31/12/06

Agonizar en Salamanca


Luciano G. Egido.
Agonizar en Salamanca
(Unamuno, julio-diciembre de 1936).

Tusquets.
Barcelona, 2006.

Era jueves y nevó. Un 31 de diciembre, tal día como hoy, hace 70 años moría Unamuno en Salamanca. Llevaba dos meses y medio semiarrestado en su domicilio, desde su discurso en el Paraninfo de la Universidad el 12 de octubre.

Tusquets recupera ahora Agonizar en Salamanca (Unamuno, julio-diciembre de 1936), de Luciano G. Egido, un magnífico libro que reconstruye los hechos, las palabras y la muerte de aquel hombre, la lenta agonía intrahistórica de un Unamuno fuera de la historia.

Indefenso y residual, sobreviviéndose en aquella rara cuarentena del confinamiento domiciliario, murió intoxicado por un brasero. Ególatra y contradictorio, muchos en Salamanca y en el resto de la España nacional creyeron que había muerto una de las encarnaciones del demonio.

Entre catedráticos de nuevo cuño, impostores intelectuales y propagandistas histéricos de camisa azul, su velatorio y su entierro completaron un esperpento que el viejo escritor no merecía como despedida.

Cuando cuatro falangistas arrebataron el féretro con aquel cadáver ahora codiciado, su nieto corría despavorido por el pasillo y gritaba: ¡Que se llevan al abuelo, a tirarlo al río!

Unamuno llevaba agonizando mucho tiempo. Su visión de la existencia, su vivencia era radicalmente agónica, pero aquellos últimos meses agudizaron sus contradicciones y le llevaron a la tumba.

De la alegría inicial, con la que dio salida a su rencor contra Azaña y a sus envidias pequeñas, Unamuno pasó al apoyo incondicional al golpe como miembro del ayuntamiento controlado por los militares con el mismo exhibicionismo infantil y el despecho que demostró en otras ocasiones.

Tardó poco en darse cuenta de aquel movimiento no representaba más que la destrucción de la inteligencia, la intransigencia en la defensa de unos privilegios. En agosto ya lo sabía. Ya sabía que lo peor de la historia de España se había disfrazado una vez más con la máscara de las tradiciones heroicas.

Para entonces Unamuno era una “vieja osamenta soez”, como le llamó el profesor Prieto Carrasco, alcalde de Salamanca, cuando supo del apoyo del antiguo republicano y compañero de claustro a los rebeldes.

Su evolución ideológica (si es que hubo alguna más allá de su puro y enfermizo egotismo), su orgullo satánico se reconstruyen en las páginas de este libro que nos muestra a un Unamuno terminal, confuso y airado, con una soberbia que no le deja reconocer que se ha equivocado, a un Unamuno que sigue declarando en público que son los demás (no importa quiénes: los demás) los que se han apartado del camino recto y se han vuelto locos.

Era tarde cuando se dio cuenta de que se había convertido, para su vergüenza, en proveedor intelectual de las simplezas ordenancistas y civilizadoras del astuto Franco y del vesánico Mola, en un utillero que suministraba argumentos para la retórica campanuda del fascismo español.

Como los héroes sombríos de las tragedias griegas que conoció tan bien, Unamuno concitó en su persona la soberbia, la ceguera y el error. Y como en las tragedias, la muerte era la única salida para el espectro contradictorio de un superviviente que seguía diciendo una cosa y al rato la contraria.

No sale bien parado aquel hombre viejo en el libro de Luciano G. Egido. Egoísta, envidioso, adulador y cobarde, rencoroso y soberbio, senil y energuménico son algunos de los adjetivos con los que se resumen su personalidad y su comportamiento aquellos días. Y el autor de este Agonizar en Salamanca no los disimula. Son adjetivos -¡quién lo duda!- muy duros. Es verdad que se podrían haber suavizado, pero también lo es que de haberlo hecho se habría ocultado la parte esencial de la historia que se cuenta en este libro, la intrahistoria de aquellos días aciagos reconstruida con enorme fuerza y sostenido pulso narrativo y ninguna economía de estilo.

Cegado por la vanidad de creerse el centro del mundo y aterrorizado por el poder resolutivo de las armas que alardeaban por las calles de Salamanca y sonaban por la noche en las sacas y los paseos, como un nuevo Torquemada, el viejo rector certificó culpabilidades y presidió la comisión depuradora de los docentes del distrito universitario de Salamanca.

Tiene uno la impresión de que Unamuno no tenía amigos, sino oyentes. Y con muchos de ellos asesinados en las cunetas por los salvadores de la civilización cristiana o detenidos a la espera de una saca nocturna, buscó la ocasión propicia de acallar los remordimientos. La encontró el 12 de octubre en el famoso acto del día de la raza en el Paraninfo. La aprovechó con valiente dignidad y disculpable atropello en una conocida declaración desde aquella tribuna.

Aquella misma tarde fue expulsado del Casino, destituido como rector y removido como concejal. Se castigaba así la “descortesía rencorosa” y la "vanidad delirante y antipatriótic0a actuación ciudadana” de un Unamuno identificado con Erasmo, “cuya vida y pensamiento sólo en la voluntad de venganza se mantuvo firme, en todo lo demás fue tornadiza, sinuosa y oscilante, no tuvo criterio, sino pasiones; no asentó afirmaciones, sino propuso dudas corrosivas; quiso conciliar lo inconciliable, el Catolicismo y la Reforma; y fue la envenenadora, la celestina de las inteligencias y las voluntades vírgenes de varias generaciones de escolares en Academias, Ateneos y Universidades.”

De lo que ocurrió en aquel acto, del sonido seco de los cerrojos en los fusiles, de la mirada fanática del único ojo de Millán Astray, de su única mano golpeando la mesa presidencial y de las secuelas de todo aquello hay una reconstrucción minuciosa y una impecable narración en este Agonizar en Salamanca, felizmente recuperado veinte años después de su primera edición.

Santos Domínguez

29/12/06

La herida absurda




Francisca Aguirre.
La herida absurda.
Bartleby Editores. Madrid, 2006.

Una cita de Unamuno (Tinieblas es la luz donde hay luz sola) abre Negativos, la primera parte de La herida absurda, el intenso libro de poemas que Francisca Aguirre acaba de publicar en Bartleby Editores.

Está hecha esa primera parte de textos construidos con palabras escritas en voz alta y dichas con los dientes. Con fuerza oral, con la fuerza terminante que tiene el pulso rabioso de su verso cuando estalla en la maldición o en el látigo de las mujeres fuertes de la Biblia o en los versos de piedra de las tragedias de Esquilo. Aquellas mujeres en las que persistía la llama de la conciencia para convertirse a veces en antorcha de esperanza y otras en la pura raíz de los incendios.

Ante el ignominioso constructor de patrias y en un mundo de sangre y de espanto, Francisca Aguirre ensaya la distancia de la ironía y la descarta porque no se permite esa frialdad del distanciamiento sentimental ante los malos sueños. Y su voz no se anda con chiquitas ni con rodeos:

Ojalá que los dioses nos amparen
y se te pudra el semen en el bálano.

Es la voz de la mujer, de la madre terrible, la que habla en esos versos y grita y ruega por nosotros.

Ante los que todo lo ven claro, este libro es una pregunta sin contestar, una pregunta a la que sucede primero el silencio y luego una afirmación en la que aparecen la salvación de la música y de la infancia, la guitarra, el amor o el recuerdo, para mirar y cantar, como Machado nos enseña, también lo que se pierde.

Por eso la segunda parte, Transparencias, que es una consecuencia de la anterior, está escrita y dicha con otro tono, en el tono íntimo de la media voz o de la canción, en el recuerdo del tango de Cátulo Castillo del que sale el título de esta Herida absurda.

Pero Francisca Aguirre ha decidido no cerrar el ventanal, como propone el tango, sino asomarse a la ventana con temblor ante lo que vive y lo que pasa, herida en doliente hermandad con el mundo y con la vida.

