28/12/07

Elogio del incendiario


Miguel Veyrat.
El Incendiario.
La Lucerna. Madrid, 2007.

En una cuidadísima edición, La Lucerna acaba de publicar El Incendiario, de Miguel Veyrat, la versión revisada de su Elogio del Incendiario.

La de Miguel Veyrat es una voz sustantiva y oculta, insertada en una lectura rigurosa de la tradición. Para ser más exactos, de una de las múltiples tradiciones: la que hermana al poeta con Prometeo y a la poesía como revelación del fuego originario.

En cada uno de sus versos vibra esa búsqueda del fuego y del sentido del mundo y de la vida propia con el temblor de una palabra encendida que cree en ella misma para iluminar la realidad:

No hay límite
Para el fuego
Solo dentro
De la brasa
Puede actuar

La distancia
Del corazón

A la llama

Roce de compases

Palabras

El incendiario marcó una inflexión en su obra, a la que luego se sumarían La voz de los poetas o Babel bajo la luna como otros ejemplos de ese fuego arrebatado a los dioses. Muestras todas ellas de la insularidad de Veyrat, del empeño volcánico en el que arde la palabra del poeta, hermana del Empédocles de las purificaciones y del oboe sumergido de Quasimodo.

Emparentada con el gnosticismo ocultista, con los profetas bíblicos y los cultos mistéricos, en la fuerza oral de la palabra de Veyrat va creciendo desde este libro una música interior que se revela poco a poco al iniciado. En ella hablan los ritos órficos y los cultos mistéricos. Es muchas veces la voz de la sibila cumana, otras la voz con la que Virgilio le explicó a Dante la sombra húmeda del infierno o el vacío del purgatorio:

Como un dios
en la sombra
al acecho

está mi voz.


Veyrat es un poeta exigente, de verso destilado sin concesiones y sobrecargado de electricidad y revelaciones. Es la suya una poesía iniciática y visionaria en la que se convocan la alquimia y la llama, el misterio de la palabra ritual y el texto secreto de un conjuro en el que el poeta no es la persona civil que se llama como él, sino un intermediario con otra dimensión más honda y opaca de la realidad.

Poeta ajeno a familias y a generaciones, consciente de que no hay más patria que el dolor y la palabra, ni más destino que el transcurso de un viaje a ningún sitio, porque el esfuerzo de Prometeo es tan heroico y admirable en su empeño como inútil en sus objetivos, Veyrat lo ha explicado con estas palabras:

Considero también que si no encontrásemos todo el consuelo del poema entre los frutos de nuestra exploración, al comprobar que todo carece en el fondo de sentido, al menos podríamos hallarlo en la misma búsqueda, en el propio canto y el propio goce de su emisión compartida con el lector. Tal sería pues mi modesta y brevísima “poética”.


Ese es el mérito del esfuerzo que iguala a Miguel Veyrat con Prometeo en la invocación a esas fuerzas oscuras que se agitan en su poesía y en el origen de la llama.

Y en gran medida esa es también la aventura humana y estética de su poesía: la narración inefable de un viaje hermético hacia el conocimiento, invocado en la liturgia de la palabra y en el significado oculto del opus nigrum, incendio y renovación, el volcán y las cenizas que laten en el círculo de las destrucciones y las regeneraciones.

Llevar toda vida a su extremo.
¡Oh, sí, consumirse!
Haz de la hoguera un Volcán:
Devora tu propio corazón.


Ese viaje es el de un camino de perfección que bucea en busca de la veta de la que surgen la luz o la humedad primera y el origen secreto del glaciar; el itinerario espiritual de una mística laica que se eleva a la altura de un pájaro de fuego para mostrarle al lector al menos la juanramoniana forma de su huida.

Hermana Realidad
Quédate para siempre

Entre nosotros no en los sueños
No en los sueños ni tampoco

En los espejos.


No sé si la realidad, esa Realidad con mayúsculas que invoca Miguel Veyrat, se quedará con nosotros, pero su palabra se queda para siempre vibrando en el interior de sus lectores.

Santos Domínguez