Desplazados del paraíso
Antonio María Flórez
Desplazados del paraíso
Editora Regional de Extremadura.
Mérida, 2006.
Marcada por la indagación y la exploración formal, la trayectoria poética de Antonio María Flórez (Don Benito, 1959), reúne poemarios aparecidos en España ( El bar de las cuatro rosas, 1995; Antes del regreso, 1996) y en Colombia (El círculo cuadrado, 1987; En cámara lenta, 1989; ZOO. Poemillas de amor antiecológicos, 1994; La ciudad, 2001; El arte de torear, 2002).
En estos últimos títulos, Antonio María había abordado el tema de la urbe moderna (en La ciudad, aparecido en Manizales ) como espacio caótico y conflictivo, plagado de seres dispares y solitarios que buscan, entre el sentimiento de desarraigo y de vértigo, el amor y la libertad. El arte de torear (Manizales, 2002), en cambio, es un homenaje, entre otros propósitos logrados, a una de las señas de identidad compartidas por España y Colombia. El libro fue publicado por el Fondo Editorial de Manizales tras haber conseguido "Premio de literatura" del Instituto caldense de Cultura en la modalidad de poesía (Caldas es una de las ciudades colombianas más taurinas, su himno es un pasodoble). Muy bien acogido en la capital del Departamento (un impresionante nido de águilas situado a más de 3 500 metros sobre el nivel del mar, junto al Nevado del Ruiz, en los Andes Centrales), el libro es una muestra más de la pujante labor creadora de este foco de irradiación cultural y literario, comparable sin menoscabo a la siempre centralista capital.
Estos poemarios no habían sido ajenos al más grave problema colombiano (la guerra incesante, la violencia ciega, la expulsión de los campesinos de sus tierras, ): "Incrédulo recorro las calles / y pregunto por los desaparecidos: / hoy también murió / el basuriego de Olivares / el rata del diecinueve / y el bazuquero de la Galería; / sí, / y también el pescador del Cauca, / el vaquero del Caquetá / y el recolector del Quindío..." (Antes del regreso).
Como se sabe, el tradicional fenómeno migratorio desde las áreas rurales a las ciudades, común a toda Hispanoamérica, se ha visto intensificado en Colombia por la acción de grandes terratenientes, que expulsan a pequeños propietarios colindantes, y de paramilitares y guerrilla, que fuerzan a aldeas enteras, acusadas de colaboracionismo, a la huida. Más de un millón de desplazados anuales, como esa metafórica hilera de hormigas que contemplan los niños en un poema, se ven obligados al abandono de su entorno en avalanchas humanas de procedencia y destino impredecibles, como lo es el curso del enfrentamiento, que hace imposible programar de antemano medidas asistenciales y de acogida. La violencia y sus secuelas, con su extraordinaria magnitud y su prolongación en el tiempo, han pasado a formar parte de un "sistema de vigencias" común a varias generaciones de escritores colombianos, un elemento aglutinador que no produce naturalmente respuestas uniformes, pero sí impone su insoslayable presencia. Tratado por el teatro, la novela, el ensayo..., el tema ha penetrado también en la poesía, interpelada, como los demás géneros, a un compromiso ético con este terrible estado de cosas (que un personaje de Octavio Escobar Giraldo asocia con "mucha resignación y desesperanza y una infinita orgía de sangre").
En esta línea se sitúa Desplazados del paraíso, ganadora de la última edición del premio nacional de poesía "Ciudad de Bogotá 2002", uno de los más prestigiosos de Colombia, y rescatada ahora con acierto por la Editora Regional. El poemario consta de cuarenta y cinco poemas, once de ellos en prosa, agrupados en cinco apartados que "relatan" el penoso itinerario seguido por una pareja de jóvenes desde su casa, asolada por la violencia ("Pero la lluvia aún no llega / para lavar las cenizas ni la sangre coagulada / de lo que fuera el dintel de tu casa"), a la ciudad en busca de supervivencia. La numeración sucesiva de los poemas, mantenida de unos bloques a otros, confirma que nos encontramos ante un poemario narrativo que, tras describir el paraíso de la niñez (en una naturaleza edénica con todos los tonos imaginables del color verde), sigue la peripecia de los amantes por valles, selvas y ríos, asediados por una muerte que puede presentarse tras innumerables máscaras ("en los fragosos cauces de los ríos, en sus súbitas caídas", "en lo alto del cerrado monte", en "los caminos vacíos, / la noche, los disparos, los gritos, / los muertos presentidos"). Pero la llegada a la ciudad no supone el acceso a este destino soñado tampoco traerá ni la dicha ni la paz. Y en efecto, los apartados siguientes describirán el descenso de la muchacha a los senderos sórdidos de la prostitución y la soledad del hombre como precio que han de pagar por sobrevivir: "Es una locura / caminar por estas calles, / así, / tan peligrosamente. / Pero a eso me obligas, / buscándote, mujer, / sin esperanza".
Nos encontramos, por lo dicho, ante una obra orgánica y circular (su último verso, "desterrado del paraíso", repite con variantes de interés las nociones con que se abre y que pasan a titular el libro), en que un impulso ético inspira la elección del universo lírico que el escritor contempla como propio, bien porque se considere partícipe de él y de su terrible destino, bien porque le mueva un empeño solidario hacia los perseguidos, de ahí la alternancia entre tercera y primera persona que otorga al escritor el papel de "narrador externo" en unos casos y de protagonista en otros.