Y entonces crece en el libro la nostalgia secreta, el afecto del diminutivo o el fulgor de la infancia, la guitarra de Paco de Lucía o la Tocata de Santiago de Murcia, lo que tiene nombre propio en la memoria y en el presente de las dedicatorias, la angustia que brilla en el vacío y un dolor que es abrigo y consuelo.

O la iluminación de algunas tardes en que brota inesperada la fuente oculta en la vena más honda del dolor, en su pureza clara, en la virtud germinativa de su jardín secreto y en la tibia transparencia de la palabra o la música.

Lenguaje y destino se dan cita en el libro como en el texto de Celan que abre la segunda parte, se funden en un estilo contundente y cuidado en el que desde lo coloquial va creciendo el poema, va ganando intensidad hasta culminar en los portentosos versos que cierran cada texto.

Este es el testimonio y el destino gozoso de quien siempre se ha negado a que el espanto la ponga de rodillas o la hunda en el desconsuelo, el destino de quien asume los agravios con gallarda altivez, para vivir y dar ejemplo y prescindir del odio.

Para decírnoslo en un libro tan bello y tan intenso como este, ante el que ahora hay que callar y releer y dar las gracias.


Santos Domínguez


28/12/06

Cuentos completos de Fernando Quiñones


Fernando Quiñones.
Tusitala. Cuentos completos.
Páginas de Espuma. Madrid, 2003.


Fernando Quiñones (Chiclana, 1930- Cádiz, 1998) es no sólo uno de los escritores fundamentales de la segunda mitad del siglo XX; es también uno de los más versátiles, el poeta poderoso de los diez libros de las Crónicas, el novelista de Las mil noches de Hortensia Romero y La canción del pirata.

Algunas de las más brillantes páginas de una obra repleta de ellas hay que buscarlas en sus relatos, que Páginas de Espuma reunió en una edición de su narrativa completa en la colección Voces.

Tusitala, el contador de historias, era el nombre mágico con el que llamaban a Stevenson los nativos de Samoa. Así se iba a titular un proyecto de libro que frustró la muerte de Fernando Quiñones, y así se titula el volumen que reúne todos sus cuentos, con edición y prólogo de Hipólito G. Navarro.

Se recogen aquí los ocho libros de relatos que el autor publicó entre 1960 y 1997, desde las Cinco historias del vino hasta El coro a dos voces pasando por La gran temporada, esas siete historias de toros y de hombres que premió un jurado integrado por Borges, Bioy Casares y Eduardo Mallea o Nos han dejado solos. Libro de los andaluces.

Y en todos ellos, cuentos definitivos, dignos de cualquier exigente antología del género: Muerte de un semidiós y Los toros del Puerto, Legionaria, Cuqui o ese cuento portentoso de media página que es La tumba giratoria.

El último libro de relatos que publicó Fernando Quiñones es El coro a dos voces, con una estructura en la que van alternando el registro culto y el popular. Y ahí, entre otros, uno de los mejores, Hoy playa no.

Se incluyen al final del volumen diez relatos, algunos rescatados del disco duro de su ordenador, que no se habían publicado aún o habían aparecido en alguna antología colectiva o en revistas y que iban a formar parte del proyectado Tusitala.

El último,
El final, es un cuento inquietante en el que el fin del mundo es un advenimiento de agua en vez de un juicio de fuego y el mar entra en las calles de Cádiz desde San Antonio y la calle Ancha y sube por la calle Novena hasta Sagasta.

Este libro es, además de una obra de arte absoluta, rotunda y terminante, un manual práctico del relato y de todas sus posibilidades expresivas, un despliegue de técnicas sobre perspectivas y tipos de narrador, sobre las formas de tratar el diálogo, de construir un personaje o de resolver el desenlace. Técnicas explicadas de primera mano. De la mano de uno de los primeros, de uno de los maestros del género.

Santos Domínguez

Seis ensayos y un inclasificable



Luciano G. Egido. Agonizar en Salamanca. Tusquets.

El 31 de diciembre se cumplen setenta años de la muerte de Unamuno en una Salamanca que todavía no tenía archivos de la guerra civil, aunque los camisas azules andaban en ello. Aquel hombre llevaba muerto y confinado en su domicilio ya algún tiempo. No fue obstáculo para que un grupo de falangistas rindieran honores armados en su entierro. Esta es una excelente reconstrucción de aquellos días que llevaba algún tiempo agotada y se reedita oportunamente ahora.





Juan Eduardo Cirlot. Diccionario de los ismos. Siruela

Los ismos analizados por la aguda inteligencia de Cirlot en un libro fundamental para entender no sólo las vanguardias, sino el peculiar universo literario del autor de En la llama. Como este, lo recupera Siruela en Los libros del tiempo. Porque cincuenta años no son nada.


Brian Boyd.
Vladimir Nabokov.
Los años americanos.
Anagrama.


Segunda parte de la biografía de Nabokov. Un acercamiento a la compleja personalidad del novelista y una iluminación del mundo personal y de la literatura de uno de los narradores más personales del siglo pasado. Se lee como una novela.



Henry Kamen.
Del Imperio a la decadencia: los mitos que forjaron la España moderna.
Temas de Hoy.


Mitos que forjaron identidades. Mitos fuertes: la nación eterna, la España cristiana o el castellano como lengua nacional. Siete capítulos para dilucidar algunas falsificaciones y descubrir las estrategias ideológicas que se esconden detrás. Mentiras sin sexo ni cintas de video.


Francisco Ayala.
Recuerdos y olvidos.
Alianza
.

La edición definitiva de Recuerdos y olvidos reúne en un solo volumen las tres partes publicadas antes por Alianza Editorial, junto a una cuarta inédita que completa las experiencias de una vida que supera ya cumplida y felizmente el siglo.



Michel de Montaigne.
Ensayos completos.
Cátedra. Biblioteca Avrea.

Hablar del ensayo sin mentar al padre es algo parecido a un parricidio freudiano e imperdonable. Esta edición reúne en un cuidado tomo los ensayos de aquel Miguel de la Montaña que admiraba un castizo Quevedo. Españoleando.



Georges Perec. Me acuerdo. Berenice.

Tan imprescindible como inclasificable, este libro de culto inédito hasta ahora en España. Citado muchas veces, no se había traducido nunca, aunque sí había sido objeto de saqueos y fusilamientos. Esta primera traducción de Yolanda Morató en Berenice llena un hueco editorial muy grande. No sé en qué estantería, pero un hueco innegable.


Santos Domínguez

27/12/06

Marilyn lee el Ulysses



El libro de los mil caracteres



Zhou Xingsi.

El libro de los mil caracteres.
Caligrafía en estilo tradicional y cursivo de Jorge T. J. Tseng.
Traducción al español y fonética pinyin de Silvia Ussía.
Edición y prólogo de Pelayo Olazábal.
Lengua de Trapo. Madrid, 2006.


Lengua de Trapo inaugura una nueva colección, Fuera de serie, con la convicción de que hay libros que merecen una edición especial, cuidada hasta el más mínimo detalle. La selección de títulos buscará textos singulares o inclasificables, para uso y deleite de los sentidos: libros celosamente elaborados para lectores exigentes.

Y se abre la colección con una auténtica caja de sorpresas, con un clásico para acercarse a la escritura y la mentalidad china tradicional, El libro de los mil caracteres, compuesto a principios del siglo VI por Zhou Xingsi, que a instancias del emperador Wu Di, elaboró una cartilla que simplificara al máximo el aprendizaje de la lectura y escritura de los principales caracteres chinos.

Xingsi, un funcionario que parece el arquetipo de algún personaje de Borges, compuso un texto literario con los mil caracteres seleccionados, una especie de cartilla que hiciera más sencillo y más ameno el aprendizaje de la lectura y la escritura.

Utilizando procedimientos nemotécnicos como la rima, Zhou Xingsi llevó a cabo la tarea en una noche de trabajo y compuso un texto literario en el que ninguno de los mil caracteres escogidos se repetía.

Pero El libro de los mil caracteres es más que eso: es un resumen de la mentalidad tradicional china en cinco bloques temáticos, organizados como un pensamiento secuencial que a partir de la contemplación de la naturaleza conoce las leyes del universo y extrae de ellas la norma ética y política que debe regir el funcionamiento social en una adecuación armónica a través de la virtud zen entre el orden natural y el humano.

