28/2/06

Selección nacional

Miguel Díez R. y Mª Paz Díez Taboada.
Antología comentada de la poesía lírica española.

Cátedra. Crítica y estudios literarios. Madrid, 2005.


Ante una antología el lector avisado, que no siempre es el mejor lector, se planta delante del índice y surgen inevitables, como un resorte, las viejas cuestiones:
¿Por qué este autor y no aquel, que a mí me gusta más?
¿Por qué este texto y no el otro, que a mí me parece mejor o más representativo?
¿Por qué este criterio de selección y no otro de los muchos posibles?

Las preguntas son fáciles y previsibles, las respuestas también. La respuesta, mejor dicho: Porque la antología la ha hecho un lector y va dirigida a un determinado tipo de público.

Lo único que se le puede exigir a una antología es que sea representativa y coherente. Y esta Antología comentada de la poesía lírica española que han preparado Miguel Díez R. y Mª Paz Díez Taboada y publica Cátedra en su colección Crítica y estudios literarios cumple ese requisito. Es una propuesta generosa en páginas y en nombres, una muestra discutible pero coherente y muy representativa de la poesía lírica española desde sus orígenes hasta los años sesenta del pasado siglo.

Los textos van acompañados de comentarios, cortos pero suficientes, para iluminar con inteligencia y sensibilidad unos poemas que quedan situados en esa red de relaciones que teje la tradición. Una tradición que no solo alude a un pasado, sino que se proyecta hacia el futuro. Las relaciones genéticas y seminales de esos textos son las formas de rastrear precedentes, tópicos, recreaciones y secuelas, parodias, imitaciones y homenajes o apropiaciones intertextuales.

De esa manera se proponen tres vías progresivas de acceso a estos poemas: la lectura exenta, el comentario prescindible o iluminador y el establecimiento del tejido que sitúa cada texto en un punto determinado de la tradición.

En definitiva, una propuesta que abre horizontes y caminos al campo de la buena poesía y una invitación a la lírica en estos tiempos malos hasta para la épica.

Santos Domínguez

24/2/06

Neruda y el Winnipeg


Diego Carcedo. Neruda y el barco de la esperanza.
Temas de hoy. Madrid, 2006



A mi patria llegué con otros ojos
que la guerra me puso
debajo de los míos.

Con esos ojos recién estrenados con los que veía el fondo turbio de la realidad, Pablo Neruda organizó la travesía del Winnipeg, un viejo carguero francés que transportó desde Francia hasta Chile a más de dos mil republicanos españoles.
Cuando la hospitalaria y liberal Francia recibía con frialdad, con desagrado y con malos modos a aquellos restos del naufragio de la libertad, solo algunos países de América estuvieron a la altura de las circunstancias.
Hubo que solucionar arduos trámites en Francia para sacar a aquellas personas de campos de concentración vigilados por senegaleses inclementes. Y vencer resistencias en Chile, donde la derecha católica se oponía a recibir aquel barco repleto de españoles derrotados.
Hambrientos, desolados, trastornados por la desesperación, enfermos, al fin pudieron emprender un penoso viaje que entre el 4 de agosto y el 3 de septiembre de 1939 les llevó hasta el puerto de Valparaíso.
Decenas de barcos como este o como el Sinaia o el Stanbrook supusieron para algunos de aquellos exiliados el viaje hacia la libertad, hacia la esperanza en una nueva vida lejos de aquella patria que dejaban atrás.
Como en 1492, unos españoles habían sido obligados por otros a salir de España .
La peripecia la cuenta con rigor y soltura Diego Carcedo en Neruda y el barco de la esperanza, que ha publicado Temas de hoy. En clave de reportaje, con toques narrativos para actualizar aquel pasado, es un libro que se lee con tanta agilidad como emoción. De su tono entre narrativo, periodístico y dramático da cuenta un rasgo significativo en la construcción del relato: el que casi todos los capítulos llevan un título expresivo extraído de algún fragmento dialogado entre los protagonistas de aquellos hechos. La agilidad del texto no se limita solo a su temple narrativo, basado en una documentada investigación, sino que se extiende a sus saltos espaciales: de Madrid a Santiago de Chile, de Isla Negra a París, el lector asiste al desarrollo de unos hechos de trama compleja, en los que se vieron implicados muchos intereses y personajes de lo más variado.
La espera en el embarcadero en medio de una desesperante lentitud burocrática, la intensidad de la desolación que se confundía con la intranquilidad de la expectativa.
Y por fin el viaje. Un viaje de un mes hacia el oeste. Como en 1492, un viaje hacia lo desconocido entre la miseria y la esperanza de un nuevo mundo, de una nueva vida:

Todos fueron entrando al barco.
Mi poesía en su lucha había
logrado encontrarles patria.
Y me sentía orgulloso.
[...]
Yo sentía en los dedos las semillas de España,
que rescaté yo mismo y esparcí sobre el mar,
dirigidas a la paz de las praderas.

Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie, escribió Neruda muchos años después en Para nacer he nacido.

Santos Domínguez

22/2/06

Meléndez Valdés. Obras completas



Juan Meléndez Valdés. Obras completas.
Edición, introducción, glosario y notas de Antonio Astorgano Abajo.
Cátedra. Biblioteca Avrea. Madrid, 2004.


Como siempre, cuando se trata de los libros de la colección Biblioteca Avrea de Cátedra, nada mejor para abrir boca que el texto de la solapa:
Don Marcelino Menéndez y Pelayo calificó las odas de "La paloma de Filis" de «treinta y tres lúbricas simplezas, cuya lectura seguida nadie aguanta». Menéndez Pelayo era propenso a la exageración, y así no es de extrañar que Ortega lo definiera como «el señor que exagera». Cabe preguntarse si a Menéndez Pelayo las odas de Meléndez le perturbaban por «simplezas» o por «lúbricas». Tal vez le molestaba sobre todo que, como fiscal, dijera que «no es religión todo lo que se cubre con su manto», y acaso por ello lo incluyó en su "Historia de los heterodoxos".
Meléndez, conocido solo a golpe de manual, ha pasado por ser el poeta de los «ricitos» y los «lunarcitos». Pero también es el poeta que evoca «las sombras de las pasadas dichas» y conoce la fugacidad de las cosas humanas: «Así se abisman nuestros breves días / en la noche del tiempo»; el que dice a las flores: «O naced más temprano, / o no acabéis tan luego»; el que, cantando «la paz y los amores», pide la soltura y la independencia de la alondra. En su poesía hay ecos de Fray Luis en versos como «¡Oh campo!, ¡oh soledad!, ¡oh grato olvido!»; acentos de Quevedo en otros: «¿Cómo de entre las manos se me ha huido…?», o «Humo los años fueron»; y lo mismo se perciben en él aspectos rusonianos («naturaleza es mi libro»), que atisbos de Espronceda y aun de Bécquer. Recoge la vieja doctrina del hombre como «mundo abreviado», denuncia las desigualdades («uno devora / la sustancia de mil»), y hasta sabe que el corazón humano es un «laberinto oscuro».

