9/11/11

María Zambrano. Claros del bosque


María Zambrano.
Claros del bosque.
Edición de Mercedes Gómez Blesa.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2011.

El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido. Y la analogía del claro con el templo puede desviar la atención.


Así comienza una de las novedades más reseñables de este comienzo de temporada editorial. Claros del bosque, que publica Cátedra Letras Hispánicas, es uno de los ensayos fundamentales de María Zambrano. Lo escribió aún en el exilio, apareció en 1977 y junto con La tumba de Antígona es su obra de más calidad literaria.

Poemas en prosa, revelaciones en las que cuaja la razón poética de María Zambrano frente al logos del Manzanares de su maestro Ortega. La conjunción de palabra y pensamiento inspirado, de conocimiento y poesía, de razón y metáfora que ilumina el mundo más allá del concepto, la inspiración y la imagen, el tiempo y el dios oscuro, la musicalidad y el vacío, el signo y la semilla, el centro y el abismo, la belleza y la llama, el mito y la palabra originaria del bosque, la fuente y el laberinto, el amanecer y el fuego, el despertar y la mirada remota desde los ojos de la noche.

Unos textos fundamentales en el pensamiento filosófico y en la estética del siglo XX que se acercan a la penumbra desde los claros de la conciencia y las visiones de lo oculto, desde el centro inaccesible donde se funden la mística, la poesía y la filosofía en un doble impulso que convoca lo órfico y lo prometeico a través de una palabra poética mediadora entre el hombre y lo sagrado.

Y al fondo, el exilio como el no-lugar, como el vacío desde el que escribe María Zambrano, fuera también del tiempo, expulsada de la historia, como todo exiliado, privada de su identidad social y cultural, relegada, como sabía también Jabès, al desierto, desde el que se funda el lugar de la palabra:

La palabra escondida, a solas celada en el silencio, puede surgir sosteniendo sin darlo a entender un largo discurso, un poema y aun un filosófico texto, anónimamente, orientando el sentido, transformando el encadenamiento lógico en cadencia; abriendo espacios de silencios incalmables, reveladores. Ya que lo que de revelador hay en un hablar proviene de esa palabra intacta que no se anuncia, ni se enuncia a sí misma, invisible al modo de cristal a fuerza de nitidez, de inexistencia. Engendradora de musicalidad y de abismos de silencio, la palabra que no es concepto porque es ella la que hace concebir, la fuente del concebir que está más allá propiamente de lo que se llama pensar.

Todo eso está en el fondo y en la superficie de Claros del bosque, que es -como dijo de Segovia María Zambrano- el lugar de la palabra. Un libro fundamental que no debería pasar desapercibido. Esta edición, prologada y anotada por Mercedes Gómez Blesa, que traza en su introducción una excelente panorámica del pensamiento de la autora, es una inmejorable oportunidad para entrar en una de las obras imprescindibles de la estética contemporánea.

Santos Domínguez