Con esos principios se traza en este Libro de los mil caracteres un cuadro idílico de la armonía que debe presidir las relaciones entre el hombre, la naturaleza y la sociedad.

No se sabe bien si lo que predomina aquí es la audacia o la ingenuidad, si quien escribió este libro era más ambicioso que humilde. En todo caso, es un libro decisivo en la cultura china y un texto repleto de cualidades literarias, de sensibilidad y delicadeza, de la sabiduría ancestral de aquella cultura tan compleja.

Luis E. Aldave.

Narrativa para dar y tomar


Vladimir Nabokov.
Obras completas. Novelas (1941-1957).
Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores.

Entre La verdadera vida de Sebastian Knight, de1941 y Pnin, una novela satírica que recuerdo en una ya inencontrable edición de Lumen, pasando por Barra siniestra y Lolita, este primer volumen de las obras completas de un Nabokov recién llegado a Estados Unidos.


J. W. Goethe. Narrativa.
Biblioteca de Literatura Universal.
Almuzara.


Los sufrimientos del joven Werther, Conversaciones de emigrantes alemanes, Los años de aprendizaje y Los años itinerantes de Wilhelm Meister y Las afinidades electivas, con nuevas traducciones en edición de Marisa Siguan.



Haruki Murakami. Kafka en la orilla. Tusquets.

Un Kafka posmoderno y un Edipo oriental son los materiales narrativos sobre los que se cimenta esta novela, la mejor del 2005 según el NYT. Tan intensa como la mirada del gato de la portada.




Robert Musil.
El hombre sin atributos. Seix Barral.

Un clásico contemporáneo sobre la insoportable inconsistencia del individuo. Musil es, también él, toda una literatura.



Balzac. Las ilusiones perdidas. Mondadori.

No hace falta leer los ciento cincuenta tomos de La comedia humana. En Las ilusiones perdidas y en la peripecia de Lucien de Rubempré están su cima y su síntesis.


Cristina Rossetti. Parecidos razonables. Funambulista.

Con una traducción de la novelista Pilar Adón, estos tres sorprendentes cuentos victorianos con ilustraciones del original de 1874 del prerrafaelista inglés Arthur Hughes. Una joya.



James Meek. Por amor al pueblo.
Ediciones Salamandra.


Ambiciosa en su intriga, cuidada en su construcción, profunda en su denuncia del fanatismo, esta obra del inglés James Meek tiene todo lo que le puede pedir a una novela el lector más exigente.



Peter Handke.
Don Juan (Contado por él mismo).
Alianza.


La reinterpretación del mito y el arquetipo por un Handke tan incisivo como siempre. Un Don Juan insólito, atormentado y triste. Un héroe moderno.


Ivan Goncharov. Oblómov.
Debolsillo.


Acaba de editarse en formato de bolsillo Oblómov, una de las novelas fundamentales de la narrativa rusa del XIX. El protagonista extraordinario de la novela extraordinaria de un autor extraordinario, en definición de Juan Bonilla. El mundo desde un diván, un diagnóstico de aquella sociedad en una alegoría inquietante. La traducción de Lidia Kuper, toda una garantía.



Antología de relatos fantásticos argentinos.
Espasa.


Un recorrido amplio por una de las líneas más representativas de la literatura argentina. Bioy, Mallea, Sábato en una visión global de la evolución del cuento fantástico en la renovada colección Austral.


Miguel Espinosa. Escuela de mandarines.
Alfaguara.


El Eremita viaja a la capital del Reino. La Feliz Gobernación. La reedición de un monumento de la literatura y de la inteligencia. Sin más.


Santos Domínguez

Poesía para regalar y para regalarse.

Como no es sólo tiempo de balance, sino de proyectos y de buenas intenciones, ahí va una lista de libros de poesía que se han reseñado o se reseñarán en esta página. De momento, quedan como un anticipo y como una propuesta de buenas lecturas.





W. H. Auden.
Carta de Año Nuevo
.
Pre-Textos.

Para empezar el año, este libro de encrucijada de un Auden instalado ya en América y sacudido por las incertidumbres propias y ajenas en una edición preparada por Gabriel Insausti.



Juan Ramón Jiménez.
Música de otros
.
Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores.

Las traducciones y versiones que hizo Juan Ramón de algunos poetas esenciales fundamentalmente ingleses o franceses. Inéditas muchas, otras publicadas un sola vez, todas tan cuidadas como era habitual en el poeta de Moguer.



Rafael Alberti.
Obras Completas. Poesía, III.
Edición de Jaime Siles.
S.E.C.C. Seix Barral.

El fruto más logrado y perdurable de todos los que generó el centenario de un poeta fundamental que atraviesa con paso firme la poesía española del siglo XX.



Luis Alberto de Cuenca.
Poesía 1979-1996.
Cátedra Letras Hispánicas


Con una amplia introducción de Juan José Lanz, esta edición reúne las versiones últimas dadas por el autor a los cuatro libros que se recogen: La caja de plata, El otro sueño, El hacha y la rosa y Por fuertes y fronteras.


John Ashbery.
Por dónde vagaré.
Lumen.

El tiempo, la literatura, el amor, el deseo o la muerte en el último libro de Ashbery con traducción de Daniel Aguirre.


Santos Domínguez

26/12/06

Los ojos de Davidson




H.G. Wells.
Los ojos de Davidson.
Traducción de José Luis López Muñoz.
Prólogo de Alberto Manguel.
Atalanta. Barcelona, 2006.


Casandra en Inglaterra titula Alberto Manguel su brillantísima introducción a Los ojos de Davidson, la colección de relatos fantásticos de H. G. Wells (1866-1946) que publica la editorial Atalanta en su colección Ars brevis.

Habla en ella, y de ahí la alusión a la sibila, de la visión profética de Wells. No voy a entrar en su capacidad visionaria como autor de ciencia ficción, porque sus contemporáneos no le leyeron así en una época en la que ni siquiera estaba inventado el género. Quiero, sin embargo, destacar algo especialmente sorprendente en estos magníficos cuentos: sus premoniciones y su carácter precursor, su capacidad de abrir territorios para la imaginación narrativa.

Ya ocurría en La isla del doctor Moreau, a la que debe tanto La invención de Morel de Bioy Casares, y ocurre en muchos de estos relatos.

Los ojos de Davidson
trata un tema del que dan otras versiones La trama celeste de Bioy Casares y El cuento más hermoso del mundo de Kipling sobre el cruce de espacios y tiempos de universos distintos.

El Sur de Borges y La noche boca arriba de Cortázar recuerdan la trama de Bajo el bisturí. Y en algunas de las Crónicas marcianas de Bradbury parece seguir brillando El astro.

Escribe Manguel sobre ese fondo inconsciente del que se nutre la obra de Wells para proyectarse hacia el futuro:

Wells poseyó una visión profética, al menos en el sentido de que previó nuestra lenta y ciega carrera hacia la autodestrucción, y la facilidad con que volvemos a conductas terribles y bestiales, a nuestros temores prehistóricos y a nuestros prejuicios inmemoriales. (...) Para Wells, nuestros límites son físicos e intelectuales, pero podemos ampliarlos por medio de un intelecto más sofisticado y una ética más aguda que nos permitirá evitar las trampas de la mentira y ser generosamente honestos con nosotros mismos y con nuestros congéneres.

Wells quiso ser un novelística crítico, satírico y filosófico, en la estela de Voltaire y de los librepensadores del siglo XVIII. Con esa voluntad y esos modelos empezó a escribir ficciones científicas y ensayos filosóficos. Fueron años penosos en los que no conseguía publicar lo mucho que escribía: varias novelas y cuentos, poesía y prosa cómica, algún ensayo.

Así hasta que pudo publicar en 1895 La máquina del tiempo, cuyo éxito avaló la edición posterior de La isla del doctor Moreau, El hombre invisible, La guerra de los mundos, Los primeros hombres en la Luna, El alimento de los dioses, y una serie de magníficos cuentos, algunos de los cuales se recogen en este volumen.

