31/1/18

Juan Benet. El caballero de Sajonia


Juan Benet.
El caballero de Sajonia.
Edición y epílogo de Ignacio Echevarría.
Debolsillo. Barcelona, 2018. 

La tarde había declinado y las nubes en pocos instantes mudaron de color para mantener la amenaza que había sostenido todo el día. Tan solo en el horizonte, tras una cerrada formación de abetos, una franja de oxidado metal predicaba una hora prematura, muy anterior al crepúsculo, con la desgana de un anuncio anticuado, semiborrado y de sobra conocido, al que nadie ya prestara atención. Se había terminado el día demasiado pronto y el jinete no pudo evitar una sensación de malestar al pensar en otra noche más de viaje, antes de alcanzar la siguiente etapa, camino de su destino.

Así comienza El caballero de Sajonia, la última novela de Juan Benet. La publicó en 1991 y la reedita Debolsillo, junto con el resto de su obra narrativa ensayística, en su imprescindible Biblioteca Juan Benet, con edición y epílogo de Javier Echevarría.

Ese jinete es Martín Lutero, que bajo la identidad falsa del caballero Jorge inicia un viaje de cuatro etapas sucesivas que corresponden a los cuatro capítulos del libro en un viaje imaginario que culmina con el encuentro y el diálogo con el Emperador Carlos. 

Esta novela histórica, centrada en la figura de Lutero, es la que ha recibido menos atención crítica, como señalan los editores en su Nota inicial. Aunque su peripecia, articulada en torno al camino y al viaje, es ficticia, El caballero de Sajonia tiene una importante base documental, porque a Benet se le había encargado una autobiografía ficticia de Lutero, que finalmente no llegó a escribir.

Esa documentación fue el impulso de la novela, su telón de fondo, porque Benet sabía que el objetivo del novelista no es el del historiador y por eso asumía en su escritura el reto de la invención y el estilo en tensión constante con el fondo histórico de la época, los ambientes o los personajes.

Además de destacar la “ejemplar sobriedad” del estilo de la novela, Ignacio Echevarría señala en su epílogo –El mundo, el demonio y la carne- que “a excepción de la peripecia misma del relato, todos los elementos de la novela responden a la realidad, denotan su hondo conocimiento del personaje y de la época, y son utilizados con habilidad psicológica.”

Una novela que va más allá de sus límites históricos para convertirse en una reflexión sobre el hombre de la mano de un Lutero que había roto sus vínculos con la autoridad papal después de la Dieta de Worms y que aún no se había convertido en el eje de referencia del reformismo religioso humanista del Renacimiento. 

Protegido por el Elector de Sajonia, Lutero emprende el viaje con la identidad falsa del caballero Jorge. Un viaje más interior que exterior a través de cuatro episodios imaginarios, de cuatro etapas, cuatro capítulos y cuatro lugares – una fonda, la celda de un monasterio, la celda de una prisión y la casa de un burgués- en los que se organiza “una novela bastante lineal y bastante ligera”, como señaló el propio Benet. 

En ese viaje de búsqueda, experiencia y conocimiento, los recuerdos que van surgiendo en el protagonista coexisten con sus reflexiones sobre política y religión, con el debate interior de su conciencia sobre lo espiritual y lo material,  con los diálogos con otros personajes -el diablo, el preso y el emperador- sobre lo social y lo moral.

Cuando Lutero levantó la cabeza, el emperador ya se había ido. Casi no le dio tiempo a tocar su mano. 
Tras cerrar la puerta, Lutero se arrimó a la ventana para observar la partida, el mismo ajetreo de la llegada, la misma inquietud de los caballos. Cuando el coche del emperador se perdió de vista, dijo Lutero, en la media voz de los eclesiásticos: 
-Que el Señor ayude al piadoso Carlos, una oveja entre los lobos. Amén.

Esos son los párrafos finales de El caballero de Sajonia, una extraordinaria novela que no merece ni la desatención ni la displicencia con que la despreció la mayor parte de la crítica española a principios de los noventa.

Santos Domínguez