15/4/06

Archipiélagos


María Francisca Ruano.
Archipiélagos
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Libertarias. Madrid, 2005.


María Francisca Ruano (Madrid, 1946) es autora de una extensa obra narrativa (su primer título, Cuentos de Badajoz, data de 1989), en que se ha mantenido sustancialmente fiel a un único género literario, el relato o narración corta, optando además, entre las numerosas modalidades de esta forma literaria (el cuento ha evolucionado desde el Romanticismo diversificando su fisonomía en un itinerario similar al de la novela), por un único tipo resuelto en breves piezas narrativas destinadas a “causar un solo efecto”. Una visión panorámica sobre sus numerosos libros (Cuentos al azar, 1990; Cuentos de amor y todo eso, 1991; Cuentos de agosto, 1992; Cuentos de Portugal, 1992..., por citar solo algunos títulos aparecidos en Extremadura) deja la impresión de que, tal como sucede en las más logradas trayectorias poéticas, los relatos, marcados por un perceptible aire de parentesco, reiteran con variantes similares situaciones narrativas y vuelven, con la fidelidad de las obsesiones, sobre personajes semejantes. A nuestro juicio, esta sensación de recurrencia, frecuente como decimos en las obras líricas, ha de ser interpretada como indicio de la coherencia de un mundo narrativo que cuida de sus obsesiones, construido como está mediante una constelación de motivos que gira entorno a un núcleo central, la infelicidad como destino cierto de la condición humana. En efecto en todos los relatos subyace una emoción central de insatisfacción basada en la consideración de que vivir equivale a ver cómo se frustran, una a una, todas las expectativas más o menos ilusorias de la juventud. En contra de la extendida y falsa visión que cierta literatura, el cine o la canción ofrecen de las relaciones afectivas, estos relatos enjuician el territorio del amor con precisión implacable para descubrir en él solo soledad, incomunicación y desencanto.

Ahora bien, la perspectiva del narrador introduce en este universo narrativo una primera concreción: nos encontramos ante una mirada femenina y comprometida, una visión incluso feminista, que tiende a culpar al hombre de la soledad y la incomunicación, pues los intentos femeninos por resolver los problemas mediante el diálogo chocan con la empecinada resolución masculina al silencio, a considerar cualquier discusión como síntoma de una carencia que es preferible ignorar (este es, por ejemplo, el tema de “Albañilería”, en que el hombre levanta muros de mampostería, piedra, argamasa... creando las condiciones de la incomunicación). Hombre y mujer son, en estos desolados relatos, soledades aisladas que ni siquiera se dan compañía.

Reaparecen en Archipiélagos, metáfora definitoria de esta concepción de los seres humanos como islas aisladas, motivos de obras precedentes: la pérdida de la belleza, la mujer no deseada, la vida matrimonial como una rutina degradante (Ruano ha recordado en alguna ocasión la opinión de Borges:: “el matrimonio es un pobre destino para una mujer”), el viaje en que se adivina una huida...

Como los cuentos anteriores de Francisca Ruano, estos relatos poseen un claro parentesco poético, pero esta proximidad no procede del registro utilizado sino de mecanismos, compartidos con el poema, como la implicitación y la sugerencia y el recurso a ciertas figuras retóricas como estructuradoras del relato, especialmente metáforas o metonimias que apuntan al sentido profundo de la composición. Así sucede en “Danza final” (la esposa descubre una infidelidad del marido que decide perdonar: al fin, una última aventura antes de la vejez), “La naranja”, “Albañilería” o “Praia do paraíso”: un matrimonio regenta un bar frente a la playa (a la que descienden chicas delgadas y jóvenes que el marido contempla con un deseo no camuflado) de la que naturalmente no pueden disfrutar: ambos, por distintas razones, se sienten expulsados del paraíso.

Formalmente, nos encontramos ante una prosa que rompe con la continuidad del discurso lógico y causal, que opera mediante yuxtaposición de impresiones (con frecuentes cruces sinestésicos: “olía el calor de los pensamientos pegajosos”) y abundantes hallazgos intuitivos (“Desde el primer día –desde el primer minuto- me acerqué a él con pequeñas palabras como flores en los caminos”).



Simón Viola