El país de los ciegos es uno de los más conocidos relatos de Wells, quizá el más inolvidable. Alberto Manguel lo considera tan inimitable que no le otorga descendencia conocida y lo entronca con el inconsciente colectivo. Sin ánimo de rectificar a ese lector, uno de los más inteligentes y sólidos que uno ha conocido, a mí me parece que están en germen, en el cuento o en ese inconsciente del que surge, el Informe sobre ciegos de Sábato y la epidemia del Ensayo sobre la ceguera de Saramago.

Wells publicó una primera versión de ese cuento en 1904. Treinta y cinco años después modificó el desenlace y dio esta explicación a sus lectores:

Siempre he tenido un sentimiento incómodo acerca de este cuento; lo he recorrido mentalmente en la cama, durante mis paseos y en otras ocasiones inadecuadas, hasta que por fin puse manos a la obra y le di un enfoque enteramente nuevo [...]. La idea central, que un hombre con vista va a caer en un valle de ciegos y comprueba la falsedad del dicho “En el país de los ciegos el tuerto es rey”, sigue siendo la misma en ambas, pero el valor atribuido a la facultad de ver cambia profundamente. Lo he cambiado porque ha habido un cambio en la atmósfera del mundo que nos rodea. En 1904, el énfasis se ponía en el aislamiento espiritual de aquellos cuya visión era más clara que la de sus congéneres, y en la tragedia de su incomunicable apreciación de la vida. El visionario muere, un paria que no encuentra otra manera de liberarse de su don si no es con la muerte, y el mundo ciego continúa, invenciblemente seguro y satisfecho de sí mismo. Pero en la versión más reciente, la visión se convierte en algo mucho más trágico: ya no es una historia de belleza desatendida y de liberación; el visionario observa cómo la destrucción se abate sobre ese mundo ciego que por fin ha llegado a soportar y hasta a amar; lo ve claramente, y no puede hacer nada para salvarlo de su destino.

El joven Wells tenía un sentido optimista de la historia, pensaba que el hombre recorría un camino de perfección. Con el paso del tiempo conoció las experiencias desoladoras de dos guerras mundiales y cuando murió en 1946 compartía con el protagonista de El país de los ciegos el desaliento.

La irreprochable traducción de José Luis López Muñoz es, sin duda, uno de los valores añadidos de esta cuidada edición. El otro es el prólogo de Alberto Manguel, una iluminadora introducción a la narrativa de Wells y a sus anticipaciones y simbolismos.

Wells, que combatió por igual el nazismo, el comunismo y el cristianismo, es para los ingleses el primer escritor del siglo XX, para Wilde un Julio Verne científico y para Borges uno de los más admirables narradores de la historia de la literatura.

Santos Domínguez

25/12/06

En un bosque extranjero



Santos Domínguez.
En un bosque extranjero.
Aguaclara. Alicante, 2005.



Ya en el último poema de Las provincias del frío se adivinaba este bosque. En él la palabra se le ha vuelto a Santos materia vegetal, hecha del filamento de su misma sílaba, del follaje de sus imágenes y del pulmón, de ese enorme pulmón de su verso que lo nutre como el fuelle de su propio aliento.

En Las provincias del frío la de su verbo había sido una naturaleza también potente, pero ordenada. Los suyos eran setos de homenajes, glorietas con motivos literarios. En ellas las deudas poéticas estaban siendo pagadas con los tapices de un verso alejandrino, abundante como en Santos se nos muestra siempre, barroco como un oboe que narra o teje, por épico, navegaciones e infiernos, Eurídices y Mañaras con ese fondo turbio de laguna veneciana. En él están los poemas contemplativos y barrocos mejor orquestados que he leído después de Colinas.

En cambio, en Un bosque extranjero, Santos ya no le debe a nadie, canta solo en la noche con esa virtud de pájaro oculto que sabe incendiar el bosque con su trino. Y trina es su virtud por cierto. A saber: El verso, que ya he dicho, un verso amplio de estirpe clásica y con ambición sinfónica que, a más de ancho, es abundante y generoso. Nada insinúa, apenas calla nada, hasta agotar el poema y rematarlo.

Sin este verso no se podría lograr la segunda de sus virtudes, esa ambición cósmica que apunta en cada poema y que muestra la naturaleza como una cúpula hecha del entramado de sus propias imágenes.

El uso de la imagen en Santos da para un capítulo aparte y es la tercera de sus virtudes que señalo. En Las provincias del frío se trataba de imágenes lógicas, más domésticas y previsibles. En cambio, aquí en el Bosque se han distorsionado arriesgándose hasta el límite de un surrealismo. Revelan así por un lado la ambición del poeta y por otro la gozosa evidencia de que el lenguaje, como parte también de ese bosque, goza de una autonomía vegetal y creativa que supera en la suficiencia de su inspiración al propio poeta. Aquí es la sintaxis limpia de Santos la que la contiene, librándola del descarrío en que degenera para algunos la tentación del surrealismo.


José A. Ramírez Lozano

24/12/06

Obras completas de Nicanor Parra



Nicanor Parra.
Obras completas & algo + (1935-1972).
Edición de Niall Binns.
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
Barcelona, 2006.

Huele literalmente a madera este primer volumen de los dos en los que recogerá Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores las Obras completas de Nicanor Parra. En una nota al final del libro se indica que el papel empleado se ha fabricado a partir de madera procedente de bosques y plantaciones gestionadas con criterios ecológicos. Ha sido declarado libro amigo de los bosques por Greenpeace.

Y le sienta bien a la poesía de Parra ese olor a madera y esa preocupación medioambiental, porque Parra es además de un gran poeta una fuerza de la naturaleza.

En el prefacio a esta edición de la poesía de Parra, escribe Harold Bloom:

¿Cuál es la función de la poesía en 2005, cuando Estados Unidos ha enloquecido y ha coronado a un plutócrata que -por fortuna- es demasiado ignorante para convertirse abiertamente en fascista? Chile tuvo su Edad Oscura, y ahora nos toca a nosotros. Hay algunos poetas vivos maravillosos en Estados Unidos, entre los cuales destaca John Ashbery. Pero no tenemos a ninguno tan persuasivamente irreverente como Parra.

Con una introducción general del responsable de la edición, Niall Binns, y un prólogo de Federico Schopf, este amplio tomo de más de mil doscientas páginas reúne por primera vez la amplia producción del torrencial poeta chileno entre 1935 y 1972.

Nicanor Parra, que siempre se había resistido a hacerlo, no sólo ha autorizado por fin a reunir su poesía, sino que ha orientado y supervisado el trabajo de recopilación y edición de Nial Binns e Ignacio Echevarría.

Junto a su libro más conocido, Poemas y antipoemas, se recogen en este volumen muchos textos dispersos en antologías, su poesía visual, no sólo las doscientas cuarenta y dos tarjetas que integran los Artefactos de 1972, sino también el mítico e inencontrable Quebrantahuesos, la colección de collages de 1952.

Ha sido el propio Parra el que se ha ocupado de proponer la secuencia canónica de su trayectoria poética, de manera que el volumen no tiene un orden cronológico, sino que se abre con los Poemas y antipoemas, que el autor considera el primer libro de ese canon.

Los Poemas y antipoemas (1954) son el yin y el yang, el principio masculino y el femenino, la luz y la sombra, el frío y el calor, como él mismo ha explicado. Seguramente a eso se refería también Pablo Neruda cuando decía de este libro que era una delicia de oro matutino o un fruto consumado en las tinieblas.

Un libro que en realidad contiene tres libros y tres direcciones poéticas:

-La reacción antivanguardista en los poemas neorrománticos y posmodernistas de la primera parte.

-Los textos expresionistas y su crispada brutalidad amarga de la segunda sección.

-Los más interesantes y personales antipoemas, entre Kafka, el surrealismo y los cortos de Chaplin, el resultado de hacer circular por el poema tradicional la savia surrealista. Los antipoemas son el canto del cisne de las vanguardias y convierten a Parra en el último vanguardista de la lengua.