Los rasgos más acusados del carácter y de la obra de Meléndez Valdés -al que se llamó Dulce Batilo- son su afectividad y sensibilidad, entendidas no sólo como propensión al sentimentalismo, sino también como apertura y permeabilidad a las distintas influencias humanas, políticas y literarias. Este último aspecto es el que le permite a nuestro poeta estar abierto a las diversas corrientes poéticas de su tiempo y reflejarlas en las distintas líneas en las que se desarrolla su obra.
Junto con la suave poesía anacreóntica y bucólica que le ha dado la fama y se emparenta en su morbidez con el Rococó, conviven en la obra de Meléndez la poesía civil, filosófica y moral características del Neoclasicismo, y la tendencia humanitaria del Prerromanticismo.
La poesía anacreóntica fue una de las direcciones más frecuentadas por los poetas dieciochescos. Pero ninguno como Meléndez la prodigó tanto en cantidad y calidad. Poesía de los sentidos y del amor, inspirada en modelos clásicos grecolatinos y ambientada en el marco de una naturaleza idealizada, amable y tópica, sus Odas anacreónticas constituyen la mejor manifestación de tal género.
La visión de la naturaleza va evolucionando en estas composiciones desde la contemplación puramente descriptiva hasta una interpretación melancólica y sentimental que aparece en las Elegías morales y anticipa ya el enfoque romántico.
Esa línea se relaciona también con el humanitarismo y la filantropía de los ilustrados y abre el camino de la poesía moral y filosófica. Esta tendencia, discursiva y prosaica, que se va acentuando en la madurez del poeta y se concreta en sus Epístolas y Discursos, ha sido poco valorada por la crítica en la obra de Meléndez. Sin embargo, pese a su discutible calidad, esa poesía ilustrada no carece de interés porque refleja significativamente las preocupaciones sociales, morales y filosóficas del Setecientos. La misma complejidad de actitudes que se aprecia en los temas de su poesía se percibe también en el estilo, el léxico y el uso de la versificación, que desarrollan una amplia gama de posibilidades que van de lo sensual a lo prosaico, de lo lacrimoso a lo filosófico, y del verso corto y ligero -que Meléndez manejó con soltura y maestría- al solemne endecasílabo blanco.

Pero no olvidemos su prosa. El extenso Expediente relativo a la reunión de los hospitales de Ávila es una muestra de los ideales de la Ilustración en lucha contra las mezquinas resistencias egoístas que maquinaban contra el interés general en defensa de sus lucros pequeños.
Ni sus cartas, sobre todo las dirigidas a Jovellanos, que nos muestran el lado más cercano y afectivo de Meléndez.
Aquí y en los Discursos forenses se nos revela el hombre comprometido que fue Meléndez Valdés, su integridad ética, su modernidad y su altura intelectual. Como los mejores hombres del XVIII, su voluntad reformadora y su exigencia intelectual, ejercidas desde la cátedra y la magistratura, chocaron con el oscurantismo y acabó sufriendo la persecución y el destierro.

Todo eso y más se puede encontrar en esta edición de la Obra completa de Meléndez que ha preparado Antonio Astorgano.
Cátedra anuncia en esta misma colección la publicación inminente de la obra de Espronceda, el extremeño accidental que no siempre se acercó a la talla moral de su paisano.

Santos Domínguez

20/2/06

El aturdimiento



Jöel Egloff. El aturdimiento.
Lengua de Trapo. Otras Lenguas. Madrid, 2006


Jöel Egloff (1970) se ha convertido con sus cuatro novelas publicadas hasta ahora en un referente de la nueva narrativa francesa. Edmond Ganglion e Hijo, Los asoleados y Qué hago aquí, sentado en el suelo son las novelas anteriores a El aturdimiento, que publica, como las otras, Lengua de Trapo.

Una novela en la que el humor negro, la sorpresa hilarante y una mordacidad corrosiva trazan el retrato posapocalíptico de un mundo que chapotea en las ruinas de la modernidad, en los vertederos del desarrollo. Como un Camus pasado por Buster Keaton, con personajes de Beckett filtrado por Javier Tomeo, a cuyas novelas me ha recordado esta.

Cuando sopla el viento del Oeste, huele como a huevo podrido. Cuando viene del Este, se nos agarra a la garganta una especie de olor a azufre. Cuando llega del Norte, se nos echan encima nubes de humo negro. Y cuando se levanta el viento del Sur, lo que por suerte no ocurre muy a menudo, huele simple y llanamente a mierda, no hay otra palabra.

