ENCUENTROS DE LECTURAS

Reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter (Auden)

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Nombre: Revista Encuentros
Lugar: Spain
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8 de octubre de 2007

La luz oculta

Julio César Galán.
Tres veces luz.
La Garúa. Barcelona, 2007.


No hace tanto tiempo desde que Julio César Galán irrumpió en el panorama editorial con su poemario El ocaso de la aurora (Sial, 2004). Ahora acaba de publicar su libro Tres veces luz, en la colección barcelonesa La Garúa, algo que nos garantiza a sus lectores una nueva mirada sobre su compleja realidad poética. Porque el libro mantiene intactas las huellas que hicieron de Julio un caso singular dentro del panorama literario actual. Sin embargo, propone nuevos caminos por donde el lector intentará buscarse, al final, a sí mismo.

Si me preguntaran por los aspectos más esenciales del libro, comenzaría diciendo que tiene un eje múltiple, triple, como el título. Se vertebra a través de tres claves: la huida, la soledad y la dicotomía ausencia/presencia. Tres perspectivas que se entrelazan para comenzar a diseñar su mundo y que aparecen veladas ya desde el comienzo, en las tres citas que inauguran el libro. La primera, la huida, se entiende como un camino hacia el origen, un camino a la inversa o una travesía unidireccional: la que nace de uno mismo y acaba finalmente en el punto de partida. A través de un “diálogo lúcido y tranquilo” (La casa maravillosa), hay un reencuentro con la palabra, gracias sobre todo a la experiencia poética que propone aquel que invariablemente observa. Como si todo el viaje se emprendiera de forma circular. Todos los elementos se conjugan para iniciar una huida: las alas, las islas, los hogares cada vez más vacíos o “el ave que emigra de sí misma” (El plumaje de la contemplación). Y sin embargo todos ellos saben que su camino es siempre un camino de regreso. No deja de ser significativo que cierre uno de sus poemas, Documento sobre el frío, encabezado por una cita de su admirado Fonollosa, con los siguientes versos: “tus alegrías le mostraron/ las emociones que el primer/ hombre sintió ante el fuego”. Por eso hace falta volver hacia atrás: para entender cuál es el lugar que verdaderamente ocupamos. Al final, sólo esperamos encontrar cierta claridad, buscando la luz repitiendo su nombre tres veces. De ahí que vengan ahora a la memoria los versos de su poema El rostro de la lejanía: “quizás el ritmo pendular/ en que te miras no es reflejo/ sino imagen de un mar/ que fue más que tu origen”. O sus últimas palabras en En el centro del torbellino. O el poema que cierra el libro, El viaje hacia sí, dedicado no por casualidad a Antonio Carvajal.

El segundo eje, dijimos, puede ser el concepto humano de soledad, y digo humano porque en Tres veces luz no tiene un rostro abstracto, sino preciso, bajo la terrible sospecha de que las travesías de nuestra vida, que corresponden a la estructura del poemario, han de emprenderse solo, “interrumpida” por la ocasional compañía del amor o de nuestro deseo de ser permanentemente naturaleza. En el verso que da inicio a La casa maravillosa (“Humanizo las cosas”) vemos la experiencia real de un escritor solitario que intenta dar respuesta a lo que observa, haciéndolo suyo, como si quisiera entender lo que le rodea a través de una vivencia real, humana, diciéndonos que detrás de cada cosa se aloja un ser que siente hasta el límite, que padece también, que sufre al emprender su camino. Suerte que en el trayecto logre encontrar ese destello de luz que supone el amor, sabiendo que “los labios cumplirán su fin:/ amarte” (Aislarse en una isla). Si estamos condenados a circular, es necesario ser conscientes de lo que vivimos, convirtiendo cada obstáculo en una incitación para comenzar a amar. Estar solo significa, al final, nada más que eso: encontrar en la escala de nuestros mapas un rincón que señale un cuerpo ajeno. Recomiendo, en este sentido, uno de sus poemas más luminosos (y oscuros a la vez), La lucidez de la cadena.

Por último, su tercera piedra angular, la dicotomía ausencia/presencia, refleja, ante todo, cada una de las paradojas que aparecen en el libro. No es extraño, por eso, encontrarnos con la contradicción “misticismo materialista” o sombras que se nos aparecen “invisibles y palpables” (Caras en la galería). En definitiva, cada lugar que propone el libro no ocupa un territorio preciso, y sin embargo esa misma imprecisión hará que conservemos intacto nuestro punto de referencia. No hace falta, por tanto, palpar un territorio, sino rasgarlo, sabiendo que su ausencia configura una presencia, si cabe, más fuerte. Por eso, en su poema Sobre el nivel del mar nos hace admitir que a seis mil pies la presencia de unas sábanas, de unos labios o unas risas, son algo real, mucho más creíble que la realidad fría del mármol.

Sólo nos queda resaltar algunos aspectos que hacen del libro una pequeña obra de arte. Entre ellos, el tratamiento que recibe la naturaleza, el verdadero elemento que nos sitúa y nos marca el límite. Otro aspecto interesante es el juego temporal (es una narración del presente que intenta dialogar con el pasado) y la presencia inquietante de una segunda persona, a la que a menudo dirige algunos verbos. Finalmente, el continuo homenaje que, a través de sus citas y referencias, nos acerca a la lectura que Julio César Galán realiza de otros escritores como Aleixandre, de Ory o Gerardo Diego. El compendio de todos ellos forma, al final, una voz única, siempre tripartita, porque el número que marca nuestro verdadero punto de inflexión siempre será el tercero.

Por último, acabaré con una percepción personal, una división para más señas. Suelo distinguir entre escritores que me hacen habitar sus obras y escritores que, además de permitir habitarles, me conducen a escribir. Julio forma parte de estos últimos, porque el camino de la lectura debe conducir, al cabo, a escribir también sobre nosotros mismos, y todo ello “aunque reconozcamos/ que somos herederos de la muerte.”

Álex Chico.