Así termina uno de los más conocidos de esos antipoemas, Recuerdos de juventud:

Yo iba de un lado a otro, es verdad,
Mi alma flotaba en las calles
Pidiendo socorro, pidiendo un poco de ternura;
Con una hoja de papel y un lápiz yo entraba en los cementerios
Dispuesto a no dejarme engañar.
Daba vueltas y vueltas en torno al mismo asunto,
Observaba de cerca las cosas
O en un ataque de ira me arrancaba los cabellos.

De esa manera hice mi debut en las salas de clases,
Como un herido a bala me arrastré por los ateneos,
Crucé el umbral de las casas particulares,
Con el filo de la lengua traté de comunicarme con los espectadores:
Ellos leían el periódico
O desaparecían detrás de un taxi.

¡Adónde ir entonces!
A esas horas el comercio estaba cerrado;
Yo pensaba en un trozo de cebolla visto durante la cena
Y en el abismo que nos separa de los otros abismos.

Están aquí también las coplas festivas y de aire popular de La cueca larga:

Algunos toman por sed
otros por olvidar deudas
y yo por ver lagartijas
y sapos en las estrellas.

Los Versos de salón (1962), afirmativos y alegres, de tono conversacional, como su emblemática Montaña rusa:

Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.

Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
Echando sangre por boca y narices.

Las Canciones rusas, en las que el poeta se reconcilia con su entorno, como en esta dedicada al astronauta Yuri Gagarin:

Las estrellas se juntan alrededor de la tierra
Como ranas en torno de una charca
A discutir el vuelo de Gagarin.

Ahora sí que la sacamos bien:
¡Un comunista ruso
Dando de volteretas en el cielo!
Las estrellas están muertas de rabia
Entretanto Yuri Gagarin
Amo y señor del sistema solar
Se entretiene tirándoles la cola.

O los Artefactos, la colección de tarjetas postales que hacen de Parra el gran desenmascarador de la hipocresía y la apariencia a través de la poesía visual.

Los trapos al sol es la sección que al final de cada tomo recoge en un apartado independiente los textos que el propio Parra ha considerado marginales en su trayectoria poética. Se integran en ese apartado, además de los poemas que aparecieron dispersos o en antologías, el Cancionero sin nombre (1937), los Ejercicios respiratorios, de 1943, muy marcados por la influencia de Withman, los ya citados Quebrantahuesos (1952) o sus magníficas traducciones de poesía rusa contemporánea.

Como es habitual en las cuidadas ediciones de Galaxia Gutenberg, se evitan aquí las notas a pie de página y se colocan al final del volumen, lo que facilita una lectura exenta y limpia de los textos de Parra, que a sus noventa y dos años sigue siendo uno de los poetas más jóvenes del mundo.

Santos Domínguez


22/12/06

Lunas de agosto


Justo Vila.
Lunas de agosto.
Los libros del Oeste. Badajoz, 2006.

Justo Vila, que acaba de publicar Lunas de agosto en la editorial pacense Libros del Oeste, tiene ya una larga y acreditada trayectoria como historiador y novelista. Gran parte de su trabajo en ambos campos se ha centrado en la guerra civil, la posguerra y la represión en Extremadura.

Rigor histórico, valor documental y capacidad narrativa, se combinan en estas Lunas de agosto, que es una novela, no un tratado histórico pero tampoco una obra de imaginación. El mismo rigor que tiene Justo Vila como historiador lo utiliza narrativamente en Lunas de agosto. No se trata por tanto de que la novela se distinga de la historia por contar mentiras. Es una cuestión de tratamiento de la materia, de enfoque, no de mentiras.

El relato supone la actualización narrativa de la historia, con especial intensidad en su parte central, entre los días 13 y 15 de agosto de 1936, en los que tienen lugar la preparación y el desarrollo del asalto a los baluartes y brechas del recinto fortificado de Badajoz.

La crueldad del teniente coronel Yagüe y su deseo de escarmentar por adelantado y aterrorizar al resto de las poblaciones leales a la legalidad republicana, ocasionó una matanza que, junto con el bombardeo de Guernica, fue una de las mayores que sufrió la población civil durante la guerra.

El interés del autor por este tema arranca de un episodio que se cuenta al principio de la novela: una manifestación en los primeros años de democracia que al llegar a la Plaza de Toros Vieja, se para y se calla. Alguien le dijo entonces que allí habían matado a mucha gente.

El núcleo de estas Lunas de agosto lo constituyen, pues, los días anteriores y las primeras horas de la entrada en Badajoz de las columnas de Asensio y Castejón el 14 de agosto de 1936 y la madrugada de las ejecuciones, la del quince de agosto, una madrugada sin luna. Las lunas del título son una imagen del espanto en los ojos aterrorizados de una de las mujeres que sufrieron el miedo, el dolor y las humillaciones de los vencidos que habían perdido a sus padres, a sus maridos, a sus hermanos.

Hay en la obra una mezcla de narración e historia, conducida por un sistema de narradores múltiples y alternantes que van sucediéndose como se suceden en el desarrollo de la acción personajes reales y personajes inventados y la perspectiva de quienes ocuparon la capital pacense en el verano de 1936 y quienes la defendieron y fueron luego represaliados.

Víctimas y verdugos sobre los que se proyecta la mirada actual de sus descendientes, simbolizados en las figuras del nieto de Rafael Alcántara, un maestro asesinado en la plaza de toros, y de Dolores, la nieta del falangista que mató al maestro y que ha ido recogiendo su versión de los hechos en una memoria escrita en sus últimos días en un hospital.

Ese cuaderno del falangista Benito Albarrán, conservado por su nieta, es, junto con el relato de Marcelo Rojas un superviviente de los ametrallamientos en la plaza de toros, uno de los dos ejes narrativos del libro.

Era imprescindible fundir lo documental y lo intrahistórico, lo colectivo y lo individual y eso requería no sólo la presencia de varias perspectivas narrativas, sino la construcción de una novela coral, con técnica caleidoscópica y un enfoque deudor del documental cinematográfico.

La base documental sobre la que descansa la novela está construida con las narraciones orales y los testimonios periodísticos de un joven Mario Neves, integrado como personaje en la novela, que entró por la frontera de Caia para mirar cara a cara al terror, al odio y al fanatismo y quedar marcado de por vida. No quiso ni pudo volver al escenario de aquellos crímenes hasta el año 82, cuarenta y seis años después de los hechos. También en ese sentido las fuentes pertenecen más a la intrahistoria periodística que a la historia que las integra luego en un sentido global, supraindividual.

La dureza del texto y la de los hechos admite, casi requiere, de ese tono coral que recuerda a la tragedia clásica. Y en relación con esto, quizá se entienda mejor el papel fundamental que tienen las mujeres en la novela. Mujeres que, además de su función narrativa, son la voz de la conciencia y la memoria, la salvaguardia del recuerdo de las víctimas, del miedo y del sufrimiento. Como en las tragedias griegas.

Y como en las tragedias griegas, esta es también una historia cruel de errores y traiciones, de personajes heroicos y seres despreciables. Una historia narrada desde distintas perspectivas, pero siempre desde dentro, con la fuerza que tiene la primera persona.

La novela acaba otro 15 de agosto, setenta años más tarde, cuando dos generaciones después, el nieto de una víctima y la nieta del verdugo, reivindican la necesidad de la memoria y de la reconciliación.

De la misma manera que la víctima no existe sin verdugo ni este sin aquella, no es posible la reconciliación sin la memoria. Ni la memoria, para ser creadora, puede tener más sentido que la superación del rencor.

Como los mejores relatos sobre la guerra, como La forja de un rebelde, Capital de la gloria o Días de llamas, tal vez la mejor de todas y una de las más recientes, Lunas de agosto tiene también mucho de exorcismo, de conjuro y de desahogo de la memoria colectiva.

Con ella, Justo Vila cierra un ciclo novelístico, del que forman parte también La agonía del búho chico y La memoria del gallo, sobre la guerra civil, la posguerra y la represión en Badajoz.

Decía al principio que lo que distingue un libro de historia de una novela no es la mentira, ni la falsificación. No hay aquí fabulación, aunque pueda haber algo de ficción como recurso narrativo.

