23/7/15

Julio César Galán. Inclinación al envés



Julio César Galán. 
Inclinación al envés.
Pre-Textos. Valencia, 2014.


Poca duda cabe de que el título del último poemario de Julio César Galán (1978) avisa al lector de una aventura distinta. Nos encontramos ante las puertas de un abismo donde el lector acomodaticio debe perder toda esperanza de entender el halago sencillo de la inteligibilidad sin esfuerzo. Estamos ante el envés de la trama de la denotación narrativa que deja paso a la fulguración, a la des-signación y al ungimiento del decir; estamos ante un nuevo decir en donde se va un poquito más allá de algunos compañeros de promoción (de algunos de los heterogéneos Deshabitados antologados por Juan Carlos Abril). Julio César Galán no es un poeta del malestar por otra parte (si bien lo declara en ocasiones), sí de la ruptura textual o Poéticas del afuera, pero que puede llegar a ser gozoso en el dolor y viceversa, así, lo reconoce y lo conjura a través de esos pájaros (¡Ay, demasiado humanos!), que fluyen y unifican partes y libro, paratextos y textos, unidad y notas. Mal lo tendrá el lector acostumbrado a la línea clara, o suavemente elíptica de Carlos Pardo o a las metonimias apenas veladoras del sentido de Luis Muñoz (otro poeta gozoso en orígenes, de muy diferente manera). No, Galán envida al lector con el órdago de una opacidad abierta y sugerente, hermética e insinuante, provocadora, donde rasgos de luz surgen para indicar bajo su acumulación imágenes y sinapsis que habitan otro discurso. Un sendero situado entre el interregno de Julieta Valero (el fragmento como malestar desde John Ashbery) y Juan Andrés García Román de El fósforo astillado (2008), donde las acumulaciones a lo Arman, tenían una fórmula y un sentido como novedosa disolución, frente a las acumulaciones neovanguardistas de Juan Carlos Mestre en La bicicleta del panadero (2012), más tradicionales. Dos generaciones distintas, en las que este libro asume la elegía, pero deletrea el asombro y lo gozoso.
No hace daño a este poemario valiente purificarse por los caminos teóricos de Blanchot e Eagleton, de Jameson y la coda, de la logofagia y el silencio, son significaciones que simplemente amplían el texto para no leerlo linealmente. Y para perderse en el mundo paralelo de la no crítica, es decir, en si el poeta ha construido un mundo de heterónimos con hipotéticas escrituras distintas, con finales abiertos y posibles en un espacio reinstaurado por la Rayuela de Julio Cortázar. Este fluir roto, descentrado, des-centrado y des-sentido, que acumula sinapsis, imágenes, metáforas, irracionalismos y zeugmas, envuelto en el juego del fervor sin entusiasmo último (ni sus opuestos), desea destruir lo apacible de las convenciones más allá de lo marginal de variantes, tachaduras y notas, en su fórmula de aprehender la realidad de otra manera, desde el laboratorio de la palabra. Ese es su trono. Conexión e inconexión, sugerencia y opacidad, decir y querer decir para hacer al poema un extraño signo (extraño símbolo e indicio de la desapacibilidad de ser, quizá, pero sin acritud. También todo lo contrario, pues lo celebratorio habita estas novedosas galerías). Todo es yo y otro (el profesor y escritor César Nicolás, así como otros coautores: Ángel Cerviño, Alejandro Céspedes y Marco Antonio Núñez) ante el tablero de ser en que las otredades aclaran: “Padezco- ¿No lo he dicho- de una otredad incurable. Ayer mismo estaba leyendo a Julio César Galán y me he transformado en su libro”.