Ese es el primer párrafo de El aturdimiento. Con él se puede hacer idea el lector del panorama y del tono directo de esta novela corta, que nos introduce de golpe en ese universo plomizo visto con una mirada tan cáustica como la materia ácida de ese mundo, cubierto siempre por una niebla malsana.
Un paisaje de escombrera y descampado, el vertedero donde tienen su paraíso terrenal las gaviotas, entre zarzas y ortigas, bidones y chimeneas, postes y aviones.
Y unos personajes que llevan en su organismo metales pesados, mercurio en vena y plomo en el cerebro.
Un narrador-protagonista que brilla en la oscuridad, tiene la orina azul y evoca una niñez arcádica entre charcos de aceite y valles con desechos de hospital, una pubertad con mermelada de neumático y baños veraniegos en las aguas residuales de la depuradora y primeros amores bucólicos entre la chatarra y los asientos desvencijados de un desguace.
El hombre trabaja en un matadero entre gritos, ríos de sangre, vísceras y convulsiones; sus recuerdos tienen el aspecto de las aves petroleadas en las mareas negras y aclaradas con lluvias de queroseno de avión.
Le gusta su trabajo, pero lo que más, la conversación de las chicas de calendario que tienen en la zona de los vestuarios.
No hay mar en sus veranos, pero sí gaviotas, las de la depuradora. Y un río. Un río que hace espuma y en el que los peces pican sin cebo porque lo que quieren es salir al aire, donde se respira mejor y se les alivia el escozor.
Un mundo absurdo y descoyuntado pero exento de dramatismo, descrito con la distancia de la ironía y sin cinismo. Los que han visto Delicatessen, la película de Caro y Jeunet, saben de qué hablo.
Los que admiran al Eduardo Mendoza más ácido, y a Javier Tomeo encontrarán aquí un pariente cercano de esos novelistas.
Y, como ocurre con ellos, se sorprenderá pasando páginas y páginas con una carcajada, incluso ante escenas sangrantes e incisivas, en esa ciudad mutante que es el lugar de todas las aceptaciones y de todas las resignaciones, con personajes que tienen una mínima conciencia de su existir, víctimas anestesiadas de un aturdimiento que les impide reaccionar.
Poco a poco el libro se ensombrece y sobre él va cayendo una niebla malsana y espesa. El tono de los párrafos finales ya no es el mismo. Camus se ha impuesto a Pablo Tusset:
Aquí las mañanas no se parecen a la idea que se tiene de una mañana. Quien no está habituado ni siquiera se da cuenta de que se ha hecho de día. La diferencia con la noche es sutil, hay que tener vista. Es sólo un tono algo más claro. Ni los gallos viejos las distinguen ya.

La traducción de Tamara Gil Somoza, agilísima y meritoria. No se nota, que es lo mejor que se puede decir de una buena traducción.

Santos Domínguez

17/2/06

Los girasoles ciegos



Alberto Méndez. 
Los girasoles ciegos
Anagrama. Barcelona, 2004

Hay libros que en un sentido estrictamente comercial no son novedad, pero no dejan de estar presentes en la mente y en el corazón del lector desde que accede a ellos por primera vez.

Ese es el caso de Los girasoles ciegos, que se publicó hace ahora un par de años y que ha tenido una acogida cada vez más amplia avalada por varios premios, el Setenil al mejor libro de relatos de 2004, el Nacional de Narrativa o el de la Crítica.

Una obra, la única, de Alberto Méndez, que justifica toda una vida. Tiene alguna relación con otros libros sobre la guerra civil y sus consecuencias: El lápiz del carpintero, Soldados de Salamina, La voz dormida. Pero sería una simpleza y un puro tópico quedarse aquí.

Este libro es mucho más que eso. Este es un libro que, como la bala que deja una cicatriz en la cabeza de Carlos Alegría, deja marcado al lector para siempre.

En más de un sentido, es esta una obra única. Uno de esos libros que le tiran a uno del brazo una y otra vez para plantear incertidumbres y preguntas desde un espacio y un tiempo en el que se confunden los vencedores y los vencidos, los vivos y los muertos, la realidad y la ficción, la historia y el relato como dos subgéneros de la memoria. De la memoria de una irreparable derrota, evocada con la desolación de quien sabe que todos somos perdedores.

Juan Soriano, el pintor que murió hace poco, decía que en la obra de arte nada tendría valor sin la muerte. Son palabras que parecen pensadas para un libro como Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, que murió poco después de publicarlo. Una obra que, no solo por eso, nos viene literalmente del mundo de los muertos, desde que en la primera página el lector oye la cadencia litúrgica de los obuses sobre un Madrid a punto de rendirse.

Una obra en la que cada palabra está escrita como si fuera la última que se escribe, como si fuera la última palabra que el lector lee. Este es un libro que corta la respiración, un libro que en sus ciento cincuenta páginas tiene una intensidad desusada, propia de la alta poesía, una densidad tal que sería insoportable en un libro de mayor tamaño.

Por eso el lector pide constantemente treguas, porque este es un libro que se lee con la médula, como decía Nabokov que se leen los grandes libros.

Los girasoles ciegos es un ciclo de cuatro relatos que, pese a admitir la independencia de la lectura exenta, están vinculados entre sí por el tema de la derrota, que aparece secuenciada en las cuatro derrotas que se articulan en un eje temporal que abarca de 1939 a 1942.

Otros vínculos unen el primero y el tercero de los relatos en la figura del rendido Carlos Alegría, que comparte la cárcel con el protagonista del tercer relato, Juan Senra.

Entre el segundo y el cuarto, la vinculación la establece el personaje femenino de Elena, amante del poeta adolescente, madre del niño que muere, e hija del republicano oculto del último relato, que da título al
volumen.

Título y tono, porque, con distintas técnicas y desde distintas perspectivas, otro de los hilos de Ariadna con que se teje este tapiz es ese: el de la desorientación en la que se mueven las criaturas que los pueblan.

Se cuentan aquí cuatro derrotas, cuatro historias de perdedores, pero el libro va más allá y abre constamente incertidumbres.

¿Qué es un vencido por el vencido?, se pregunta el capitán Alegría después de rendirse, el día de la victoria, a los perdedores, a los que van a rendirse a las pocas horas. No es un desertor, no es un traidor, sino un rendido, un vencedor que renuncia a serlo. Un vencedor vencido, un muerto vivo, alguien que está en los dos lados de la realidad. Alguien que gana una guerra y la pierde el mismo día.

Y si pierdo la ira, ¿qué me queda?
, dice el personaje que en el segundo de los relatos escribe con la seguridad y la intensidad de quien sabe que lo que escribe se va a leer después de su muerte.

Como las páginas de ese diario, estos son textos escritos al límite, en la frontera de la vida y la muerte, en la raya que separa al personaje y al mundo, entre la verdad y la mentira, entre la compasión y el remordimiento, la rabia y la distancia.

¿Cómo se mata a un muerto? es la pregunta que da la clave del tercer relato, en el que un preso retrasa, como Sherezade, el día de su muerte con la invención de historias.

-¿A quién escribes? ¿A tu hermano? - Hacia mi hermano, que no es lo mismo.

Eso contesta el personaje central de esa tercera derrota, El idioma de los muertos.