La fabulación la están haciendo los sedicentes historiadores sediciosos. Presuntos. Que además son pésimos novelistas. No es necesario que lo comprueben. No soy tan cruel como para invitarles a leer a César Vidal.

Santos Domínguez

Imprescindibles 2006



Es tiempo de listas y caprichos. Con poco de lo segundo, creo, aquí va lo primero, la lista que me pidió Javier García para el portal No te salves, al que dedica, con interés desinteresado, parte de sus esfuerzos y sus ilusiones.

Los 12 imprescindibles de Narrativa.

Los 12 imprescindibles de Poesía.

Los 12 imprescindibles de Ensayo y Memorias.

21/12/06

Antología de Antonio Gamoneda




Antonio Gamoneda.
Antología poética.

Selección e introducción de Tomás Sánchez Santiago.
Alianza Editorial. Madrid, 2006.

Poeta de la extralimitación llama Tomás Sánchez Santiago a Antonio Gamoneda en La armonía de la tormenta, el enjundioso y contenido prólogo que ha escrito para introducir la lectura de esta Antología poética que acaba de editar El libro de bolsillo de Alianza Editorial.

Y es que si la poesía es casi siempre una experiencia extrema de límites, lo es más en un poeta como Gamoneda que no está por encima de las modas, sino por debajo, porque en su poesía hay algo profundamente telúrico que tira de nosotros hacia abajo, un río subterráneo y torrencial, una voz sumergida y oculta, no tan secreta como acallada por la censura en el franquismo.

De Gamoneda hemos aprendido sus lectores a convivir con la luz del plomo, con la injusticia y la soledad, a soportar el peso del mercurio, el temblor del azufre y el óxido que sabe a una desaparición y tiene el mismo olor que la tristeza. A entender que para un poeta un libro es una aparición y un poema,"un pensamiento que canta."

A las ediciones más asequibles: la generosa recopilación que Miguel Casado hizo en Edad para Cátedra Letras Hispánicas; el Libro del frío y el Libro de los venenos que publicó Siruela y Esta luz (Galaxia Gutenberg) se suma ahora esta excelente Antología poética, que planteaba a su editor literario una dificultad especial. Consciente del riesgo de antologar una escritura tan radicalmente unitaria como la de Gamoneda, Sánchez Santiago ha utilizado con destreza como hilo conductor una serie de elementos temáticos y expresivos que contienen las claves de la unidad de la obra del último premio Cervantes.

Y especialmente el tiempo y el espacio como ejes referenciales de su evolución poética. Una evolución marcada por la temporalidad hasta Descripción de la mentira y por la abolición del tiempo en favor de una poética de lo espacial a partir del Libro del frío. O, lo que es lo mismo, el paso del canto a la contemplación a través de palabras e imágenes de una enorme fuerza expresiva.

Imágenes y palabras fundidas en el magma oscuro de la memoria violenta y armónica que vive en el armario lleno de sombra del que surge una poesía que no se comprende con la inteligencia racional, sino de otra manera más intensa, más primaria, más duradera:

como se comprende
un fruto con la boca, una luz con los ojos.


Santos Domínguez

20/12/06

El negro del Narciso



Joseph Conrad.
El negro del Narciso.
Traducción de Antonio Ballesteros.
Espasa. Relecturas. Madrid, 2006.

Faulkner leía El negro del Narciso, como el Quijote, una vez al año. Y Borges solapó en El inmortal una cita del Prefacio de Conrad a esta novela que publica Espasa en su cuidada colección Relecturas, con traducción y prólogo de Antonio Ballesteros.

El negro del Narciso tiene todos los ingredientes de la mejor novela de aventuras y mares, tormentas y amuradas de combés, escotas y arriadas y aproadas de barlovento. Ese léxico lleno de matices y misterio y crea por sí solo una atmósfera de emoción con la que el lector se embarca en la aventura para comprobar que en alta mar espacio y tiempo se confunden, que el espacio lo mide la luz del día y el tiempo lo marca la profundidad de campo en el horizonte.

Pero es mucho más que eso. Es la primera novela en la que Conrad encuentra su propia voz, un narrador en primera persona inconfundible y ventajista que luego utilizaría en Lord Jim o en El corazón de las tinieblas.

Hace más de un siglo, desde 1897, que está navegando este velero que es el verdadero protagonista de la novela junto con el mar. Un barco que es un microcosmos, un universo en escala en el que, como en el otro, las situaciones de riesgo ponen a los personajes al límite de los comportamientos más altos y los más vergonzosos. Conrad conocía de primera mano ese mundo inquietante y complejo que es un barco, porque había cruzado muchos mares a lo largo de dieciséis años enrolado en barcos ingleses.

Por cierto que es una buenísima idea añadir al final tres páginas de ilustraciones imprescindibles para entender el sistema de palos, vergas y botavaras, la distribución del espacio en la cubierta y los 25 tipos de velas que llevaba un velero como aquel Narcissus que navega desde Puerto de Bombay hasta Londres con la perturbadora presencia del negro Wait, gigante y enfermo, a bordo.

Y había comprobado que el mar es indiferente y poderoso, que en aquel mundo ya no cabían los viejos veleros y que las tripulaciones debían luchar contra el mar y contra sí mismos, en defensa de su dignidad y enfrente del vacío. Conrad había formado parte de la tripulación del Narcissus, donde al parecer vivió un episodio que sirvió de base a esta novela.

El negro del Narciso, su tercera novela, no es sólo una narración de aventuras con barco y marinería inquietante, sino algo más ambicioso: un intento de reflejar la esencia de la vida. Y al frente puso un Prefacio que es la reflexión más importante que publicó Conrad sobre su obra y sobre la función de la literatura. En la estela de Henry James, que consideraba que una novela es una realidad compleja que va más allá del mero desarrollo de la historia que transcurre en su superficie, Conrad cree que el novelista debe aspirar a explorar y a reflejar la vida en toda su complejidad y que la misión moral del escritor es la búsqueda de la verdad, una experiencia de intensidad que debe transcender al estilo, a la intensidad de la prosa.

La honra de un escritor- decía Conrad- reside en cuidar las frases como la tripulación baldea y cuida la cubierta, sin esperar más recompensa que el respeto silencioso de sus iguales.

En 1909, con trece obras publicadas, le liquidaban menos de cinco libras por derechos de autor. No sólo había publicado esta novela. Otras como Lord Jim, Nostromo o El agente secreto no le habían servido para lograr el reconocimiento que le vino de una de sus peores novelas, Azar, en 1913. Así son las cosas.

Leer El negro del Narciso, una de las mejores novelas de Conrad, es una experiencia inolvidable, una peripecia que absorbe al lector.

Santos Domínguez

18/12/06

El castillo alto




Stanislaw Lem.
El castillo alto.
Traducción de Andrzej Kovalski.
Funambulista. Madrid, 2006.



En un prólogo que quizá se hubiera entendido mejor como epílogo, un Lem incómodo y consciente de que escribir sobre la propia infancia es una actividad arriesgada, confiesa que se ha apartado de su objetivo inicial para acabar encontrando la voz de un extraño agazapado en el pasado infantil y en los callejones sin salida de la adolescencia:

¿Y el artista? ¿Encuentra lo que busca en el niño, afianzado en el pozo sin fondo de la excesiva libertad?

La literatura es, bien se sabe, cuestión de intensidad. Por eso El castillo alto, la autobiografía de Stanislaw Lem que publica la editorial Funambulista es mucho más que el relato de sus años de infancia y juventud durante el periodo de entreguerras. Como en Habla, memoria de Nabokov, estamos, más que ante un recuerdo organizado o un inventario, ante una narración que invoca a la memoria y a los sentidos, sobre todo a la mirada.

Lem construye de esa manera una narración sin centro, llena por igual de intensidad y de cabos sueltos, en la que el lector queda atrapado y confuso por la extraña mirada del que recuerda olores y objetos, pero no el rostro de su padre, la indumentaria o los atributos de su ejercicio médico, pero no su aspecto o sus gestos o su talante:

Me es más sencillo hablar de los objetos de mis primeros años de vida que de las personas.

