vibrante de esa búsqueda por parte del autor desde Nueva York.

Espléndidamente editado y apoyado en un abundante material gráfico, es también una reflexión sobre el triunfo y el fracaso a través de una estrella fugaz que obtuvo un enorme éxito en el Hippodrome de Nueva York, el teatro-circo más grande del mundo con más de cinco mil localidades, perdió el favor del público, inspiró a Chaplin para perfilar la figura del payaso fracasado de Candilejas y murió con seis dólares en el bolsillo. Desde entonces yace en una tumba sin nombre en el cementerio de Kensico donde estuvo también enterrado Fernando de los Ríos.

Encarnó la figura del payaso torpe y vulnerable que no hablaba y sólo se expresaba con silbidos. Chaplin, Buster Keaton y Cary Grant reconocieron su importancia del personaje que fue ídolo de los niños en Nueva York y acabó sobrepasado por la época del cine mudo.

En la construcción de su relato Víctor Casanova empieza por el final del suicida y en ese contrapunto con que estructura los capítulos del libro se remite también  al comienzo de su búsqueda y a los orígenes humildes del personaje, a su salida de niño con los Martini, una familia de acróbatas que actuaba a finales del siglo XIX en el Circo Ecuestre de Barcelona. Se sucedieron luego las giras por Ámsterdam, Manchester, Glasgow y Londres hasta su máximo esplendor en Nueva York, antes de la decadencia de sus actuaciones por distintas ciudades de Estados Unidos, de su sonado fracaso en La Habana y de una supervivencia dura y orgullosa.

Pero más allá de su trayectoria artística, más allá de las luces del éxito y de las sombras del fracaso del personaje público, Casanova indaga también en las circunstancias de la persona que se esconde detrás de la máscara y del maquillaje: su desarraigo y sus problemas matrimoniales, sus reveses económicos y su crueldad privada o sus negocios fracasados.

Un panorama con más sombras que luces que se cerró la madrugada en que decidió desaparecer de verdad, no como hacía su amigo, el ilusionista Houdini:

En su última noche, puso sobre una maleta las fotografías de toda una vida. Ahí estaban Los Martini, Ventura era el primero que le había enseñado a dar volteretas y a erguirse sobre los hombros de uno de sus compañeros. Por su cabeza pasaron Teddy Huxter y Alice, hacía tiempo que les había perdido la pista, y quizá pensara en el pequeño Sid. Posiblemente, y quién sabe si con remordimiento, pensó en Louisa, que había sido su compañera durante casi una década, y en Ada, el último amor, a la que había seguido viendo semanalmente. Debió de acordarse de Slivers y su final, y de los otros compañeros (Alfredo, Van Cleve) con los que había compartido noches de aplausos y música. Pensó en los niños para los que había actuado. Muchos eran ya padres y traían a sus hijos a verlo, al menos cuando estaba en el Hippodrome. Ahora hacía tiempo que no había sentido ese cariño y ese calor. El mundo parecía haberle olvidado.
Tomó aire, se armó de valor y bajó el telón. 

Santos Domínguez