Un libro donde esa variedad de facetas expuestas asimismo por distintos pájaros queda abierta por el mirlo con una sombra: “mi sombra es un inte-/rrogante (soga)”, donde el horizonte de expectativas o los mundos posibles de lo indescifrable, o el estupor de ser, se hacen libro-signo: “el musgo con su enigma”. Es decir esa inclinación al envés del reconocido fatum (arrastra a veces el sentido del libro, pues es un poeta que no se desvincula de lo gozoso en el decir y el tono): “los muertos que arrastramos, aquellos que tuvieron nuestra voz/ y aquellos que confundimos/ con nuestra máscara,/ comprenden nuestra inclinación al revés, nuestro gusto por saborear márgenes,/ nuestra nube solar sin tiempo”.
Marginalidad sin narcisismo que se asoma al gozo en ocasiones. Su compañero de promoción, Carlos Pardo, cantó ese caer en la cuenta desde una ironía tierna y Abraham Grajera desde la dulzura. Poetas próximos, sin duda. El mundo de Galán quiere diferenciarse y puede transitar incluso a Miguel Casado en su nomenclatura: “Primer paso, […] Segundo paso, […] para nombrar por primera vez […] en el dulce garaje de la mar”. No, no, no es un desolado sino un poeta en el alambre de reconocerlo todo en sus opuestos, encuentros y disparidades, sin ironía, con entusiasmo, bondad e inocencia. Sí…el niño quiere versos para resolver su angustia, y ciertamente con ellos la conjura. Entonces es capaz de “entender/ a los árboles”, puede abrirlos, puede-“puedo estar tranquilo en la luz”. Ser con la oropéndola breve el envés del terror, “El día amante-júbilo-susurro/ […] Aunque nada deja su miedo”…
Por encima del teselario de citas, textos y juegos, en definitiva, modos de decir, muy serios, sin duda como alteridad polifónica (con una tradición a sus espaldas), lo importante es ese decir imaginístico y elíptico, de ruptura textual o poéticas del afuera, con que algunos poetas dan y esconden sentido frente al decir clasicista y claro de Borges y los 80 y 90 o el eclecticismo de la primera década del siglo XXI. No pocos poetas herederos del silencio en su desolación (no en su verso, salvo excepción), como Sánchez Robayna, concretista en algún desliz, supieron sortear cuanto proponían sus fórmulas tras Valente, o la ruptura del sentido hacia el minimalismo y el silencio místico (casi). Esencial sería la palabra adecuada. El nuevo imaginismo elaborado, de crear fugas en el texto diseminado establece un juego abierto en el poema des- referencializado y en un puzle muy sugerente, al mismo tiempo, claro y opaco, complejo en su hortus conclusus: la intimidad reticulada, rememorada a veces como tal y herida, celebrada en ocasiones y conjuradas en otras. Reconvención y confirmación forman un diálogo funámbulo así y quieren proponerse en esta mirada al mundo por quien ya sabe y reconoce.
No, no es Galán un fragmentario irónico tras Jules Laforgue en esta Inclinación al envés, sino un heredero de la sutilidad emocional y tierna, que tacha lo indeseable del sentir (su prematura vejez). Es quien dialoga con cada día: “un trofeo y un castigo”, desde “un fondo/ de pájaro en nosotros”. Así en “Plaza de alas”, con su impulso hacia la luz, nos habla pese a todo, de ese pugnar por no caer como pájaro, de celebrar el vuelo de las nubes ardiendo. Y al hombre: “el rostro del animal al que le sale agua/ de las pupilas y ríe”. A la alegría por el dolor, canta este poeta complejo, suavemente opaco y celebratorio cuando siente el paso del tiempo con los saludos de la golondrina y se retorna el ayer con la paloma de madera. Se ha salvado del ibis pessonano paralizador con su entusiasmo y lucha. Doliente, dolorido, fervoroso y gozoso nos llega exuberante con su reformulación de aforismos, imagismos, simbolismos que han encontrado eco en alguno de sus compañeros deshabitados, y a los que se suma este estar con un perfume fresco, próximo y distinto, muy sugerente, habitando su momento lírico, sin pacto y con verdadera trasgresión.

Rafael Morales Barba