Y durante muchas páginas el relato se convierte en la memoria de los espacios, de los sitios, de los objetos, sin que el narrador memorioso caiga aparentemente en la cuenta de esa rareza de no evocar ni recordar a las personas próximas a aquel niño. Estanterías, mesas, baúles, sillones, adornos parecen ser los únicos pobladores de la infancia. Naturalmente, acabarán personificados, sometidos a una inexplicable lógica en la que las ilustraciones de los tratados de anatomía, o los grabados de novelas eróticas, escrutados con clandestinidad de púber, sustituyen a las personas en su niñez solitaria de interiores:

Creía secretamente que los objetos inanimados no eran menos falibles que las personas.

El niño que fue Lem le interesa y le alarma, como alarmaba a su padre la destrucción sistemática de juguetes, unos actos nihilistas dignos de análisis freudianos que explicasen tan pertinaz destrucción de muelles y resortes, maquinarias y artilugios.

Aquellos impulsos destructivos y autodestructivos (Lem fue un niño al que le gustaba jugar a ahorcarse) se fueron templando y canalizando progresivamente, aunque a esas alturas del libro ningún lector se extraña de que aquella criatura que empezaba a ver las primeras películas de cine sonoro sólo recuerde las de monstruos.

Yo fui un monstruo, recuerda Lem. Y hay que darle la razón. Pues sí. Para qué vamos a andarnos con rodeos.

En todo caso aquel monstruo tiene cuando escribe el libro una intensa memoria espacial y sensorial y una evidente capacidad evocadora. Los recuerdos de compañeros de juegos o colegio son una pura memoria de objetos. El autor no recuerda una cara, pero sí una estría en el pupitre, un gramófono o la primera radio. Se enamora de la maestra y no recuerda su aspecto, pero sí sus nudillos golpeando la cabeza del compañero de pupitre.

La etapa adolescente del Instituto es en principio también un recuerdo de indumentarias y pupitres. Aparecen compañeros cuyos rostros normalmente no se recuerdan. Se recuerdan sus manos o sus mochilas. Pero las visiones de interior se amplían al exterior y en él aparece ya la referencia al Castillo alto:

El Castillo Alto era para nosotros lo que el Cielo es para el cristiano. Era el lugar adonde íbamos cuando se anulaba una clase porque el profesor se sentía de repente indispuesto, una de esas sorpresas maravillosas que el destino sólo brinda en señaladas ocasiones.

Y a partir de ese momento aparecen ya las caracterizaciones de personas. Los profesores del Instituto son descritos con mucha viveza de detalles físicos, con sus peculiaridades de carácter y sus manías, en un conjunto de magníficos retratos que recuerdan el expresionismo fellinianio de Amarcord. Es el momento de las primeras lecturas formativas y los primeros pasos literarios que contienen ya premoniciones de su ciencia ficción, la que culminaría en su excelente Solaris.

Pero los objetos vuelven una y otra vez a la memoria:

Entretanto, una caterva de objetos procedentes de mi casa y de las calles por las que caminé están llamándome a voces la atención. ¿Qué ocurre con los objetos y con los adoquines que nos rodean en la infancia para que nos resulten tan mágicos e irremplazables? ¿Desde dónde viene su voz para que dé fe de su existencia después de haber sido destruidos en la guerra y apilados en montones de basura? No mucho después de la época idílica que he presentado en estas páginas, los objetos inanimados fueron envidiados por su permanencia, puesto que día tras día la gente se fue yendo y de pronto todas aquellas cosas se quedaron huérfanas.

Y la memoria sigue mostrando sus limitaciones, sus resistencias, su vida propia:

Y la memoria sigue negándome el acceso allá donde deseo ir, dejándome acceder únicamente a otros lugares y nunca a los que deseo. Estúpida puerta cerrada con llave. Máquina soberana estúpidamente preocupada con su función y su tarea: recordar, preservar indeleblemente, permanentemente. Aunque eso tampoco es cierto. Morirá conmigo, guardián fanático, mísero tirano, burlón, rebelde, duro de mollera, tan invariable y al mismo tiempo tan incierto, despiadado y a la vez sensible, como una masa de carbón con la delicada impronta de una hoja. ¿Cómo puedo entender la memoria? ¿Cómo puedo aceptarla? ¿Redes neuronales, sinapsis, circuitos de McCulloch? No, no hay explicación en este sabio y absurdamente científico sentido; es inútil, hay que dejar que la memoria siga siendo lo que es. La memoria y yo somos un par de caballos que se observan con suspicacia, que tiran del mismo carruaje. Así que vamos allá, inseparable y desconocido compañero mío, mi enemigo, mi amigo.

Así se cierra El castillo alto que era la localización del paraíso efímero de la adolescencia y que sigue representando todo lo perdido y todo lo que persiste todavía en la memoria o en la imaginación en un libro inolvidable, escrito con una extraña mirada, distante y fría. Sale el lector de aquí intranquilo y desasosegado, herido por la primera frase del epílogo, que resume la pudorosa elegía por un extraño en el que pese a todo aún nos reconocemos:

Cuando yo era niño, no murió nadie.


Santos Domínguez

17/12/06

De Keats a Bonnefoy





De Keats a Bonnefoy
(Versiones de poesía moderna)
Andrés Sánchez Robayna (ed.)
Pre – Textos. Valencia, 2006.

Este libro - las palabras son del responsable de la edición, Andrés Sánchez Robayna- recoge un amplio conjunto de versiones de poesía moderna realizadas en el seno del Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna. Fundado en 1995, el Taller se ocupa de cuestiones de traducción y lleva a cabo traducciones de textos definidos por su dificultad o su complejidad estética. Ha traducido, entre otros, libros de William Wordsworth, John Keats, Gustave Flaubert, Samuel Johnson o Paul Valéry mediante nuevos métodos de traducción colectiva, comparada y revisada. Con la edición del presente volumen el Taller celebra diez años de actividad y ofrece al lector un recorrido por algunas obras fundamentales de la modernidad en poesía.

Debería leerse este libro mirando por encima de los debates sobre la vinculación de estas versiones a una determinada concepción poética o sobre la pertenencia de los poetas traducidos a una opción: la de la modernidad frente a la poesía posmoderna. La verdad es que son debates que aburren mucho y aportan poco, más que nada argumentos para espantar al lector.

Los veinticuatro poetas son los que son (podrían haber sido otros veinticuatro) y las traducciones son espléndidas. ¿Qué quiere decir que una traducción es buena? Pues no sólo, ni siquiera en primer lugar, que guarde un respeto irreprochable al original, que eso se da por supuesto, sino que el texto traducido mantenga la consistencia estética del modelo y la fuerza expresiva que se debe exigir a cualquier poema de alto nivel.

El esfuerzo se ha dirigido a ir más allá de la mera versión literal. Si sólo se aspirase a eso, sería mejor hacer las traducciones en prosa, como las que perpetraba Astrana Marín con los Sonetos de Shakespeare. Eso sería, claro está, una mutilación culposa que ignoraría el material sonoro que es un poema. No es sólo una cuestión de ritmo o de sonoridad: la lógica de la prosa y su canalización sintáctica son muy distintas ( ni mejores ni peores: otras) de las que exige el verso.

Esas cuestiones técnicas, que están muy bien, como las peleas de gallos de corral, les son por completo indiferentes a los lectores de este libro, que lo disfrutarán como se disfruta la alta poesía que contiene, vertida en la mejor de las copas posibles.

Y es que desde el primer poema del libro, Ante los mármoles Elgin, de Keats, hasta el último, El libro, para envejecer, de Bonnefoy, la preocupación de los traductores ha sido que el texto desarrolle su música y su construcción verbal.

Con eso debería bastar para que el lector sepa lo que le espera en estas páginas, en las páginas impares en las que se coloca el texto en versión castellana: un centenar de poemas de la modernidad, de Keats a Bonnefoy pasando por Carles Riba, Valéry, Sophia de Mello o Giorgios Sepheris.