La atención a los aspectos formales, y en especial a la estructura del libro, en que cada bloque contiene el motivo que desarrollará el siguiente ("Paraíso", "La huida", "La muerte", "Tocando a las puertas", "Perdido amor"), no diluye el protagonismo nítido de los temas, circunstancia que convierte a la obra en una muestra de poesía cívica, de intención documental y crítica, comunicada mediante un registro sobrio y transparente que tiende a acentuar más su lirismo en las composiciones en prosa.
En estos últimos títulos, Antonio María había abordado el tema de la urbe moderna (en La ciudad, aparecido en Manizales ) como espacio caótico y conflictivo, plagado de seres dispares y solitarios que buscan, entre el sentimiento de desarraigo y de vértigo, el amor y la libertad. El arte de torear (Manizales, 2002), en cambio, es un homenaje, entre otros propósitos logrados, a una de las señas de identidad compartidas por España y Colombia. El libro fue publicado por el Fondo Editorial de Manizales tras haber conseguido "Premio de literatura" del Instituto caldense de Cultura en la modalidad de poesía (Caldas es una de las ciudades colombianas más taurinas, su himno es un pasodoble). Muy bien acogido en la capital del Departamento (un impresionante nido de águilas situado a más de 3 500 metros sobre el nivel del mar, junto al Nevado del Ruiz, en los Andes Centrales), el libro es una muestra más de la pujante labor creadora de este foco de irradiación cultural y literario, comparable sin menoscabo a la siempre centralista capital.
Estos poemarios no habían sido ajenos al más grave problema colombiano (la guerra incesante, la violencia ciega, la expulsión de los campesinos de sus tierras, ): "Incrédulo recorro las calles / y pregunto por los desaparecidos: / hoy también murió / el basuriego de Olivares / el rata del diecinueve / y el bazuquero de la Galería; / sí, / y también el pescador del Cauca, / el vaquero del Caquetá / y el recolector del Quindío..." (Antes del regreso).
Como se sabe, el tradicional fenómeno migratorio desde las áreas rurales a las ciudades, común a toda Hispanoamérica, se ha visto intensificado en Colombia por la acción de grandes terratenientes, que expulsan a pequeños propietarios colindantes, y de paramilitares y guerrilla, que fuerzan a aldeas enteras, acusadas de colaboracionismo, a la huida. Más de un millón de desplazados anuales, como esa metafórica hilera de hormigas que contemplan los niños en un poema, se ven obligados al abandono de su entorno en avalanchas humanas de procedencia y destino impredecibles, como lo es el curso del enfrentamiento, que hace imposible programar de antemano medidas asistenciales y de acogida. La violencia y sus secuelas, con su extraordinaria magnitud y su prolongación en el tiempo, han pasado a formar parte de un "sistema de vigencias" común a varias generaciones de escritores colombianos, un elemento aglutinador que no produce naturalmente respuestas uniformes, pero sí impone su insoslayable presencia. Tratado por el teatro, la novela, el ensayo..., el tema ha penetrado también en la poesía, interpelada, como los demás géneros, a un compromiso ético con este terrible estado de cosas (que un personaje de Octavio Escobar Giraldo asocia con "mucha resignación y desesperanza y una infinita orgía de sangre").
En esta línea se sitúa Desplazados del paraíso, ganadora de la última edición del premio nacional de poesía "Ciudad de Bogotá 2002", uno de los más prestigiosos de Colombia, y rescatada ahora con acierto por la Editora Regional. El poemario consta de cuarenta y cinco poemas, once de ellos en prosa, agrupados en cinco apartados que "relatan" el penoso itinerario seguido por una pareja de jóvenes desde su casa, asolada por la violencia ("Pero la lluvia aún no llega / para lavar las cenizas ni la sangre coagulada / de lo que fuera el dintel de tu casa"), a la ciudad en busca de supervivencia. La numeración sucesiva de los poemas, mantenida de unos bloques a otros, confirma que nos encontramos ante un poemario narrativo que, tras describir el paraíso de la niñez (en una naturaleza edénica con todos los tonos imaginables del color verde), sigue la peripecia de los amantes por valles, selvas y ríos, asediados por una muerte que puede presentarse tras innumerables máscaras ("en los fragosos cauces de los ríos, en sus súbitas caídas", "en lo alto del cerrado monte", en "los caminos vacíos, / la noche, los disparos, los gritos, / los muertos presentidos"). Pero la llegada a la ciudad no supone el acceso a este destino soñado tampoco traerá ni la dicha ni la paz. Y en efecto, los apartados siguientes describirán el descenso de la muchacha a los senderos sórdidos de la prostitución y la soledad del hombre como precio que han de pagar por sobrevivir: "Es una locura / caminar por estas calles, / así, / tan peligrosamente. / Pero a eso me obligas, / buscándote, mujer, / sin esperanza".
Nos encontramos, por lo dicho, ante una obra orgánica y circular (su último verso, "desterrado del paraíso", repite con variantes de interés las nociones con que se abre y que pasan a titular el libro), en que un impulso ético inspira la elección del universo lírico que el escritor contempla como propio, bien porque se considere partícipe de él y de su terrible destino, bien porque le mueva un empeño solidario hacia los perseguidos, de ahí la alternancia entre tercera y primera persona que otorga al escritor el papel de "narrador externo" en unos casos y de protagonista en otros.
La atención a los aspectos formales, y en especial a la estructura del libro, en que cada bloque contiene el motivo que desarrollará el siguiente ("Paraíso", "La huida", "La muerte", "Tocando a las puertas", "Perdido amor"), no diluye el protagonismo nítido de los temas, circunstancia que convierte a la obra en una muestra de poesía cívica, de intención documental y crítica, comunicada mediante un registro sobrio y transparente que tiende a acentuar más su lirismo en las composiciones en prosa.
Simón Viola



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