Y así se escriben también estos relatos: hacia el lector, como una flecha. Porque en ellos cada palabra está tensada al límite como un arco de resentimiento que lanza estas derrotas como flechas contra la conciencia y contra el olvido para construir un libro polifónico, en el que las voces de los vivos y los muertos se conjuran, donde se condena al que condena y se vence al vencedor, con palabras rozadas por la muerte, como la bala roza el cráneo del capitán Alegría, porque, como se dice en uno de los relatos, nadie miente para morir.

Los muertos no ganan las batallas, dice el clérigo lúbrico que en el cuarto relato, el que da título al libro, se convierte en uno de los narradores retrospectivos de una situación vergonzosa. Dotado de una característica impostación del lenguaje para encubrir la realidad, ese frailón es el acosador untuoso de Elena, la madre de Lorenzo, la mujer de un topo escondido en un armario, de un profesor de Literatura del Beatriz Galindo anclado en la memoria del miedo y abocado al vacío.

He aprendido que la Luz y el Dolor forman parte de la misma incandescencia, dice ese personaje despreciable, en la bruma del arrepentimiento tardío y del remordimiento cínico.

Y eso, un calambre provocado a la vez por la belleza y el dolor, es lo que experimenta el lector de este libro inolvidable.

Un libro que, como las balas, el valor y el miedo, corta la respiración.

Santos Domínguez

15/2/06

París, 1919


Margaret MacMillan. París, 1919. Seis meses que cambiaron el mundo. Tusquets Editores. Barcelona, 2005.

Como los buenos libros de historia, éste de la profesora MacMillan aclara tantos aspectos del pasado, como revela preocupaciones de nuestro presente. En la primera mitad del año 1919 los mandatarios de las potencias vencedoras en la Primera Guerra Mundial se reunieron en París con el objetivo de diseñar un nuevo mundo, pues pensaban, con razón, que el viejo acababa de hundirse.
Lloyd George, primer ministro británico y Clemenceau su homólogo francés se reunieron en París bajo la tutoría del presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, que acudía a Europa pertrechado con sus famosos catorce puntos, auténtica “hoja de ruta” que con unos cuantos simples principios perseguía una reordenación cartesiana del mundo que iniciaría con ello una larga era de paz, prosperidad y libre comercio.
La profesora MacMillan pasa revista a la personalidad de estos personajes y a sus motivaciones, Lloyd George dispuesto a cualquier cambio que mantenga la supremacía naval de Gran Bretaña, el enérgico anciano Clemenceau convencido de que la seguridad de Francia dependía del debilitamiento de Alemania por el medio que fuese, el bienintencionado (e ingenuo) Wilson que llega a París como un nuevo Moisés convencido de que sus catorce puntos son la fórmula magistral que curará todos los males, y poco dispuesto a admitir que la realidad le estropease su magnífico programa.
El plan de Wilson incluía un rediseño de las fronteras europeas y de buena parte del mundo usando como criterio la coincidencia entre fronteras estatales y nacionales, criterio cuando menos discutible, pero que además no siempre se llevó a cabo, como en el caso de Alemania, para perjudicarla y que no se convirtiese en un estado aún más poderoso; o como en el caso de Polonia, para fortalecerla y que actuase como contrapeso oriental de Alemania y tapón contra los bolcheviques; o como en los multiétnicos y confusos Balcanes, simplemente porque era imposible.
Fuera de Europa, el nacimiento de un Irak donde se mezclaron sunitas, chiítas y kurdos; o de una Palestina donde se autoriza el nacimiento de un “hogar” judío en medio de un mar de musulmanes, ilustran el sentido de las decisiones tomadas en París.
Otra de las propuestas de Wilson fue la creación de un organismo internacional, la Sociedad de Naciones, que velaría por la paz mundial, y de la cual no formarán parte Alemania, la Rusia Bolchevique y, sorprendentemente, los Estados Unidos de América, lo que da una idea de la efectividad de esta organización en los convulsos años de entreguerras.
A pesar de esto la profesora MacMillan no echa la culpa (al menos no toda) de la Segunda Guerra Mundial a los diseñadores de la paz en 1919 como han hecho muchos historiadores; sino que incluso relativiza el papel que la “humillación” de Alemania en el Tratado de Versalles pudo tener en el ascenso al poder de Hitler.
Los negociadores de París quizás tomaron algunas decisiones erróneas como rodear Alemania de estados débiles que serán luego fáciles presas del expansionismo nazi, o despreciar el papel de Japón en el mundo, pero hay que reconocer que se enfrentaban a una tarea descomunal, crear un nuevo orden planetario partiendo de los escombros y cenizas de un mundo, el Mundo de Ayer, de Stefan Zweig, en el que con las palabras del propio escritor austriaco estaban emergiendo unas ideologías temibles: “el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea.”

Jesús Tapia Corral

Casticismo, nacionalismo y vanguardia


Ernesto Giménez Caballero. Casticismo, nacionalismo y vanguardia (Antología, 1927-1935)
Selección y prólogo de José Carlos Mainer.
Obra fundamental. Fundación Santander Central Hispano. Madrid, 2005.


La fundación Santander Central Hispano viene recogiendo desde hace unos años en su colección Obra fundamental y en ediciones muy cuidadas, una serie de obras de autores hispánicos contemporáneos. Se trata en casi todos los casos de recuperar o redescubrir textos hoy inencontrables de escritores que sufren un olvido a veces injusto, que los relega a la sombra de la biblioteca especializada o a la rareza de la librería de lance.
Aquí han ido apareciendo la poesía y los ensayos de Gastón Baquero, la poesía y la prosa de Antonio Espina, una antología en dos volúmenes de los poetas del novecientos, una antología de la obra literaria de Ramón Gaya o la obra crítica de Díez Canedo.
Esa voluntad de recuperación y divulgación no se limita al ámbito de la edición tradicional, sino que busca un nuevo cauce de difusión en el cada vezmás frecuentado mundo de la digitalización y la edición en la red. En concreto, las obras de esta colección pueden leerse en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes a los pocos meses de su aparición en las librerías.

Renunciamos ahora a valorar si el olvido de Ernesto Giménez Caballero (Gecé, como firmaba sus artículos) es el producto lógico y aun deseable de la decantación del tiempo sobre la literatura y la memoria. Lo que no admite discusión es que se trata de una figura crucial para entender el sesgo característico de las vanguardias en España, a través de La Gaceta Literaria y de invenciones como los epiplasmas de Julepe de menta o Yo, inspector de alcantarillas.