Lo demás, peleas de vecindonas y ruido de fondo de una moto que carraspea, queda muy lejos, muy por debajo de la altura de este libro, que desmiente aquella ingeniosa afirmación, no sé si de Monterroso o de Rulfo, de que un dromedario es un camello diseñado en equipo.

Esta vez no, quizá por excepción. Las traducciones, alguna vez colectivas y la mayoría individuales y revisadas por el grupo, han evitado además ese raro efecto de acoplamiento que se produce en algunas traducciones de Octavio Paz o de José Ángel Valente, que sonaban demasiado a la voz o al tono del poeta traductor.

Esta vez el trabajo colectivo muestra sus resultados indiscutibles en la intensidad de las versiones, en la percepción del tono y en la captación del espíritu del texto, de sus hallazgos y sus oscuridades, de sus perplejidades y sus desequilibrios.

El siguiente es sólo un ejemplo, la traducción, ajustada de Bonnefoy que hace Sánchez Robayna, que nos pone el texto, indemne, en castellano:

LE SOIR
Rayures bleues et noires.
Un labour qui dévie vers le bas du ciel.
Le lit, vaste et brisé comme le fleuve en crue.
— Vois, c'est dejà le soir,
Et le feu parle auprès de nous dans l'éternité de la sauge.


ATARDECER
Rayas azules, negras.
Los surcos que se encaran a la base del cielo.
La cama, vasta y rota como el río crecido.
- Mira, se hace de noche,
Y el fuego a nuestro lado habla en la salvia eterna.

El epílogo de Antonio Ramos Rosa (La relación poética en la poesía moderna) es una interesante reflexión sobre la poesía moderna como una experiencia de la palabra y de la realidad, como calcinación de la realidad inexpresable mediante la palabra poética, oscura, órfica y misteriosa.

Un libro irreprochable, editado impecablemente, como es norma en Pre-Textos.

Santos Domínguez

15/12/06

Dibujando la tormenta





Pedro Sorela.
Dibujando la tormenta.
Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare, Saint-Exupéry.
Inventores de la escritura moderna.
Alianza Literaria. Madrid, 2006.


En Dibujando la tormenta, que publica Alianza Literaria, Pedro Sorela recorre la vida y la obra de cinco inventores de la escritura moderna: Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare y Saint-Exupéry.

La vida, la obra y la muerte, porque alguien dijo alguna vez que en la muerte de una persona hay más verdad que en todos los minutos de su vida. Probablemente no sea más que una frase algo tremendista, pero parece pensada para las muertes de algunos de estos escritores: olvidados, como un Faulkner que murió solo, desconocidos como Stendhal o segregados de su entorno como Borges.

Seguramente son, y eso es lo que importa de verdad, sus escritores favoritos. Y son, por ese orden, no por el de la cronología, aquellos que han dejado una huella más profunda en su memoria y siguen actuando con fuerza en su presente de lector y de profesor de escritura.

Porque este es un libro que nace del entusiasmo propio tanto como de las carencias ajenas:

El libro nació el día en que descubrí que ninguno de mis alumnos de escritura sabía quién era Stendhal. No es que no lo hubiesen leído; es que no sabían quién era.

El enfoque globalizador con el que Pedro Sorela integra vida privada y obra literaria debe mucho a la teoría de los polisistemas, al concepto de inserciones temáticas y a la estética de la transmisión y de la recepción. Pero que nadie se asuste: de lo que hablo es del sentido común que huye por igual del formalismo estructuralista y de la hagiografía de las vidas de escritores.

Por eso, porque lo que importa en este libro es el sentido común y el gusto de la lectura, no hay ambiciones analíticas ni términos inasequibles ni pujos academicistas. Al contrario, los lectores de Dibujando la tormenta repasarán la vida y la obra de estos escritores como quien vuelve a un paisaje recordado y vivido.

O como quien tiene la suerte de visitar por primera vez esta escritura de tormenta, la que cambia el paisaje literario y la vida de quienes han leído con algún provecho a Shakespeare, a Borges a Faulkner, a Stendhal, a Saint-Exupéry.

Se conmoverá el lector ante los padres de Faulkner, partidarios de que su hijo se exiliara para paliar la deshonra de La paga de los soldados, su primera novela. O con quienes cincuenta años después creen que Yoknapatawpha es una marca de pudding o una palabra técnica para designar el mal de las vacas locas.

No se sorprenderá demasiado con uno de los oficinistas que trabajaban en la misma biblioteca que Borges, maravillado de ver lo que son las casualidades que hacían que un sujeto del mismo nombre y nacido en la misma fecha y en el mismo lugar figurase en una enciclopedia que había abierto, claro está, por casualidad.

Verá el lector cómo del misterio que es Shakespeare, sobre cuya memoria escribió Borges su último cuento, emerge lo que importa: por encima de su biografía invisible, el enigma de una obra tan poderosa y ambigua como el amor de sus Sonetos.

O a un Stendhal que escribía novelas porque intuía que la condición para escribir una obra maestra es haberla vivido antes. Novelas para una minoría, para aquellos happy few con los que recordaba a Shakespeare. Por cierto, esa minoría (we happy few) la mencionaba Enrique V en Agincourt, no Agincourt (que es una ciudad y una batalla) en el Enrique V.

Y a un Saint-Exupéry que cumplió un siglo después esa profecía y fundió vida y literatura en una sola obra, escrita con el propio cuerpo de gigantón frágil.

Con concepciones literarias muy distintas, aunque comunes en su altura, estos cinco escritores usan de manera muy distinta su experiencia vital. Algunos, como Stendhal o Saint-Exupéry, incorporaban ese material biográfico a su obra; otros, con mejor intención que resultado, intentan ocultarse detrás de su mundo narrativo o recrean en una máscara su imagen literaria. Sea como sea, tiene uno derecho a plantearse algunas preguntas: ¿Hubiera escrito Faulkner lo que escribió y como lo escribió sin su adicción al bourbon? ¿Y Borges, sin sus inhibiciones sexuales y sus bloqueos emocionales? Si Stendhal no hubiera sido un barrigón acomplejado, ¿hubiera escrito el Henry Brulard?

Puede que sí, pero muy probablemente no. Lo razonable es que, de haber sido otros, hubieran sido otros sus asuntos, y los habrían escrito con otro tono y con otro estilo. Y quién sabe si hubieran escrito con vidas más felices. Porque se escribe con la vida y con el cuerpo, mucho más de lo que nos hicieron creer los padres de la estilística.

En Los privilegios, un texto que se suele publicar con sus Recuerdos de egotismo, Stendhal expresa tres deseos, como en los cuentos mágicos:

En primer lugar pide una avanzada longevidad, sin achaques ni sufrimiento; una muerte repentina por apoplejía durante el sueño y sin dolor moral o físico. Y en tercer lugar, movilidad y dureza de dedo índice en la méntula, que deberá ser dos pulgadas mayor que el pulgar y con su mismo grosor, y con capacidad de cumplir dos veces a la semana.

De los tres deseos, que se sepa, sólo se cumplió uno. Stendhal murió a los 59 años, de un derrame cerebral que le dio en la calle. Al parecer, como quería, ni se enteró. De la movilidad y consistencia de la méntula no hay testimonios. O un tiempo pudoroso los ha borrado.

Son los deseos de alguien que vive instalado en la fantasía de la literatura. Y es que este es un libro de literatura y sobre la literatura, no sobre ese sucedáneo que se llama historia de la literatura, que suele oscurecer su verdadero objeto. ¿O es que a alguien en su sano juicio se le ocurriría confundir la medicina con la historia de la medicina o una bicicleta con la historia del transporte?

Si este libro sirve, como debiera, para incitar a la lectura o para provocar la relectura, se habrá justificado el trabajo gustoso que lo sostiene. Si no consigue ese propósito, si no dejara de ser otro sucedáneo, otra reproducción que sustituye a su objeto, al menos le habrá proporcionado a su autor el gusto prolongado de escribirlo.

Y a algunos lectores, unas horas bien agradables, no demasiadas, porque sus casi quinientas páginas se leen con fluida amenidad.

Santos Domínguez