26/9/16

José María Arguedas. El Sexto


José María Arguedas.
El Sexto.
Prólogo de Fernando Iwasaki.
Edición de Elena Buterini y Gastón Segura.
Drácena. Madrid, 2016.


Entre 1937 y 1938 José María Arguedas estuvo preso ocho meses como consecuencia de las protestas estudiantiles en apoyo de la II República española y contra la visita de un representante de la Italia fascista a la universidad peruana.

De esa experiencia carcelaria en El Sexto, el penal limeño del que tomaría título más de veinte años después, surgiría en 1961 su cuarta novela, que acaba de recuperar Drácena con edición de Elena Buterini y Gastón Segura.

“Comencé a redactar esta novela en 1957; decidí escribirla en 1939”, escribe Arguedas en el pórtico de esta novela que publicó entre Los ríos profundos y Todas las sangres, quizá su mejor novela. 

Y justamente esa distancia de veinte años entre la experiencia carcelaria y su reconstrucción novelística le permite a Arguedas distanciarse y abrir el objetivo de manera que el valor autobiográfico, incluso el propósito testimonial o la voluntad de denuncia no ocupan el primer plano de su significado. Hay, sí, una potente base autobiográfica y hay análisis políticos, pero además recorre toda la obra una reflexión sobre la condición humana.

Porque El Sexto tiene en su condición de novela corta una intensidad que permite una lectura simultánea en tres niveles cuyo centro es el recinto carcelario, un microcosmos conflictivo que representa metafóricamente la situación de Perú durante la dictadura del general Benavides, como señala Fernando Iwasaki en el prólogo –“Poder y ternura en el Sexto”- que ha escrito para esta plausible recuperación de la novela de Arguedas.

Narrada en primera persona por Gabriel, alter ego de Argueda, El Sexto refleja desde la perspectiva de un estudiante idealista sin militancia la conflictiva relación entre apristas y comunistas, presos políticos de partidos prohibidos en el Perú de la época. 

Con un enfoque más emocional que ideológico, más inclinado a lo ancestral que a lo político, y a través de la relación y las conversaciones con su compañero de celda el minero indio Cámac, se aborda no sólo ese conflicto entre los opositores a la dictadura, sino una interpretación del hombre y de la sociedad, desde un reducido espacio interior que es reflejo de la realidad exterior.

Y al hilo de ese enfrentamiento, emergen otras relaciones conflictivas: entre lo indígena y lo criollo, entre la cultura quechua y la castellana, entre lo interior y lo exterior, entre  los presos comunes y los presos políticos, entre la brutalidad animal y el sentimiento, con la prosa consistente de un narrador eficaz y con unos diálogos creíbles y vivos, como los personajes que pueblan esta novela.

Santos Domínguez