Gecé fue un personaje contradictorio y poliédrico, reflejo de esa modernidad que Jean Clair definió como el fruto perverso del irracionalismo romántico, que acabó confundiendo vanguardia futurista y fascismo y mezclando en un magma indigerible tradición y novedad.
La antología de textos que se recogen en este volumen de título contradictorio se limitan al momento más creativo de su autor, el comprendido entre 1927 1935. La selección la ha realizado José Carlos Mainer, al que se debe también el excelente e inmisericorde prólogo que es seguramente lo más provechoso e interesante del libro.
Giménez Caballero o la inoportunidad se titula esa introducción, en la que se nos presenta a un escritor en el que conviven tendencias diversas y contradictorias: desde la inquietud espiritualista de Unamuno al histrionismo ultraísta de un Gómez de la Serna, pasando por el nacionalismo tradicionalista de Azorín o la voluntad de inmolación del grupo del 36.
Con esa mezcla explosiva se construye poco más que un petardo. Y a partir de ahí, provocador e iconoclasta, camisa azul delirante, a veces insolente y a veces servilón, Gecé es un superviviente de sí mismo.
Muerte y resurrección de los toros, Resurrección y muerte de las castañuelas, Cuadrangualción de Castilla o San José. Contribución para una simbología hispánica son los títulos de algunos de estos textos, que, tan chocantes y llamativos como su autor, brillan más en el título que por dentro.
A Gecé le deslumbraba el brillo de los títulos, y no solo de los títulos de los libros. Y es que el problema de Gecé, uno de ellos quiero decir, es que con demasiada frecuencia el ingenio y la chispa suplantan la consistencia del texto, la inexistente profundidad de la reflexión.
Agudeza y arte de ingenio en el que brilla, en su funda dorada, el colmillo retorcido del autor, que es unn buen prosista, el tío carnal de Umbral, que lo ha retratado con despego de familiar indispuesto en varias de sus novelas/nivolas, aunque sea para llamarlo, como en Leyenda del César visionario, "el Groucho Marx del nuevo Estado."

Santos Domínguez

12/2/06

Un episodio internacional




Henry James. Un episodio internacional.
Traducción de Gabriela Díaz. Postfacio de Max Lacruz.
Editorial Funambulista. Madrid, 2006.


Entrar en un libro de Henry James es aceptar un reto de sutileza, inteligencia y humor para salir de él con sentimientos encontrados de satisfacción y perplejidad, porque el viejo zorro siempre se guarda un as en la manga, un final inesperado para demostrar que es él quien manda.

Eso es lo que pasa también con Un episodio internacional, la novela corta que acaba de publicar por primera vez en castellano la editorial Funambulista en su colección Los Intempestivos.
En la temporada de las sandías y los ingleses, dos personajes llegan desde Londres a un Nueva York asfixiante que parece un distrito del infierno. Ahí se inicia una peripecia que les lleva luego a un Newport más soportable.
Irán apareciendo americanos hospitalarios y acogedores. Y mujeres como Bessie Alden, casi una bostoniana, uno de esos personajes femeninos tan rematados, tan admirables e independientes como la Isabelle Archer del Retrato de una dama.
¿Y de qué se trata? De la sutileza. De dos mundos, de dos paisajes, de dos temperaturas, de dos comportamientos, sabiamente narrados y descritos. Algunos ingleses se dieron por aludidos y se ofendieron con esta obra. No era para menos. Henry James sonríe siempre, pero es implacable con sus personajes y con la realidad.
Es muy discutible que esta sea una obra menor. Estamos aquí ante el mejor Henry James, ante el viejo león de la narrativa que absorbe y libera al lector como la luz de gas que se proyecta en la acera de un hotel del Nueva York al que nos traslada el primer capítulo de los seis que tiene esta pequeña obra maestra. El Henry James irónico y distante desde el título de un relato como este, de gran agilidad narrativa, de enorme eficacia en el diseño de los personajes, de nombres significativos (Lord Lambeth, miss Westgate) sobre los que solía reflexionar en sus cuadernos de notas.
Uno detesta especialmente las grandes palabras y las palabras cursis. Deliciosa es una de esas palabras. Tiene un toque de lilas que me parece particularmente cargante. Pero no encuentro otra palabra más exacta que esa para definir esta novela corta, llena de matices y de refinada inteligencia.

Leer una novela de Henry James es, con frecuencia, entrar en un salón social con lámparas lujosas y alfombras persas y cortinas de terciopelo rojo. Es oler el humo de los cigarros, oír el tintineo de las copas y el murmullo de las conversaciones amortiguadas y educadas, llenas de matices y sutileza, subrayadas con gestos comedidos y miradas de inteligencia mientras suena al fondo la Barcarola de Los cuentos de Hoffmann.
Emparentada con Los europeos y con Retrato de un dama, Un episodio internacional es, como otros relatos y novelas cortas de James, el laboratorio de sus novelas mayores. Aquí, como avisa Max Lacruz en el postfacio, se esbozan temas, actitudes y caracteres que aparecerán en Las bostonianas y culminarían en La copa dorada.

Lo decíamos arriba. Un episodio internacional no es lo primero que Funambulista ha rescatado para el lector español. Diario de un hombre de cincuenta años, El mentiroso y ¡Pobre Richard! son las anteriores entregas de una Biblioteca Henry James, en la que los lectores seguirán encontrando la lección del viejo maestro. Tendremos ocasión de hablar de ellos más adelante.

Santos Domínguez

10/2/06

Ruth Matilda Anderson

In the lands of Extremadura: Ruth Matilda Anderson’s photographs of Western Spain for the Hispanic Society. En tierras de Extremadura: las fotos de Ruth Matilda Anderson para la Hispanic Society . New York: The Hispanic Society of America. MEIAC. Badajoz, 2004.

