5/1/07

Dias de llamas



Juan Iturralde.
Días de llamas.
Debolsillo. Barcelona, 2006.

Una serie de circunstancias reunidas infelizmente: la censura, las ediciones minoritarias o la mala distribución hicieron que una novela tan excepcional como Días de llamas de Juan Iturralde haya pasado casi desapercibida durante mucho tiempo.

Desde que apareció en 1979 en La Gaya Ciencia se han ido sucediendo ediciones sin suerte. Por ejemplo hace ahora veinte años que la publicó, con prólogo de Carmen Martín Gaite, Ediciones B, aunque no circuló ni se promocionó como hubiera sido deseable.

Después de la muerte de su autor en 1999, la incorporación al catálogo de Debate en el 2000, una reedición en 2002 y la salida ahora en Debolsillo parece que han conseguido deshacer esa injusta nube de silencio que la mantenía oculta y colocarla en el lugar que merece por su calidad literaria, su hondura humana y la profundidad de su reflexión moral: como una de las mejores novelas que se han escrito sobre la guerra civil.

Días de llamas es el diario escrito al límite del desconsuelo y del miedo por Tomás Labayen, un juez de instrucción republicano que espera en una checa de Madrid a que le den el paseo. Desde esa situación en la que se prescinde de simplicidades y banderías se ahonda en la circunstancia dramática del protagonista y de la sociedad, con una escritura febril que incide en primer lugar en la fuerza que traspasa a su lenguaje quien sabe que tiene los días contados, que en cualquier momento le harán salir para iniciar un viaje siniestro.

Con ese ritmo desatado, el único ajustado al contenido (otro ritmo hubiera sido inaceptable e inverosímil) se nos cuentan esos primeros meses de exaltación y sangre que como todas las situaciones extremas sacaron lo mejor y lo peor de los personajes, lo más bajo y lo más alto de las personas.

Días en los que se apoderó de las calles y de la vida una confusión que es la del protagonista narrador, escindido dolorosamente entre sus ideales y la realidad de una sociedad degradada por el odio y por la guerra. Y todo eso se nos relata sin un sermón, sin una justificación ni una condena de estos o aquellos comportamientos, porque no es ese el papel del novelista. Lo que debe hacer el novelista, lo que hace Juan Iturrade en estos Días de llamas, es crear personajes en tres dimensiones, personajes que tienen la profundidad creíble que otorgan los defectos, las contradicciones y la necesidad de asumir el pasado propio y los errores de quien, como el protagonista, parece haber estado siempre entre dos aguas.

Ese es uno de los méritos de la novela: trasladar, con imparcialidad y sin hacer una novela río, al lector a aquel tiempo y a aquellos lugares en los que transcurre la acción de estos Días de llamas y hacerle partícipe o testigo, tan comprensivo y tan confuso como el narrador, de aquella danza de la muerte.

Asumir la perspectiva autobiográfica en el relato, adoptar la voz narrativa de alguien que está encerrado, plantea una serie de ventajas y de inconvenientes. Entre estos últimos quizá no sea el menor el de la limitación del espacio, pero ese punto de vista abre a la vez la posibilidad de manejar el tiempo de la evocación, el pasado reciente o remoto en el que se sitúan los personajes y se explican las claves de aquella locura colectiva y de la peripecia dramática del protagonista. O, yendo un poco más allá, como en las novelas más ambiciosas, las claves de la condición humana.

Hay que celebrar que estos Días de llamas hayan empezado a circular como se merecen y no por el boca a boca, casi en voz baja, mediante el que se difundía la novela entre iniciados. Aunque ya no pueda verlo José María Pérez Prat (1917-1999), que ese era el verdadero nombre de quien entendió su corta aunque intensa actividad literaria como un ejercicio tan secreto que prefirió utilizar un seudónimo como aquel que practica otras clandestinidades menos confesables.

Aunque, bien mirado, ¿quién sabe?

Santos Domínguez