Que una imagen vale más que mil palabras es idea tan repetida que a veces se olvida su exactitud.
Y para recordar su certeza hay que mirar un libro monumental en muchos sentidos como En tierras de Extremadura, el catálogo de una magnífica colección de 222 fotografías realizadas por Ruth Matilda Anderson’s para la Hispanic Society entre enero y abril de 1928.
Lo editaron conjuntamente esa institución de EEUU y el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo, con el patrocinio del Ministerio de Cultura y la Junta de Extremadura.
La exposición pasó de Badajoz a Nueva York, en donde se acaba de clausurar el 5 de febrero.
Las imágenes se reproducen en un libro de gran formato y son tan elocuentes, describen tan gráficamente la realidad durísima de aquella Extremadura de hace ochenta años que constituyen un documento excepcional, una recuperación agridulce del pasado. De un pasado en el que pesa más la impresión de atraso pavoroso que la melancolía. No son estas fotografías para mover a eso. Nada que echar de menos, mucho que lamentar desde un presente en el que parece que no han pasado ochenta años, sino ochocientos desde aquellas imágenes.

Trabajos, fiestas y costumbres, tipos y vistas son los ejes en torno a los que se articulaban la exposición y el catálogo de estas muestras fotográficas que unen a su extraordinario sentido plástico y artístico, un valor añadido: el del testimonio documental, más expresivo que mil palabras para conocer aquel pasado, aquella Extremadura en blanco y negro, menos añorada que dolorosa y hoy afortunadamente superada.
Y es que hasta en las imágenes más inocuas se ha colado de rondón algún detalle significativo, alguna muestra del atraso y la miseria.
Al fondo de esa Extremadura hay un casino y a su puerta un limpiabotas se afana en sacarle brillo al zapato del señorito. O calles inmundas llenas de barro y desperdicios. Y niños descalzos y sucios que pisan los charcos. Demasiados niños descalzos y demasiado sucios.
Es inevitable recordarlo. Muchos años después, Alberti escribiría sobre los niños de Extremadura, sobre los niños descalzos de Extremadura. Y se preguntaría, como el conmovido espectador de esas fotos, quién les quitó los zapatos.
Y después de esto, todavía algún animal melancólico vendrá a insinuar que aquellos niños eran más felices.


Santos Domínguez

8/2/06

Cambio de destino


Jon Juaristi. Cambio de destino. Seix Barral. Barcelona, 2006

Después de convocar a la memoria como uno de los nombres de la imaginación, Jon Juaristi se mueve en este recién publicado Cambio de destino, como en su poesía, entre lo elegíaco y la ironía, entre la visceralidad y la distancia.
Con ese enfoque se inicia el recuento de episodios que construyen una vida privada con sus contradicciones, sus dudas y sus seguridades. Eso es lo que pasa en las algo menos de cien páginas que ocupan los dos primeros capítulos, escritos con soltura y fluidez casi novelística. Hay algo profunda y cordialmente barojiano en esas primeras páginas, en esa maquinaria narrativa bien engrasada que, como las novelas de don Pío, es también un tranvía, con sus bandazos, su anacronismo y sus apreturas.
Ahí aparecen las historias familiares, la infancia, el bachillerato en un colegio del Opus, en una evocación hecha con disimulado afecto, con distante pudor, con suave tinte melancólico.

Hasta que se llega a las efervescencias mesiánicas, a la militancia en ETA, a la vida pública. Ahí empieza el ajuste de cuentas del autor consigo mismo, con los demás, con el mundo. A partir de ese momento la ironía de fino estilista deja paso a la marrullería del duro fajador que cae en un lenguaje impropio de su talento, en el insulto o el exabrupto destemplado, en excesos que no son normales aunque sean frecuentes en las conversaciones tabernarias o en las tertulias episcopales.

Ese lenguaje puede esperarse de algunos conmilitones (de entonces y de ahora) de Juaristi, gente que no da más de sí que la coz mular o el pellizco monjil. Pero no de él, que fue director de la Biblioteca Nacional y del Instituto Cervantes y ha demostrado capacidades sobradas para manejar –hace ya demasiado tiempo, es verdad- una esgrima más refinada, sobre todo en su poesía y en sus primeros ensayos.

Estos años de plomo hasta la derrota final (es Juaristi el que titula) son años de rabia elemental enquistada, de resentimiento creciente, de aislamiento progresivo, de metódica huida hacia ninguna parte.

Lástima que estas memorias, este ajuste de cuentas, lejos de abrir un proceso de reconciliación con el pasado, con los otros y consigo mismo, iluminando la realidad o reinventándola incluso, sirvan para que su autor se distancie cada vez más de sí mismo y de los demás con un enconamiento y un rencor que se retroalimentan, en vez de hacer una purga del corazón que es lo que parece pedir a voces.

Lo peor de todo es que ese sesgo que da el libro a partir de un determinado momento no solo afecta al enfoque de la realidad, sino al estilo, que se hace espeso y anguloso y gris, como la materia visceral con la que escribe.

Cambio de destino ha titulado el libro Jon Juaristi. Cambio de estilo también hubiera servido para titularlo y sería quizá más coherente con el contenido de estas memorias escritas cuesta arriba.

Santos Domínguez

6/2/06

Rascacielos de marfil


Escuela Contemporánea de Humanidades
Los rascacielos de marfil. Creación e innovación en la sociedad contemporánea.

Desórdenes. Biblioteca de Ensayo. Lengua de Trapo. Madrid, 2006.


Ensayo sobre la falta de oficio es el subtítulo del texto Crear de la nada, que firma José Luis Pardo y abre un conjunto de once artículos sugerentes y profundos que la Escuela Contemporánea de Humanidades publica en Desórdenes, la biblioteca de ensayo de Lengua de Trapo.

La Escuela Contemporánea de Humanidades reúne desde el año 2000 a un grupo de intelectuales y creadores procedentes de distintas disciplinas para reflexionar sobre las transformaciones que se están produciendo en esta nueva sociedad global. Ya han aparecido otras dos muestras de esta labor en El buscador de oro y en Ciudades posibles. Los rascacielos de marfil es la tercera entrega del grupo.

El volumen, precedido de un prólogo del editor, José Luis González Quirós, en el que se resumen las aportaciones de los diferentes capítulos, recoge las reflexiones de Gonzalo Abril, Juan Arana, Wenceslao Castañares, Juan Luis Conde, Alejandro Gándara, Jesús de Garay, José Luis González Quirós, Jorge Lago, José Antonio Millán Alba, José Luis Pardo, Jaime Repollés y Dubán Urbina.

La libertad creadora como atributo humano, las relaciones complejas entre creación poética y poder político, industria cultural y público, la función del arte y del lenguaje simbólico en el mundo actual, la situación histórica de la pintura, la construcción de espacios arquitectónicos o el poder creativo de la imagen en el arte y en la publicidad, la relación entre creatividad y la locura...
Esos son solo algunos de los temas que se abordan en este asedio intenso al concepto de creatividad y de creación, es decir, al proceso y al resultado de los procesos artísticos y del pensamiento.

Pero es esta una obra, digámoslo ya, que se dirige a un lector culto no especialista al que se le ofrecen antes propuestas que respuestas y se le sugieren caminos en una invitación constante a la reflexión y al análisis.
Caminos que se abren ante los ojos y la mente del lector, que encontrará en estas páginas lo mejor que puede ofrecer un libro: un incentivo a la inteligencia, un acicate para la curiosidad y para la exploración de la forma más dinámica de un mundo cambiante y problemático: la creatividad en la cultura.

Propuestas audaces para lectores inteligentes.

Santos Domínguez

5/2/06

El fin de la pobreza


Jeffrey Sachs. El fin de la pobreza. Debate. Barcelona, 2005.

El fin de la pobreza, del profesor Jeffrey Sachs, es un ensayo que contiene en sus más de 500 páginas un auténtico manual de economía explicando como podrían salir extensas zonas del planeta de la extrema pobreza. Pero es además una obra militante, pues Sachs no es sólo un teórico (como muchos de los ejecutivos del Fondo Monetario Internacional a los que critica) que desde su torre de marfil diseña un plan económico supuestamente infalible que al final acaba estrellándose con la terca realidad. Sachs conoce de primera mano amplias porciones de América del Sur, Asia y África y nos cuenta en clave autobiográfica sus primeros contactos en países de esas zonas, y cómo al llegar sobre el terreno con todo su bagaje intelectual de economista de Harvard, se daba cuenta de que había diseñado un plan para reactivar un país del que no conocía prácticamente nada. Una primera conclusión de Sachs es que no hay una receta única para salir de la pobreza válida para todo el planeta.
Tampoco ahorra críticas a aquellos economistas que piensan que la solución única para cualquier economía, ya se trate de un país rico, en desarrollo o de pobreza extrema, sea ordenar el sistema monetario y abrirse al comercio internacional y a la competencia en general. Sachs utiliza la metáfora de la escalera: el desarrollo económico es algo que se logra peldaño a peldaño, y ahora mismo hay países en la tierra que son incapaces de poner un pie en el primer escalón. Y necesitan ayuda.
Estos países incapaces de iniciar su desarrollo económico son aquellos en los que una alta proporción de sus habitantes vive con menos de un dólar al día. Esos estados se encuentran principalmente en el continente africano y el profesor Sachs, desbaratando algunos tópicos nos explica por qué, sin caer en el determinismo geográfico: las enfermedades (la malaria y el SIDA, principalmente), las malas comunicaciones, la lejanía a zonas desarrolladas y el clima, cercan las posibilidades económicas de África. Especial peso tienen en sus argumentos la malaria y el SIDA, que convierten al continente, sobre todo al sur del Sahara, en un continente enfermo.
La solución para África es, según Sachs, aumentar las ayudas, y es en este momento cuando el autor nos reserva unos de los mejores momentos del libro, al comienzo del capítulo 16, cuando nos cuenta en apenas quince líneas todos las razones que explican que la ayuda internacional no sirva de nada en África, razones a las que asentimos porque las hemos leído y oído muchas veces.
Hasta que comienza el siguiente párrafo y Sachs nos las desmonta una tras otra con las mejores armas de un economista, con datos: la corrupción no puede ser la razón del atraso africano, pues en las clasificaciones internacionales algunos países asiáticos como Indonesia o la India, que están creciendo a buen ritmo, figuran como más corruptos que varios países subsaharianos cuyas economías apenas crecen o retroceden. Tampoco el autoritarismo africano como freno al desarrollo nos sirve, pues China, prototipo del país que camina por la senda del desarrollo, no es precisamente un ejemplo de democracia y respeto a las libertades.
Las ayudas no han funcionado en África por dos razones: porque no siempre han ido bien dirigidas y coordinadas y sobre todo (y las cifras que aporta Sachs son inesperadas a la vez que sonrojantes), porque han sido ridículamente exiguas. Llegados aquí, Sachs extrae la calculadora para saber cuánto costaría acabar con la pobreza extrema en el mundo (el libro se acompaña de un aparato estadístico amplio y claro, incluso para profanos de la economía), y el resultado es que se necesitan unos cuantos cientos de miles de millones de dólares, lo que supone entre el 0,4 y el 0,5 por ciento de la riqueza de los países ricos: no hace falta ni el miserable 0,7 %.
Pero claro, Estados Unidos no llega ahora mismo en ayudas al desarrollo ni al 0,2 % de su producción nacional, esto es, treinta veces menos que su presupuesto de defensa (el gobierno estadounidense para engordar ese magro porcentaje pretendió hace un par de años que contasen como ayuda al desarrollo las remesas que envían a sus países los inmigrantes que trabajan en su territorio: para algunas personas la indignidad no tiene límites).
Después Sachs nos dice de dónde sacar ese dinero en Estados Unidos: de un pequeño recorte del presupuesto de defensa y de dar marcha atrás a las rebajas impositivas que George W. Bush concedió en su primer mandato a los multimillonarios de su país.
El profesor Sachs, a pesar de estos argumentos, no es ni de lejos, uno de esos fanáticos antiglobalización que odia todo el legado de occidente y que van por el mundo contando su arrepentimiento retrospectivo y dando abrazos y besos, babosos y paternalistas, a sus interlocutores de países pobres. Sachs defiende la herencia de la Ilustración: el progreso científico y técnico, con sus sombras y asignaturas pendientes, han mejorado el bienestar de muchos seres humanos. Hoy podemos extender esos beneficios a toda la humanidad, y para contarnos cómo conseguirlo, ha escrito este libro.
Un consejo: lean el prólogo de Bono (el irlandés que canta en U2, no nuestro afectado ministro de la guerra) al final. Un libro que tiene algo de militante debe acabar con una buena arenga que nos desarme el corazón y la cartera, pues para acabar con la pobreza extrema hacen falta solamente, dicen Bono y Sachs, voluntad y dinero. Así sea.

Jesús Tapia Corral

3/2/06

Lolita


Heinz von Lichberg. Lolita. Prólogo de Rosa Montero. Traducción de Oliver Spranger y Carmen Torregrosa. Postfacio de Max Lacruz Bassols. Editorial Funambulista. Madrid, 2006.

Ingredientes del relato: una adolescente seduce a un hombre maduro. Hay un viaje y hay una muerte: la de la muchacha. Naturalmente, la muchacha se llama Lolita y da título a la obra.
No es, contra lo que parece, la de Nabokov. Ni la de algún otro escritor desaprensivo que plagia la historia sin más contemplaciones que unas leves variaciones.
Esta Lolita es más joven y más vieja que la Lolita más famosa. Es de Alicante, toca la guitarra y seduce a un erudito alemán de viaje por España.
El relato del que estamos hablando se había publicado en 1916, casi cuarenta años antes que la novela de Nabokov. Formaba parte de un libro de relatos titulado La maldita Gioconda: Caprichos, y lo firmaba un oscuro escritor y aristócrata, Heinz von Lichberg, más conocido como periodista que como narrador. Ni afiliándose al nacionalsocialismo pudo obtener fama como escritor. Dejó de tener ambiciones de ese tipo en 1937, fecha que marca el comienzo de su definitivo silencio literario para ponerse al servicio del nazismo en tareas de propaganda, intoxicación y provocación. Nadie le echó de menos desde entonces y murió en 1951.
De este cuento que publicó Funambulista por primera vez en español en 2004 y que ahora se reedita en su colección Los intempestivos, con traducción revisada de Oliver Spranger y Carmen Torregrosa, se habló hace unos años como posible origen de la Lolita más famosa.
En contra de las expectativas de plagio, las relaciones entre los dos relatos no pasan de la superficie y de su origen compartido en el lugar oscuro del sueño y el deseo. No hay más que leer este cuento gótico de fantasmas, apariciones y maldiciones para darse cuenta de que no hay base para el escándalo literario.
Lo demuestra agudamente Rosa Montero en el excelente prólogo que titula Fresas e hipopótamos, donde defiende con brillantez la independencia de la novela de Nabokov y su innegable superioridad estética.
El volumen se cierra con un postfacio de Max Lacruz sobre el autor. Por él sabemos que Von Lichberg y Nabokov vivieron en Berlín al mismo tiempo y en el mismo barrio durante años. No sabemos si hablaron. No sabemos qué mecanismos movieron la memoria o la fonética para que Nabokov cambiara el nombre inicialmente previsto de Juanita Dark por el de Lolita. Lo-li-ta.

Santos Domínguez

2/2/06

El síndrome de Estocolmo



Antonio Pereira. El síndrome de Estocolmo. Alianza editorial. Madrid, 2006


“Para escribir el Quijote lo mejor es que te metan en la cárcel”, decía Antonio Pereira, activista del cuento, un género que va ganando cada vez mayor prestigio después de años y siglos de ser considerado como un género menor.

“A Truman Capote llegué a conocerlo a tiempo, y para mí sus historias son ahora lo que son y además “otra cosa”, como si al leerlas me llegaran vivas y coleando desde sus labios irónicos.”
Así comienza Truman Capote cuenta un cuento, el último relato de El síndrome de Estocolmo, que acaba de reeditar Alianza editorial en su colección de bolsillo.
Yo también, por suerte, he llegado a conocer a Antonio Pereira, y para mí sus historias son ahora lo que son y además “otra cosa”, como si al leerlas me llegaran vivas y coleando desde sus labios irónicos.
Pereira es, además de un hombre entrañable, un narrador cordial que nos habla al oído. Sobre sus cuentos, tan vinculados a la oralidad de los filandones leoneses, nos cuenta un secreto creativo, su particular prueba del nueve: “Cuando termino un cuento y tengo dudas sobre su calidad me lo leo a mí mismo en voz alta para ver si funciona.”

“A los de aquí nos gustan los viajes y es por contarlos al volver.” Esas palabras las dice un personaje de uno de los cuentos de Antonio Pereira, pero las podría haber dicho el mismísimo Cunqueiro, o el viejo Simbad. Ese Simbad que somos todos, como nos recordaba Landero en un texto memorable.
La precisión y exactitud de la prosa en el cuento lo aproxima a la poesía. Y así surge un relámpago de acero como el de la navaja de la barbera alemana de otro de sus libros, Picassos en el desván.
Antonio Pereira empezó en la poesía y su actitud ante la literatura sigue siendo la del poeta que como Fray Luis pesa y sopesa las palabras. Su Cancionero de Sagres es uno de esos libros de poesía que le acompañan a uno muchas veces. Habrá novedades con esos libros de poesía hoy casi inencontrables.
Está claro que el hombre es el estilo. Por eso, la dimensión humana de los textos de Antonio Pereira es proporcional a su autenticidad, a la calidad humana y a la cordialidad de su autor. Su frente cervantina es un claro síntoma que anuncia la ironía, el humor, la profundidad sicológica, la distancia y la ternura hacia los personajes. Y una melancolía en la evocación que tiene algo de indecible y que convive en él con la cordialidad zumbona, con esa forma castiza de ironía que llamamos retranca.
Pereira nos vuelve a recordar con la reedición de El síndrome de Estocolmo que el del cuento no es un género menor, sino una manifestación fundamental de la literatura, un género para el virtuosismo. Nos lo tuvieron que venir a decir los autores sudamericanos y entonces se empezó a valorar a Ignacio Aldecoa o al mismo Antonio Pereira como referencias fundamentales cuya sombra ha ido creciendo en el panorama narrativo español.
Si uno no supiera cómo está el patio de vecinas que es el mundillo literario, tendría por imperdonable que Antonio Pereira no sea más conocido. Como lo sabe, no dice nada. O mejor, dice que Pereira es escritor no de multitudes, pero sí de escritores.
Los mayores elogios que he oído de su obra han salido de Mateo Díez, de José Mª Merino, de Martín Garzo. Y no sólo de narradores como esos, también de poetas como Antonio Colinas o Juan Carlos Mestre.
Con Ignacio Aldecoa, seguramente el más importante autor de cuentos de la literatura española contemporánea es el maestro Antonio Pereira.
Maestro.

Santos Domínguez